Según pasan los días los batallones y regimientos empiezan a estar más cerca unos de otros. Se nota que Wellington está concentrando las fuerzas ante una posible batalla decisiva. Además estamos entrando en un laberinto de valles estrechos y con pocos caminos.

Esta mañana hemos salido de buena hora de Medina, pues nos espera una buena caminata y las divisiones tienen que ir una tras otra. Pensando en aprovechar la ocasión para palpar el ambiente en otros regimientos, me voy dejando caer. Bueno, no me resulta nada fácil mantener el ritmo de estos soldados.

Pero en un punto oigo una voz que sale de las filas. Es el viejo conocido Edward Costello, que me saluda con ganas de hablar. Esta vez tiene una anécdota calentita.

«Ayer tuvimos movida en el campamento. Como apenas recibimos raciones y el estómago nos las reclama, yo y uno o dos compañeros más, teniendo algunos centavos, decidimos salir a comprar pan en un pequeño pueblo que vimos al otro lado del río. Lo teníamos que hacer a escondidas, ya que no se nos permitía movernos de nuestro campamento, Vadeamos el río sin ser vistos y entramos en el pueblo. Allí, sin embargo, la alarma de la gente se hizo muy grande a nuestra aparición, y no queriendo aparentemente tener ningún trato con nosotros, pidieron un precio inmenso por el pan. Irritados por esta conducta, y apremiados por el hambre, cada hombre tomó una hogaza y arrojó el precio habitual en el país. Al ver que todos estábamos totalmente desarmados, porque ni siquiera teníamos nuestras armas de mano, inmediatamente la gente levantó un clamor contra nosotros, y tuvimos que correr para ponernos a salvo. Así lo hicimos, llevando los panes con nosotros, hasta que nos alcanzaron algunos de los campesinos de pies ligeros, que se nos acercaron con cuchillos y garrotes. Estando así nuestras vidas en peligro por el pan tan caro obtenido, nuestro grupo inmediatamente recurrió a las piedras para defenderse. ‘¡Muerte a los perros ingleses!, ¡matad a los perros ingleses!’, era el grito general de los españoles, mientras blandían sus largos cuchillos. Evidentemente estaban a punto de precipitarse sobre nosotros, lo que sería el fin de mis propias aventuras personales , y de las de mis camaradas, pues con toda probabilidad habríamos sido liquidados en el acto, cuando varios hombres de los regimientos 43 y 52, pertenecientes a nuestra división, llegaron corriendo, como nosotros, buscando alimento. Ahora era el turno de los españoles de retirarse, lo que hicieron a toda prisa.»

«Apenas habíamos escapado del ataque de los españoles y llegado a la orilla del río, cuando el general Sir Lowry Cole de la 4ª división vino galopando hacia nosotros con parte del estado mayor, como si fuera la policía militar. ‘¡Hola! ¡Grandes pillos de la Ligera! ¡Alto!’ fue la orden del General, mientras se quitaba los anteojos con patillas que solía usar. Un solo recurso nos quedaba, y era tirarnos al río, que en aquella parte era muy hondo, y cruzarlo a nado, manteniendo el pan entre los dientes.»

«Lo hicimos de inmediato, cuando Sir Lowry, en un tono agitado, que hacía honor a su corazón, gritó: ‘¡Regresen, hombres, por el amor de Dios, que se ahogarán! Regresen, y no los castigaré’. Pero los temores del general eran innecesarios; pronto llegamos a la otra orilla.»

«Al llegar a nuestro campamento resultó que habían pasado lista varias veces y nos habían marcado como ‘ausentes sin permiso’; pero tuvimos la suerte de escapar con una leve reprimenda.”

 

En la trasera del 95º A veces se ven soldados sueltos de otros regimientos, con sus casacas rojas, solos o en pequeños grupos. Mi primera impresión es que debe tratarse de soldados de batallones menos disciplinados. Por curiosidad me retraso y me acerco a uno de ellos para ver cómo llevan la inquietudes gastronómicas.

Nada más aproximarme me pregunta directamente si tengo algo para comer, y no parece que sea el quien quiera ofrecérmelo, sino que está hambriento, como casi todo el ejército aliado a estas alturas de la marcha.

Me cuenta su historia y la intentaré reflejar lo más fielmente posible, porque nos da una idea del ambiente que empieza a vivirse.

Se llama John Green y, como bien había adivinado, no pertenece a la División Ligera, sino al 68º regimiento, que está encuadrado en la 7ª, la del general Dalhousie. Ellos marchaban por nuestro flanco izquierdo, pero el relieve ha hecho perder algo del orden que se llevaba en las amplias llanuras castellanas y hay no pocos retrasados que aprovechan esa pequeña libertad para ir a su aire durante cada etapa.

Green tiene 23 años recién cumplidos, pues su aniversario fue anteayer. Huérfano de muy joven empezó a trabajar en un telar de alfombras. Cuando tenia solo 16 años un reclutador le ofreció formar un contrato de siete años por 16 guineas. Le pareció bien, pero su escasa estatura podía ser un inconveniente. No tenía más 1,56, cuando pedían al menos 1,65. En la revisión el oficial preguntó al médico si pensaba que aún podría crecer. Creo que más la edad era más la alimentación la que limitaba su crecimiento, pues a tenor de lo que me contaba el hambre había estado muy presente en su vida. Pero dadas las circunstancias de guerra lo aceptaron. Unos años más tarde, ya con veintiuno su batallón fue trasladado a la península.

Pero voy a dejar que cuente el:

“Ayer cruzamos el Ebro. Después que hubimos acampado, fui enviado de guardia al almacén de intendencia; Pero tal era la escasez de pan, que el deber de guardia era meramente nominal, porque no teníamos nada que proteger, excepto al suboficial de intendencia: hicimos todas las formalidades, colocando un centinela sobre su tienda y relevándolo cada dos horas. Aquí tampoco tuvimos pan, pero recibimos dos libras de carne de res, o más bien de carroña; porque estoy seguro de que la gente de Inglaterra no lo habría comido; Nunca vi nada igual antes.»

«Esta misma mañana (el 17 de junio) marchamos con la reata de mulas de intendencia: había algunas hogazas de pan, que estaban a cargo de unos soldados portugueses. Subiendo un cerro muy empinado, llegamos a un seto lleno de manzanos silvestres y tal era nuestro afán por conseguir comida, que nos pusimos a comerlos con tanta avidez como si fueran el manjar más delicioso.»

Yo le miré con algún escepticismo, ya que por esta fecha los manzanos no están nada crecidos, quizás fuera otro fruto? ¿quizás se tratara de cerezas? ¿o quizás de las bayas de su imaginación? Debía estar atento a posible gazapos para evaluar la verdad de su relato. Yo no voy a inventar nada de su testimonio. La verdad es que por lo que me contaba estaba bastante obsesionado con la comida desde hacía muchos días. ¡Que opinen los lectores!

“Por fin proseguimos nuestra marcha, pero no habíamos avanzado mucho cuando descubrimos que uno de los soldados portugueses estaba robando algunos de los panes. Lo atrapé en el mismo acto, y contándoselo a mis compañeros, hicimos una especie de consejo y lo hicimos prisionero, diciéndole que debíamos informar al oficial de intendencia. Nos dijo que si no lo denunciábamos, repartiría una hogaza entre nosotros. Estuvimos de acuerdo con esta oferta e inmediatamente nos sentamos y repartimos el pan. Tras comerlo, proseguimos nuestro viaje, pero el pequeño trozo de pan que había comido me dio tanta hambre que no sabía qué hacer conmigo mismo.»

«Tras caminar un par de millas, hicimos una propuesta al cabo de la guardia. Si nos permitía desviarnos dos o tres millas del camino para tratar de conseguir algunas provisiones, el tendría una parte de lo que pudiéramos obtener. Éramos cuatro en este grupo, dos de los cuales se llamaban Lee y Jones. Partimos en busca de algo para comer, y estábamos decididos a apoderarnos de lo que hubiera en el país. Sólo habíamos avanzado otras dos millas cuando descubrimos un pueblo al que entramos. Vimos a unos niños pequeños corriendo sueltos por las calles. Estaba a punto de preguntar a uno de ellos, cuando Lee me detuvo y dijo que tenía una idea mejor. Inmediatamente entramos en una de las casas, donde todo era ruina y desolación: los muebles rotos, los habitantes habían huido y no se veía nada de comer, excepto unas lonchas de tocino, que cogí y comí con glotonería. Salimos de aquella casa miserable y fuimos a otra que estaba habitada: el hombre, su mujer y sus hijos estaban en la puerta llorando; nos dijeron que los franceses se habían llevado todo el pan y la harina del pueblo. Eso no lo creímos. A pesar del clamor y la súplica de la familia, entramos en la casa y comenzamos a buscar sus escondidos tesoros alimenticios. Habiendo encontrado algo de trigo y maíz, salí de la habitación, muy complacido con mi premio. Luego nos reunimos frente a la casa y exigimos al campesino, en términos enérgicos, más provisiones, hablándole de nuestra necesidad.»

«En ese momento, un soldado portugués, que acababa de unirse a nuestro grupo, se me acercó y me dijo que un campesino había pillado a uno de mis camaradas en el establo y que seguramente iba a matarlo con su cuchillo. Al escuchar esto, descubrimos que Lee no estaba. El soldado portugués y yo fuimos inmediatamente a la puerta del establo, y con nuestros mosquetes la forzamos. Entonces supimos que Lee había prometido al español que si le le daba un poco de harina, nos engañaría con el resto. En el momento en que entramos en el establo, uno de los hombres agarró el saco de harina con la intención de llevárselo; en el forcejeo mi bayoneta cayó de su vaina, la agarró el español, y alzó la mano para traspasarme; pero el soldado portugués lo tiró hacia atrás, y Jones, siendo un hombre fuerte, agarró la bolsa y se la llevó triunfalmente. No podríamos habernos regocijado más si hubiera sido una bolsa de diamantes. Una vez que salimos del poblado , dividimos el botín dando a cada uno su parte correspondiente. Obtuve unas quince libras, pero Lee no tuvo parte con nosotros, porque consideramos que se había comportado infielmente. Después de dividir el balde, salimos de esta parte lo más pronto posible, y llegando al camino principal, proseguimos nuestra marcha.»

«No pude evitar reflexionar sobre la miseria y los horrores de la guerra: era el hambre, y solo eso, lo que nos impulsaba a muchos de nosotros a tomar lo que no era nuestro. Si nos hubieran descubierto, habríamos sido severamente castigados; porque nuestros comandantes eran muy estrictos en la protección de los españoles contra furores de este tipo. Pero el hambre es una espina afilada, y pocos habrían actuado de otra manera.»

«Enseguida llegamos a otro pueblo y encendimos un fuego para cocinar un poco de harina y agua, pero no teníamos ni un grano de sal. El primer hombre que pasó por allí afortunadamente tenía un poco, y le invitamos a participar de nuestra comida. Nada podía exceder la miseria de este pueblo: no se encontraba en él nada para comer; los soldados rezagados incluso habían robado a las abejas su miel y habían matado casi todas las aves de corral que pudieron encontrar. Yo mismo perseguí largo rato a una, pero no pude alcanzarla.»

«Después de degustar nuestra papilla de harina y agua, y descansar una hora, proseguimos nuestra marcha. Cuando habíamos caminado unas seis millas, nos sentamos a descansar al lado de un hermoso manantial de agua: una reata de mulas pasaba en ese momento. Uno de nuestro grupo consiguió una hogaza de pan y la compartió. En este momento pasaba una pobre mujer del ejército, y de la manera más conmovedora nos pidió un bocado de pan, diciendo que no había comido nada en tres días; pero tal era la escasez de ese valioso artículo, que no le dimos ni un trozo, pues no sabíamos cuándo podríamos conseguir otro. A algunos les puede parecer extraño que no aliviamos la necesidad de esta pobre mujer; pero no parecerá así cuando se considera que el pan pesaba sólo tres libras, y había seis hombres hambrientos para comerlo: además, había cientos en el mismo camino en la misma situación. En esta crisis que pasábamos, cada uno miraba por sí mismo, como ocurre invariablemente en tiempos de hambruna.»

«Tras haber comido nuestro pan y beber un trago de esta agua dulce y refrescante, proseguimos nuestra marcha. Pasamos por otro pueblo y vimos varias escenas dolorosas y desgarradoras entre los soldados hambrientos y sus esposas.»

«Llegamos al campamento de nuestra división alrededor de las ocho de la noche y nos unimos a nuestras respectivas compañías. Era mi deseo compartir la harina con mi camarada, pero él estaba de guardia. Después de la cena, me acosté en la tienda, puse la harina debajo de mi cabeza y dormí profundamente hasta la mañana; pero cuando me desperté, para mi gran dolor, casi toda mi harina había desaparecido. En verdad creo que si hubiera descubierto al ladrón, le habría podido matar, porque había arriesgado mi vida por la harina, y perderla de esta manera me pareció en ese momento algo difícil de sobrellevar. Hoy espero encontrar a mi camarada, pero solo podré darle una pequeña parte de la harina que había conseguido. Tenía la intención de que hubiéramos disfrutado juntos, pero parece que no lograremos calmar nuestra hambre.”

Aparentemente el ejército de Wellington avanzaba decidido a entablar combate con los franceses, pero la escasez de comida me creaba dudas de que pudiera llegar a buen término.

Hoy tras unos kilómetros marchando por la orilla del Ebro. Al atravesar el desfiladero de Los Hocinos, hemos visto dos barricadas de piedra que cruzaban el camino real, restos de los toma y daca de franceses y guerrilleros. Luego nos hemos desviado hacia el noreste.

Las divisiones, que empezaron la ofensiva muy separadas al partir de las proximidades de la raya de Portugal, se han ido aproximando. Hoy han llegado a Medina de Pomar varias de ellas. Mientras preparar en campamento a orillas del río Trueba llega la noticia de que el mismo Wellington con su Estado mayor se instala en esta ciudad. Bueno, todavía no lo era, sino simple villa de no mucha población, menos del millar, pero constituía un centro neurálgico de las Merindades burgalesas.

El alcalde no fue cortés, ni la gente, como esperaban los ingleses a tener del recibimiento que habían tenido en otros pueblos y ciudades, se alegró de vernos. El pueblo estaba. muy lleno, pues los generales españoles Mendizabel y Longa estaban allí acuartelados a la llegada del ejército aliado, y no parecían dispuestos a hacer un hueco a los ingleses.

Las márgenes del Trueba, donde acampó el ejército angloportugués

Se instaló Wellington extramuros,  en el convento de Santa Clara, donde las monjas jugaron al escondite con su séquito. Esa misma noche reunió a los generales que estaban próximos y les invitó a cenar. Además de los de la División ligera (Alten, Kempt y Skerrett), estaban los de la cuarta (Cole, Anson…), la séptima (Dalhousie, Barnes, Inglis…), todas ellas acampadas en las cercanías. Por parte española, además del general Alava, adscrito al Estado Mayor de Wellington, estaba Mendizábal y Girón, que comandaba el ejército de Galicia, que marchaba pegado al ala izquierda. En aquella época no había miedo de que un misil pudiera desbaratar la cabeza del ejército.

Pero había además un invitado más que tenía muchas ganas de conocer, el guerrillero Longa.

En los primeros años de la guerra se habían creado muchas partidas guerrilleras. Bastaba que apareciera un líder en una comarca, reuniera un grupo de animosos, ya fuera por patriotismo o por doliente rencor frente a los abusos y represiones francesas, para que empezaran una lucha en el campo. Al principio asaltaban algún correo o pequeño convoy, pero pronto estos fueron protegidos con escoltas cada vez mayores. No tardarían en crearse columnas volantes de gendarmes o batallones regulares para perseguirlos. Con cada encuentro aumentaban las represalias de uno y otro lado, llegándose a extremos de crueldad como se ven pocas veces en la historia. El trinquete del odio impedía que esta espiral pudiera tener alguna marcha atrás.

Para 1812 pocos grupos guerrilleros se habían estabilizado lo suficiente como para ser una amenaza estratégica. Otros habían degenerado o desaparecido. Con los primeros el gobierno español, la Junta Central (en realidad se llamaba Junta Suprema Central Gubernativa del Reino ), la misma que había convocado las cortes constituyentes de Cádiz, estableció medidas para integrarlos de alguna manera en el ejército. Nombró coroneles y otros oficios militares a los cabecillas, les envió material de guerra -cañones ingleses-, y algunas instrucciones. A partir de 1812 les comunicó que quedaban a las órdenes de Wellington, como todo el ejército español.

Uno de estos guerrilleros con una historia de éxito era Longa y quería conocerlo.

Pero apenas pude entreverlo y cruzar unas palabras con él antes de esa cena, a la que por algún motivo que intuyo, no se quedó. No podré contar nada de sus labios.

No daba la imagen que muchos pudieran hacerse de un guerrillero de origen campesino. Era un hombre corpulento, bien vestido con una especie de uniforme de húsar . El grupo de caballería que lo atendía estaba vestido con regularidad y, aunque guerrilleros, parecían más regulares que la mayor parte del propio ejército español. Vestían chaquetas escarlata y se daban aire de importancia.

Aunque había cruzado alguna correspondencia con Wellington, Longa no lo había conocido hasta ese día. Creo que debía tener cierta aprensión, reforzada por estar en una ciudad donde acampaban varios miles de soldados británicos, de un país que durante siglos había sido un enemigo principal. Cuatro guerras había habido con ellos en los últimos ochenta años. Cada generación había tenido una, y ahora eran aliados, solamente porque tenían un poderoso adversario común.

Tampoco le podía traer buen recuerdo el lugar. El 16 de marzo de 1811 en la plaza de Medina habían ahorcado a Dionisio Alvarez “Colina” uno de sus lugartenientes. La víspera habían hecho lo mismo con otro, Mateo, esta vez en Villarcayo, a legua y media de acá. Acusados de “brigantes”, lo que hoy traduciríamos como terroristas. Era el momento más débil de la guerrilla.

Longa, con cuarenta y tres años

Longa tenía 30 años. Era alto y de buen porte, pero su nombre no le venía de su estatura sino del caserío vizcaíno donde había nacido como Francisco Tomás Anchía y Urquiza. De niño su familia se trasladó a un pueblo burgalés, en el camino real de Vitoria. Desde allí se tiró al monte en 1808 cuando el pueblo español se rebeló. Tras cuatro años de numerosos encuentros con los invasores, a los que produjo numerosas bajas, y tras haber creado una buena organización, en abril de 1812 le nombraron coronel y su partida recibió oficialmente un pomposo nombre: “División Iberia”.

Me hubiera gustado preguntarle si estos cambios habían influido en otros más importantes de comportamiento. Repasando la historia de sus hazañas hay algunas cosas que hielan la sangre. Pero las informaciones que he podido encontrar no son del todo concluyentes, posiblemente porque reconocerlas abiertamente o pueden que fueran exageraciones.

En octubre de 1809 parece que hubo un combate entre un par de centenares de guerrilleros y medio millar de franceses que escoltaban un convoy de Bilbao a Burgos. Las crónicas hablan de que quedaron en el campo más de cuatrocientos muertos y solo hubo un puñado de prisioneros.

El no respetar la vida de los vencidos, heridos y prisioneros, parece haber sido una táctica habitual de la guerrilla.

Ya tuvo entonces sus más y sus menos con los mandos del ejército. Se conserva su correspondencia con el Mariscal Nicolás Mahy y Martín. Aunque Longa era tenido por uno de los jefes de partidas más humano y generoso, sus explicaciones de cómo se salvaron 14 de los cuatro centenares de franceses, provocaron el disgusto de aquel.

Con la progresiva integración de las partidas al ejército se ordena que la requisa de abastecimientos y otros géneros se sustituya por la compra directa. Paralelamente, se comienza a recaudar fondos de manera semejante a la de la Real Hacienda en tiempo de paz. Como Longa tenía querencia a las requisas, la Junta de Burgos le comunica que la Regencia se ha enterado de «la aflicción de los pueblos de la provincia de Burgos por la conducta de Longa» como jefe militar del distrito y el trastorno que la Administración de Hacienda Pública padece por las providencias de aquél, que han creado confusión y anarquía, al haber nombrado una nueva Junta y empleados.Para acabar con esa situación se ordena a Longa que rinda cuentas de los fondos que ha manejado y revoque el nombramiento que hiciera de comisionados para recaudar dineros, granos, salinas y rentas nacionales.

 

Quizás, por estos antecedentes, cuando debe quedar a las órdenes de Wellington, este le escribe a principio de 1813, de forma diplomática pero tajante sobre estos dos temas:

Mucho le agradeceré que me haga saber lo que ha hecho con sus prisioneros, enviándome los recibos de aquellos a quienes se los entregó”.

El generalísimo tiene que moverse por una estrecha cresta. La fuerza de Longa y de otros guerrilleros como el Charro o Mina, era muy importante, y no podía perder su apoyo. Pero tampoco podía tolerar esos métodos. Para ello le recuerda que su “expediente” en el gobierno es muy oscuro, lo que puede afectar a su futuro tras el fin de la guerra. Al parecer había bastantes denuncias de abusos, desfalcos y malversaciones contra Longa. Por ello le dice:

El Gobierno me ha enviado unos papeles relativos a querellas que se han hecho llegar a Cádiz contra vos, sobre las cuales aprovecharé otra vez para escribiros. Nadie conoce mejor que yo las dificultades de la situación en que os ha puesto,y con la forma en que os habéis conducido, y los beneficios que la nación ha obtenido de vuestros servicios; pero le recomiendo que sea muy cauteloso y justo en todos tus procederes.

El país debe apoyar las tropas que es necesario emplear contra el enemigo común; pero el país tiene derecho a esperar que las cargas impuestas se impongan con igualdad y que se apliquen fielmente a los fines para los que se imponen; y, sobre todo, que cuando hayan pagado grandes contribuciones para el sostenimiento y mantenimiento de las tropas, no sean hostigados por requisiciones adicionales, y por saqueos, y demás consecuencias de la indisciplina de las tropas».

Parece que a Longa algunos le apodaban  “Papel”, por la facilidad para extender papeles o vales cuando hacía esas requisiciones, que luego los vecinos nunca podían cobrar. El dinero guerrillero-fiduciario.

Hoy he llegado a Vitoria, justo 210 años después de la famosa batalla. El mismo día y hora, siguiendo los mismos caminos. Tras 400 km. estoy a punto de finalizar mi caminata. Pero aún tengo bastante tarea pendiente para completar mis artículos diarios. Caminar, investigar y escribir por momentos se vuelven incompatibles. Ahora, con más tiempo voy a ir colgando sucesivamente los siguientes episodios de esta historia. Prometo que no todos serán tan sangrientos como algunos de los precedentes. Pero no hay que olvidar que estoy intentando reflejar el ambiente de una guerra que ya duraba casi seis años y que posiblemente fue la experiencia más dura que tuvo el país desde las pestes de siglo XIV.

Los nuevos artículos irán debajo de esta nota y siempre en orden cronológico. No dejéis de preguntar o comentar cualquier cosa que os parezca de interés.

Gracias por vuestra atención.

 

 

 

El ejército reemprende la marcha. Tras una semana en los alrededores de Salamanca, se ha puesto en movimiento, pero no por la carretera real de Valladolid y Burgos, como parecía lógico, sino directamente hacia el norte. Wellington quiere cruzar cuanto antes el Duero y reunirse con el ala izquierda y los cuerp0s españoles que se acercan desde Galicia y el Cantábrico.

Esto ya se sabía anoche. Pero se me olvidó preguntar la hora de partida y cuando me he presentado de buena hora en el campamento… ya no quedaba nadie. Incluso el ganado, la impedimenta y los numerosos acompañantes que siguen a los ejércitos habían empezado a moverse, aunque más lentamente.

Me dicen que el objetivo es llegar hoy mismo a las orillas del Duero, en las puertas de Toro. Son más de 40 kilómetros.

Aunque no lleve ni el pesado fusil, ni la bayoneta, manta, cantimplora, mochila, mudas… me va a resultar imposible seguirlos. Voy a tener que recurrir a mi «parato» y viajar por el tiempo y el espacio y acercarme d un salto a su destino. Al menos los veré llegar e instalar su campamento.

 

Hace hoy un buen día. Me cuentan que muy cerca de aquí, a unos pocos kilómetros al norte de Toro, ha habido un encuentro entre la caballería francesa, los dragones, y la inglesa, los hússares. Es el clásico choque entre los escuadrones de retaguardia y de vanguardia, ya que ambos ejércitos emplean a la caballería bien para despejar, bien para obstaculizar el camino de oponente. Dicen que ha habido varias decenas de bajas. Ha sido un encuentro bastante casual; el primero de alguna importancia desde que salimos hace diez días. Pudiendo haber rehuido el combate, se nota el ánimo de pelea de ambos contendientes.

En Toro no había ni altas montañas, ni abetos, pero sí chocaron un gran número de hússares (800) y dragones (800)

Pero a orillas del Duero, bajo la silueta de la colegiata de Toro, todo parecía mucho mas tranquilo. Las divisiones de Graham, que manda el ala izquierda, ocuparon la ciudad ayer. He visto llegar a las vanguardias de la Ligera, pero ya habían venido, con alguna protección armada, los aposentadores y al ganado que va a servir hoy de cena.

Veo que todo está muy organizado y que se sigue de cerca las instrucciones escritas para los rifleros:

Primero llegaron los oficiales de aposentamiento, que buscaron en los pueblos vecinos alojamiento para los oficiales y decidieron dónde instalar el campamento.

Luego llegaron lo que llamaban «camp colour men», un soldado por compañía, con banderolas de colores, para delimitar dónde sus compañeros pondrían las tiendas.

Lugo llegaba el responsable de intendencia, acompañado de dos matarifes que iban a sacrificar inmediatamente a las vacas u otros ganado, para que cuando llegaran los soldados tuvieran la comida troceada para que la prepararan.

Finalmente, van llegando las compañías de la División. En pocos minutos el campamento está instalado, las guardias puestas y hay tiempo para el baño en el río y la prepatración de la comida.

Finalmente irán llegando los retrasados, débiles y enfermos, en una especie de «coche escoba», que marcha más lento, a la par que los carros de enfermería e intendencia, el resto del ganado y los innumerables acompañantes. A veces esta cola puede prolongarse varios kilómetros.

Vuelvo a encontrarme con algunos de los conocidos, los soldados españoles, Costello y otros. No muestran cansancio, aunque haber aguantado más de cuarenta kilómetros llevando una veintena de kilos de equipaje, no está al alcance de cualquiera. Orgullosos de su regimiento me aseguran que en la marcha de hoy, de los casi mil quinientos rifleros, solamente seis han llegado en el «coche escoba». Me parece realmente asombrosa la capacidad de resistencia y sufrimiento que tienen estos hombres. Supongo que forma parte sustancial del entrenamiento para luego enfrentarse a un combate sangriento sin retroceder.

 

Al anochecer subo a Toro. Aquí está Wellington y esta vez quisiera encontrarlo. Paseando por la muralla que da al puente encuentro a varios oficiales degustando los vinos. Entre ellos está un personaje interesante, el juez militar G3eorge Larpent, encargado de proceder con los consejos de guerra del ejército inglés. Digo interesante, no solo por las anécdotas que cuenta, sino porque me hace falta intensificar mis relaciones con personas que descarten del todo cualquier sospecha de espía que pudiera despertar un extraño personaje como yo, cuando me presento con mi «parato».

Tras unas amables presentaciones, me pregunta directamente ¡por el cambio climático! Y yo, descortésmente, me echo a reir. Ante su sorpresa le digo que puede ser un buen tema de conversación si nos encontramos en futuras etapas, lo que parece despertar su interés. Bueno, evidentemente no dijo «cambio climático»; me preguntó si el clima que estaba haciendo esa primavera era normal en España.  Como eso tiene su miga, dejaré la cuestión para otro día, que yo también quiero probar el blanco de Toro.

Al día siguiente, una vez instalado el campamento, me dijeron que varios rifleros me estaban buscando.

Estaban vestidos de verde y con su sombrero de tubo de chimenea, como todos. Pero por su aspecto, color del rostro y gestos, no parecían ser ingleses o escoceses. Al saludar quedó claro que eran españoles.

No sé si fue mayor mi sorpresa al encontrarlos aquí o su alegría por poder hablar con un compatriota con el que entenderse mejor que con el portuñol que, como mucho, se esforzaban a hablar los oficiales a su cargo. Eran gentes sencillas, así que tampoco había manera de que en el batallón se entendieran en francés. Pero entenderse, acababan entendiéndose, con palabras sueltas y gestos encadenados.

Les pregunté cómo habían caído en el 95º y me dijeron que entre voluntaria y forzadamente. Algunos, antes de ser reclutados por el ejército español, habían preferido las filas inglesas, convencidos que habría mejor comida, calzado y paga. Al fin y al cabo los ingleses eran los que disponían de dinero y suministros en alguna abundancia.

Otros me dijeron que se habían visto forzados por las autoridades, que estaban buscando cómo rellenar el cupo de españoles. En mayo del año anterior, dentro de la coordinación entre ambos ejércitos, se acordó que en algunos batallones ingleses, bastante mermados por las duras batallas de ese año, se incluyera un centenar de reclutas españoles. Eso supondría que uno de cada ocho soldados fuera español aunque parece que nunca lograron alcanzar una cifra tan alta.

Uno del 95º. The 95th Rifles Battle Re-enactment & Living History Society

Entre ellos había un inglés, llamado Edward Costello, uno de los veteranos, me lo explicó con más detalle:

—»Nuestros regimientos, debido a la constante colisión con los franceses, se reducían excesivamente, y los reclutas de Inglaterra llegaban muy lentamente.Finalmente los jefes vieron necesario que se incorporaran algunos españoles; con este propósito, varios suboficiales y hombres fueron enviados a los pueblos adyacentes para reclutarlos. En poco tiempo, y con sorpresa nuestra, se nos unió un número suficiente de españoles para dar diez o doce hombres a cada compañía del batallón. Pero el misterio pronto fue desentrañado, y por los propios reclutas, quienes, al incorporarse, nos dieron a entender, con un gesto hacia el cuello y un sonoro ‘¡Carajo!’, que solo tenían tres alternativas para elegir: ingresar a los batallones británicos, apuntarse a la partida guerrillera de Don Julián, o ser ahorcados.»

Iba a preguntar sobre este don Julián, pero no fue necesario. Costello tenía tantas ganas de hablar conmigo como el puñado de españoles

—»¡Don Julián! ¡Don Julián Sánchez, a quien llaman ‘El Charro’, tan bien visto por los generales! Pero su despótico dominio y su trato amenazante, habían enfriado la inclinación de muchos de sumarse a la guerrilla. Algunos huyeron apresuradamente de los bosques y dehesas, por temor a encontrarse con esa partida y verse obligado a unirse a ellos, y con mucho gusto se unieron a los regimientos británicos. Muchos de ellos incluso fueron nombrados cabos y, de hecho, demostraron ser dignos de sus nuevos camaradas, a quienes rivalizaban en cada empresa de coraje y determinación.

Rebuscando más información para comprobar si lo que me decía Costello era verdad, parece ser que sí, que el ejército británico, a l que no parecía faltarle ni dinero ni armas, andaba muy escaso de hombres y apenas podía cubrir las bajas con el sistema de voluntariado que tenía, ni aunque lo forzara un poco. Se cuenta que la Junta-gobierno española autorizó a mediados de 1812 a que los británicos reclutaran cinco mil españoles en sus divisiones, a cambio de una ayuda de un millón y armas y uniformes para cien mil soldados españoles.

El acuerdo, parece que negociado por el general Alava, entraba en los detalles. Debían ser tratados como cualquier otro recluta, sin discriminación. Aunque como Alava era bien conocedor de los castigos corporales que se empleaban aún en el ejército británico, debió pedir a Wellington que transmitiera a los comandantes de los regimientos, el deseo de que estos voluntarios fueran tratados con suma bondad e indulgencia, frente los grados habituales del sistema de disciplina.

Si finalmente se echaba a los franceses, los soldados españoles no tendrían que salir de su patria para seguir combatiendo, sino que recibirían un mes de paga para poder volver a sus hogares. Teniendo en cuenta que a pesar del cuidado que tenían los oficiales, de vez en cuando surgían roces por cuestiones religiosas entre británicos anglicanos y españoles católicos, se dejó firmado que se les permitirá asistir a los servicios Divinos según los principios de la Religión Católica Romana.

El sargento da instrucciones a los rifleros. The 95th Rifles Battle Re-enactment & Living History Society

Sus oficiales y compañeros parecen estar contentos con el comportamiento de los españoles del 95º, que forman un nutrido grupo de más de un centenar. Parece que tuvieron bastante éxito en integrarse en este regimiento tan particular. Quizás las casacas eran menos brillantes, y los bailes menos alegres, pero el espíritu del grupo y la forma de combatir se ajustaba mejor a esos hombres. Pero Costello, que es sargento, me cuenta que también aportaban al batallón un elemento extra que le incomodaba.

—». . . teníamos varios españoles en nuestro regimiento. Estos hombres eran generalmente valientes; pero uno en particular, el nombrado Blanco, era uno de los más atrevidos y expertos tiradores que teníamos en el batallón. Su gran valor, sin embargo, estaba manchado por un amor por la crueldad hacia los franceses  a los que detestaba, y de los que hablaba con las expresiones más feroces. En cada misión que teníamos él siempre estaba en el frente; y era maravilla ver cómo escapaba de los tiros del enemigo; su singular inteligencia a menudo lo salvó. Su odio al Francés era, creo, ocasionado por su padre y hermano que eran campesinos que habían sido asesinados por un forrajeador francés. Desde este día dio muchas pruebas horribles de este sentimiento apuñalando implacablemente y golpeando con la culata de su fusil a cualquier francés que tuviera a mano, aunque estuviera herido. Esta matanza en la que estaba tan abismado, sin embargo, fue detenida por un veterano de nuestro regimiento que, aunque padeciendo una herida severa en la cara, se exasperó con la crueldad del español, y lo derribó con un culatazo. Blanco se volvió contra él y solo a duras penas pudimos evitar que el español lo apuñalara”.

 

Tras una semana siguiendo su rastro, ¡por fin alcanzo a la Ligera!

Habiendo salido esta mañana de la ciudad, ya estoy llegando a la zona donde están concentradas las divisiones del centro y del ala derecha del ejercito aliado. En el camino he encontrado a un oficial que me ha dicho que «el Cuerpo de Sir Rowland Hill y la División Ligera estaban acampados aquí. Que es un buen país para la caza, abierto, en general, pero con bosquecillos pintorescos y bosques jóvenes aquí y allá, que proporcionan amplio refugio y alimento.”. En realidad se trata de dehesas a las que los ingleses no están muy habituados. Me sorprende que en plena guerra las vean con mirada cinegética, que sigue siendo una de sus aficiones principales. Muchos oficiales se han traído de las islas sus rifles de caza, poco aptos para la guerra, e incluso perros y aprovechan la menor ocasión para cazar, ya sea liebres o malvices.

Afortunadamente la mandaron parar y han estado cinco días acampados en los amplios espacios entre La Urbada y Aldeanueva de Figueroa, a unos 20 km al norte de Salamanca. De no ser por este alto, ordenado por Wellington para que el ala izquierda del ejército, que remonta el Duero por el norte pero aún no había atravesado el río Esla, pueda ponerse a la par, creo que nunca les habría alcanzado.

Pero esta circunstancia me ha impedido conocer a Wellington. Ayer, cuando llegué a Salamanca, pregunté por su Cartel General, dispuesto a presentarme. No quedaba ni rastro. Había llegado el 26, a la par que las divisiones de vanguardia y pocas horas después de que los franceses la abandonaran. Recibidos como libertadores, la ciudad, que había cambiado varias veces de manos a lo largo de la guerra, esperaba que esta vez la salida del ejército napoleónico fuera definitiva.

Entrada de Wellington a Salamanca en 1813. William, Heat

Al día siguiente se cantó Te Deum en la catedral. Wellington iba con levita gris, corbata blanca, espada vieja y el sombrero de picos, habitual de los altos oficiales. Castaños y otros generales españoles asistieron en traje de gala.

 

Cuando están en marcha, los batallones vivaquean, cambiando de sitio noche tras noche. No tienen tiempo de acampar como es debido. Hay muchas tareas que hacer, establecer guardias, levantar las tiendas, recoger leña, preparar la comida… El equipaje que les acompaña no siempre llega a tiempo, o lo hace muy tarde. Todo es algo provisional. Pero, en cuanto la parada se prolonga, el carácter del campamento empieza a cambiar. Hay más tiempo libre para hacer más cómodo el campamento, para cocinar, repasar los avíos, charlar e incluso cantar.

He llegado al atardecer, en un momento de cierto relax.

Campamento. The 95th Rifles Battle Re-enactment & Living History Society

Así que voy a aprovechar este momento de tranquilidad para contar

Voy a presentaros cómo está organizado el ejército británico, o mejor dicho el anglo-luso, ya que los portugueses constituyen en torno a un tercio del efectivo total.

El grueso está constituido por la infantería, a la que complementan dos docenas de escuadrones de caballería, que por sus características de movilidad y necesidades logísticas, tienen una gran autonomía, aunque suelen adscribirles a las diferentes divisiones. Y la artillería, los ingenieros….

La infantería está organizada en por 8 divisiones, que denominan con el número del 1 al 7. La octava es, como habréis podido imaginar la División Ligera, que tiene algo de especial hasta en el nombre.

Las divisiones están formadas por cierto número de batallones de infantería, en número que varía entre 10 y 16. Un batallón completo tiene ceca de 800 hombres, pero casi nunca lo están, así que una división suele tener de media unos 8.000 soldados.

La Ligera es de las más pequeñas, con poco más de 5.000 soldados, de ellos unos 1800 portugueses. Del resto la mayor parte pertenece a un solo regimiento el 95º, que es el que pretendo seguir.

Este regimiento tiene bastantes características diferenciales. Para empezar un regimiento clásico de infantería solía tener dos batallones. Uno que estaba desplegado en el exterior, ya fuera aquí en la península o en Canadá, la India … El batallón parejo estaba acuartelado en el Reino Unido y servía de apoyo, reclutando y entrenando a los soldados que irían de refuerzo al otro. El 95 tenía tres batallones y los tres estaban juntos en la Península, dentro de la misma división.

El mismo número el 95 indica que era de creación muy reciente, pues los números solían asignarse por orden de llegada.

En 1800 se había creado un Cuerpo Experimental de Rifleros, con el fin de incluir los Rifles, un arma relativamente novedosa, haciendo una selección entre los mejores tiradores de otros regimientos. Tres años más tarde se constituyó oficialmente como regimiento, así que en el momento de esta historia no tenía más que diez añitos. Las largas y pesadas tradiciones de otros regimientos ingleses no estaban presentes.

Había muchas novedades en estos tres batallones, pero mejor que nos lo vayan contando los protagonistas o lo que vean mis ojos.

Al acercarme una cosa me llama la atención.

Los colores del ejército aliado. The 95th Rifles Battle Re-enactment & Living History Society

El color distintivo del ejército inglés es el rojo. Bueno, ahora podría decirse que es el Pantone 190CP pero el rojo de entonces estaba menos normalizado. La industria de los tintes textiles es larga, pero en general su producción era costosa. El rojo brillante de miles de uniformes era una manera de mostrar poder económico, además de esplendor.

Había dos manera de producir el color de las “casacas rojas”. El más barato, y empleado para los uniformes de los soldados era con el pigmento llamado “rojo de alizarina” o “rojo turco” extraído de las raíces de una planta bastante extendida. Pocos soldados de los que habían invernado en el entorno de Fuenteguinaldo cerca de Portugal se habrían imaginado que uno de los pueblos más cercanos se llamaba Villasrubias por la abundante presencia de esa planta, la rubia o granza, Rubia tinctorum para los amigos botánicos. Para los uniformes de los oficiales se usaba otro pigmento mucho mas caro-el de la rubia tampoco era barato-, el que se extrae de la cochinilla, ya sea de la mediterránea que se alimenta de coscojas o de la americana.

Pero los del 95º habían decidido que su color no podía ser llamativo. No iban a combatir en grandes grupos, sino escaramuzando, aprovechando el paisaje para ocultarse, aproximarse y alejarse del enemigo. Optaron por un verde discreto y bastante tristón.

No he conseguido saber qué pigmento utilizaban para teñir los uniformes de verde oscuro. Por entonces estaba de moda el Scheele’s green, inventado en 1775 y que tuvo mucha expansión. Estaba basado en cobre y arsénico. Era bastante tóxico, algo que entonces no se sabía y acabaría usándose como insecticida. Dicen que Napoleón pudo llegar a morir por intoxicación con este pigmento de los papees pintados de su casa en Santa Elena. Sería un colorido paralelismo con el color de los uniformes que tanto daño hicieron a su ejército. Pero tampoco sería muy saludable para los soldados del 95º.

Pero no todos eran verdes. Estaban los azules del regimiento portugués y los marrones de los caçadores de ese país. Además los otros batallones británicos usaban el habitual escarlata.

El oficial que me ha acompañado me ha explicado que la División Ligera está compuesta por batallones del 95º (los verdes), el 43º y 52º (ambos rojos), todos ellos ingleses y por un regimiento portugués, el 17º, además de dos grupos de «caçadores». Me dice que cada uno tiene su personalidad bastante acusada y que, por eso, normalmente el ejército no suele hacer intercambio de soldados. Me cuenta que

«El 43 forma un alegre grupo. Son como los dandis del ejército; los grandes animadores de representaciones teatrales, cenas y bailes, que suelen celebrarse en su campamento. Los del 52 son hombres muy caballerosos y de aspecto firme; se mezclan poco con otros cuerpos, pero les gusta asistir a las funciones del 43 con buen humor circunspecto. Y si alguna vez se relajan y se contagian de la alegría de aquellos, no tardan en volver a ser los del 52 de siempre.

Los del 95, los rifleros, son escaramuzadores en todos los sentidos de la palabra; una especie de deportistas salvajes y a la altura de toda descripción de la diversión y el buen humor. Nada les salía mal: hasta los mismos árboles parecen responder a su jolgorio y fragmentos de sus rimas sarcásticas corrían por todos los campamentos y vivaques.»

Quería preguntar más detalles por estos del 95º, pero una mirada que el oficial echó hacia su tienda me convenció que seria esa conversación podía esperar a mañana.

Tras varias leguas atravesando el campo charro, me voy acercando a Salamanca.  Hace unos días se instaló allí el cuartel general de Wellington y en torno a la ciudad se encuentran acampado gran parte de su ejército. Espero alcanzar por fin a la vanguardia y encontrar al 95º de la División Ligera, con quien me gustaría seguir el resto de la ofensiva.

Se comenta que el 26, cuando llegaron las primeras escuadras de caballería se toparon con algunos franceses que estaban evacuando la ciudad y hubo los primeros combates de esta campaña.  Por ahora parece que ante el avance inglés se van retirando, pero todos creen que esa táctica no durará mucho y en algún momento se revolverán y presentarán batalla.

No muy lejos de la ciudad, el camino real tiene una densa circulación de carros, ganados y personas. No son todos, ni muchos menos militares. Son las gentes que siguen a todos los ejércitos en movimiento, algunos a sus órdenes, otros buscándose la vida por sus propios medios.

Según me acercaba he observado a cierta distancia a un paisano que, en fuerte contraste con los que seguían el camino, rebuscaba algo por las cunetas. Creyendo que sería el único que ya estaba instalado en el lugar y no un recién llegado, me he acercado a preguntar por el campamento de la Ligera.

—No lo sé, Señor. Acabo de llegar con mi amo.

En la mano llevaba un cesto de castaño con varias plantas. En ese mismo momento añadía al montoncillo unos hinojos.

—¿Estás recogiendo hierbas medicinales?

—No, no, —dijo con una amplia sonrisa.

—Mi amo es médico, es oficial en un destacamento sanitario. Yo soy su cocinero y recojo solamente especias para la cena.

Tenía un acento poco habitual para mí.

—¿Eres portugués?

—Sí, de Coimbra. Allá me encontró mi amo, el capitán Henry. Le puedo llevar donde él. Seguramente sabrá donde acampa la División Ligera.

Las tiendas del destacamento sanitario estaban a orillas del Tormes, a una milla de Salamanca. En medio de un pequeño grupo, sentado en el suelo y sobre cajas se encontraba un joven, de no más de 22 o 23 años, con su uniforme rojo impecable, hablando a ese pequeño auditorio, formado por soldados y alféreces aún más jóvenes. Le escuchaban con atención, un poco de admiración y un semblante de cierta preocupación. Por lo nuevo de sus uniformes debía tratarse de algunos de los Me paré a cierta distancia y pude entender que estos eran refuerzos recién llegados. Me paré a cierta distancia y pude entender que el cirujano les contaba su bautismo de fuego, que al parecer había tenido lugar el año anterior en el asalto de Badajoz.

El asalto de Badajoz- R.C.Woodwille

—…llegué al puente sobre el Guadiana en tres cuartos de hora, pero mi sorpresa fue grande. En vez de encontrar todo tranquilo tras el combate, y a todos ocupados en atender a los heridos y en hacer los preparativos para enterrar a los muertos, como yo había esperado, vi una escena de la más espantosa embriaguez, violencia y confusión. Grupos de hombres ebrios, liberados de toda disciplina y restricción, e impelidos por sus propias malas pasiones, deambulaban y se tambaleaban; disparaban contra las ventanas, abrían las puertas descargando sus mosquetes contra las cerraduras, saqueando y disparando a cualquier persona que se les opusiera, violando y cometiendo todos los excesos horribles y, a veces, atacándose ente sí…

No me había repuesto de mi impresión del relato de anteayer , cuando volvía a encontrarme con los horrores de la guerra. Pensé en alejarme y buscar a otro que me informara. Pero en ese momento el oficial me miró, haciendo un leve gesto de extrañeza, quizás de desprecio por mi rara vestimenta, nada marcial, y decidí quedarme. Al fin y al cabo era un testigo directo de lo que pasó y podría aprender algo.

—¿Quienes fueron?— preguntó uno de los oyentes más jóvenes, haciendo que el sanitario se volviera a dirigir al grupo

—Había muchos portugueses, pero la mayoría eran soldados ingleses; y entre estos, sobresalían los de dos regimientos de la tercera división, pero no diré sus números.

Los soldados se movían incómodamente. En esa batalla participó el regimiento que espero alcanzar, el 95º de rifles, que había tenido muchísimas bajas, algunos decían que hasta un 40% de la fuerza de combate. Seguramente algunos de los oyentes venían a reemplazarlos y escuchaban con una mezcla de orgullo de cuerpo y de temor por lo que les pudiera acontecer. El orador prosiguió su relato.

Wellington inspecciona tras el asalto de Badajoz. R.C._Woodville

—Me encaminé en medio de un confuso y peligroso tiroteo hacia la puerta de Talavera donde estaba la brecha principal del asalto. Allí, de hecho, había una escena terrible. En un espantoso montón yacían mil quinientos soldados británicos, muertos, pero aún tibios, y entremezclados con algunos aún vivos, pero tan desesperadamente heridos que no podían salir de él. Yacían rígidos, con sus cuerpos sangrientos, apilados unos sobre otros, envueltos, entrelazados, aplastados, quemados y ennegrecidos. Una horrible y enorme masa de carnicería, mientras los oblicuos rayos de sol de la mañana, irradiando débilmente esta colina de muertos, me parecían pálidos y lúgubres como durante un eclipse.

Se notaba la inquietud de los oyentes. Me impresionaba el estilo de la descripción, capaz a la vez de impresionar a las futuras víctimas de los combates y de realzar el valor del orador. A mí me preocupaba particularmente que en el camino que seguía el ejército se interponían muchas fortalezas amuralladas, Burgos, Pancorbo, San Sebastián, Jaca o Pamplona. ¿Lograrán librarse de asedios o serán escenario de sangrientas tragedias?

—Me uní a algunos de los oficiales médicos que estaban atendiendo los casos más urgentes y estuve amputando miembros destrozados por balas, desde la mañana y hasta el siguiente amanecer; luego, comiendo apresuradamente una galleta, parcialmente ennegrecida con pólvora y tomando un sorbo de vino de la cantimplora de madera de un soldado, regresé a mi cargo en Campo Mayor.
Las campanas seguían repicando alegremente a intervalos, y todo el mundo estaba regocijándose, ¡regocijándose! después de lo que acababa de presenciar! ¡Después del terrible sacrificio de dos mil de las mejores y más valientes tropas del mundo! ¡Después de que la pila compactada de sangre todavía esté fresca en mi ojo! ¡Después de los lastimosos significados y las agonizantes exclamaciones que aún torturan mi oído! ¡Alegría después de todo esto!
Habiendo creado este clímax, hizo además de callarse, pero los soldados le pedían que prosiguiera su relato. Así que añadió algo que fuera más reconfortante y pedagógico para los jóvenes soldados.
—Al día siguiente, cuando habíamos avanzado cerca de una legua, vimos a lo lejos que se acercaba una gran multitud. Era la guarnición francesa de Badajoz, en número de unos tres mil quinientos prisioneros, en camino a embarcarse para Inglaterra. Como, supongo, sería el caso con cualquier otra tropa en circunstancias similares, había una diferencia llamativa en la apariencia y el porte de los veteranos de los soldados jóvenes. Los primeros tenían una mirada audaz y segura de sí misma, que decía: «N’importe—c’est la fortune de guerre—notre temps viendra». Los pobres jóvenes reclutas, por el contrario, parecían completamente abatidos; sus miradas furtivas, tímidas, delataban el temor de descubrir a su alrededor un arma cargada o un cuchillo en mano de algún habitante del país.

Dicho esto se alejó hacia una tienda y Antonio y yo fuimos tras él. Nos presentamos, él Walter Henry, irlandés de Donegal, médico, deportista y escritor. mi presentación fue más complicada; dije algo así como corresponsal de guerra de una lejana época. No hubo preguntas, solo una invitación para visitar esa misma tarde la ciudad.

Con un grupo de oficiales fuimos de visita «cultural». Al volver, Henry me mostró sus anotaciones: «Salamanca presenta la apariencia de un lugar antiguo muy venerable, solazándose entre magníficas ruinas, por la consideración de su antigua grandeza. La gran Plaza, considerada la mejor de España, es ciertamente soberbia; y la catedral es un noble edificio gótico, conservando aún, dos o tres murillos que, habiendo sido escondidos, escaparon a la rapacidad francesa. Esta ciudad ha sufrido terriblemente durante la presente guerra; porque ha estado casi todo el tiempo desde 1809, en posesión del enemigo. Se nos mostraron largas masas de ruinas, restos de calles destruidas por Regnier, en las proximidades de los conventos fortificados».

Pero a pesar de mi deseo de ver a Wellington, no fue posible. Había partido el día anterior hacia Miranda do Douro para coordinarse con el ala izquierda y el ejército español de Galicia. Eso explicaba que las divisiones se hubieran detenido en Salamanca para no adelantarse excesivamente. Ya empezaba a desesperar que algún día pudiera encontrarle.

Finalmente me dijo que no sabía donde estaba el 95º regimiento de rifles. Posiblemente con el resto de la División en Aldeanueva de Figueroa, a unos 25 km al noroeste de Salamanca. ¡Por fin, una etapa más y los alcanzaré!

—Siendo español te recomiendo que preguntes por el capitán Harry Smith. Su esposa es un española que protegió durante el saqueo de Badajoz. Estará con el en el campamento y te podrá contar su historia.

 

 

Necesito un descanso.

Aunque sabia que iba a tratar, no de una marcha de alegres soldados al son de tambores, sino de la guerra en toda su crueldad, necesito, al menos por un día, bajar el nivel. No puedo alejarme del tema, pero, al ver que la etapa de hoy me lleva muy cerca de un pueblo llamado Boada, del que tenía alguna noticia curiosa, he decidido alejarme de la columna que sigue al ejército y desviarme un poco.  Esta jornada dejaré desconectado mi «parato» y no viajaré al pasado más que a través de documentos antiguos. Intentaré de paso descubrir cómo se vivía en estas tierras por aquellos tiempos, para entender mejor lo que les supuso la guerra a nuestros antepasados.

Boada saltó a la prensa nacional a fines de 1905 con una noticia que algunos encontraron alarmante. Yo vi en ella más bien la vitalidad de un pueblo.

Boada se encuentra casi a mitad de camino entre Salamanca y Ciudad Rodrigo. Un poco apartado del camino real, pero próxima a una población de cierta importancia y muy cerca de donde la División Ligera ha vivaqueado esta noche. No está perdida en las montañas, sino al alcance de las requisas y saqueos.

El 8 de diciembre el periodista Mariano de Cavia suelta la bomba en «El Imparcial». Se adelantó por unas horas, pisando la exclusiva,  quien había levantado la liebre desde Londres. Se trataba de Ramiro de Maeztu, corresponsal en la capital británica. A esta ciudad había llegado un periódico argentino que informaba el 6 de noviembre que un pueblo español había pedido formalmente permiso y ayuda al presidente argentino para mudarse en bloque a aquel país. Se trataba de Boada. El médico y el secretario le habían escrito una carta rogando que «admitiera un pueblo entero, o la mayor parte de él, con todas sus clases sociales, como son labradores, carpinteros, herreros, albañiles, médico, boticario, zapateros etcétera».

Maeztu, que por entonces simpatizaba con el socialismo fabiano,  hace en su artículo un brillante llamamiento a los boadenses: «No es con la huida como se vencen las dificultades, sino haciéndolas frente. Si vuestra tierra es pobre, enriquecedla con vuestro trabajo. ‘La tierra vale -ha dicho alguien- lo que el hombre que la cultiva’. Si el fisco os maltrata, alzaos contra el fisco y haced que en vuestro alzamiento os secunden los muchos pueblos que sufren con vosotros. Si los terratenientes os esquilman, protestad contra ellos. No creáis que vuestra protesta se ahogará en el vacío; no imaginéis que todas las orejas se han vuelto sordas para los clamores populares. En ese Madrid, donde hay tanta corrupción y miseria, hay también mucho entusiasmo generoso, hay muchas plumas que se pondrían al servicio vuestro, si vuestros males les fueran conocidos (…). Y si vuestra desesperación fuera tanta que os impulsara a medidas extremas, haceos la justicia por vuestra mano, imitad el ejemplo de Fuenteovejuna… todo antes que huir cobardemente».

Tiene bastante ironía que el mismo Maeztu acababa de irse de España para encontrar un trabajo mejor y un ambiente más favorable en Londres criticara así a sus compatriotas que tenían el mismo objetivo. Al parecer él no consideraba que lo suyo era una cobarde huida. Para muchos agricultores y artesanos las oportunidades que les ofrecía Argentina no eran menores que las que podía encontrar un intelectual en la capital inglesa. Pero era incapaz de entenderlo y se unió al grupo que quiso apagar los sueños de esta población que entreveía un futuro mejor.

 

 

Tenía Boada entonces 1.146 habitantes y sus campos no eran de los peores de la región. Contaba incluso con una estación de ferrocarril por la que pasaba una línea que en aquellos tiempos los ponía en comunicación con Oporto, Paris y Londres. Pero no le veían futuro a seguir en esas tierras o confiaban, por informaciones de anteriores emigrantes al Río de la Plata que su futuro iba a ser mucho mejor.

 

Para no extenderme mucho diré que la reacción de los estamentos oficiales fue rapidísima y al mismo tiempo ineficaz, pero consiguieron que el pueblo no se fuera. Había miedo que cundiera el ejemplo y algunos diputados y senadores interpelaron al Gobierno en cosa de horas. El día 10 de ese mes, que era domingo, hubo reunión del Consejo y trataron del tema: «el ministro de Fomento dio cuenta de que, desgraciadamente, se han confirmado las noticias de que el pueblo de Boada trataba de emigrar en masa a la República Argentina. Añadió el señor Gasset que puesto de acuerdo con el gobernador de la provincia, ha conseguido que el citado pueblo desista de su propósito, y hoy irán dos ingenieros para informar acerca de las obras públicas que pueden allí realizarse». Increíble. Todo en 48 horas de un fin de semana (claro que en aquellos tiempos un sábado no era distinto de un martes o un jueves.

Si alguien se cree que, con los medios de comunicación de entonces, el telégrafo y poco más; lograron convencer al pueblo que había mandado esa carta de forma discreta, tendrá que hacer un gran esfuerzo para convencerme.

El martes 12 salieron de Madrid para Boada un ingeniero de caminos y otro agrónomo del ministerio. Entretanto se publican más artículos detallando la situación del pueblo e interpelaciones en el Senado, todas ellas cargadas de un dolido patriotismo. Algunos periódicos andan fotógrafos para mostrar la imagen del pueblo.

El mismo día de Navidad se celebra un consejo de ministros que estudia ya los informes enviados por los ingenieros. Han pasado solo dos semanas desde que saltó la noticia.

En adelante el proceso fue algo más lento, porque hubo que preparar y presupuestar un proyecto para crear un «centro de divulgación agrícola». El 24 de abril fue aprobado por el ministerio. Todo un récord.

El pueblo no se fue en masa. Ese fue el «éxito» de los políticos e intelectuales. Pero, ¿fue lo mejor para los boadenses? Muchos no cejaron en la idea. Entre 1900 y 1930, 900.000 españoles emigraron a Argentina, y no fue ese el único destino. Entre ellos hubo no pocos de estas tierras salmantinas. Muchos de ellos prosperaron de una manera que no hubieran podido soñar en España y, además, se libraron de una cruel guerra civil.

 

 

 

¿Cómo vivían los boadenses y en general los salmantinos un siglo antes de esta polémica, cuando su tierra era hollada una y otra vez por ejércitos, propios y extranjeros, o por partidas guerrilleras?

He echado un vistazo al catastro de Ensenada de mediados del XVIII, es decir un par de generaciones antes de la invasión napoleónica. Los ritmos de aquella época eran extremadamente lentos para lo que nos hemos acostumbrado en el XXI, así que su imagen puede servir para principios del XIX.

«lo más del término son tierras de secano, para trigo unas, para centeno otras, algunas cortinas para herrén o verde (siembras de avena, cebada, trigo, centeno y otras plantas para forraje) para el ganado de labor, algunos prados valles que dicen rodillos, y entrepanes (tierras no sembradas, entre otras que lo están). Las tierras de pan traer y centeneras se siembran un año y descansan dos. Cuando se cultivan dan entre 4 y 6 fanegas de trigo, por fanega sembrada (actualmente la productividad en este tipo de tierras es cinco o seis veces mayor).

Las cuentas no salían. De las 750 hectáreas de posibles sembradíos con que contaba el pueblo, cada año solamente se podía contar con la cosecha de 250, y de esta un 20% había que reservarla para la siembra del año siguiente. No era mucho para mantener un pueblo de varios cientos de habitantes. Las huertas ayudaban, pero plantas como las patatas no estaban muy extendidas aún. Quedaban los garbanzos, otro alimento fundamental, que algunos sembraban. Y el lino, para el que arrendaban tierras más apropiadas en otros pueblos. En el pueblo un tejedor se encargaría de preparar los lienzos.

El ganado era escaso y la mayor parte de labor, pues sin caballos, mulas o bueyes la supervivencia era casi imposible. Desgraciadamente esos animales eran los primeros buscados por los militares, porque eran despensas andantes. Un millar y medio de ovejas y cabras podían servir de capital de reserva, pero las familias más pobres apenas disponían de un par de cabras con este fin. Suerte si las intendencias los pagaban en dinero contante y sonante, y no con un papelito de recibo firmado por algún cabecilla de banda o algún furriel, que tenía pocas posibilidades de ser cobrado en algún lejano futuro.

¿Y el paisaje? Bastante desolador. Algunos piensan que ha sido la sociedad moderna la que ha acabado con los bosques, pero la situación era entonces bastante trágica. Se informa que en la dehesa boyal, la reservada para alimentar a los valiosísimos animales de labor, «hay algunas encinas y robles, aunque en corto número y fructifican alguna bellota y no todos los años». Hay un pequeño monte de un centenar de hectáreas, que debía ser apenas suficiente para cubrir las necesidades de leña y madera Y los informantes añaden que «en todo el término, además de esas encinas no hay más que cinco o seis morales y ocho o nueve álamos negros inútiles«.

Un grupo de raras moreras supervivientes, en Topas (Salamanca)

Justísimo para sostener la población. Insuficiente si se sucedían algunos maños años. Imposible para alimentar el apetito voraz de  los grandes ejércitos que iban a pasar una y otra vez. ¿Cómo se las arreglaban? Intentaré enterarme en próximas jornadas.

 

 

NOTA PREVIA: De lo que he contado en días anteriores ya se puede adivinar algunos de los horrores de las guerras. Lo de hay oscurecerá aún más la imagen. Aunque tomo casi literalmente las palabras de testigos de los hechos, advierto que son muy duras, por si alguien quiere saltarse este artículo. Y os ahorro cualquier imagen; las palabras ya son suficientemente espantosas.

 

Para la etapa de hoy he buscado la compañía de un grupo de soldados recién llegados de Inglaterra para reponer las bajas. He hecho buenas migas con un jovencísimo alférez que va a incorporarse al 88 regimiento, los Connaught rangers, de la 3ª División. Al llegar a Lisboa se encontró con unas cartas de un viejo amigo suyo que había servido hasta hacía unos meses en ese mismo regimiento. Las iba leyendo y releyendo, como una especie de bautismo de fuego de papel.

En el camino me habló apasionadamente de lo que le contaba, entre otras cosas de la descripción de la batalla de Fuentes de Oñoro, en el que esos batallones del 88 habían participado a las órdenes del general MacKinnon, el que moriría en Ciudad Rodrigo.

En un alto del camino le pregunté qué es lo que más le había impresionado de lo que contaba su amigo, un dublinés llamado William Grattan, y tras un incomodo silencio, rebuscó en su morral y me pasó una de las cartas. Le contaba que un par de días después de la batalla de Fuentes de Oñoro había ido al hospital a visitar a un amigo que había sido herido:

Al día siguiente, el 6, no hubo combates; cada ejército mantuvo su posición y Vilar Formoso siguió siendo el destino de los heridos. Este pueblo está bellamente situado sobre una escarpada colina, a cuyos pies discurre el riachuelo de Oñoro. Su situación saludable y tranquila, sumada a su proximidad al escenario de la acción, lo convertían en un lugar muy apropiado para nuestros heridos; el perfume de varias arboledas de árboles frutales contrastaba deliciosamente con el olor que se acumulaba en la llanura de abajo; y el cambio de escenario, sumado a un fuerte deseo de ver a un hermano oficial, que había sido herido en la acción del día 5, me condujo allí.

Al llegar al pueblo, tuve poca dificultad para encontrar los hospitales, ya que cada casa podría considerarse uno, pero pasó algún tiempo antes de que descubriera al que estaba buscando. Por fin lo encontré.

Constaba de cuatro habitaciones; en él estaban alojados doce oficiales, todos malheridos. La habitación más grande tenía doce pies por ocho, y este apartamento tenía por ocupantes a cuatro oficiales. Junto a la puerta, sobre un fardo de paja, yacían dos miembros del 79º Highlander, uno de ellos con un disparo en la columna. Me dijo que lo habían herido en las calles de Fuentes el día 5, y que aunque antes había sentido mucho dolor, ahora estaba perfectamente tranquilo y libre de sufrimiento. Yo estaba poco ducho en medicina, pero, sin embargo, no me gustó la descripción que hizo de sí mismo.

Pasé a donde estaba mi amigo; sentado en una mesa, con la espalda apoyada contra una pared. Una bala de mosquete le había penetrado en su pecho derecho, y perforando sus pulmones le salió por la espalda- Debía su vida a la gran destreza y atención de los Doctores Stewart y Bell, de la 3ª División. La cantidad de sangre que le habían extraído era asombrosa; tres, ya veces cuatro, veces al día lo sangraban, y su recuperación fue uno de esos casos extraordinarios que rara vez se presencian.

En una habitación interior había un joven oficial escocés con un disparo en la cabeza. El suyo era un caso perdido. Estaba delirando y tuvo que ser sujetado por dos hombres; su fuerza era asombrosa, y más de una vez, mientras yo permanecía allí, logró escapar de las manos de sus asistentes. El ayudante del oficial entró poco después y, agachándose, preguntó a su amo cómo se sentía, pero no recibió respuesta; tenía medio vuelto el rostro; el hombre tomó la mano de su amo, todavía estaba caliente, pero el pulso había cesado, estaba muerto. Lo repentino de la muerte de este joven afectó sensiblemente a sus compañeros; y me despedí de mi amigo y compañero, Owgan, completamente impresionado con la idea de que nunca más lo volvería a ver.

Regresaba al ejército cuando me llamó la atención un extraordinario bullicio y una especie de gemido medio ahogado que salía del patio de una quinta o casa nobiliaria.

Miré a través de la reja y vi a unos doscientos soldados heridos esperando a que les amputaran alguno de sus miembros. Otros llegaban a cada momento.

Sería difícil dar una idea del espantoso aspecto de estos hombres: habían sido heridos el día 5, y éste era el 7; sus extremidades estaban tan hinchadas que tenían un tamaño enorme. Algunos estaban sentados en el suelo, apoyados contra una pared, bajo la sombra de varios castaños, y muchos de ellos estaban heridos en la cabeza y en las extremidades.

Los rostros espantosos de estos pobres muchachos ofrecían un deprimente espectáculo. Los regueros de sangre que les habían corrido por las mejillas estaban ya bastante endurecidos por el sol y daban a sus rostros un tono vidrioso y cobrizo; sus ojos estaban hundidos y fijos, y entre los efectos del sol, del cansancio y la desesperación, parecían más un grupo de figuras de bronce que algo humano- Allí estaban sentados, silenciosos y como estatuas, esperando su turno para ser llevados a las mesas de amputación.

Al otro lado del patio yacían otros cuyo estado era demasiado impotente para que pudieran sentarse; de tanto en tanto. un débil grito surgía de entre ellos, dirigido a los que pasaban cerca, pidiendo un trago de agua. Eso era todo lo que se escuchaba.

Un poco más adelante, en un patio interior, estaban los cirujanos. Estaban despojados de sus camisas y ensangrentados.

La curiosidad me llevó adelante; varias puertas, colocadas sobre barriles, servían de mesas provisionales, y sobre ellas yacían los diferentes sujetos a los que operaban los cirujanos; a derecha e izquierda estaban brazos y piernas, arrojados aquí y allá, sin distinción, y el suelo estaba teñido de sangre.

El Dr. Bell iba a cortar la pierna por el muslo a un soldado del 50º y me pidió que le ayudara sujetando a aquel hombre. Era el cirujano una de las personas de mejor corazón que he conocido, pero, tal es la fuerza de la costumbre, que parecía insensible a la escena que se desarrollaba a su alrededor, y con mucha compostura comía almendras que sacaba de los bolsillos de su chaleco. Me ofreció algunas para compartir conmigo, pero, ni aunque me dieran el universo por ello, no podría haber tragado un bocado de nada.

La operación del hombre del 50º fue el espectáculo más impactante que jamás haya presenciado; duró casi media hora, pero le salvaron la vida.

Saliendo de este lugar hacia la calle, pasé apresuradamente. Cerca de la puerta, un ayudante de cirujano estaba amputando la pierna de un viejo sargento alemán del 60º. Evidentemente, el médico era un joven poco experto y Bell, nuestro cirujano de planta, se tomó muchas molestias para instruirlo.

Es una opinión bastante generalizada, que cuando la sierra atraviesa la médula del hueso, es cuando el paciente sufre el dolor; más intenso Pero ése no es la realidad. El primer corte y la sección de las arterias es lo peor. Mientras operaban al viejo alemán, parecía insensible al dolor cuando la sierra estaba en funcionamiento; de vez en cuando exclamaba en un inglés chapurreado, como si estuviera cansado: «¡Oh, Dios mío!, ¿aún no está cortada?», pero él, al igual que todos los que vi, sufrieron mucho cuando introdujeron el cuchillo por primera vez, y todos pensaron que se les aplicó hierro al rojo vivo cuando les cortaban las arterias. El joven doctor pareció muy complacido cuando acabó la operación del sargento, y sería difícil decidir quién esta más feliz de haber terminado, si él o su paciente; por todo lo que pude observar, creo que el doctor hizo su debut amputador con el muñón del viejo alemán.

Me dije a mí mismo en unas pocas palabras, por no llamarlas plegarias, que, si alguna vez me tocaba perder a alguno de mis miembros, no fuera este joven doctor quien me operara.

Fuera de este lugar había una inmensa fosa para recibir a los muertos del hospital general, que estaba cerca. Doce o quince cuerpos habían sido fueron arrojados a la vez, y se cubrían con una ligera capa de tierra, y así sucesivamente, hasta llenar el pozo. Bandadas de buitres ya comenzaron a revolotear sobre este lugar, y ahora Vilar Formoso, un paraje tan agradable hace solo unos días, se había vuelto un lugar horrible.

Esta fue mi primera y última visita a un hospital de amputación, y aconsejo a los jóvenes caballeros, como yo lo era entonces, que eviten acercarse a un lugar semejante, a menos que estuvieran obligados a hacerlo. La mía fue una visita accidental.”

Llego a Ciudad Rodrigo, pensando encontrar el cuartel general de Welington. Pero el pasó por aquí el 22, lunes en 1813, y no se detuvo más que unas horas para ir a instalarse en Tamames, más cerca de las avanzadas de su ejército.

Hace solo unos días pasaron por aquí cerca algunos regimientos de la División Ligera a la que pretendo alcanzar. Los regimientos habían acampado a orillas del río Agueda. Como sé que antes o después los voy a alcanzar, aprovecharé para tratar del tema de los asedios.

Esta es una cuestión importante en guerra como esta, y lo había sido desde hacía milenios. Cuando un ejército decidía hacerse fuerte en una población amurallada, o eran sus propios habitantes quienes decidían defenderse, al ejército atacante se le presentaba un gran problema.

Buena parte de la técnica militar ha evolucionado reflexionando sobre este problema. ¿Cómo hacer muros más resistentes? ¿cómo configurar fortalezas inexpugnables? ¿Cómo construir obuses y cañones capaces de romper esas defensas? ¿Cómo excavar minas para con su explosión derribar muros y bastiones? De los avances en artillería e ingeniería pocos se acurdan, salvo que visiten un museo muy especializado. De las obras defensivas tenemos un extraordinario muestrario en forma de ciudadelas, murallas…

Menos conocida es la preparación sicológica para el asalto y la defensa. Porque, ha semejanza de muchas guerras modernas, en los asedios de ciudades participan no dos, sino tres elementos: los dos ejércitos y la población civil que las habitan. El hambre y la sed, las enfermedades, la moral, juega un papel determinante que suele desencadenarse por el eslabón más débil, el de los civiles, que no tuvieron la posibilidad o el acierto de escapar antes de verse encerrados.

A veces la población civil es aliada del defensor, a veces del atacante y espera ser liberada. A veces, ni lo uno ni lo otro. Pero sea cual sea su posición, no deja de ser un rehén.

Y otro elemento determinante en las decisiones de los generales, y de los propios soldados, es la desigualdad del campo de batalla. Protegidos por los muros y revellines, es más fácil y menos costoso en vidas humanas, defender que atacar. Imaginaros la próxima vez que visitéis una ciudadela lo que supondría atravesar ese espacio y escalar muros, aunque estos ya estuvieran parcialmente derruidos por la potente artillería de asedio.

La ciudadela de Ciudad Rodrigo

Tantos siglos de durísimos asedios llevaron a una forma algo más civilizada de resolverlos. Se entendía que una rendición conllevaba un trato más humano, tanto para los soldados como para la población civil (si era enemiga del atacante), que a lo sumo debía pagar una fuerte suma para compensar, entre otras cosas, las promesas frustradas de botín y saqueo.

Pero como los defensores estaban obligados, por convicción o por órdenes amenazantes, a presentar batalla, se entendía que esa rendición era honorable solamente si el enemigo estaba a punto de asaltar la ciudad o si el hambre y las enfermedades impedían continuar con la defensa. En tiempos napoleónicos esto se entendía cuando las reservas de alimentos se habían agotado o cuando las murallas estaban suficientemente debilitadas y se habían abierto brechas, de manera que en horas o días se iba a producir el asalto armado por la infantería.

Estos asaltos eran terriblemente sangrientos y la proporción de atacantes que morían o quedaban malheridos era altísima. A menudo los generales pedían voluntarios, a los que les llamaban los “enfants perdus” o “forlorn hope” según el bando. No eran solo los más valientes, sino que tenían que reforzar ese valor con buenas dosis de ron y promesas de botín y saqueo. Una vez desencadenado el asalto, era muy difícil detenerlos, aunque tuvieran órdenes de no saquear, por ejemplo porque se tratara de una población aliada.

En fin, que los asedios y asaltos eran de los momentos más trágicos y terribles de las guerras. Uno de los temores de esta ofensiva es que acabara con sitios como ya los había habido en Zaragoza, Gerona, Badajoz… o Ciudad Rodrigo

Esta ciudad estaba amurallada desde hacía siglos, pero paralelamente a la de su gemela portuguesa de Almeida, fue modernizada en los siglos XVII y XVIII, siguiendo las innovaciones de Vauban. Así que a franceses y británicos les parecían posiciones sólidas. Por eso en esta guerra sufrió dos sitios, con sendos asaltos.

En el primero los franceses atacaban al ejército español, que contaba con el apoyo de la población. Finalizó el 9 de julio de 1810 con la rendición de la plaza tras un prolongado bombardeo que destruyó la ciudad. Hubo casi quinientos muertos dentro de la plaza, lo que da idea de la presión que tuvieron. Por parte francesa, hubo “solo” 180 muertos, a pesar de ser los atacantes, ya que la rendición les ahorró la parte más sangrienta y comprometida del asalto. Sin embargo, algunos soldados franceses, viendo frustradas sus expectativas de saqueo, se quejaron y decían que si los españoles hubieran tardado un cuarto de hora más en mostrar la bandera blanca, el asalto ya se hubiera lanzado y nada hubiera podido evitar las violencias, robos y destrucciones que se “merecían” las ciudades que no se rendían. Hay que añadir que el general Masséna también estaba interesado en evitar el saqueo, para evitar complicaciones al rey José, instalado por Napoléon y que quería lograr algún apoyo o al menos reducir la oposición del pueblo español.

El segundo asalto fue más sangriento, con casi un millar de muertos entre ambos bandos. Finalizó con un asalto completado el 20 de enero de 1812. En esta ocasión la población no apoyaba a la guarnición francesa, que los ingleses asaltantes consideraban como aliada. Pero se produjo la catástrofe que puede esperarse cuando se desencadenan las fuerzas de la guerra.

Los ingleses limitaron su bombardeo a una parte de las murallas y a la catedral, convertida en polvorín, cuya fachada quedó como si hubiera sufrido la viruela.

La fachada de la catedral punteada por los proyectiles

Un muro mellado enmarca la torre catedralicia

Los asaltantes atacaron por dos brechas abiertas en la muralla a cañonazo limpio. Una de ellas les correspondió a los “forlorn hope” de la División Ligera.

Todo fue muy rápido; el ataque empezó a las 7 menos diez de la tarde del 19 de enero, aprovechando la oscuridad de la noche invernal. Un estudio francés escrito unos años más tarde lo cuenta en detalle: “en cabeza de la columna marchaban ciento cincuenta zapadores, llevando cada uno dos sacos de brezos que arrojaron al foso, para reducir la profundidad de cuatro a solo dos metros y medio. Los ingleses saltaron sobre los sacos o bajaron por las escaleras que llevaban preparadas y se dispusieron a escalar por la brecha de la falsabraga… “ que tenía veinte metros de ancho y una pendiente poco pronunciada. Entretanto los de la División Ligera atacaron otra pequeña brecha, algo alejada y peor defendida. Rápidamente desbordaron a los franceses y entraron en la ciudad. Para las 8 de la noche la ciudad había caído.

En esos setenta minutos las pérdidas inglesas fueron terribles: 146 muertos y 560 heridos.

Alguno se pregunta ¿cómo se abre una brecha en muros de piedra con cañones antiguos? Con insistencia: las baterías británicas dispararon 9.515 cañonazos en los que utilizaron 34 toneladas de pólvora.

Aunque para el final del día los franceses se habían rendido, nada pudo detener un improvisado saqueo, a pesar de que la población era aliada y las órdenes eran de evitarlo, que duró hasta el amanecer. Lord Wellington no logró parar este desorden más que mandando al ejército evacuar la ciudad, no dejando más que algunos retenes de guardia para restablecer la tranquilidad y apagar el incendio que duró seis días y amenazaba con destruir la ciudad.

Hay un elemento en esta historia que me ha interesado en especial para mi caminata. Entre los muertos estaban los dos generales ingleses que encabezaban el ataque, McKinnon y Craufurd. Este último era no solo el jefe en este ataque, sino ademas el jefe de la división ligera y su verdadero creador. No podre encontrarlo en mi caminata pero estudiare las instrucciones que dejó para sus regimientos y que fueron buena parte clave de su éxito.

El general dirige a sus hombres y  cae herido según grabados de época

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Voy a reproducir las frases que Charles Stewart escribió al hermano mayor de Crauford, comunicándole por carta su muerte:

Lord Wellington decidió que debería ser enterrado por su propia división cerca de la brecha que tan valientemente había conquistado. La División Ligera se reunió frente a su casa, en las afueras del Convento de San Francisco, a las 12 horas del día 25; la 5ª División se alineaba en el camino desde su cuartel hasta la brecha; los oficiales de la Brigada de Guardias, caballería, 3.ª, 4.ª y 5.ª Divisiones, junto con el General Castaños y todo su Estado Mayor, el Mariscal Beresford y todos los portugueses, Lord Wellington y todo el Cuartel General avanzaban en la lúgubre procesión.

Fue llevado a su lugar de descanso sobre los hombros de los valientes muchachos que había conducido; los Oficiales de Campo de la División Ligera oficiaron como portadores del féretro; y toda la ceremonia se llevó a cabo de la manera más gratificante, si se me permite tal epíteto en una ocasión tan desgarradora. Me asigné la lúgubre tarea de ser el principal doliente; y me asistieron el capitán Campbell, los tenientes Wood y Shaw, y el Estado Mayor de la División Ligera. ¡Se ha tenido cuidado de que sus valientes restos nunca puedan ser perturbados, y yace donde la posteridad conmemorará sus hazañas!

No descuidaré sus asuntos mundanos; sus papeles, estuche, libros, etc., y todo lo que crea que pueda ser en lo más mínimo gratificante como recuerdo, o importante, será cuidadosamente sellado, embalado y enviado por uno de sus servidores más confidenciales a Londres tan pronto como sea posible. Sus caballos y equipo de campaña se enajenarán en pública subasta, en el mejor provecho, como es costumbre en casos semejantes. Se hará y remitirá un inventario exacto del conjunto; se liquidarán todas las demandas que hubieren contra él, y sus servidores serán pagados y despedido”.

Aquí se encontraba la segunda brecha. Cerca debe estar enterrado Craufurd y no muy lejos la fosa común de sus soldados.

¡Enterrado en la misma brecha en donde fue herido! Seguramente la fosa común de sus ciento cincuenta compañeros no se encuentre lejos. Así se evitaban también los latentes problemas entre “anglicanos y papistas” que impedía que los ingleses fueran enterrados en los cementerios españoles.

Esta mañana, al amanecer, antes de enfrascarme con mi “parato” y proseguir mi ruta, he vuelto a visitar el lugar. Evidentemente se confirma que salvo esos pocos años de las guerras napoleónicas, ingleses y españoles han sido más a menudo enemigos que aliados. Ninguna lápida o monumento queda que señale dónde pudiera estar la tumba del valiente general Crauffurd y sus hombres.

 

 

 

 


Inicialmente, como introducción a la guerra real había pensado en relatar la batalla que tuvo lugar aquí en Fuentes de Oñoro los días 3 y 5 de mayo de 1811. El 4 descansaron para retomar fuerzas para seguir matándose.

El oficial español que me acompañó ayer me ha hecho cambiar este plan, para contar otro aspecto de la guerra bastante inesperado (bueno, quizás no tanto). Pero no está de más que escriba algo sobre este pueblo y aquella batalla, porque creo que tiene alguna relación con el suceso que voy a contar más adelante.

Fuentes de Oñoro está situado muy cerca de la “raia”, una frontera establecida en la edad media, frente a Vilar Formoso. Ambos han constituido una de las membranas de paso fronterizo más importantes entre ambos países, incluso antes de que se construyeran vías férreas y autovías. La razón es que al norte y al sur la geografía dificulta el tránsito.

Por eso fue una zona tan disputada en aquella guerra.

Por aquel entonces Fuentes de Oñoro era un villorío de la Comunidad de Villa y Tierra de Ciudad Rodrigo, con unos pocos cientos de habitantes que malvivían en unas tierras pobres. Sin embargo esta batalla la hizo conocido en toda Europa, apareciendo en las crónicas periodísticas, pintándose cuadros e incluso apareciendo su nombre en el Arco de Triunfo de Paris.

Fuentes de Oñoro en el Arco de Triunfo parisino

Fue una batalla importante en la que se enfrentaron dos de los generales más importantes Masséna y Wellington, que contaban en total con unos 80.000 infantes, casi 5.000 de caballería y casi un centenar de cañones. El primer día los combates fueron especialmente sangrientos y se desarrollaron entre las casas y cercas de piedra del pueblo. Solo ese día hubo cientos de muertos. Al final, cuando los ejércitos se separaron tras el día 5, sumaban ya 600 muertos y 3.500 heridos, muchos de los cuales morirían posteriormente o quedaron inválidos.

La batalla de Fuentes de Oñoro en un cuadro de Charles Turner de 1811

Parece bastante natural que tras esta hecatombe, cuando el ejército británico instaló por dos años sus reales de invierno, evitó instalarse en este pueblo, que tanto podía recordar las muertes de sus camaradas, y se distribuyeron en pueblos vecinos como Fuenteaguinaldo, Alameda o Espeja. En cambio se instaló una oficina de enlace del ejército español, que no había participado en la batalla. Una de sus funciones era la de integrar las partidas guerrilleras en las estructuras formales del ejército, para lo que contaba con el apoyo de los ingleses que proporcionaba dinero, uniformes y armas, incluso cañones. En julio de 1812 se había aprobado un reglamento para tener mas sujetas y controladas las partidas guerrilleras, al parecer con difícil aplicación.

En esta situación, sucedió hacía solo 3 meses lo que me relató mi acompañante y que me apresuré a confirmar documentalmente.

La noche del 15 de febrero de 1813 , lunes, una descubierta del guerrillero Marquinez se encontró con otra del Rojo de Valderas, a media legua de Fuentes de Oñoro a la que atacó sable en mano, arrollándola. El Rojo, se retiró hacia el pueblo, luchándose en las calles, pero su defensa fue vana y fue expulsado, quedando allí catorce muertos. Escapando hacia el páramo y el monte , fueron perseguidos y batidos hasta que se rindieron a eso del mediodía del martes. Un primer informe decía que para las cinco de la tarde habían recogido ya 34 muertos de ambas partes, pero que aún había por los campos muchos más.

El berrocal del Calvario, dominando el viejo pueblo de Fuentes de Oñoro

Llama la atención que en el choque de dos ejércitos enemigos, durante dos días y con armas pesadas murieran 600, menos del 1% de los combatientes, y que el enfrentamiento entre dos grupos guerrilleros, cada uno de los cuales posiblemente no pasaba de 150 o 200 hombres, en doce horas, provocara la muerte de más del 10%. Los enfrentamientos debieron ser brutales y sin cuartel.

He averiguado que además participó otra banda guerrillera, la del conocido como El “Verdadero cocinero Valdés”, aliado del pelirrojo leonés (en esa provincia estaba Valderas de donde provenía él y su apodo).

El jefe de Estado Mayor del ejército de Galicia, desde Lugo, llevaba tiempo intentando controlar sin éxitos a estos guerrilleros, especialmente las partidas del Rojo y el Cocinero, que se comportaban de un modo escandaloso. Pero no sabía cómo hacerlo y se limitó a mandar “que los destacamentos de tropas regladas los observasen y procuraran atraerlos ya que la corta fuerza no permitía se verificase de otro modo”, pero que teste esfuerzo se había frustrado por los acontecimientos de Fuentes de Oñoro.

Un informe militar dice que “los excesos y falta de conducta de las partidas de guerrilla extinguen el patriotismo y dan lugar a que los Pueblos hallen menos odiosa la conducta de los enemigos”.

Sobre los enfrentamientos de Oñoro añade que “por mucho que se medite sobre el modo de poner término a este genero de males, no se alcanza cuáles pueden ser las medidas que los mitiguen, a lo menos haciendo mas útiles las guerrillas, sin que sean una de las causas principales de la decadencia de nuestra caballería y el fomento de la deserción. Como las partidas de guerrilla tienen sus defensores y apasionados, e influyen de un modo muy directo en la opinión pública en el modo de hostilizar a los enemigos, su arreglo y reforma es obra muy detenida y que exige gran pulso y circunspección…”. Sugiere que algunos escuadrones del ejército hagan el mismo servicio que hacían las guerrillas.

No debió ser el de Oñoro un caso aislado. Las tropas regulares se habían visto obligadas en Astorga a armar al vecindario para impedir el saqueo con que lo amenazaba un guerrillero llamado Fernández. Otro caso de enfrentamiento entre partidas guerrilleras se había dado entre uno llamado Príncipe y las escuadras de Saornil, “haciendo de nuestro propio suelo el teatro de una guerra más cruel que la de nuestros enemigos…”.

Las guerrillas de Príncipe en Coca y Valladolid, el rojo Valderas en León y otras muchas estaban fronterizas con el bandidaje. Eran como pequeños señores de la guerra que disponían a su antojo de las propiedades y vidas de los habitantes.

A veces me pregunto.. ¿dónde se ha visto algo semejante? Quizás la situación en España en esos años tenga más parecido del que pudiéramos creer con lo que ha vivido Afganistán en los últimos cuarenta años.

Casi todos estos guerrilleros acabaron muy mal. El Rojo de Valderas, que en realidad se llamaba Agustín Alonso Rubio, reanudó su actuar guerrillero en 1820, durante el trienio liberal, pues era un realista furibundo. En 1823 fue detenido y el miércoles de ceniza ajusticiado a garrote vil. En la imprevista guerra de 1808-1813 se destilaron buena parte de las pócimas que envenenaron el siglo XIX en España, uno de los peores siglos de la historia de nuestro país, a diferencia de lo que sucedía en mayor parte de Europa.

Mañana reanudo la marcha tras la División Ligera

Voy camino del pueblo portugués de Freineda, en donde ha instalado su Cuartel general el Duque de Wellington.

Si quiero “incrustarme” en el ejército, necesito contar con algún permiso o, al menos, que se me considere parte de la multitud que forma un ejército. No todos son soldados, pues hay innumerables transportistas y gentes que acompañan a los militares, entre ellos no pocas mujeres y, algunos niños. No han aparecido aún corresponsales o periodistas, así que será difícil explicar mi presencia.

Al llegar a la “raya” de Portugal me he cambiado no solo de país sino también de época. Se supone que llegaba a uno de los campos fortificados donde han pasado el invierno los regimientos ingleses y portugueses. Pero sorprendentemente no he visto apenas soldados. Freineda parece especialmente tranquilo, casi abandonado.

En la plaza, frente a la iglesia se encuentra el Cuartel general, un pequeño edificio con alguno despachos y una pequeña sala. En la puerta veo a un par de edecanes cargando un carro con papeles y libros. A ellos me dirijo, sin saber en qué tono o con qué expresión hacerlo:

Buenos días, señores, ¿Está el Duque de Wellington?

Buenos días, tenga usted. ¿Por quién pregunta?

Por el Duque de Wellington, si ustedes son tan amables

Se miraron entre ellos antes de contestar

No, no hay por aquí ningún Uelintón. El único Duque que había es el de Ciudad Rodrigo y hace unos días que partió.

¿Me habrá fallado el “parato” y estaré en otra época o en otro pueblo?

¿Estamos bien en Freineda?

Y de golpe comprendí. El general al que buscaba no había recibido aún ese título con el que pasaría a la posteridad.

Disculpen, quiero decir que busco al general Arturo Wellesley.

Como le dijimos, el Duque de Ciudad Rodrigo partió hacia esa ciudad el sábado pasado día 22.

¿Y la División Ligera?

Esos partieron ya el día 20 desde Espeja y de los otros cuarteles de invernada

Me llevaba tres días de ventaja. Los regimientos en los que quería “incrustarme” aún más. Debería apresurarme para intentar alcanzarlos. Pero estoy preocupado por la inseguridad de los caminos. Lo mejor será buscar alguna compañía hasta que encuentre al ejército.

¿saben si alguien va hacia Ciudad Rodrigo y pueda acompañarse?

Uno de los edecanes entro en el edificio y al poco salió con un oficial de estado mayor del ejército español.

Me han dicho que va en busca del Duque. Yo puedo acompañarlo hasta Fuentes de Oñoro, en donde podrá pasar noche y proseguir mañana hasta Ciudad Rodrigo.

Si me dijo su nombre, no lo he recordado. Servía de enlace de Wellesley con los ejércitos españoles del norte, dislocados en Galicia, Asturias y el Bierzo, así como buen número de partidas guerrilleras más o menos descontroladas. Desde que en septiembre del año anterior el general inglés había sido nombrado por el gobierno español generalísimo de los ejércitos españoles, comandaba todas las fuerzas que iban a participar en la ofensiva que acababa de desencadenarse.

El oficial, sin querer manifestar sospecha alguna, ni siquiera por mi extraña indumenta, quizás protegido por mi edad y mis barbas, se interesó por mi misión. Le expliqué que era un corresponsal que escribía artículos para un periódico americano. Como no conocía ninguno, le dije que se llamaba Word Press y se dio por satisfecho. Más aún, se sitió encantado de contarme cosas que pudieran interesar a mis lectores.

Me topé con cotilla castrense. Me habló de sus oficiales y de lo que esperaban de esta campaña, sin parar, lo que hizo que la legua y media de camino se hiciera corta y entretenida.

El general del ejército del norte era toda una personalidad, el general Castaños, que había recibido un ducado, el de Bailén, en reconocimiento de esa primeriza victoria ante los franceses. Pero, me avanzó mi acompañante, también tuvo su parte en derrotas. Tras una de ellas, en Somosierra, estuvo a punto de morir linchado en Talavera por los soldados sublevados.

«La Rendición de Bailén», por Casado del Alisal, Museo del Prado, Madrid

Este Castaños, Francisco Javier para más señas, había nacido en Madrid de padres vascos. La madre, labortana de Ainhoa, el padre de Portugalete. Mi interlocutor parecía conocer a toda su familia; entre hermanos, hermanastros y cuñados se reunían un gobernador de Cuba, otro de Florida y las Luisianas, un virrey de Navarra… y otras muchas personalidades con altos cargos.

Pedro Agustín Girón, por Francisco Jover y Casanova. Siglo XIX. (Palacio del Senado de España, Madrid).

El hijo de este último, Pedro Agustín Girón, no solo era sobrino de Castaños, sino que además servía a sus órdenes. Girón había nacido en San Sebastián en 1778. En 1802 se había casado con una Ezpeleta, de viejos linajes navarros, por tanto de familia de militares y altos funcionarios coloniales. Su único hijo tendría por entonces diez añitos y había nacido en Pamplona. Hasta ahí lo que me contaba. Luego comprobando la información descubrí que el suegro navarro de Girón acabaría siendo Virrey de Navarra y que su propio hijo, Francisco Javier Girón y Ezpeleta sería el fundador de la Guardia Civil.

Ya estábamos a la vista de los tejados de Fuentes de Oñoro cuando cambió de tema, sin dejar el tono de cotilleo, pero con aire más sombrío. Al pasar por cierto lugar se detuvo y ante mi muda, pero evidente, curiosidad, me dijo:

Hace solo unos meses, aquí pasó algo terrible. ¡Esta guerra va a acabar con nuestro país!

Lo que me contó no encajaba en nada de lo que sabía sobre la guerra. Así que antes de contároslo quería hacer comprobaciones para asegurarme de su veracidad.

Está mañana he preparado mi mochilita y me he encaminado al punto de partida de mi marcha anual.

Corren aires de guerra en Europa. Me ha parecido interesante recorrer una ruta bélica, que me ayude a comprender qué sucede en torno a la guerra, desde el terreno, como si caminara codo con codo con los soldados de otra época.

Los que me seguisteis en mi caminata del año pasado, en la que acompañaba al emperador camino de su jubilación, ya sabéis que pude disponer de un “parato” muy especial. Me permitía transportarme a aquella época y entablar conversaciones y anécdotas al integrarme en su séquito. Todavía quedan algunos capítulos que espero volcar en ese relato, pero ahora se trata de presentarme en 1813.

A fines de mayo de aquel año el Duque de Wellington, al frente del ejército anglohispanoportugués se disponía a hacer un nuevo intento de echar al ejército francés y al rey José, el hermano de Napoleón.

Me han advertido que el nuevo software de mi “parato” tiene una novedad un tanto agridulce, Cuando estoy viviendo en el pasado parece que no soy capaz de acordarme de qué pasó en el futuro. Parece que lo han hecho para que no advierta a los protagonistas de lo que les espera. Así que en esos ratos voy a estar un tanto ciego y lo que escriba tendrá la misma carga de incertidumbre que tenían los soldados y los generales.

Así que para estar en igualdad de condiciones no os voy a contar cómo acaba esta historia. ¿Conseguirá este año Wellington una victoria definitiva, o volverán una vez más como los años pasados a empujar los franceses a los ingleses a las montañas de Portugal en donde en invierno se ralentizaban los combates?

Pero sí os puedo hacer un resumen rápido de lo que había pasado hasta esta primavera de 1813.

El 19 de noviembre de 1807 hubo mucho movimiento por los caminos que ahora recorro. El de Fuentes de Oñoro-Vilar Formoso fue uno de los principales pasos por el que el ejército francoespañol invadió Portugal. De los cerca de cincuenta mil soldados casi la mitad eran españoles, aunque en un papel secundario. Sí, antes de ser aliados contra los franceses primero españoles y portugueses fueron enemigos. En solo once días llegaron a Lisboa. Para cubrir los 240 km de distancia desde la frontera más próxima la marcha tuvo que ser rápida y con escasa resistencia. El rey luso, el gobierno y hasta quince mil refugiados escaparon en barco a Brasil.

Entrada de Napoleón en España. Pinelli-Pomares. Imagen procedente de los fondos de la Bibl.Nac.de España

Una curiosidad sorprendente. Por esos mismos días una escuadra rusa de ocho navíos al mando del almirante Senyavin había llegado a Lisboa, procedente del mar Negro y camino de San Petersburgo. Hasta muy poco antes ingleses y rusos habían sido aliados, pero ahora las coaliciones estaban de virada para unos, de trasluchada para otros. Francia y Rusia habían firmado un tratado en Tilsit e Inglaterra se había vuelto la enemiga. Y más se complicó la cosa porque en sus barcos aún servían no pocos oficiales británicos…. Pero dejemos esa historia para otras circunstancias.

Parece haber un paralelismo con los planes iniciales de la guerra actual de Ucrania. Napoleón quería un dominio absoluto en esta parte de Europa y, en este caso, Inglaterra era su principal obstáculo. Portugal era su principal aliada en el continente, de ahí la invasión, con planes de participación y sumisión de ese país. En segundo plano estaban los planes de hacer lo mismo con España, anexionándose todas las provincias entre los Prineos el Ebro, e instalando un gobierno títere en el resto.

Pero aunque todo parecía haber salido a los franceses a pedir de boca, a los pocos meses toda la península estalló en rebeliones. Primero en mayo de 1808 en Madrid, en junio en el noroeste de Portugal, y en los siguientes meses un poco por todas partes hubo rebeliones, alzamientos, y surgimiento de partidas guerrilleras. En octubre una fuerza expedicionaria inglesa de 15000 soldados desembarca en la bahía de Mondego (Figueira da Foz) mientras que otra fuerza inglesa de unos 12.000 hombres y 150 barcos arribó al puerto de La Coruña, en apoyo de la resistencia ibérica a los franceses..

Sublevación de Madrid, mayo de 1808. Pinelli-Pomares  Imagen procedente de los fondos de la Bibl.Nac.de España

En pocos meses habían cambiado las alianzas, coincidiendo una lucha de intereses a escala continental, con ambiciones imperiales y luchas internas, con fuerte carga ideológica que a veces tomaría ribetes de guerra civil.

Durante los años siguientes casi todas las regiones peninsulares sufrieron la presencia de fuerzas de ocupación, de grandes batallas y pequeños combates, de acciones guerrilleras y de exacciones y violencias, ya fuera por unos ejércitos u otros, o por las partidas que en algunos casos se comportaron como “señores de la guerra”. Destrucción, hambre y epidemias fueron los espectros que acompañaron a españoles y portugueses. Las ejecuciones y represalias iban in crescendo.

Tampoco fue fácil para los militares de otros países, franceses, ingleses, alemanes, polacos, italianos… que se enfrentaron en la península. Los combatientes mostraban unos niveles de crueldad que hacía siglos no se veían.

Los grandes movimientos de los ejércitos y las consiguientes batallas fueron numerosos y en variadas direcciones, con avances y retrocesos. Los principales se dieron en el norte, con diferentes ofensivas y defensivas desde Lisboa-Oporto hasta el Ebro-Burgos, así como a lo largo de la costa mediterránea, con sus propios vaivenes.

Batalla de Arapiles, julio de 1812. Imagen procedente de los fondos de la Bibl.Nac.de España

Cuando voy a empezar mi caminata llevamos ya mas de cinco años de guerra. El agotamiento era visible por todas partes, con campos abandonados, pueblos destruidos y una inseguridad en los caminos que me hubiera puesto los pelos de punta de no ir, como penaba hacer, acompañando al ejercito ingles.

Mayo de 1813. Hace ya meses que han llegado noticias de la tremenda derrota del gran ejército francés, y de sus muchos países aliados, en el frío otoño ruso. Del núcleo central del ejercito napoleónico solo volvió uno de cada cinco soldados. Allá quedaron 200.000 caballos, miles de carros y un millar de cañones. El emperador no puede enviar ya refuerzos a la península donde continúan los combates y la rebelión, sino que además necesita reunir todos los recursos para proteger las conquistas de Europa central. En su cuartel general de Freineda, junto a la raya fronteriza portuguesa, Wellington debe estar calculando cómo aprovechar la situación y hacer que esta vez la ofensiva no se detenga en Burgos como el año anterior y al menos se acerque hasta el Ebro…

Me está resultando imposible mantener el ritmo de la caminata con la investigación y la escritura.

Cada personaje que aparece es un mundo que me lleva tiempo descubrir, un tiempo que necesito impepinablemente para descansar y reponer fuerzas.

He ido recogiendo mucho material e ideas. Cuando pueda volveré sobre ellas y, sin la presión de abordar la etapa de cada día, e intentaré finalizar esta historia. ¡Hay aún muchos personajes y anécdotas por descubrir!

Hasta pronto.

Luis Méndez de Quijada, mayordomo del emperador

Pase esa noche con el cuerpo cansado de la caminata y la mente dando vueltas a lo que me había dicho el emperador. Era un encargo interesante que iba a hacer más entretenida mi ruta. Ya lo iré descubriendo poco a poco. Ahora solo avanzo que me iba a obligar a conocer con más detalle a los compañeros de viaje, los «sputniks», de Carlos V.

La confirmación llegó al alba. La jornada del día iba a ser dura pues había que superar un puerto de montaña, el de Tornos, para dejar los valles cantábricos y entrar en las merindades del curso alto del Ebro. Habiendo sido introducido entre las autoridades, rápidamente se me acercó un personaje vivo y parlanchín, de unos cincuenta años.

―Disculpad, ¿Sois Don Jesús du Var?

―El mismo, Señor. Buenos días.

―Disculpadme de nuevo. Buenos días. Soy Luis Méndez de Quijada, mayordomo del emperador. ¿Podría caminar a vuestro lado una parte de este trayecto?

Quizás podía atribuir ese respeto  mi edad, varios lustros mayor que la de mi interlocutor, quizás a mi barba más blanca que la suya. Pero algo me decía que esa propuesta había sido alentada por el propio emperador. Según avanzaba la conversación me fui convenciendo más y más que había sido enviado por él, un tanto para espiar mis reacciones, otro tanto para proporcionarme informaciones que él mismo no debía transmitir.

En realidad Don Luis era una fuente inagotable de información sobre sí mismo. Pero entre tanta verborrea se cuidaba de mantener a buen recaudo los secretos de estado. Aquella servía de disfraz de estos. Pero casi nada se resistía a mi capacidad de romper esa barrera por medio de las informaciones del futuro. No conocería el principal de esos secretos hasta la noche, cuando me despidiera por unas horas del siglo XVI.

Quijada era más o menos de la misma edad de Carlos y simpre había estado a su servicio. Provenía de una familia castellana de la nobleza menor, que eran señores de Villagarcía de Campos. Era ésta una población bastante próspera, a unas ocho leguas (o horas a pie de buen caminante) de Valladolid y 35 de Burgos. Contaba con tres parroquias y dos centenares de feligreses, a pesar de haber perdido una fuente de riqueza cuando medio siglo antes expulsaron a los vecinos de la aljama judía.

El joven Luis partió pronto a conocer mundo y hacerse una carrera más brillante que la que le esperaba en esas tierras perdidas entre Tordehumos y Villabraxima. Empezó como simple caballerizo a las órdenes de la casa de Borgoña durante la guerra de Comunidades de Castilla y durante treinta años recorrió y batalló junto al emperador por toda Europa y el norte de Africa. Deduje que tanto paralelismo vital debió engendrar amistad y confianza.

Al acercarse a la cincuentena Quijada vio el momento de retirarse de esa agitada y peligrosa vida y de volver a su tierra natal para criar una familia. Ese deseo de retiro era compartido por el emperador, que no veía el momento de abdicar y pasar los últimos años en reposo. Esa circunstancia debió unirles: Ponía Luis tanto realismo al relatar las conversaciones que tuvo con el emperador, mientras despuntaba el alba de la batalla de Mülhberg, que me parecía fácil deducir que en ese momento ambos, o al menos Carlos V, trazaron un plan que les haría cómplices. Pero a continuación Quijada lo embrollaba todo dejando constante la duda de si así había sido.

Lo que era cierto es que Carlos autorizó a su capitán a retirarse a Villagarcía. No tardó además en casar con una joven. noble y adinerada, que le permitió mejorar de posición. Poco después recibió orden imperial de acoger a un niño de corta edad, para que lo educaran como propio. Contrató a un vihuelista, pensando que las dotes musicales convendrían mejor para un futuro religioso, en lugar de las armas que habían sido la inclinación natural de Carlos y de Luis. ¡Qué sorpresa se llevarían! Pero dejemos el futuro para cuando llegue.

En junio de 1556, es decir apenas tres meses antes de que se iniciara el retorno a España del emperador, había recibido el nombramiento como su mayordomo. Llevaba varios años retirado en su Villagarcía de Campos, así que deduje que era una jugada ya estudiada. Carlos V activaba a una persona de confianza pero jubilada, para que le ayudara a organizar su propio retiro.

Poco después recibió carta de Juana de Austria, hija de Carlos V y princesa gobernadora en los reinos de España mientras su padre y hermano estaban en Flandes, para que se acercara por Valladolid para organizar los aposentos. Evidentemente otra petición que llegaba indirectamente de Flandes.

El viaje del emperador iba retrasándose mes tras mes. Todos esperaban confirmación de su llegada. Por entonces la posta, la forma más rápida de enviar físicamente los mensajes, tardaba unos nueve días entre Bruselas y Valladolid. Aún contando con ese decalaje,  Juana de Austria se confió y dejó a medias los preparativos de su recibimiento. La navegación fue más rápida y cuando Carlos V se presenta en Laredo, no encuentra más que un Obispo, al que, estando de paso por Burgos, la gobernadora reencaminó hacia el puerto cántabro, para que hubiera alguna autoridad que recibiera a la numerosa comitiva imperial. Le acompañaba un alcalde de corte, es decir una autoridad judicial y media docena de alguaciles a sus órdenes.

Quijada me contaba la cara que puso el emperador al constatar tan escuálido recibimiento. En la flota iban dos reinas y buen número de personas principales y caballeros. Nunca se había visto tan fría recepción. Carlos V preguntó por Quijada, pero no había noticia de él. Se retiró a la casa del condestable y no quiso saber nada hasta que con la llegada de Méndez de Quijada pudiera prepararse la marcha hacia Valladolid y Yuste.

¿Dónde estaba Quijada? En Villagarcía esperando el aviso. Tomada por sorpresa la princesa Juana, al recibir el día 1 de octubre noticia del arribo de la flota a Laredo, despacha un correo para avisarle y rogarle que se apresure. Tedemos a pensar que en el mundo rural de antaño las cosas iban a ritmo pausado. Pero no siempre. A medianoche el correo de Juana llega a Villagarcía y a las cuatro de la mañana, Luis Mendez de Quijada, a sus cerca de sesenta años, monta a caballo, y a la mayor velocidad se encaminó hacia Burgos. A partir de ahí podría utilizar las postas, en donde encontrar monturas descansadas. En tres días cabalgó cerca de trescientos kilómetros.

¡En buena hora llegó! El emperador empezaba a desesperar. Incluso las provisiones de boca parecían escasear, si no en la mesa de los principales personajes, si en las de los cientos de sirvientes, marinos y soldados que se amontonaban en el puerto. Se había mandado a varios navíos a Santander para amortiguar el problema, que se agravaba por falta de numerario para pagar sueldos y compras.

Ahora comprendía los rumores que me habían llegado del malhumor imperial.

No me resisto a hacer un pequeño inciso en el relato. Cuando pude más tarde estudiar la correspondencia sobre estos hechos encontré estas telegráficas frases del secretario: «El Señor Luis Quijada es venido. Con cuya llegada Su Majestad ha holgado harto«.

Quijada lo organizó todo para ponerse en marcha y alejarse lo antes posible de la costa y de aquel barril de pólvora en que se habia convertido, en el que, por si fuera poco, empezaban a aparecer las enfermedades.

Un nuevo inciso que me quema, de nuevo del secretario: «Su Majestad está bien mohíno del mucho descuido que ha habido en no haberse proveído muchas cosas que el Rey tenía mandado como son: de seis capellanes que vinieran sirviendo, porque los que trae están enfermos y cada día es menester buscar un clérigo que le diga misa; de un par de médicos, porque trae la mitad de la gente de su Armada enferma y se le han muerto siete u ocho criados (…) y de aquí discanta y dice otras cosas bien sangrientas«.

Al día siguiente, reunidas caballería y mulas en cantidad abundante pero insuficiente para tamaña multitud de gentes y equipajes, partieron hacia la meseta.

Este era el tercer día y la rutina empezaba a instalarse, lo que ayudaba a la organización, y permitió a Quijada dedicarme el tiempo de estas explicaciones.

En un momento le comenté que según subímos el puerto el camino empeoraba. Entonces su locuacidad pareció disiparse y exclamó:

―Hay malos caminos y peores alojamientos.

Y sincerándose añadió:

―¡Crea vuestra merced que yo llevo la mayor vergüenza del mundo de ver los pocos que somos! Solo yo camino con su majestad, y cuando está bueno, Laxao y el alcalde y cinco alguaciles. Y cuando me veo con tantas varas de justicia, creo que vamos presos el y yo.

(en una fuente de Ampuero están estos dos personajes con porras que me recuerdan al tipo de alguaciles que acompañaban al rey)

Ahora exageraba un poco, porque no hubiera dejado solo a su Señor para marchar junto a mí. La noche anterior se habían incorporado dos  embajadores de su hija Juana que ahora le hacían compañía y le ponían al corriente de los asuntos.

Estando a punto de alcanzar el collado del puerto de los Tornos me separé para dejar paso a un correo. Di un brinco al lado del camino real y caí en un lodazal, más bien una pequeña turbera en formación. Hundí los pies hasta la rodilla y empecé a notar la succión del agua negra. Al liberar mis pies, el derecho salió sin su zapatilla. No hubo manera de encontrarla. Tuve que dejar por ahora el siglo XVI para encontrar un buen repuesto.

Así se cortó la conversación con el mayordomo. Me había dado a entender que el, que estaba en el cauce del caudal de confidencias imperiales, sabía del encargo que había recibido. Pero no logré descifrar si su actitud tan abierta era para ofrecerme su ayuda o más bien para que descartara desde el principio las sospechas que pudieran despertarse sobre su culpabilidad.

Un nasero, una vizcainía y un encargo imperial

Este día me espera un encuentro que me deja no poco nervioso. Al anochecer conoceré al emperador, a quien todavía no he visto ni siquiera de lejos. Para remediarlo hoy me he trasladado temprano hacia Rasines, a poco más de una legua de Ampuero, y me he instalado en un lugar donde observar la comitiva.

En el camino me he encontrado con dos personajes como hay muchos estos días. Desde hace varios días se espera el paso de Carlos V y su gran comitiva, un acontecimiento exceocional que pocos tiene a oportunidad de ver en toda su vida, que podrán contar durante muchos años.  A los curiosos se añaden aquellos que pueden partido del paso de la muchedumbre imperial, bien para hacer negocios, bien para provechar posibles repartos de comida o limosnas, bien como descuideros para lograr algún pequeño objeto mal vigilado.

Pronto conocí a dos de estos tipos, los que menos se asustaron al ver mi imagen un tanto borrosa porque aún no era capaz de manejar bien el «parato» (para quien no sepa de qué se trata le sugiero que vaya a la primera entrada de esta serie. «¡No os lo váis a creer!»)

Uno de ellos venía con un carrillo cubierto de helechos. Había salido de noche de Ampuero con la idea de llegar a Lanestosa antes que el grpo real. Pero una avería le había obligado a detenerse y estaba negociando con los vecinos para que le alquilaran unas angarillas a las que rasladar la preciosa carga que llevaba en el vehículo: salmones.

Me dijo que se llamaba Juan Gómez de Marrón y que tenía las mejores nasas en la ría del Marrón. La noche anterior sus peces había pasado por las mesas de los nobles de la comitiva y hoy iba a llevarles nuevos ejemplares al fin de su etapa.

―¿En la ría del Asón?―, pregunté sin temor a meter la pata, y sin darme cuenta que nunca debería abandonar ese temor cuando visitaba épocas lejanas.

―No, no. El río se llama Marrón, como mi pueblo y como insiste él mismo por el color que lleva tras las tormentas.

Me prometí tener cuidado con las preguntas que hiciera. No solo cambiaban los nombres de las personas, sino también los de los lugares. Un mapa moderno es muy detallado, pero seguramente provocaría no pocas confusiones a las gentes de entonces.

El otro, con aires de hidalgo, era un joven que se presentó como Juan de Rozas de la Bodega, subrayando con el tono cada un de los «de», para dejar claro que no se mrecía especial distinción. Se dedicaba también al comercio de comestibles en Laredo, pero era otro el motivo de su viaje.

Me contó con no pocos detalles que era de Lanestosa, una de las villas más viejas de Vizcaya y final de la etapa de hoy. Insistía que su pueblo natal había sido fundado nada más y nada menos que «trece» años, dicho con el mismo tono de los «de» de su apellido, antes que la mismísima Bilbao. Imaginba yo que en su origen era poco más que un área de servicio de la primitiva «autopista de la lana merina» que iba de Burgos a Laredo, por la que se exportaba a Flandes y que luego regresaba en forma de paños de buena calidad, de cuya importación una pequeña parte iba cargada ahora mismo en los hombros de Carlos V.

Tenía que ir a su pueblo, que casi nunca visitaba, para agilizar unos trámites en su expediente de vizcainía.

―Pero, ¿si Usted es ya vizcaíno de nacimiento, para qué necesita ese expediente?―intervino Juan Marrón.

―Estoy en pleito con un comerciante francés de Laredo y el asunto va a llegar a la Chancillería de Valladolid. Allá hay un tribunal especial para juzgar los asuntos en los que esté implicado un vizcaíno, lo que me interesa no poco.

Puse mirada de interés y boca de mudo. Mientras esperábamos el paso de la comitiva me aparté discretamente y volviendo a mi época consulté qué era eso de la vizcainía. Efectivamente era un expediente por el que a los nacidos en algúna localidad de Vizcaya se les reconocía, siempre que no fueran bastardos sino hijosdalgo, «notorios de sangre», las prebendas y privilegios del Fuero de quel territorio, aunque se encontrasen fuera de él. Hasta 1835 llegó a haber un «Juez Mayor de Vizcaya» en Valladolid para tratar de esos asuntos. Supongo que a los contendientes no vizcaínos no debía agradarles esa situación.

Enredando, enredando, por internet descubrí que setenta años más tardes, unos nietos o biznietos de mis acompañantes, un Rozas de la Bodega y un Marrón se verían en pleito ante esa Sala de Vizcaya vallisoletana. Así que cuando me reincororé al lugar y momento donde se hallaban les dediqué una sonrisa que nuna entendieron.

 

Por fin apareció la comitiva. No la voy a describir ahora en detalle, pero llamaba la aención por el corto número de autoridades y personalidades y la gran cantidad, varios centenares, de criados, empleados y soldados. Al pasar aquellos algunos de los presentes comentaban que la columna se había dividido en dos, para poder acomodarlos más fácilmente en los puqueños pueblos donde iban a hospedarse. Las dos hermanas de Carlos V, Leonor y María, reinas viudas, le seguían al día siguiente en otro cortejo igual de grande. Pero llamaba la atención que, salvo algún obispo, los únicos nobles que acompañaban al emperador eran los que habían hecho la travesía con él, no pocos borgoñones y flamencos. Y aún la representación de estos había quedado bien mermada por la cantidad de enfermos que se habían visto obligados a quedarse en las etapas anteriores.

 

Al atardecer llegué a Lanestosa. Por lo que había contado el vizcaíno en busca de vizcainía había llegado a creer que sería una gran población, pero me llevé una decepción. El pueblo era minúsculo; apenas llegaba a la veintena de casas, la mayoría muy pobres, aunque contaba un par de posadas con grandes cobertizos, donde tradicionalmente hacían parada los comerciantes de lana castellana con sus largas reatas de mulas.

Me acerqué a los aposentos del emperador y pregunté por D. Martín de Gaztelu. Les habían instalado en una casa cercana a la iglesia, algo alejados del bullicio de las posadas y cuadras donde se iba acomodando el resto de la comitiva.

Gaztelu salió rápidamente y me saludó. Me preguntó por cómo me había acomodado y si estaba satisfecho. Le respondí diplomáticamente que estaba a la altura de mi satisfacción, sin explcarle que esa noche, tras desplazarme quinientos años, iba a hospedarme en un sencillo hostal, pero con unas comodidades que el propio emperador no hubiera podido ni soñar.

―Su majestad quiere conocerle

―Será un gran honor para mí

Y me hizo pasar a una sala, que la víspera debía estar fría y casi desnuda, y que los aposentadores reales, que se adelantaban al paso de la comitiva imperial, habían cubierto de tapices. Incluso habían acomodado una ventana de cristal al hueco que antes estaba apenas cerrado por contraventanas de madera. Carlos V era friolero y nos estábamos adentrando en las montañas con ls primros fríos otoñales (lo que me hacía sufrir cada vez que me transportaba, pues yo iba paralelamente con una racha de calor del final de la primavera).

―¡Pasad, pasad! ¿Cómo debo llamaros?

―Jesús de Var, Majestad

―¿De Var?, Ese nombre me dice algo. Recuerdo que en una de mis campañas atravesé un río de ese nombre―, dijo arrascándose su prominente mandíbula.

―Exacto. Debió ser durante su incursión en la Provenza

―Sí, ya recuerdo. ¿Entonces es provenzal?― dijo pasando rápidamente al francés, que era la lengua que utilizaba con su familia.

―No. Soy navarro, pero me fui a vivir cerca de Brignoles.

Martín de Gaztelu giro rápidamente la cabeza. Estaba  inclinado escribiendo la correspondencia del día. Me dije que estaba teniendo suerte. Quizás lo de navarro me abriría puertas con el secretario y lo de provenzal con su jefe. Creo que por su parte había una reacción paralela. Aquel me había avanzado que iban a pedirme algo, y el conocer mis orígenes y tener referencias comunes iba a ayudar a sostener la confanza que se precisaba.

―¡Ah Brignoles! ¡Allí sí que era fácil encontrar buen hospedaje y buenos caminos! En cuanto lleguemos a las ciudades castellanas y descansemos de estas malas jornadas tendremos que hablar… y también de Navarra, que es un asuntillo que tengo entre manos…

Ni una sola cuestión sobre mi extraño viaje en el tiempo. Parecía como si al emperador, y de rebote a su secretario, le pareciera tan natural como el último modelo de anteojo estelar que se hubiera inventado. Me recibió como hubiera podido recibir al embajador de un pequeño y desconocido estado que estuviera situado más allá de los océanos. Pero por lo que siguió, comprendí que no se trataba de desconocimiento sino de diplomacia.

―Gaztelu, dejadnos solos unos minutos.

El secretario se levantó rápidamente  desapareció tras unos cortinajes verdes, probablemente los mismos que habían adornado el camarote imperial del Espírtu Santo.

―Jesús de Var. Tengo un problema para el que quisiera que me ayudárais. Me han dicho que sois capaz de viajar en el tiempo. Si realmente podéis hacerlo, vuestra habilidad podrá ayudarme a descubrir el culpable de un robo que aún no se ha cometido. Así quizás podamos evitar que se produzca.

 

 

 

 

Los Bertendona: armadores y capitanes

Estaba anunciado que el lunes 6 de octubre después de comer el emperador emprendería la marcha hacia Castilla. Había quedado con los Bertendona para ir en la comitiva. Pero las costumbres me jugaron una mala pasada.

Acostumbrado a nuestros horarios, me entretuve en el siglo XXI hasta las tres de la tarde. Cuando hice mi aparición en el puerto de Laredo, padre e hijo estaban impacientes y un poco molestos. De no haber sido un extraño mediovizcaíno dudo que me hubieran esperado.

¡Apresúrese que el emperador debe estar ya cerca de Colindres!

No había caído que nuestro extraño hábito de comer tan tarde no tiene más de setenta años y que antes, como en toda Europa, se comía entre doce y una. ¡Ya me había extrañado que la hora de partida se fijara para la sobremesa! Pero entonces no caí, y ahora tenía que recongraciarme con los Bertendona.

Estos no estaban preocupados por no ser vistos en el núcleo de la comitiva, ya que habían estado en presencia del emperador de manera casi constante durante toda la travesía marítima. De hecho, como buenos negociantes tenían un segundo motivo para hacer esta etapa. Iban a comprar una partida de anclas en la ferrería de Povedal en Marrón, sita justo enfrente de Ampuero, meta de la primera etapa del convoy imperial.

Una vez en marcha los Bertedona se presentaron en detalle. El mayor se llamaba en realidad Martin Ximénez de Bertendona. Era hijo del capitán Pedro Ximénez de Bertendona y María García de Basozábal. La familia había ascendido socialmente, acababan de fundar un mayorazgo, tenían hasta una capilla propia en la iglesia de Santiago de Bibao y su hijo había descuidado el patronímico y, quizás para darse más distinción, se presento como Martín de Bertendona y Goronda. Esto de los apellidos me haría caer en varios equívocos, pues era bastante normal que los señores se los cambiaran de orden o los tomaran de otros orígenes. Había habido un antepasado, Ximeno o Jimeno de Bertendona, pero el patronímico se había fijado en al menos un par de generaciones, probablemente porque su generador había tenido especial relevancia y era más prestigioso llamarse Jiménez que Martínez.

Martín Ximénez (Jiménez diríamos ahora, pues en aquellos tiempos este sonido se representaba con una “X”) había nacido en Bibao, al parecer en Barrencalle, y en ese momento contaba con 67 años. Separados cinco siglos pero eramos coetáneos. Su familia procedía de Bermeo, donde se habían impregnado de los oficios del mar. Pero era en Bilbao donde realmente habían prosperado.

Martín el viejo había llegado a ser regidor y alcalde de su villa natal, lo que conllevaba no pocas gestiones con las ciudades portuarias de Francia, Flandes y Alemania. Había ganado una pequeña fortuna en el comercio y como colofón a su carrera quiso regalar su vanidad con un pequeño capricho, mandando construir en los astilleros del Desierto, sobre la ría del Nervión, un gran barco, posiblemente el mayor construido allá hasta entonces, el Espíritu Santo. Era no solo grande, sino además lujoso, pues había empleado los mejores materiales que podían hallarse en toda la costa europea. Y una vez acabado, se ofreció, como si un UBER marino se tratara, para los desplazamientos del emperador y de su hijo el rey, que hasta entonces utilizaban galeras y barcos de guerra.

Por su tamaño, algunos lo llamaban galeón, como los barcos militares que empezaban a proliferar por entonces, pero el prefería llamarlo nao, pues tenía su forma y no presentaba esas hileras de cañones propias de los navíos de guerra, aunque no por eso estuviera del todo desarmado. Al insistir en llamarla nao reafirmaba con orgulllo su carácter de comerciante, y resaltaba que lo había construido a sus expensas y no con los dineros del rey, o del estado, que diríamos ahora.

Al llegar a Colindres me tuve que morder la lengua, una de las muchas veces que seguramente tendría que hacerlo a lo largo del viaje. Como me había dcumentado largamente tes de esta jornada, sabía que al otro lado de la bahía se encontraba un monasterio donde acabaría enterrada Bárbara, una alemana amante del emperador y madre de uno de sus hijos más famosos. Pero eso aún no había acontecido en ese momento y no tenía sentido que mostrara lo que podría malentenderse como conocimientos maléficos o poderes satánicos. A lo lejos, protegido por una colina a sus espaldas, se hallaba ese convento, justo a orillas del agua. Quizás cuando acabe el viaje y no tenga que cumplir con esa obligada cortesía intertemporal pueda dedicar un capítulo extra a esa historia.

El hijo, Martín el joven, había estado callado, en respeto a la conversación del padre. Solo entonces tomó la palabra. Era su primogénito y contaba por entonces solo 26 años, es decir que tenía cuarenta menos que su padre. Solo ese dato me daba a entender que el viejo había tenido una juventud agitada y llena de viajes y aventuras, y que solamente se habia casado en una edad relativamente avanzada para la época.

Ya para entonces había comandado alguna de las naves de su padre, tanto en viajes comerciales, como en campañas militares, para las que se armaban las naos y urcas de carga, en la reciente guerra, ahora paralizada, con Francia.

El no sabía, y yo no se lo avancé, que le esperaba una larga carrera militar, incluyendo combates en el Mediterráneo, carreras de corso, y la participacion en la Armada Invencible. Fue de los pocos que logró regresar, a bordo de La Ragazzona, nave veneciana, hasta las costas coruñesas, en donde el barco, exhausto, exhaló sus ultimos crujidos antes de hundirse. A principios del XVII organizó la “Escuadra de Vizcaya y las Cuatro Villas” para actuar de corso contra naves holandesas y inglesas en el mar Cantábrico. Fue nombrado general de la armada, que ahora lo diríamos almirante. Y sus hijos ganaron los honores pero perdieron su primer apellido.

Me explicaron que estando en Laredo esperando educadamente la partida del emperador habían recibido un alarmante correo desde Bibao. A aquella villa había llegado el rumor de que tras haber desembarcado Carlos V en Laredo, se había desatado un temporal que había provocado el hundimiento de la Espiritu Santo. Les llego la noticia estando a bordo, por lo que se echaron a reir.

Habían descubierto que las noticias falsas tienen vía preferente y corren más rápido que las verdaderas, pues suelen autoseleccionarse las más sugerentes y llamativas de entre todas las posibles. Yo también lancé una sonrisa al pensar que ese fenómeno, emparentado con las leyendas urbanas, tenía siglos , quizas milenios de existencia y se agarraba en alguna de las grietas del espíritu humano, como la hiedra en las de los árboles menos sólidos.

Algo de verdad tenía la noticia, pues un mercante cargado a punto de salir para el norte fue alcanzado por ese temporal y hundido con ochenta hombres. Suceso nada inhabitual por entonces. No quise anuncirles que años más tarde, la noticia falsa se haría realidad. Un barco propiedad de los Bertendona, el Nuestra Señora de la Concepción, que iba a hacer su viaje inaugural en dirección a Flandes, bajo el mando de Antonio de Bertendona, quizás hijo y hermano, quizás nieto y sobrino de mis acompañantes, se hundió en el mismo Laredo, provocando la ruina de algunos comerciantes. Y esto no parece que fuera falso, pues hubo todo un pleito con reclamacione.

Al llegar a Ampuero todo era bullicio y desorden. No había forma de acomodar a tanta gente,darles algo de cenar y buscar cobijo para la noche. Acompañé a los Bertendona hasta la orilla, frente a la ferrería donde ne les esperaba una barquilla.

Eso me hizo pensar por primera vez sobre algo que me volvería a despertar a curiosidad a lo largo del viaje y es que no siempre parecía seguir la ruta más cómoda y lógica. ¿Por qué, pudiendo haber venido hasta las mismas inmediaciones de Ampuero por la ría, aprovechando la subida de la marea con una cómoda barcaza, habíamos seguido el camino real, con sus subidas y bajadas? ¿Eran órdenes del emperador o simple impericia e improvisación de los organizadores de la logística?

Me sorprendió ver que los Bertendona habían enviado una barca para recogerles y regresar más rápido a la Espíritu Santo, pero no la habían empleado, quizás por respeto y cortesía con el emperador.

Estaba en esas reflexiones cuando un alguacil con cara de sorpresa me interrumpió. Había intentado llamar la atención con un golpecito de su vara, pero no hizo mella en mi imagen virtual…

¡Excuse vuestra merced! Don Martín de Gaztelu, secretario de su Majestad reclama su presencia.

―Ahora mismo voy para allá

―No, no. Le convoca para mañana por la noche cuando lleguemos a La Inestrosa, en los aposentos de su majestad imperial.

Mañana, 6 de octubre de 1556, tras un rápido almuerzo, el emperador partirá de Laredo camino de su retiro.  Tardará casi cuarenta días en llegar a las puertas del monasterio en donde se va a recoger para el resto de su vida. Para mí es el 10 de junio de 2022 y voy a intentar condensar esa jornada. Aunque tengo diez años más que Carlos V, mi salud es mejor y no tengo la necesidad de ir despidiéndome de la corte y los allegados. Serán 23 etapas, deteniéndome en los lugares en donde lo hizo aquel soberano, y aprovechando algunos tramos del camino para conversar con algunos de sus numerosos acompañantes.

Me he llegado a Laredo, y manejando el «parato» he echado un vistazo al ambiente. Parece bastante sombrío. Se dice por las callejas del pueblo que el rey está de muy mal humor. Había llegado hacía nueve días en un tempestuoso día de fines de septiembre, tras una complicada travesía desde Flandes, en donde había vivido los últimos trece años.

Así imaginaban a Laredo y su bahía los cartógrafos antiguos, vistos desde el norte

Así imaginaban los cartógrafos antiguos a Laredo y su bahía, vistos desde el norte

 

Con ese estado de ánimo rondando, prefiero no presentarme y darme una vuelta por el puerto. Algunas de las naves que trajeron a la comitiva del emperador todavía están fondeadas en el puerto. Este es pequeño y en el no cabían ni siquiera una pequeña parte de los más de sesenta barcos que le acompañaron y escoltaron. Aunque se había firmado una tregua en la reciente guerra con Francia, los mares no eran demasiado seguros. Algunos fueron a los cercanos puertos de Castro y Santander. Otros aprovechan  la protección de peña Ganzo.

Esta imagen posiblemente sea poco realista, pero muestra que en aquella ocasión había más barcos en el puerto que casas en la población. No había camas ni cobijo para todos, así que durante esos largos días arte de la comitiva tuvo que seguir incómodamente embarcada.

Esta es la casa en la que se hospedó el emperador, abrumada ahora por buen número de placas conmemorativas

Pero lo que me ha llevado al puerto es una gran nave acostada al muelle, que destaca por sus dimensiones, buena construcción y lujo. Es evidentemente la que utilizó Carlos V. Tiene casi 600 toneladas. Las carabelas que llegaron a América en 1492 apenas superaban las 60. En unos pocos decenios la navegación ha visto una revolución que no ha acabado. Ya para entonces empezban a construirse galeones de mil toneladas.

Aprovechando que el «parato» me permite regular la intensidad de la transparencia de mi imagen, la rebajo para hacerme apenas visible y me cuelo a bordo.

Mi primera sorpresa es comprobar que no se trata de una nave militar, sino de una civil, de las que llevaban lana castellana y hierro vizcaíno a los puertos del norte de Europa.

En la cubierta de rriba, entre el mástil y la popa se había levantado un cobertizo temporal, que por su hechura y lujo -contaba incluso con ventanas de vidrio- debió servir como aposento imperial en la travesía. Estaba armado con paredes talladas en las que se abrían ocho ventanas, con sus puertas y aldabas, todo ello guarnecido de paño verde en los costados y el techo.

En su interior había una cama de madera, colgada como balanza de cuatro soportes, para compensar el vaivén de la navegación. El lecho contaba con cortinas de paño verde y franjas e hiladillos a juego. Junto a una de las ventanas había una mesa de madera, también colgando en balancín .

Curioseando por la dependencia vislumbré un retrete y un par de cuartos más, que era fácil deducir que eran para los ayudas de cámara, pues tenían una especie de colchonetas en lugar de camas colgantes y un par de asientos que daban directamnte a la mar, en lugar del recatado retrete imperial.

Bajo cubierta un buen número de cámaras destinadas al alojamiento de los caballeros. Más bajo se encntraba la panetería, la cava, la salsería y el guardamangel. Llamaban la atención cinco grandes tinajas de barro para el agua, con tapaderas de madra y candados con llaves, pues era uno de los artículos más importantes y apreciados n la navegación.

 

En el castillo de popa un anciano de aspecto bastante venerable está mirando fijamente en mi dirección. Ha notado algo raro en mis movimientos. Pensaba que mi imagen estaba en modo suficientemente traslúcido para pasar desapercibido, pero no había calculado en la visión de un marino. Seguramente está dudando entre creer lo que ven sus expertos ojos, o desechar lo que le devuelve una vista ya cansada.

Como antes o después debo iniciar el trato con los congéneres de hace quinientos años, me acerco al personaje, a la vez que giro la ruedecilla para aumentar la intensidad de mi imagen. Así al menos le doy una oportunidad de pensar que no era un espejismo. Y me presento.

-Buenas tardes señor.

No voy a intentar reproducir las innumerables confusiones que producía mi inexperiencia en el trato social de la época. Os evitaré todos los intentos de comunicarme con «excelencias», «vuecencias», «señorías», «vuesa merced» y muchos más fallidos intentos. Trascribiré las conversaciones en un lenguaje más próximo al de nuestra actualidad.

-¿Quién es Usted? ¿No le conozco? ¿Qué hace en mi barco?

-Discúlpeme. He venido buscando a don Martín de Gaztelu, el secretario del emperador.

Me echó una mirada algo más tranquila.

-¿Es Usted el capitán de este buque?

-¿Buque? ―de nuevo pensé que no había dado con la palabra correcta―. Sí soy el dueño de la nao Espíritu Santo, la preferida por sus majestades para navegar entre sus reinos. Mi hijo es su capitán.

Me extrañó que el emperador, que había pasado toda su vida en pie de guerra, prefiriera la nave de un mercader a las poderosas naos y urcas militares que habían servido de simple escolta. Pero vistas las comodidades y el buen porte de la Espíritu Santo empezaba a entender su elección.

Me presenté con nombre y apellido. Al oirlo me preguntaron si era vizcaíno, pues ellos lo eran, de Bilbao, Bertendonas para más señas. Aproveché el cambio de rumbo y de tono para preguntarles si pensaban proseguir viaje y al oir que al día siguiente iban acompañar a Carlos V en su primera etapa por tierra, les pedí permiso para acompañarles y poder saber algo más de este viaje.

 

posdata: por si alguien aún no cree en la utilidad de mi «parato», compruébelo leyendo esta descripción que se hizo por entonces del «camarote» imperial y compárela con lo que ví yo mismo:

en la cubierta cimera, entre el mástil y la popa, hízose el alojamiento imperial. Formaba el alojamiento, en su medio, un pasillo oblongo, espacioso. A los lados del pasillo, había dos cámaras y dos camarotes. Las estancas, interiormente, eran en parte talladas y en parte cubiertas de lindos tapices flamencos, maravilla entre las maravillas. El suelo cubierto con gruesas alcatifas de verde color. Ocho ventanas con sus vidrios transparentes, daban a la mar. Todos los huecos bien ajustados, los cerramientos tenían burletes para cortar el paso al céfiro alterado, sibilante, bramador. La cama y otros muebles pendían de barrotes, con tenue balanceo, por evitar las molestias de la escora. Junto a la estancia imperial por de fuera había tres camarotes, uno para el sumiller de corps, otro para el guardarropa y el tercero para el ayuda de cámara. El resto de la cubierta cimera se destinó a la gente más prestanciosa de la comitiva imperial. En la cubierta baja se acomodaron los panaderos, reposteros, cocineros, despenseros y otros oficiales de boca.”

 

Mañana empiezo una nueva ruta pedestre. Esta vez de Laredo a Yuste. Como de costumbre, intentaré llenar una página de blog cada día.

Esta vez hay sorpresa. Me he conseguido un artilugio que va a hacer más interesante esta crónica. Le he empezado a llamar el «parato». No me preguntéis como me he enterado de su existencia ni cuánto vale. No está aún en el mercado. Pero es realmente extraordinario.

Me permite, con algunas limitaciones obvias, cambiar de época a mi gusto. Girando unas ruedecillas y pulsando unos botones puedo conseguir relacionarme por el sonido y la imagen con gentes de otras épocas.  Aunque es una versión beta, funciona bastante bien.

Lo probé para ponerme en contacto con el secretario del emperador Carlos V, el que precisamente hizo esta ruta que voy a emprender, camino él de un retiro tranquilo en las montañas de Tormantos, donde se pone Gredos y se alza el monasterio yusteño. Enormemente sorprendido, rápidamente comprendió el interés de una visita del futuro y se las apañó para convencer a su majestad para que me pudiera incorporar a la comitiva.

Si tuvieron alguna duda, se esfumó cuando les dije que no sería ninguna carga, que no necesitaba ni montura, ni viandas, ni lecho. Todo eso correría de mi cuenta. Les acompañaría solamente unas horas cada día. Eran otros tiempos. No hubo que presentar más solicitud, ni abrir expediente alguno. Con esa simple anuencia verbal se me abría una ventana a otros tiempos.

Espero que este blog salga enriquecido con las conversaciones que pienso mantener con los compañeros de viaje, con los sputniks que acompañaron al rey que acababa de abdicar.

Comenzar a contar la trashumancia, visto desde arrib el corto recorrido hacia el mar, sus recursos, una mayor invasion., peor alguna smiradas hacia el sur. Havuia el norte no hacian falta cañada,s pero hacia el sr? encontraremos algunas?

contar el caso del valle del Pas y su excepcionalidad

contar el aspecto comercial en la ganaderia del antiguo régimen, productos minimercados, efectos sobre el numero de ganados

plantear la cuestion de la cabecera sin caminos estructurados, pero que ademas en esta zona no habia trashumancia lejana al parecer

contar cosa sobre la importancia de los rebaños d elos monasterios, su pero en la mesta, sus problemas de comercializacion….

????’

explicar la zona de Villarcayo, buscar articulos sobre merindades…

las vacas que hicieron las americas

esta es una intro d elo que va a ser el blog

A causa del coronavirus, que me hizo saltar alguna etapa para evitar brotes, la línea temporal de este blog quedó interrumpida. Voy completando estas entradas, situándolas en el orden que debían estar originalmente.

Las que ya he colgado son las siguientes:

Día 11*: De Vall de Freixes al Mas de la Punta. Lo que el pantano oculta.

Día 13*: De Caspe a Chiprana. ¡Que no son leviatanes; que son molinos… flotantes!

Día 14*: De Chiprana a Escatrón. La energía del Ebro.

Día 17: de Quinto a Fuentes. Cólera y Mansedumbre del Ebro.

más incorporaciones:

Día 18: De Fuentes a Zaragoza. Los ríos profetas.

Día 19: Zaragoza-Zaragoza. El puente.

Día 20: Zaragoza-Casetas. El delta interior.

Con estas se acaban las entradas correspondientes a las jornadas de mi caminata ebreña.  En próximos días voy a añadir un par más sobre la fauna que me he encontrado en los caminos.

Salgo de Reinosa hacia Fontibre en esta última etapa. Es poco más que un paseo de menos de cinco kilómetros. Lo primera que llama la atención es que las fuentes del Ebro se hallen tan alejadas de las montañas. En línea recta hay más de quince kilómetros hasta la divisoria de aguas. ¿Es que no bajan riachuelos de las montañas?

Es conocido por todos que el Ebro nace en Fontibre. Pero para darle esa cuna ha habido que trastocar el criterio habitual de considerar el nacimiento el punto más lejano de su desembocadura.

Según un estudio de 1882, el Ebro desde Fontibre al Mediterráneo tiene 928 kilómetros. Pero si consideráramos el nacimiento de sus primeros afluentes, esa longitud sería mayor. Contando desde donde nace el Izarilla se añadirían 10 km, desde el del Hijar serían 22 km más. Hasta los afluentes secundarios de estos ríos tienen una longitud mayor que el del Ebro fontibreño. Incluso puede que el rio Virgo, es aproximadamente igual.

¿Porqué entonces Fontibre? Porque es una fuente espectacular. Un nacimiento claro y repentino. Mientras que los otros tienen orígenes más humildes, con el concurso de pequeños regachos nacidos en las montañas.

Cuando se encuentran esos ríos, en el lugar ahora cubierto por el pantano, resalta aún más la desproporción. En el mapa se observa un estrecho cauce al oriente: es la suma del Ebro con el Izarilla y el Hijar. Sus cuencas inundadas no suponen más que un 5-6% de la superficie total. El “gancho” central es la parte inundada del cauce del río, un 14%. Las cuatro quintas partes son las llanuras aluviales creadas por el río Virga.

Para las poblaciones próximas el mito de Fontibre no deja de ser una beneficiosa operación de marketing. Es un punto de referencia conocido y atrayente.

Jovellanos aprovechó un viaje a Reinosa para visitar estos lugares el dos de septiembre de 1797. No cayó en l trampa de reconocer en Fontibre el origen del río Ebro. Esto es lo que escribió en su diario:

Por la tarde vimos Las Fuentes: fuera de la villa nacen dos o tres; forman casi un río y bajan luego al Ebro; el sitio, una hondonada coronada de bellos negrillos; más abajo se construye un molino, y se dice que luego será fábrica de harinas”.

Con el tiempo los negrillos (olmos) han dejado lugar a una fresneda y el molino ha desaparecido, como varios de los ocho que llegó a haber en el corto tramo entre Fontibre y Reinosa.

Como suele ocurrir en estos sitios emblemáticos, que atraen desde hace mucho a visitantes y turistas, también llamó la atención de escritores, como el de…

 

LA LECTURA DEL DÍA

Peñas arriba (1895), de José María de Pereda (1833-1906)

En la clásica villa inmediata, término de mi jornada primera, y única posible en ferrocarril, hice un alto de media hora escasa: lo puramente indispensable para desentumecer los miembros y confortar el estómago; porque no había tiempo que perder, según dictamen del espolique que me aguardaba en aquel punto desde la víspera con dos caballejos de la tierra, espelurciados y chaparretes, uno para conducirme a mí y otro para cargar con mis equipajes.

Puestos en marcha todos, bien corrida ya la media mañana, delante el espolique llevando del ramal la cabalgadura que apenas se veía debajo de la balumba de mis maletas y envoltorios, sin salir del casco de la villa atravesamos por un puente viejo el Ebro recién nacido; y a bien corto trecho de allí y después de bajar un breve recuesto, que era por aquel lado como el suburbio de la población que dejábamos a la espalda, vímonos en campo libre, si libre puede llamarse lo que está circuido de barreras. De las cumbres de las más elevadas se desprendían jirones de la niebla que las envolvía, y remedaban húmedos vellones puestos a secar en las puntas de las rocas y sobre la espesura de aquellas seculares y casi inaccesibles arboledas, con el aire serrano que soplaba sin cesar, y tan fresco, que me obligaba a levantar hasta las orejas el cuello de mi recio impermeable.

Siguiendo nuestro camino encarados al Oeste, llevábamos continuamente a la izquierda, aguas arriba, el cauce del río, con sus frescas y verdes orillas y rozagantes bóvedas y doseles de mimbreras, alisos y zarzamora, y topábamos de tarde en cuando con un pueblecillo que, aunque no muy alegre de color, animaba un poco la monotonía del paisaje.

A la vera del último de los de esta serie de ellos, en el centro de un reducido anfiteatro de cerros pelados en sus cimas, se veían surgir reborbollando los copiosos manantiales del famoso río que, después de formar breve remanso como para orientarse en el terreno y adquirir alientos entre los taludes de su propia cuna, escapa de allí, a todo correr, a escondidas de la luz siempre que puede, como todo el que obra mal, para salir pronto de su tierra nativa, llevar el beneficio de sus aguas a extraños campos y desconocidas gentes, y pagar al fin de su desatentado curso el tributo de todo su caudal a quien no se le debe en buen derecho. Y a fe que, o mis ojos me engañaron mucho, o sería obra bien fácil y barata atajar al fugitivo a muy poca distancia de sus fuentes, y en castigo de su deslealtad, despeñarle monte abajo sin darle punto de reposo hasta entregarle, macerado y en espumas, a las iras de su dueño y natural señor, el anchuroso y fiero mar Cantábrico.

Debí pasar demasiado tiempo en meditar sobre éstas y otras puerilidades, y en paladear los recuerdos que despertaba en mí la contemplación de aquellas cristalinas aguas que tanto han dado que hacer a la Historia y a la fantasía de los poetas, porque el espolique, salvando todos los respetos de costumbre en su ruda cortesía, me apuntó la conveniencia de que continuáramos andando.

—Da grima—le dije obedeciéndole—, pensar en la conducta de este renegado montañés.

Tuve que descifrar la metáfora para que el espolique me entendiera lo que yo quería decirle; y en cuanto me hubo entendido, me respondió:

—Déjeli, déjeli que se vaya en gracia y antes con antes aonde jaz más falta que aquí. Pa meter buya y causar malis a lo mejor, ríus como ésti nos sobran por la banda de acá.

Explicóse a su vez el espolique para que yo le entendiera, y llegué a convencerme, con ejemplos que me puso de ríos montañeses desbordados a lo mejor sin qué ni para qué, arrollando casas, puentes y molinos en las alturas, y comiéndose en los valles las tierras que debieran de regar, de que bien pudiera ser obra meritoria lo que me había parecido en el Ebro falta imperdonable.

(…)

Andando, andando, siempre arrimado a las estribaciones de la derecha, fueron enrareciéndose los estribos de la izquierda, y dejándose ver, por los frecuentes y anchos boquerones, llanuras de suelo verde salpicadas de pueblecillos entre espesas arboledas, unos al socaire de los montes lejanos, y otros arrimaditos a las orillas de un río de sosegado curso que serpeaba por el valle.

—¿Es éste el Ebro?—pregunté a Chisco sin considerar que dejábamos sus fuentes muy atrás y sus aguas corriendo en dirección opuesta a la que llevábamos nosotros.

—¿El Ebru?—repitió el espolique admirado de mi pregunta—. Echeli un galgu ya, por el andar que yevaba cuando le alcontremus nacienti. Esti es el «Iger» (Híjar), que sal de aqueyus montis de acuyá enfrenti. Pero bien arrepará la cosa, no iba usté muy apartau de lo justu, porque si no es el Ebru ahora propiamenti, no tarda muchu ratu en alcanzali pa dirse juntus los dos en una mesma pieza por esus mundos ayá; y tan Ebru resulta ya el unu como el otru.

 

NOTA CASI FINAL: Esta es la última entrada cronológica de mi viaje histórico y literario a lo largo del Ebro. Los próximos días voy a completar los huecos que dejé en este blog a causa de los saltos que tuve que hacer para evitar los brotes del coronavirus. Además añadiré un par de entradas de propina, sobre algunos animales que he encontrado en el camino.

Cuando empecé esta serie ebreña anunciaba que pretendía tejer una trenza con hebras de la historia y la literatura. Ahora, a punto de finalizar el recorrido, se trata de anudarlas y reanudarlas para que quede firme. El entorno de Reinosa viene como anillo al dedo.

la misma silueta del pantano recuerda a un gran nudo

No voy a profundizar en ninguno de los temas; simplemente voy a enunciarlos, para mostrar que, aunque ya se han mostrado varias veces a lo largo del camino, vuelven a aparecer, a veces de forma sorprendente, en este tramo final.

Durante muchos días he visto bajar el Ebro muy crecido, a pesar de la ausencia de lluvias en casi dos meses. Eso ha tirado al traste mi intención de vadearlo en un par de puntos para atajar el camino. Imposible. Si el caudal medio anual unos kilómetros aguas abajo del pantano aguas es de 12 metros cúbicos por segundo, ahora mismo están bajando 40. En este momento el embalse tiene unas entradas muy bajas, no más de 1 o 2 metros cúbicos. Están desembalsando con el fin de que toda la cuenca disponga de el agua acumulada. Esta era la finalidad principal de este embalse y cubre bien su función.

Sorprende ver que a pesar de esa inmensa cantidad de agua que ha ido río abajo este verano, cuando se llega a la altura del pantano, se ve que este no ha bajado mucho de nivel. La razón es evidente. La superficie del pantano es realmente grande: más de 6.000 hectáreas. Sorprende también que la presa es bastante pequeña, de poco mas de veinte metros, es decir como un edificio de seis o siete pisos.

el pantano del Ebro desde las proximidades de la ciudad romana de Julióbriga

¿Cómo una presa tan “bajita” es capaz de inundar una zona tan amplia? El secreto está en que el vaso inundado era muy llano. El desfiladero que de norte a sur da salida al Ebro se basa en rocas duras que al río le cuesta desgastar: aguas arriba las aguas desgastan las colinas más bandas dejando una gran llanura, en espera de que el fondo del cauce se profundice al pasar entre esas montañas. Es el mismo fenómeno que veíamos en Miranda, o en la cuenca media cuando surgió la expresión del “delta interior” (enlace pendiente).

Hay otras muchas historias que se enlazan:

¿El eclipse de 1861? También fue observado por astrónomos ingleses y alemanes desde las montañas de Cantabria.

¿Los ferrocarriles? Tras un tramo en el que su trazado se alejó del río, entre Miranda y Aldea de Ebro, vuelven a aparecer, acompañando con sus puentes y estaciones al curso del río..

restos del foro de Julióbriga

Se podría hablar igualmente de enlaces con los molinos, los regadíos, la industria o las barcas, que hemos encontrado a lo largo de todo el río. También aquí hubo combates y represiones de ambos bandos en la guerra civil como en el bajo Ebro. También hubo algunas incursiones carlistas. Para no alargarnos, voy a añadir otras sorprendentes ligazones entre lo que he visto en este tramo con lo que ya he descrito en otras entradas.

¿Los romanos? Aquí al lado de Reinosa se encuentran las ruinas de Julióbriga, en un altozano próximo al Ebro. No se trata de una ciudad romana más. En su construcción participaron legionarios de la IV Macedonica, acuartelada en las proximidades, como también participaron en la construcción de obras públicas en Zaragoza.

cueva de Bernardo del Carpio en Aguilar

¿La mitología? El Bernardo del Carpio del que hablaba en Calahorra en una curiosa versión de su leyenda, resulta que está supuestamente enterrado en Aguilar de Campoo, fuera del Valle del Ebro, pero tan cerca, a solo media docena de kilómetros de la cuenca ebreña, que nos sirve apara añadir un nudo más.

¿Los temores a la transformación del paisaje y a las enfermedades? Si a mediados del XIX había surgido ese miedo en el delta, con la introducción del cultivo del arroz y la expansión del paludismo (malaria), un temor semejante surgió en el alto Campóo cuando se proyectó la construcción del embalse del Ebro. El movimiento de oposición halló argumentos aparentemente sólidos en que ese embalse aumentaría las poblaciones de mosquitos y consiguientemente la malaria.

Un médico de origen italiano, el doctor Gustavo Pittaluga (1876-1956), especializado en esta enfermedad con la que había trabajado en el Delta, fue llamado para estudiar este riesgo, tranquilizando a la población y las autoridades con un folleto que analizaba y explicaba que ya antes de su construcción, buena parte de los terrenos eran encharcadizos y pantanosos..

la casona de la niña de oro en Reinosa

¿Os acordáis de la historia de los “salmones de Alagón”, aquellos que se pagaban con su peso en oro? Hay que estirar un poco la hebra, pero con ellos también podemos hacer un pequeño nudo. En Reinosa hay un palacio del XVIII, conocido como la casona de la niña de oro. Cuenta la leyenda que su propietario tenía una hija afectada por una grave enfermedad. Su padre prometió ofrecer a la virgen el peso de su hija en oro si se curaba.

LA LECTURA DEL DIA

Poema al río Ebro (????), de Miguel Hernández (1910-1942)

Posiblemente sea este el poema más conocido actualmente de los dedicados al Ebro. Es el seleccionado para mostrar el interés poético del río en un panel junto al nacimiento de Fontibre. Lo he visto incluso en alguno de los ejercicios escolares que se han preparado en EducaMadrid durante el confinamiento.

A los poco amantes de los versos les ruego que no dejen de leer las notas que vienen tras ellos. Hay sorpresas.

«Surco por arado nunca hollado. (otra versión dice “surco infinito”)
Camino de venas
que entre alamedas
vas seguro y opaco.

No te preocupa el tiempo,
como el tiempo
siempre eres distinto
y de tan igual eterno.

Posees el verde
que alimenta y te circunda
y vas a la mar
siempre desnudo y cantando.

Tu nombre no repito,
que me es tan nombrado
en mi alma de chopo
y de ruiseñor enamorado.

A tu mano, caminos ondulas,
meandros dibujas,
sin aperos ni palas
pasas, dejando atrás
raíces y pueblos.

Tu que no conoces las palmeras
en un oasis de llanuras,
bajo de montes
como un coloso te precipitas.

Vas como un arriero
herrero de romerías
crecido de lluvias y copos
y de hojas caídas«.

He buscado el origen de este poema, pues quería ponerle fecha. Me ha llamado la atención que no he encontrado ninguna referencia más allá de esas reproducciones en internet. Parece como si todas las veces que se cita en webs & blogs fueran copia y pega a partir de una o dos inclusiones originales (ya que hay dos versiones del primer verso).

Así, que aún a costa de atrasar la publicación de esta entrada, he ido a una biblioteca a consultar la penúltima edición de la Obra Completa de Miguel Hernández, la de 2010. Algunas de las citas de internet son anteriores a esa fecha.

No he podido encontrarlo en el detallado índice. Extrañado he repasado las 1.500 páginas de poesías y teatro en verso. Dos veces. No he encontrado ni rastro de este poema. ¿Quizás se me ha escapado? ¿Alguien puede ayudarme a encontrarlo?

Me falta revisar la última edición de sus obras completas, de 2017. No la tienen en las bibliotecas públicas de mi ciudad. ¿Alguien me puede ayudar a descubrirlo?

He ojeado también la biografía del poeta. No parece que nunca cruzara el Ebro ni se acercara a él. ¿Quizás se trate de un enlace más en esta trenza fluvial, esta vez con la historia de los cronicones falsificados en el siglo XVI que cuentan la batalla de Cillaperlata?

Mañana llego a Fontibre. Mi plan “c” de Continuar esta ruta hasta subir el pico de Tres Mares, en donde las gotas de lluvia y de nieve derretida empiezan el viaje más largo por el Ebro, se está desvaneciendo. Quería un momento de reflexión sobre lo lejos que queda el mar donde comencé mi marcha y tan próximo, ya visible, el Cantábrico. Apenas un par de días más de caminata y podría finalizar el viaje como lo empecé, con un baño marino.

Varias razones me llevan a descartar ese final. Una es muy prosaica: mis zapatillas se están muriendo. He tenido suerte estos últimos días, en los que he hecho unos cuantos kilómetros por carretera, de no encontrarme con la guardia civil. Si me hubieran parado y examinado el estado de mis “cubiertas”, no me habrían dejado seguir. Buena parte de la suela no tiene ya dibujo y la goma corre el riesgo de agujerearse en cuanto pise unas cuantas piedrecillas más.

Todavía no se ha desarrollado una app “cuenta piedrecillas”. Medir lo que ha crecido el callo de la planta de mis pies no me proporciona ni siquiera una estimación. El ordenador de a bordo me dice que con esas zapatillas y tres pares de calcetines he superado ampliamente el millón de pasos, más de 800 kilómetros. Imaginaros cómo han quedado.

Con lo que me costó la protección para mis pies podría haber pagado el combustible con el que haber hecho ese mismo recorrido en un utilitario pequeño. Lo digo en voz baja para que no se enteren mis extremidades inferiores… Si añado el coste del combustible que ha necesitado mi cuerpo, más los gastos de parking, creo que ha sido el viaje más caro de mi vida.

¿Ha valido la pena?

Las decepciones de las pensaba hablar cuando titulaba esta entrada no tienen nada que ver con esfuerzos físicos ni costes económicos. Son generadas por la observación del río y la búsqueda de documentación para este blog.

 

Me ha sorprendido, y decepcionado, cuán de espaldas a este río vive actualmente la sociedad del valle del Ebro.

Hay muy pocos pueblos importantes que realmente hayan crecido a orillas del río, al menos en cuanto este alcanza grandes dimensiones. No solamente se alejan de su cauce allá donde arriesgan inundaciones, algo comprensible, sino que prefieren estar más cerca de alguno de sus afluentes, aunque se hallen a varios kilómetros del Ebro. Poblaciones clave como Calahorra, Alfaro, Tauste o Caspe, parecen alejarse lo más posible, sin perder las ventajas de su vecindad. Quizás lo vieran siempre como algún lugar peligroso e insaluble. Solo aquellas dependientes de sus puentes como Logroño, Tudela o Zaragoza parecen asomarse. A su un puñado de pequeños pueblos parecen valientes atalayas que aprovechan altozanos o se asoman a sus orillas como Mi ravet o Mequinenza, o lo hicieron antes de acabar inundados, como Fayón.

Hay muy pocos caminos que vayan a lo largo del río, una vez que en Sobrón sale de los cañones. Las rutas sorteaban las vueltas y revueltas de los meandros y galachos. De paso evitan las zonas que antiguamente se inundaban y tenían aguas estancadas, grandes focos de mosquitos. El resultado se nota en el diseño del GR que me ha servido de orientación en mi camino. La parte que acompaña de cerca al río es bastante pequeña.

Durante siglos las actividades económicas fueron el principal agarre de la sociedad al río. Había cientos, quizás miles de barcas que se utilizaban para pescar, pasar, transportar… Los regadíos de pequeñas dimensiones obligaban a estar encima del cauce, con norias y azudes; se pescaba, cazaba, se recolectaban regalices y otras hierbas, se pastaban las orillas… Las riberas estaban en buena parte dispuestas para quien quisiera acercarse hasta el agua.

Ahora eso sucede en muy pocos puntos, como en los paseos fluviales de las ciudades. La inmensa mayoría de las orillas son ahora inaccesibles. Una banda de cerrada vegetación resulta impenetrable incluso para los mas aventureros. De hecho muchos de los kilómetros en los que el sendero discurre cercano al cauce, ni siquiera es posible ver las aguas…

 

Me ha sorprendido, y decepcionado, qué poco interés despierta -y ha despertado- el Ebro entre los autores literarios.

Inicialmente quería incluir una página de la literatura sobre el Ebro cada día. He rebuscado mucho y he encontrado poco. Es cierto que últimamente se han publicado muchos relatos cortos, algunos de los cuales aún no he conseguido adquirir. En algunas zonas han aparecido escritores que han empezado a fijarse en historias relacionadas con la vida en el río. Creo que están llegando tarde pues, como decía más arriba, la sociedad apenas mira de reojo al río, y en esas circunstancias no es fácil que surjan nuevas historias. ¿Aparecerá alguna novela de misterio con pescadores de siluros como protagonistas? ¿La vida de los regadíos actuales tan mecanizados tendrá menos interés que la que se reflejaba en la literatura del mundo rural, como lo hacían desde Blasco Ibáñez hasta Delibes?

Me ha sorprendido, y decepcionado, que rebuscando en la obra de escritores en los que confiaba encontrar cosas de interés sobre este río he hallado tan poco, a veces una sola frase, inteligente y acertada, pero que no me daba mucho juego para completar entradas. Ya hablé de esto en una entrada con míseras citas de Baroja y Larreta.

Veamos un par de ejemplos más:

En las poesías de Unamuno (-1936) el Ebro aparece puntualmente, como en este soneto:

Lo que sufres, mi pobre España, es coma

que tienes asentado en el cerebro,

y con todas sus aguas el padre Ebro

no ha de lavar la mugre de Sodoma. (…)

O en estos versos dedicados a Benjamín de Tudela (1930):

Ay Benjamín de Tudela,

Tudela de Benjamín ;

la llave de la cancela

de tu casa se hizo herrín.

Y al herrín llevóle el viento

mientras el Ebro a la mar

el consabido lamento

de al vaciarse tu hogar.

O esta mención colectiva en “Ríos de España” (1928), que encaja muy bien con esta sucesión de cañones y meandros que he recorrido a lo largo de cientos de kilómetros

Ebro, Miño, Duero, Tajo,
Guadiana y Guadalquivir,
ríos de España, ¡qué trabajo
irse a la mar a morir!

 

Gerardo Diego (1896-1987), poeta nacido en Santander tiene unos versos dedicados a estas tierras en su libro Mi Santander, mi cuna, mi palabra (1962). Los que más hablan del Ebro son los de Valderredible:

Abril en Valderredible

«Por el Ebro chiquito
desde Fontibre,
Preso en lago encantado.
suelto ya y libre.
Por el Ebro entre chopos,
cercas y lindes,
Brincos de espuma y júbilo,
truchas felices.
El Ebro canta y canta.
La lanza en ristre,
acomete molinos,
puentes embiste.
Primavera de hojillas,
juncos y mimbres.
En flor todas tus frutas,
Valderredible.
En flor todas tus nuevas
niñas abriles.
En flor tus capiteles,
Martín de Elines».

 

Un autor del que esperaba mucho era Labordeta (1935-2010). Quizás tenga algo más que no he sabido encontrar, pero solo me ha llamado la atención una imagen de una de sus canciones más conocidas:

Polvo, niebla, viento y sol
y donde hay agua, una huerta;
al norte, los Pirineos:
esta tierra es Aragón.

Al norte, los Pirineos
al sur, la sierra callada,
pasa el Ebro por el centro
con su soledad a la espalda.

Dicen que hay tierras al este
donde se trabaja y pagan…
Hacia el oeste el Moncayo
como un dios que ya no ampara.

Desde tiempos a esta parte,
vamos camino de nada,
vamos a ver como el Ebro
con su soledad se marcha.

Y con él van en compaña
las gentes de estas vaguadas,
de estos valles, de estas sierras,
de estas huertas arruinadas.

Polvo, niebla, viento y sol
y donde hay agua, una huerta;
al norte, los Pirineos:
esta tierra es Aragón“.

Es precisamente esta “soledad del Ebro”, abandonado por la sociedad de sus riberas, es la que ha regado mi decepción.

Tenía previsto desde el principio dedicar una de estas entradas a un tema que lleva años interesándome, el de las behetrías. El otro día, al llegar a Tudanca, uno de los pueblos ribereños del Ebro más perdidos y aislados, me encontré con el habitual cartel informativo…

«Este logar de Tudança» -¿la ç o z se volvió oclusiva por evolución natural o cambió por una mala lectura de algún escribano?- «es behetría«.

¿Y qué es una behetría?, os preguntaréis muchos. Suena a antiguo y lo es. Es una figura jurídica sepultada por los siglos pero que yo encuentro de cierto futuro.

La explicación del cartel es un tanto confusa: «un sistema señorial en el que los vecinos elegían a su señor«.  La confusión proviene de hecho de que en nuestra sociedad democrática el verbo elegir se utiliza sobre todo en una de sus acepciones recogidas por la Academia: «Nombrar a alguien por elección para un cargo o dgnidad«.

En realidad para entender a las behetrías hay que ir a la otra acepción, que curiosamente el diccionario recoge como la primera: «Escoger o preferir a alguien o algo para un fin«.

En las behetrías no había elecciones.  El proceso es más parecido al que suele darse en algunos sistemas sanitarios donde se puede «elegir médico». Los habitantes tenían la necesidad de recurrir a un especialista. Lo seleccionaban de una lista más o menos larga de personas que eran capaces de proporcionar ese servicio.

La necesidad era de protección y, creo, de impartición de justicia en los niveles más básicos (para los asuntos graves intervenía directamente la justicia real).No todo el mundo estaba preparado para hacerlo. Claro que no había facultades donde estudiar; era un oficio que se heredaba porque era en el seno de las familias y grupos sociales donde se aprendía. En el sistema señorial era además un sistema cerrado. Muy pocos podían aspirar de manera muy excepcional a romper la compartimentación. El labriego, labriego quedaba para toda la vida; y los hidalgos y nobles, solo dejaban de serlo por alguna decisión extrema del rey.

En las behetrías, había lo que podría decirse libertad de elección de señor, dentro de una «lista» de potenciales señores. Había varios tipos de behetrías. En algunos casos, esa elección estaba limitada a una familia noble. Podría elegirse entre los hermanos, primos…  En otros casos la elección era más amplia y había dos o más familias o linajes entre los que elegir un señor.

Pero lo ejor eran las «behetrías de mar a mar». Los habitantes podían elegir a quien quisieran, cercano o lejano, independientemente del linaje, siempre que tuviera el «título habilitante» para ser señor.

Podéis imaginar las inmensas consecuencias de esa libertad. Incluso entre hermanos de una misma familia, se podía optar al más favorable a los intereses de los lugares de behetría. Como se podía cambiar de señor, el elegido estaba interesado en no crear problemas ni abusar de su posición. Si no había un linaje con el monopolio, la libertad, y capacidad de negociación de los habitantes, se incrementaba. Claro que tampoco les interesaba elegir a alguien muy lejano ni desconocido, porque malamente podría protegerles.

Ahora viene lo mejor de todo. Seguramente habéis imaginado que los de un pueblo, generalmente bastante pequeño, se juntaban y discutian para ver por que señor optaban para proponerselo. Así sucedía en muchos casos. Pero en ocasiones el sistema escondía una libertad aún mayor, que es lo que lo acerca a algunos ideales libertarios.

La relación entre habitantes y señor escogido no siempre implicaba a todo el pueblo.  A menudo era un privilegio de las casas o familias. En un pueblo podía haber algunas casas que eran de abadengo (el señor era un religioso, a menudo el abad de un monasterio próximo), otras de señorío real, otras de solariego ( la relación con el noble titular del solar era obligada e irrompible) y otros de behetría. Había pueblos donde unos escogían a un señor y otros a otro.

Incluso había monasterios que eran lugares de behetría, en donde el abad escogía al señor que iba a tener jurisdicción sobre ese lugar.

La mayoría de behetrías se encuentran en el norte de Castilla y en las «Asturias de Santillana», que ahora forma buen parte de la región de Cantabria. Estoy, pues, en «tierra de behetrías», aunque estas solo constituían una parte de las poblaciones de estas comarcas. Pero no eran un fenómeno raro. En el siglo XIV hay trazas de más de seiscientas.

¿Cómo pudo surgir este sistema y por qué desapareció?

La primera aparición de este nombre es del siglo XI pero todo parece indicar que surgió antes. Es fácil entender que es un sistema que no era muy apreciado por los señores, ya que les obligaba a entrar en competencia, pues era la otra parte contractual quien de hecho elegía. Con el tiempo forzaron para que se convirtieran en señoríos solariegos, lo que les fue fácil en quellas behetrías constreñidas a elegir en un solo linaje, y mucho más difícil en las de «mar a mar». En el sglo XVI todavía hay trazas de estas.

Solamente en un momento de debilidad de los señores tradicionales pudieron aparecer. Evidentemente la invasión musulana, largos periodos de vida de frontera, hizo que los habotantes de esos lugares tuvieran incluso una posibilidad de elección más amplia. Podían buscar la protección y la justicia en los jefes moros establecidos en las proximidades o que efectuaban razzias de vez en cuando. Tenían un modelo de cierto atractivo, con bastante respeto por otras religiones y un sistema fiscal adaptado.  Una moneda más fuerte reforzaba el posible interés.

En esas circunstancias los señores, incluyendo los condes y el rey, tuvieron que aceptar una mayor libertad de los habitantes de muchos pueblos. Cuando ese riesgo desapareció, la institución de la behetría ya estaba bien establecida y siguió vigente varios siglos.

Una ventaja de estos lugares es que en ellos los hidalgos no podían establecerse a vivir o poseer tierras. Los»hijos d’algo» en general no pagaban impuestos. En las behetrías la única manera de que pudieran quedarse era pagándolos.

Un ejemplo práctico documentado de como los vecinos de una behetría elegían y «deselegían» a un señor a quien encomendaban esa función de protección y justicia lo tenemos en esta web, que se refiere a Zarzosa del Río Pisuerga (un pueblo de Burgos a unos 30 km al SO de donde ahora escribo esta entrada) en el siglo XVI :

«Ahora decimos y suplicamos a Vª Señoría tenga por bien de nos haber por apartados de esta encomienda, que nosotros nos apartamos de ella e nos despedimos e tornamos en nuestra voluntad y libertad, para que cuando sea nuestra voluntad de tornar a recibir por Señor encomendero a Vª Ilma. Señoría o a quien fuere la voluntad del dicho concejo, que lo podemos hacer como lo habemos hecho otras veces en los años pasados, por ser, como es, este lugar behetría y realengo» (desencomienda de 1546, resaltado por el autor de la web).

He dicho que esta figura ha atraído el interés de algunas gentes de ideales libertarios o simplementes amantes de la libertad individual. Quizás no tanto como el esperado por las sagas islandesas de más o menos esa misma época), pero con la ventaja de ser de aquí mismo y de encontrarse sus rastros en documentos y archivos fácilmente accesibles.

Este tema no ha inspirado aun mucha literatura. El siguiente poema es de lo poquísimo que he encontrado y por eso, aunque no trate del Ebro os lo ofrezco como..

LA LECTURA DEL DIA

Behetría de mar a mar, poema (1999) de Nicolás Rodríguez Martín (1937-). Aquí encontrarás más información sobre el autor y la obra. Tomada de la web «Prometeo en la red»

«BEHETRÍA DE MAR A MAR

Porque ensayo mi muerte con el sueño,

porque a nacer me asomo con el alba

y me acojo a ser hombre sin más medios

que las cuatro palabras de mis versos

y mi gesto de estar al otro lado.

Porque no tengo más norte y camino

que mis pasos al sur de la esperanza

y el oculto rumor de mis deseos,

la aventura de ser me atemoriza

y el instante más vano de mis días,

que acepto en la rutina del olvido,

me pesa levemente hasta aplastarme.

Ni la vida ni el sueño me hacen libre,

ni que ensaye mi muerte cada noche

ni oculte mis vergüenzas de ser hombre.

 

Nazco a un mundo de yugos y cadenas,

y he tomado señor como si nada.

Estaba junto a mí, no era distinto,

he tomado señor como si nada.

Sin asombro de verme dominado

ni más gesto que el gesto de mirarme

como al otro que soy tras del espejo,

como al otro que soy antes del tiempo.

 

Me aguarda mi señor dentro de mí,

me tiene entre sus manos, va brezando

mi rebelde soñar hasta enervarlo.

 

No ensayo más la muerte, no amanezco.

Me atengo a la locura de servir:

Behetría de mar a mar, dueño elegido.

Señor de mi envoltura sin medida.

Señor de mi osamenta bien contada.

Señor de mis palabras y mi tiempo.

Señor de mis olvidos y mis pasos.

Señor de mis deseos y mi renuncia.

Señor de mis latidos y mis sombras.

 

Behetría de mar a mar, dueño aceptado.

Señor dentro de mí.»

Cuando vemos ese valle y los puentecillos que cruzan este Ebro aún joven, pocos imaginan que hace poco más de dos siglos un enorme ejército los cruzaba. En cosa de un par de días, más de treinta mil soldados, sobre todo ingleses, pero también portugueses y españoles, atravesaban Valderredible. Otros tantos marchaban más al sur por Sedano para salir cerca de Valdenoceda por los cañones del Ebro.

colegiata de San Martín de Elines

Imagino el momento. La víspera había sido domingo. Al salir de misa algunos comentaron que se había visto varios jinetes recorriendo los caminos hasta los puentes de Polientes y San Martín de Elines. La guerra hasta entonces había hecho poco acto de presencia y corrían rumores sobre la retirada de los franceses.

Estando así hablando, llegó un grupo de jinetes de extraños uniformes y se generó un desconcierto que llevo a los feligreses a volver apresuradamente a la iglesia. Se adelantaron dos de ellos, uno de aspecto extranjero que infundía respeto con su gran mostacho. El otro, español, les saludó y preguntó por si había noticia de los franceses. Pero hacía días que estos no aparecían.

Al día siguiente de buena mañana una serpiente de color rojo parecía descender de los montes en dirección a los pueblos. Eran largas filas de soldados de casaca escarlata. Alternaban otros de uniforme marrón, que algunos dijeron eran portugueses.

Las mujeres y niños se habían escondido. Desde algún rincón, los rapaces contaban los soldados y caballos, hasta llegar al número que no sabían nombrar. Eran miles y miles. Pasaban cañones, y carros, escuadrones de caballería, y, de vez en cuando pequeños grupos de oficiales de vistosos uniformes. Tras ellos nuevos carros y grupos de cantineras, artesanos y comerciantes.

puente de Rocamunde en la actualidad

Tardaron dos días en pasar por los puentes de Rocamunde y San Martín. Cuando llegaron los últimos, los primeros, que apenas se detuvieron en los pueblos para beber agua y descansar unos minutos, siguieron en dirección a Soncillo. Por aquel tiempo en Valderredible vivían no más de cinco o seis mil habitantes. La procesión militar les parecía inacabable. Nunca habían visto tanta gente junta.

Seguramente nunca llegaron a comprender esa oleada humana que pasó como una exhalación. Los furrieles pasaron por los ayuntamientos comprando raciones para animales y humanos. Algunos oficiales pasaron la noche en las casas de los pueblos, mientras los soldados levantaban tiendas en los campos próximos. Los oficiales españoles que servían de enlace les tranquilizaron. Es verdad que eran malditos protestantes, enemigos de la religión católica, pero ahora eran aliados para echar a los franceses y además pagaban bien por los suministros.

Al cabo de una semana les llegaron noticias de la batalla de Vitoria, gran victoria de los aliados. A pesar de las reticencias y miedos que despertaron cuando atravesaron el valle, algunos recordaron las caras enrojecidas por el sol de los pálidos ingleses. Muchos de ellos, tan alegres como cansados al pasar los puentes al ritmo de marchas militares, habrían muerto y, aunque herejes, pensaron que deberían decir una oración por sus almas.

¿Cómo se encuadra este movimiento en las guerras napoleónicas? El ejército aliado, con el potente cuerpo expedicionario inglés, rico y bien armado, estaba dirigido por el Duque de Wellington. Había iniciado una ofensiva final desde sus posiciones en Portugal y los franceses se retiraban apresuradamente hacia el valle del Ebro. El siguiente fragmento de un mapa que he tomado del sitio web adrianopolis.com muestra esos movimientos.

Aproximación de los ejércitos en junio de 1813, del sitio adrianopolis.com

http://adrianapolis.com/blog/wp-content/uploads/2013/06/plano-circuito1.jpg

Como los oficiales ingleses eran amantes de llevar diarios y escribir cartas, tenemos muchas impresiones de testigos.

El mismo Wellington, escribía cada día al Secretario de guerra del gobierno inglés. Así le contaba escuetamente este paso:

El ala izquierda de ejército cruzó el Ebro el día 14 (de junio de 1813) por los puentes de San Martín y Rocamunde, y el resto al día siguiente, por esos puentes y el de Puente Arenas. Los días siguientes continuamos la marcha en dirección a Vitoria”.

Un teniente coronel de su estado mayor, William Maynard Gomm, precisaba algún detalle en sus memorias:

Hemos tenido bastante mal tiempo desde que dejamos Medina de Rioseco y me temo que aún no nos hemos librado de él. Espero que en Inglaterra se admire la rapidez con la cual hemos desplazado hasta las orillas del Ebro a ochenta mil hombres, teniendo cerca a tantos franceses, que se encuentran en alguna parte delante nuestra, pero de los que ahora no sabemos su situación, como supongo ellos desconocen la nuestra. Es verdad que este buen movimiento de Wellington que ha desconcertado a los franceses. (…) Estoy ansioso por cruzar el Ebro y saber algo más de la posición del ejercito francés, que parece poco preparado para enfrentarse con las fuerzas reunidas por Wellington

Realmente habían sido rápidos. Habían partido el 21 de mayo de la frontera portuguesa. En 24 días habían recorrido 360 kilómetros contados en línea recta, cerca de 500 sobre el terreno (Hitler en su guerra relámpago sobre Moscú para recorrer el doble tardó 150 días). Tuvieron pocas escaramuzas que les detuvieran, pero iban a pie, cargados con veinte o treinta kilos, mal calzado y por malos caminos. Al tiempo se preparaban para una gran batalla, que sabían que iba a llegar tarde o temprano, cuando los franceses decidieran hacerles frente, lo que ocurrió cerca de Vitoria.

Pero hay que ir a los oficiales de menor rango para tener una impresión más vívida de lo que vieron y sintieron aquellos hombres. El capitán Kincaid, de la Rifle Brigade, un regimiento de élite que también atravesó por Puente Arenas lo cuenta así:

… el 14 (de junio) tuvimos una larga y extenuante jornada de marcha, a través de una comarca de montañas escabrosas, en la que solamente se vislumbraba un poco de fertilidad en algunos pequeños valles que cruzábamos.

Autor C19th Heroes. Licencia creative commons.

Al amanecer del 15 comenzamos a atravesar una triste región de roca maciza, que proporcionaba una abundante cosecha de piedras sueltas, sin una partícula de suelo o de vegetación visible en todas direcciones. Tras recorrer cerca de veinte millas (más de 30 km) por este horrible entorno salvaje nuestras mentes cansadas solo imaginaban que aún seguiría así mucho más delante nuestra, cuando, de repente, mirando hacia el valle del Ebro, cerca del pueblo de Arenas, vimos uno de los más ricos, encantadores y más románticos lugares que yo nunca antes había contemplado. La influencia de ese paisaje en las mentes es difícil de creer. Cinco minutos antes todos estábamos tan “vivos” como piedras. En un momento todos nos volvimos flores y frutos. Muchas piernas, de las que se pensaba que no podrían dar ni un paso más, estaban cinco minutos más tarde bailando sobre el puente al ritmo de «the downfall of Paris» (aquí para escucharlo) que era tocada por las bandas de varios regimientos

Me acosté esa noche en un huertecillo, con mi cabeza sobre un melón mirando a un cerezo, y me resigné a un descanso para el que no necesitaba un largo cortejo”.

Henry Walter era cirujano del ejército. Su regimiento, del centro, coincidió en el mismo paso. En sus memorias (1839) lo relata:

cuando nos aproximamos a Pancorbo, una plaza muy fuerte sobre este famoso río, situado en el camino real de Burgos a vitoria, nos desviamos a la izquierda, siguiendo un sendero y tras atravesar un difícil y formidable desfiladero de dos leguas (casi 10 km), cruzamos el Ebro en Puente Arenas, sin ninguna oposición”. Añade que en el desfiladero, en los cañones del Ebro, una pequeña fuerza de dos o trescientos hombres hubiera podido parar al menos un par de días a todo el ejército ganado tiempo para organizar mejor la retirada francesa.

Pero es interesante la visión del paisaje, el mismo que yo acabo de atravesar.

“(…) Entramos en el desfiladero de (Puente) Arenas admirando las grotescas formas y la amenazadora apariencia de las enormes masas de rocas que se levantaban amenazadoras sobre nuestras cabezas, hasta que el valle del muy afamado Ebro comenzó a abrirse. El rio corre aquí por un profundo barranco, de altas paredes verticales, cubiertas con rocas y arbolado, en fantástica combinación y de aspecto salvaje. Es un verdadero modelo para un Salvator Rosa (un pintor paisajsta italiano del XVII) entre los modernos pintores paisajistas, y me he preguntado muchas veces cómo es que ninguno de los Anuarios aún no lo haya descubierto.

Tropas inglesas cruzando un puente (recreación en 2013 sobre el de Puebla de Arganzón). Autor C19th Heroes. Licencia creative commons.

Tras cruzar el puente nuestra división tuvo que detenerse por un par de horas hasta que la carretera se despejó, pues en el desfiladero nos habíamos atascado con parte del ala izquierda del ejercito. El día era muy cálido y no soplaba no una brizna de aire, pero no pensábamos en nada, son en ver los rostros de nuestros compañeros del ala izquierda, el despliegue de nuestras fuerzas que se iban acumulando y en el espléndido paisaje que nos rodeaba. Llegamos a nuestro punto de acampada cerca de Villarcayo al caer el sol…

Las de hoy son parte de la historia macabra del río. A lo largo de los siglos las aguas se han tragado la vida de muchos cientos, posiblemente miles, de incautos navegantes, viajeros, bañistas, soldados, y no pocos suicidas y asesinados.

Algunos casos son especialmente dramáticos. Hoy voy a traer tres. Hoy precisamente, porque uno de ellos, el que me parece más trágico, sucedió en el tramo que acabo de recorrer.

1840, 4 de junio. Mora de Ebro.

La guerra carlista está en sus compases finales. Cabrera, el general de quien ya hablamos al principio de esta ruta se retira de sus posiciones en el Maestrazgo. Su objetivo es llegar a Francia con las tropas que le quedan y pedir asilo. Debe atravesar el Ebro y piensa hacerlo en barcas a la altura de Mora.

Son varios miles de personas. No solo están los soldados; hay civiles, destacados carlistas y un grupo de prisioneros.

Esto es lo que cuentan las crónicas liberales:

Antes de pasar el Ebro (Cabrera) quiso despedirse con una de las suyas y fusiló a los nacionales que llevaba prisioneros de Morella y los arrojó al río. El cura de Borriol, D. Martín Huguet, testigo presencial dice: «…caminando el que dice prisionero atado, a su vista fueon muertos y echados al río en Mora de Ebro los patriotas nacionales de Calanda, y entre otros el célebre médico D. Pablo Llop y el patriota de Torrevelilla Sr. España». Es incalificable este acto de ferocidad de Cabrera, cuando ya se marchaba a Francia y daba el mismo por concluida la guerra” (Balbás, 1889).


 

1880, 1 de septiembre. Logroño.

La última guerra carlista ha acabado hace pocos años, pero en Logroño, bastión liberal durante los combates, se mantiene aun una importante guarnición. De vez en cuando los soldados salían a hacer ejercicios en las campas situadas en la otra orilla del río. Unos meses antes una riada había dejado maltrechos varios arcos del viejo puente de piedra. Se habían iniciado las obras de reparación y provisionalmente se había construido una pasarela de madera en la zona dañada. Pero otra riada se la había llevado y el paso había que hacerlo por barcas y pontones.

Trascribo el siguiente texto de bermemar.com, en el que no tengo claro si los entrecomillados se corresponden con declaraciones de algún testigo o si es una reconstrucción literaria:

El río Ebro discurría inocente, en moderada crecida, turbio: «El día 1º de septiembre, a las cuatro de la tarde, salimos del cuartel los dos batallones del Regimiento de Infantería Valencia, al mando de nuestro coronel, señor Sáez de Miera, con objeto de ejercitarnos en las maniobras militares en los llanos que se extienden a la otra parte del río, cuyo nivel precisamente había crecido a consecuencia de las últimas tormentas».

«El lento embarque de las tropas lo dirigió el infortunado teniente del arma de ingenieros señor Massó, que había dirigido la construcción del puente, siendo el mismo oficial el primero que puso el pie en la plataforma, acompañado de un pontonero».

«Fuerzas del primer batallón, en número de 26 jefes y oficiales (incluido el coronel), 30 cabos y sargentos y 148 soldados ocuparon el pontón, cuya parte de proa resultaba algo más recargada que la de popa, por lo cual el oficial de ingenieros que dirigía el embarque hubo de proponer al Coronel del Regimiento Valencia que se restableciera el equilibrio dando entrada a los caballos; pero ante el temor de que éstos pudieran inquietarse, introduciendo el desorden consiguiente, decidió el Coronel que se embarcase la banda de música, compuesta de 27 músicos. Ocupando éstos y sus instrumento más espacio del disponible, se decidió que se situaran hacia el centro, lo cual motivó un movimiento de avance hacia proa, con lo que empezó a sumergirse el pontón correspondiente sin que lo notaran los soldados, distraídos en escuchar los acordes de la música, que alegraba la corta travesía».

grabado de Meléndez de a Ilustración Española y Americana, 1880

Al llegar al centro del río zozobró súbitamente la parte de proa, siendo precipitados al río soldados, músicos y oficiales en horrible racimo. La barca se hallaba ya a poca distancia de la orilla derecha, pero el terror sembró el río de soldados uniformados braceando desesperados entre agarrones frenéticos en un afán loco por no ahogarse. Tal desbarajuste produjo el tremendo número de víctimas, salvándose sólo los que tuvieron serenidad para mantenerse derechos en el agua, que paradójicamente no llegaba a cubrirles en muchas zonas del río, donde pudieron hacer pie los más afortunados».

«Presencié incrédulo cómo los pocos compañeros que sabían nadar eran arrastrados al fondo del río por los que no sabían, prendidos unos de los correajes de otros, empapado el paño de sus uniformes iban desapareciendo en las turbias aguas en instantes. Hubo rasgos de valor heroico pero fueron los menos, cundió el pánico y el sálvese quien pueda… El coronel del regimiento fue extraído del agua en bastante mal estado, la tropa del segundo embarque, así como las personas que desde la orilla presenciaban el deplorable siniestro, hicieron esfuerzos sobrehumanos para auxiliar a los náufragos… siete músicos, entre ellos el director de la banda, y yo mismo, pudimos salvarnos asidos al bombo, también se salvaron el redoblante y un corneta…».

La Ilustración Española y Americana

«Después de esta jornada, me siento estremecido, conmovido hasta el tuétano de los huesos, y los horrores que he visto, los compañeros debatiéndose en las aguas, braceando enloquecidos hasta que se los tragó el río, no me dejarán dormir ni vivir. Vivencias tan terribles te traban el recuerdo y te atormentan la vida entera».

«La vida se la debo a instrumento tan modesto como el bombo, el parche. Gracias a él, como un flotador, nos hemos salvado varios militares y arrastrados a la orilla hemo logrado hacer pie y no hundirnos en lo profundo del cauce, como el bombardino, los trompetas, los sacabuches».

«Soy soldado, soldado español, pero antes y primero soy músico, toco instrumentos de percusión en la banda de música del Regimiento de Infantería Valencia. Los instrumentos de percusión son sin duda los más marciales, los más primitivos, los que lo incitan al combate fiero y hacen estremecer a las mozas…».

Ahora casi todos los músicos están ahogados entre las notas lúgubres de un río sucio, indiferente, sin piedad ni entendimiento. Noventa jóvenes españoles que fueron enterrados en el cementerio de Logroño, junto al río.»

 

1938, 17 de junio. Ermita de la virgen del Ebro, entre Pesquera y Valdelateja.

Esto sucedió, no en el mismo río, sino en una de sus hijuelas, en el canal de la central eléctrica próxima a la ermita. La ermita es uno de los lugares más bellos de todo el río, en el fondo de un cañón.

Los pueblos vecinos hacen romerías a esta ermita. Es una forma de mantener cierta normalidad en esta guerra. Ese día tocaba la rogativa de los de Turzo un pueblo de la montaña próxima («Bendita virgen del Ebro, ¿quién te venera? Quintanilla, Escalada, Turzo y Pesquera» se solía decir).

El camino a la ermita recorre el fondo del cañón del Ebro, que aquí hace una gran curva. En 1910 se había construido una central eléctrica cerca del santuario y el canal que le arrimaba las aguas atravesaba directamente la montaña, con un túnel de 500 metros. Por el camino, para llegar la mismo punto, había que recorrer casi tres kilómetros.

El guarda del canal solía recorrerlo en barca y acostumbraba pasar por el túnel para llegar directamente a la central. Aquel día hizo el viaje acompañado del cura que iba a celebrar el oficio en la ermita, y un grupo de adolescentes, ,para los qu el paso el túnel debía ser una gran aventura.

entrada oeste del túnel con el canal vaciado

La barca con once pasajeros se adentró en el túnel. La tragedia debió desencadenarse en la parte inicial. Según relataba un testigo de la época, «Cuando subieron había una pequeña vía de agua, porque aquel día hacía mucho calor y la madera de la barca se había resecado, pero no le dieron importancia. Ya dentro del túnel alguien empezó a gritar que se le habían mojado los pies, se asustaron y aquello volcó». El canal tenía poco más de dos metros, con paredes lisas, sin agarres, y muchos no sabían nadar. Dos de ellos consiguieron agarrarse a la barca volcada en la oscuridad y salieron vivos del túnel.

Al oír los gritos, el alcalde de Quintanilla entró al túnel con otra barca, pero también pereció.

Me he asomado al túnel y desde un extremo no se ve claridad alguna del otro. Debió ser horrible. Siete de los muertos, un varón y siete mujeres, tenían entre 14 y 19 años. El impacto en el pueblo, que apenas tenía un centenar de vecinos, fue terrible.

Hace unos meses saltaba una noticia, repleta de titulares y frases escandalosas, como suele ser muy habitual. La Guardia civil había detenido una mafia de pescadores y transportistas rumanos que capturaban carpas y siluros en los embalses del bajo Ebro y los vendían en Rumanía, donde su consumo es mucho más apreciado que aquí.

Se les acusaba de males horribles, como no pasar controles sanitarios hasta el punto de tener que utilizar lejía para camuflar el mal olor del pescado semidescompuesto.

En la letra pequeña se leía que disponían de diez furgonetas isotérmicas y que, tras limpiar el pescado, lo cargaban en cajas con hielo, es decir un procedimiento semejante al de todo el pescado fresco que se consume en nuestro país. Parece lógico porque no se entiende que el consumidor rumano fuera tan tonto como para pagar caro un pescado de importación apreciado que estuviera en mal estado. ¿Realmente alguien cree que los amantes del pescado de aquel país no son capaces de percibir el olor a lejía? ¿Ni siquiera han aprendido a usar el limón, que es el que siempre se ha empleado en el nuestro para disimular el sabor del pescado poco fresco?

Pero la denuncia por pesca ilegal no daba para un titular suficientemente escandaloso. Parece que el problema, además de usar artes no permitidas de pesca, era que no pasaban controles sanitarios. Pero no es el control lo que hace que un producto sea apto o no para el consumo; simplemente lo certifica. Nada impide que pueda haber productos, por ejemplo los de la propia huerta doméstica, que sean aptos por el consumo aunque no estén certificados.

De hecho si no podían pasar un control sanitario aquí, como cualquier otro producto alimentario, es porque se ha prohibido su comercialización. ¿Razón? El siluro es una especie introducida e invasora, que se considera perjudicial para la fauna local. Las administraciones medioambientales quisieran que se exterminara, cosa bastante difícil. Se permite la pesca, matando al animal. Pero no se puede comercializar.

Creen que si se vende aumenta el interés y se extenderá más. , aunque en realidad lo que se logra es una mayor presión sobre las poblaciones de siluros. Parece una visión contradictoria con lo que hacen las mismas administraciones medioambientales que suelen exigir o fomentar una reducción de la comercialización para recuperar especies que han sido demasiado capturadas. ¿Realmente creen que con el siluro va a funcionar la lógica contraria y que impedir la comercialización será un medio eficaz para reducir su número?

He empezado con esta disquisición, porque es bastante significativa de la historia de la pesca en el Ebro. Porque sí, en la era de antes del siluro también se pescaba y se comerciaba con el pescado. y en cantidades nada desdeñables.

Volvamos en el tiempo, unos quinientos años, a vayamos imaginariamente a Zaragoza. Si nos damos un paseo por la plaza del Pilar veremos el animado mercado del pescado. A un lado el pescado seco o salado en gran variedad: abadejo, pescada cecial (merluza), congrio, toñina (atún), sardinas… Viene de los puertos marinos del Cantábrico y el Mediterráneo. En invierno de aquel incluso se transporta pescado fresco, que compite con el que se captura en el Ebro: madrillas, barbos, anguilas… porque a los zaragozanos lo que más les gusta es el fresco.

Esa afición viene de antiguo. Desde 1203 en la Seo (catedral) zaragozana, el 17 de diciembre se cantaba la antífona «O Sapientia» (podéis escucharla aquí). Para celebrar esa festividad un benefactor dejó un fondo para que los canónigos y racioneros catedralicios celebraran un buen banquete, a base de potaje de coles y garbanzos (aún no se conocían las patatas y las alubias) y un doble plato de pescado; uno debía ser de congrio, mientras que para el otro nada estaba dispuesto salvo que debía evitarse el salmon y la lubina. Os lo recuerdo, era el año 1203.

San Julián es un santo francés del siglo III-IV que es el patrón de los peregrinos, hosteleros y barqueros. En esta imagen se le representa sobre una barca con la que ayudaba a atravesar el río, De rebote era patrón de los pescadores.

En el mercado de la plaza del Pilar veremos bien situados a los miembros de la Cofradía de San Julián. Es el gremio de los pescadores y raneros (¡también los paladares maños apreciaban las ranas!) zaragozanos. Una institución que se remontaba a la edad media y que ahora diríamos, «cogestionaba el recurso», junto con el municipio.

El Concejo municipal entendía al río como una parte de los bienes comunales así que regulaba su uso. También aprobaba los estatutos y privilegios de la cofradía de San Julián. A petición de esta, que tenía un cierto monopolio del uso de las redes, en 1561 prohibió el uso de ciertas artes de pesca que se consideraban estaban esquilmando el río. Os lo recuerdo, era el año 1561.

Una parte de la pesca era más artesanal, de barqueros, que solían competar sus ingresos con la captura de peces, e incluso con la crianza de anguilas. Pero el grueso provenía de instalaciones relativamente costosas levantadas para la pesca de forma que ahora considerarímos casi como «industrial»: las pesqueras, construcciones que permitian dirigir a los peces para capturarlos con mangas y redes.

El propio Concejo tenía construidas varias pesqueras en el río, que se consideraban como bienes de propios y se daban en usufructo a los pescadores.

Llegó a haber tantas que molestaban al tránsito de transporte por el río y creaban remolinos que afectaban al puente, así que en 1586 el municipio prohibió que se levantaran en un tramo de varios kilómetros. Os lo recuerdo, era el año 1586.

Los principales datos de esta intensa actividad los he tomado de un artículo de José Antonio Mateos Royo.

 

Algunas fuentes dicen que se pescaba salmón en el valle de Ebro. Cuesta creer porque ahora no lo hay en ningún rincón del Mediterráneo y esta especie es de la que remontan los ríos desde el mar. Pero no parece que haya nada más que lo confirme. Los romanos, que acabaron siendo buenos consmidores de gran variedad de pescado, solo lo conocían a través del pesacado en los ríos del norte.

Dicen que esta especie aparece en la regulación de antiguos tributos en el valle del Ebro. Es verdad que en la veeduría que cobraba los impuestos del pescado fresco que se vendía en el mercado de Zaragoza consta que a la par de cobrar cuatro sueldos por carga de madrillas, barbos y anguilas, se estipulaba el pago de un sueldo por ejemplar de salmón freco.

Quizás se trata de una confusión de nombres. Pero no es imposible que en otros tiempos los salmones se animaran a cruzar el estrecho de Gibraltar, como aún lo sigue haciendo el atún, y siguiendo su instinto penetrara por el estuario del Ebro en busca de sus fuentes.  Pero más parece que los arrieros y comerciantes de aquella época eran capaces de abastecer de salmón fresco a Zaragoza situada a muchas jornadas de viaje de los ríos salmoneros.

He encontrado un curioso cuento sobre el abastecimiento de salmón en Zaragoza. Como es bastante largo lo coloco al final de la entrada. Espero que, mientras llegas, no coja mal olor.

 

Hoy he llegado a Pesquera de Ebro.  Por su nombre es fácil adivinar que la pesca fue siempre ua actividad fundamental. Las gentes de los pueblos próximos, pero no ribereños, dependían del río para moler el grano y tambien para abastecerse de pescado, algo bastante necesario en los periodos de cuaresma. En este pueblo las condiciones eran óptimas  y se fueron creando varias «pesqueras». Aquí el río no es tan ancho ni caudaloso como en Zaragoza, así que tomaban forma de pequeños azudes, levantados con piedras, Siendo tierra de buenos canteros, teníam remates de silleria.

Pesquera de Ebro (Burgos)

Lo sorprendente es su gran número: media docena en un tramo de poco más de dos kilómetros. Probablemente estas pesqueras no tenían solo la función, como las zaragozanas, de facilitar las capturas encauzando el paso de los peces, sino ademas la de crear buenas condiciones para la freza, acumulando graveras.

En una de las entradas del puente de este pueblo hay una pequeña ermita con un escudo misterioso. Tiene una inscripcion de la que nadie ha sabido darme una explicación convincente. Pero me he acordado de ella cuando repaso las dudas que me han surgido en esta entrada, sobre el porqué de la prohibición de la venta de siluro, del porqué tantas pesqueras juntas, de porqué algunos historiadores que se pescaba salmón en el Ebro…

«El por qué yo me le sé»

LA LECTURA DEL DÍA

El salmón de Alagón (1842), de Vicente de la Fuente (1817-1889)

Este cuento está escrito en una época en que el salmón empezaba a apreciarse como manjar, aunque la acción la sitúa en tiempos remotos, cuando en realidad era un producto relativamente abundante y poco valorado.

el salmon de alagon

…es notable Zaragoza por sus roscones, Calatayud por sus bizcochos, y el término de Campiel por los melocotones, Muel por sus peras y cardos, Maella por sus higos, Rigla por los ajos, Cariñena y Cosuenda por sus vinos. Pero aun es mucho mas célebre el Salmón de Alagón, y no porque se pesque allí, sino por una tradición, que es harto vulgar en todo Aragón, pero fuera de aquel país apenas es conocida. (…)

Dícese, pues, por tradición no interrumpida, que en una tarde del mes de marzo (el año no se sabe a punto fijo, aunque es de presumir que fue después del diluvio) llegó a la villa de Alagón un arriero en dirección a Zaragoza; pero siendo ya algo tarde, tuvo que detenerse en el mesón del pueblo. Añaden personas bien informadas, que el tal arriero era un hombrón de Calanda, de lo mas bien plantado que había salido de la tierra baja. Había sido miñón, y como tal había perseguido el contrabando y los ladrones, hasta que tomó su baja. Entonces volvió la oración por pasiva, y se puso a contrabandista, con lo que había pescado a río revuelto, hasta que vino por su desgracia a caer en manos de sus sucesores, que hicieron con él lo que probablemente habría hecho él con algunos de sus antecesores. Habiendo logrado indultarse, recogió velas, trató de mudar de rumbo, y con los residuos de su pasada fortuna que había logrado salvar del naufragio, se puso a probar fortuna en el oficio de arriero.

A pesar de eso jamás olvidó los resabios de su primer servicio: gustaba de llevar el sombrero «a lo curro», fumaba brasil, bebía puro y de largo, hablaba a lo matón, poco y detenidamente; echaba un taco entre cada dos palabras, y por menos de un soplo era capaz de armar una quimera, hasta con su sombra.

Tal era el arrierito que se echaron a la cara el alcalde y otras notabilidades de Alagón, que estaban paseando a las afueras del pueblo un martes de Semana Santa. Como en aquel tiempo no había periódicos, y el ramo de correos no estaba muy atendido, ni se conocía aun la plaga designada con el título de políticomanía, la aparición de un viajero, ora fuese arriero, ora peregrino, era más interesante que una gaceta extraordinaria. Rodeábanle los curiosos, se afanaban en dirigirle preguntas, comentaban sus palabras, y disertaban sobre sus respuestas. El viajero por su parte se esforzaba a mentir (sin duda por eso a un libro que tiene muchas mentiras le llamaron el Viajero universal), y aunque no viniese de luengas tierras, no por eso falsificaba el adagio, revolviendo el Mogol con Astrakan, y refiriendo los sucesos de Utrera, aunque viniese del Bierzo.

No así nuestro arriero, que era hombre de muy pocas palabras (entre buenas y malas), y ms serio que un retrato viejo. Apenas se dignó contestar a las preguntas que le hacían los curiosos de Alagón, y a duras penas pudieron barruntar que llevaba dos cargas de salmón a Zaragoza. Los dientes se les afilaron a los espectadores al oir hablar de salmón fresco, en vísperas de las cuatro vigilias de Semana Santa; y no faltaron algunos, en especial el alcalde, que propusieron al arriero que vendiese allí algunas libras, pues aquel peso menos llevaría a Zaragoza. Pero en vez de acceder el arriero a tan justa demanda, torció el hocico, escupió por el golmiyo, y después de pegar un varazo al macho que acababa de descargar, dio por única contestación al auditorio un arre tordo, y se dirigió con él a la cuadra.

Este desprecio brutal llenó de indignación a todos los espectadores. Quien le recelaba una semana de cárcel y confiscación de cargas por haber faltado al respeto al señor alcalde, quién le juraba una paliza, mientras que otros más alegres proponían como más gracioso quitarle el salmón mientras durmiese, y llenarle las banastas de inmundicia. Pero el alcalde supo desentenderse de todos aquellos procedimientos ilegales, y asesorándose con su escribano decretó: «que incontinenti se procediese al embargo del salmón, y tomando en cantidad de una o dos arrobas, para venderlas en el pueblo, pues había en él una multitud de mujeres embarazadas, a las que se les había antojado el salmón, y de no satisfacerlas aquel antojo pudiera seguirse a la prole algún perjuicio».

Dirigióse el escribano a la posada para hacer la notificación seguido de varios curiosos, que deseaban ver abatido el orgullo del indiscreto arriero:

No hay dinero en Alagón para pagar mi genero, —dijo este así que le hicieron la notificación, y continuó picando con mucha flema el troncho de tabaco que tenía entre sus dedos,

Cuanto ni más, añadió, que no se ha hecho la miel… elcetera.

No bien lo había dicho cuando cayeron sobre sus espaldas dos o tres estacazos, y aunque trató de valerse de su navaja, se vio al punto rodeado de otros siete u ocho con grave peligro de sus tripas; en verdad que lo hubiera pasado mal, a no haber sido por el escribano, que por aquella vez y sin ejemplar sirvió de juez de paz.

Cuando se trató del pago, el escribano viendo que pedía muy caro ofreció que se pagaría al precio más alto que se vendiese en Zaragoza. No se daba por muy satisfecho el arriero, pero algún tanto amedrentado con los palos anteriores y la actitud imponente del pueblo, que le llenaba de imprecaciones por las insolentes palabras que había proferido, tuvo que bajar las orejas como hacen los pollinos en lances apurados, y se dio por contento con que le permitiesen marchar al día siguiente con las arrobas restantes.

Entre tanto en el pueblo se repartía alegremente una arroba aragonesa (que tiene  576 onzas, es decir unos 16 kilos) que había quedado, según la orden del alcalde, obligándose los consumidores a pagar la parte que les correspondiese, luego que se supiera el precio a que se había de vender en Zaragoza. Luego que el arriero llegó a Zaragoza se dirigió al punto al peso real para que se reconociese su cargamento y se le pusiera precio. El regidor que estaba de semana era hombre de buen humor, y luego que oyó contar lo que al arriero le había pasado en Alagón, le mandó que pesase, una onza de salmón, y sacando del bolsillo una onza de oro en una pieza, se la entregó diciendo:

En Zaragoza se paga el salmón a onza la onza.

Quedóse el arriero estupefacto, el alguacil atónito, y un lego de la Victoria que había acudido ya al olorcillo, al oír tan excesivo precio se marchó escandalizado, cebando castañetas con los dedos.

Parece imposible que pudiera venderse el salmón a tan exhorbitante precio: con todo, diz que no faltaron locos que tuvieron la humorada de pagar al arriero a onza la onza, porque para que acudan mosquitos no hay como subir el vino.

Sea de esto lo que quiera, lo cierto es, que el arriero volvió al pueblo de Alagón, y reclamó el cumplimiento de la oferta que le habían hecho de pagarle el salmón al precio más alto que se hubiese vendido en Zaragoza. Aquí fue el apuro de los alagoneses, que casi habían olvidado lo pactado con el arriero. Tenían ya el salmón digerido y algo más; el gusto satisfecho, el antojo cumplido; pero a guisa de pescadores debían pagar con las setenas el placer que habían disfrutado (…).

Luego que el arriero sacó la certificación en que constaba que en Zaragoza se había vendido su salmón a onza la onza, faltó poco para que al alcalde le diera un parasismo. Apenas podía creerlo, a pesar de que la certificación venía en toda forma, con el sello 4.° por montera, y el león rampante de Zaragoza por las faldas. Decidióse pues a luchar desesperadamente, y se negó a pagar (cosa muy obvia) alegando que no estaba obligado a cosas extraordinarias.

Yo no se con harto sentimiento mío el éxito que tuvo aquel debate (…). He oído decir que después de un ruidoso pleito el pueblo tuvo que pagar (eso es de cajón) habiendo sido condenado a otorgar un censo a favor del arriero, con el capital del importe del salmón: añadía el que lo refirió que dicho censo se venía pagando hasta estos últimos años. Pero yo puedo jurar, tocando el mango do mi cuchara como se usa entre estudiantes, que no he visto tal escritura de imposición, y que estoy tentado a creer que no haya existido.

En cuanto al fondo del suceso no se qué verdad se merezca, aunque lo tengo oído referir a muchos. (…) Lo que sí puedo asegurar sin escrúpulo de conciencia, que en todo Aragón se acostumbra decir para ponderar algún objeto muy costoso, ¡Es más caro que el salmón de Alagón!«.

Hoy, día de mucho calor, no se me ocurre nada refescante que contar. Tampoco tengo las neuronas como para investigar alguno de los posibles temas históricos que podrían haberme inspirado, como el inicio de los cañones del Ebro,  el monasterio de Rioseco (¡llamar así a un monasterio que está a orillas del Ebro!), o los eremitorios excavados en la piedra que tanto abundan por aqui. Me conformo con incluir sendas fotos como simple ilustración.

Voy a aprovechar para tratar de un tema menor que me viene rondando la cabeza desde el principio: cómo llamar a las cosas relacionadas con el Ebro.

el puente de Valdenoceda a la salida del desfiladero de los Hocinos

En nuestra lengua no hay gentilicios para los ríos. Parece lógico, pues en los ríos no vive la gente. Al menos no en la Europa actual. Pocos pueblos han hecho de los cauces fluviales su hogar y ya no queda ninguno por acá, salvo los que habitan lanchas y barcazas en algunos viejos canales y ríos europeos.

Quizás no sea necesario disponer de esos adjetivos, ya que nos hemos acostumbrado a vivir sin ellos.

Pero los gentilicios no sirven solo para designar el origen geográfico de las personas. Los utilizamos para multitud de conceptos que pueden tener alguna relación con un lugar concreto. Puede haber una cultura, una gastronomía o un clima riojano o aragonés. ¿Qué palabra emplear cuando queremos referirnos a algo relacionado con el Ebro, y en general con cualquier río?

Quizás la poca necesidad de contar con gentilicios por la inexistencia de habitantes fluviales haya hecho que los nombres de los ríos sean poco creativos a la hora de adjetivar.

¿Cuál es el adjetivo que designa la relación con el Tajo, el Duero o el Miño? El Ebro parece ser la excepción, pues contamos con «ibérico». Pero eso es engañoso. Iberia, con su península, macizo y sistema montañoso, son espacios habitados. De ahí viene el adjetivo. Pero no es adaptable al río: ¿alguien entiende eso de «riberas ibéricas»? ¿realmente los «paisajes ibéricos» son los fluviales?

Tampoco la literatura ha sido muy exigente con este aspecto del lenguaje, ya que ha ignorado abundantemente al río. Pero a analizar eso me dedicaré otro día.

El tramo catalán, más habitado, trabajado y rico, ha acabado demandado la creación de un adjetivo. No es una demanda antigua, ya que el adjetivo surgido ha sido creado recientemente por los escritores que han tratado del Ebro: «ebrenc». Incluso ha sido aceptado oficialmente, haciendo su entrada en el Diccionari general del Institut d’Estudis Catalans en 2017. Pero esto no cambia el panorama: en Cataluña con el nombre de Ebro se designa no solo al río sino también una determinada comarca. La necesidad de disponer de un gentilicio es mayor y ha cuajado más fácilmente.

eremitorio en Tartalés

Sin embargo, con su inclusión en el diccionario se ha utilizado para matar dos pájaros de un tiro. Ebrenc, ebrenca tiene una doble definición: “1) Relatiu o pertanyent a l’Ebre o als indrets propers al seu riu. 2) Natural del territori que comprèn els municipis del sud de Catalunya i els del sud de la Franja, les aigües de la qual també són tributaries del riu Ebre”. Pero la visión nacionalista hace un encaje de bolillos, pues pueden en catalán denominarse ebrencs los habitantes de una comarca bañada por el río, solo si en ella se habla predominantemente esa lengua: un mequinenzano o mequinensà puede serlo pero no un caspolino.

Este adjetivo catalán se ha formado con gran naturalidad porque ya hay un precedente limítrofe que se baña en las mismas aguas: riberenc.

De aquí en adelante voy a seguir este ejemplo. Voy a aprovechar el mismo paralelismo. Si en español lo relativo a las riberas se adjetiva como «ribereño» o a las islas «isleño», no parece muy presuntuoso empezar a utilizar «ebreño» para cubrir el adjetivo faltante. No sé si «duereño», «tajeño» o «tormeseño» tendrán mucho éxito. El resultado parece aún menos convincente para otros nombres (¡Guadalquivir! ¡Nalón!), pero tampoco tengo muchas intenciones de repetir mi ruta ebreña por esas otras corrientes…

El Ebro sí ha generado un sustantivo curioso, al menos en su tramo central: ebrada. El diccionario de riojanismos de Aurora Martínez Ezquerro la incluye como expresión popular de un gran desbordamiento del río.

Repasando las entradas que he ido escribiendo me he dado cuenta que falta alguna referencia a un conflicto fundamental de la España contemporánea en el que el Ebro también tuvo algún papel: la tercera guerra carlista (1872-1876).

Estos días estoy recorriendo la parte oriental de las merindades burgalesas. Es la última oportunidad que tengo de tratar de este tema, pues la guerra no afectó directamente a las poblaciones que atavesaré los próximos días.

La guerra duró 46 meses (la siguiente guerra civil, la del 36, poco más de 32). La población era de solo 16 millones (un 60% de la del 36), así que los 50.000 muertos que se calcula tuvieron un gran impacto, maxime cuando las zonas en donde se combatió constituían una pequeña parte del territorio (enlace wiki).

Carlistas en Miranda de Ebro

En cuanto al Ebro,  solo en el tramo entre estos valles que ahora atravieso y la Rioja hubo actividad bélica. Una pequeña referencia hice cuando hablé del puente fortificado de Lodosa. Por aquí, más al norte, hubo varias incursiones guerrilleras carlistas y es de ellas de las que voy a hablar.

Fue la primera guerra «moderna» en nuestro país. Las armas habían evolucionado mucho, con producciones industriales estandarizadas. Marcas como «Remington» y «Krupp» se hicieron usuales. La red ferroviaria estaba bastante desarrollada, así como el telégrafo por hilos (anteriormente se usaba el telégrafo óptico de señales visuales). Disponemos de fotografías de los personajes, aunque solo de estudio, porque aún era preciso «posar» largo rato ante la cámara. Incluso la sanidad militar estaba tomando aires más actuales, con la aparición de la Cruz Roja.

Si nos encontráramos de golpe en alguna incursión guerrillera, veríamos escenas parecidas a las que tantas veces hemos vistos en las películas del oeste, y si no lo creéis, atentos a…

LA LECTURA DEL DÍA

Hechos del valiente guerrillero D. Benito Vitores Pérez (1892), recopilados por Robustiano Bustamante y Peña (1840-????).

Benito Vitores (1848-) era un ebreño de San Asensio (La Rioja) que pasó su infancia en Miranda de Ebro. Se implicó en la conspiración carlista desde el inicio del levantamiento de 1872, levantando partidas guerrilleras en esta zona del alto Ebro. Audaz, se encargó de varias expediciones de las que voy a contar dos, en orden cronológico contrario, mejor dicho, voy a trascribir los fragmentos correspondientes de este librito.

Verano de 1875: «Corte telegráfico. Estando el general D. Antonio Mogrovejo (carlista) con la división de Castilla en Berberana, tuvo conocimiento de hallarse el Gobierno instalando un hilo telegráfico entre Briviesca y Medina de Pomar con el exclusivo objeto de poderse entender con la división del general Villegas y estar en contacto con ls fuerzas del Norte y del Gobierno en Madrid.

El general carlsta dió el 24 de agosto poderes a Vitores para inutilizar aquella línea, que se hallaba custodiada por el comandante de la Guardia civil D. José García Honorato al mando de dos compañias del regimiento de Zaragoza, una de Guardias civiles y un escuadrón de caballería de Albuera (posiblemente más de trescientos hombres en total para vigilar los hilos).

Salió Vitores a cumplir las órdenes de sus superiores y dispuso que su sargento Restituto Fernández bajase a la Tobalina y viera el estado en que se encontraba la línea.

Sabedor Vitores por su subalterno de cuanto deseaba, bajó el 2 de septimbre con las partidas, apoderándose de las ventas de Moneo y destrozando a la vez diez kilómetros del cable, consiguiendo que el comandante García Honorato se encontrara con el telégrafo destrozado antes de hacerse cargo de su custodia«.

No debe ser fácil eliminar el cable de tan larga distancia. Pero los jefes sabían bien lo que hacían, pues tenían una buena experiencia previa del propio Vitores, esta vez con el Ebro de por medio.

Verano de 1874: «…recibió una comunicación de D. Antonio Dorregaray  (capitán general carlista de las provincias vasco-navarras) para que se acercase a Estella (cuartel general y «capital» carlista) a recibir órdenes de importancia.

En presencia de este general oyó gustoso la orden de que inmediatamente franquee el Ebro con el objeto de impedir toda comunicación por telégrafo (…).

Un puñado de valientes no podía luchar con tantas fuerzas enemigas, os vados estaban además ganados, pero el nuevo Capitán, acostumbrado como estaba a no oponerse a las determinaciones de sus superiores, aceptó la empresa, córrese con decisión asombrosa el 14 de agosto hacia Caicedo-Yuso, donde nadie podía soñar que carlista alguno se atreviese a sentar sus plantas por ser las aguas del Ebro una infranqueable muralla.

Vitores forma sus fuerzas y con férvido entusiasmo, cual si fuera otro Pelayo en Covadonga, arenga a los suyos en estos términos: «Partidarios: hay que salvar las dificultades que nos opone la naturaleza con las corrientes del Ebro; tenemos que penetrar por entre 14.000 soldados enemigos que están bajo las órdenes del general D. Rafael Echagüe. El que sepa nadar que de un paso al frente; nada de vacilaciones; así lo exige nuestra dignidad y los intereses de la patria».

Tan pronto como hubo terminado esta lacónica pero expresiva arenga, el intrépido sargento Francisco Arbaizar y diez números más se prestaron gustosos a aceptar el compromiso de tan arriesgada empresa».

Aquí tengo que hacer un inciso, pues el texto entra en un silencio incómodo. Iban a atacar la estación ferroviaria de Miranda, pero para ello no hacía falta cruzar el río, pues está en la misma margen que Caicedo. Quizás lo cruzaran dos veces para sorprender a la guarnición por algún punto desprotegido o quizás sea producto de una mezcla de recuerdos.

«Efectivamente, Vitores con su sargento Arbaizar y sus diez compañeros entran en la estación de Miranda de Ebro, se posesionan de ella sorprendiendo a los maquinistas y fogoneros,  haciéndoles saber que era indispensable apagar dos de las tres máquinas locomotoras que se hallaban encendidas, en la previsión de que las fuerzas enemigas no pudieran utilizarlas con esa oportunidad necesaria en los momentos de que fracasase el plan que tenía concebido.

Dueño del tren, del maquinista D. Bruno Aróstegui y del fogonero Antonio Urquijo, se marchó con la máquina titulada «España» número 43, rompiendo todos los hilos telegráficos que anudó a los topes del último vehículo hasta llegar más abajo del pueblo de Cenicero, distante de Miranda 39 kilómetros«.

¿Os habéis fijado en el detalle de citar por sus nombres al fogonero y al maquinista, encabezando el de este con un «Don»? Debió ser todo un espectáculo la ristra de cables que seguría al convoy. No es extraño que le llamaran de nuevo cuando hubo que destrozar otra linea: era el terror del telégrafo.

¡EXTRA, EXTRA!

Hay algunas cosas interesantes más sobre los telégrafos y el Ebro que he leído en un artículo.

El telégrafo eléctrico de uso civil ya funcionaba desde mediados de la década de 1850, extendiéndose a la par que el ferrocarril. Pero los militares llevaban un retraso en la técnica y cuando empezó la guerra en 1872 proyectaron levantar las torres de un telégrafo óptico a lo largo del Ebro, entre Reinosa y Miranda con una prolongación, entre otras, a Lodosa.

Ese sistema ya se habia empleado, falto de alternativas, en la primera guerra carlista, cuarenta años antes. Pero para enfrentarse a las partidas guerrilleras no parece que el sistema de torres aisladas fuera el más efectivo. Parece que la idea era emplear los dos sistemas de manera redundante. La locomotor de Vitores no podria acabar con las torres de espejos y señales.

Por su parte los carlistas tambien llegaron a emplear los dos sistemas en el territorio que dominaron más establemente.

 

Hoy he pasado junto a una ermita, la de Encinillas, entre Cillaperlata y Trespaderne. A lo largo del río he visto decenas de ermitas, generalmente en lugares destacados. La mayor parte suelen estar bastante bien conservadas y aún tienen algo de fervor popular, más o menos religioso, menos o más festivo. Esta de Nuestra Señora de Encinillas, está en medio de un terreno arbolado, en un llano que resulta raro no verlo cultivado, poco visible desde lejos y… en ruinas.

Pero esta humilde ermita encierra una curiosa leyenda, quizás un mito con algún cimiento de realidad, que se remonta a principios del siglo VIII. Y os recomiendo que leáis esta entrada hasta el final, porque hay sorpresa.

Repasando un poco de historia. A principios del año 711 un contingente no muy grande (unos pocos miles) bereberes y otras tribus del norte de África desembarca en Gibraltar. Al cabo de unos meses de razzias e incursiones de pillaje, el rey visigodo va a su encuentro con un mermado y dividido ejército.

La situación en el país era bastante catastrófica. Los decenios anteriores varias oleadas de peste habían acabado con un tercio de la población. El gobierno real estaba arruinado. Las luchas internas entre los nobles godos habían alcanzado un alto nivel de desconfianzas y traiciones. Siglos más tarde un romance lo describía así: “En el tiempo de los godos / Que en Castilla rey no había / Cada cual quiere ser rey / Aunque le cueste la vida”.

De NACLE – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, Wikipedia

Los dos ejércitos llegan al encuentro a fines de julio y se produce la catástrofe visigoda. Son completamente derrotados y muere el rey y muchos de sus nobles. El ejército africano emprende entonces una rápida acción de conquista. En pocos meses cae la capital del centralizado reino visigodo, Toledo. La resistencia se desagrega y desvanece. Muchas ciudades y nobles pactan con los invasores.

Los visigodos habían venido a la península llamados por los romanos. El imperio estaba amenazado por invasiones germánicas y era incapaz de mantener el “contrato social” con los diferentes pueblos, que había permitido siglos de paz y relativo bienestar. Este pueblo le iba a permitir prolongarlo un tiempo, añadiendo un nuevo actor, que se encargaría de mantener el orden a cambio de no pocas ventajas en tierras e impuestos. Con el hundimiento definitivo del imperio de occidente ese “contrato social” iría cambiando, pero con condiciones que irían empeorando.

La invasión musulmana abría la puerta a un nuevo “contrato social” en el que muchos veían ventajas. Algunos como los judíos porque podrían librarse de la esclavitud a la que les había sometido uno de los últimos reyes godos. Otros para librarse del exceso de impuestos de los nobles godos o de la iglesia. Unos más, pensando en las ventajas que siempre tiene el acomodarse al nuevo régimen ayudando a sus gobernantes. Todo ello favoreció esa expansión.

En realidad se trataba de dos pequeños grupos, los visigodos y los musulmanes, dispuestos a lograr que la población local les acepte sus servicios a cambio de generosos pagos de impuestos y entregas de tierras. Sus servicios principales eran de protección. Vamos como si se tratara de dos grandes grupos mafiosos de orígenes, lenguas y religiones diferentes.

Pero las expansiones y conquistas nunca son interminables. Siempre llega un puno de inflexión en el que las fuerzas de unos se agotan y el espíritu de resistencia de sus contrarios se fortalece. Eso ha pasado en casi todas las guerras, en puntos tan distantes como Stalingrado, El Alamein o Guadalcanal.

En la historia que todos hemos estudiado siempre se ha destacado la batalla de Covadonga en Asturias como ese punto de inflexión. Ocurrió, quizás en el año 718, quizás en el 722. Hay dos versiones de esta batalla. La que hemos aprendido es la del inicio de la remontada. La de los cronistas árabes es la de una escaramuza sin importancia. La verdad es que iniciar una reconquista cuando ya no hay retaguardia, con el mar casi en las espaldas, sin apenas territorio ni gentes, suena muy heroico, pero poco probable. Sí es cierto que a partir de esos años la política militar musulmana cambió. Ya no intentaron un dominio permanente de buena parte del norte peninsular, sin mantener un sistema de razzias y expediciones. Estas resultaban a largo plazo menos lucrativas y más arriesgadas que implantar un dominio político que recaudara impuestos regularmente. Pero esa zona fronteriza era la del equilibrio de fuerzas.

Aquí entra la humilde ermita de Encinillas. Según algunas crónicas cristianas fue el lugar de una importante batalla, hacia el año 779… o hacia el 726 (lo cual muestra el grado de incertidumbre de todas estas historias). No he encontrado (ni he tenido tiempo para ello) fuentes musulmanas. Las cristianas son tardías y, como siempre, muy heroicas e irreales.

El valle donde se encuentra está muy protegido por cañones y riscos. Los pasos para una fuerza numerosa de caballería son escasos. Los recursos locales han podido mantener una población de alguna importancia. Como lugar de resistencia y posible combate de inflexión, es más probable que Asturias.

Pero lo curioso es el conjunto de semejanzas con Covadonga que algunos estudiosos locales se han animado a investigar y sostener contra viento y marea.

Antes, la

LECTURA DEL DÍA

Corona real de España por España fundada en el crédito de los muertos y vida de San Hyeroteo obispo de Atenas y Segovia (1668), de Fray Gregorio de Argaiz (1602-1678).

Por las fechas del escrito, casi mil años después de la presunta batalla, podemos tomarnos las informaciones con bastante prevención. Quizás Argaiz, ebreño de Logroño, pudo disponer de fuentes documentales monásticas que se perdieran después con la desamortización. En cualquier caso no deja de resultar interesante la descripción por la cantidad de nombres y detalles que proporciona. Sin embargo una precaución: en lenguaje antiguo, cuando pocos sabían matemáticas, “mil” suele querer decir “muchos”, y “diez mil”, “muy muchos”.

“Comenzó la restauración de España el Infante Don Pelayo, levantado las primeras banderas en Asturias, el año de setecientos y diez y seis, como nos escribe Hauberto, aunque otros Cronistas, que tratan deste punto, dicen, que el de setecientos y diez y nueve. Doy crédito al primero.

 

«Ganó la Real Ciudad de León, flor de las Ciudades de España (como la llamaron los godos) el año de setecientos y veinte y dos, según el mesmo Cronista, si bien que Abulcazin Tariph, Escritor que vivía entonces, dice que sucedió el de setecientos y treinta y uno.

Quitósela al alcayde Mahometo Itriz, que la tenía por Mahometo Aben Rhamin, Primero Rey de Toledo. Dejó en su tenencia y guarda al capitán Hormiso, y empeñado con esta victoria en proseguir la libertad Cristiana y defensa de la patria, atravesó con sus banderas en busca de la gente sarracena por Liébana, y no topando con quién pelear, llegó hasta la junta de los dos ríos Ebro y Nela, donde se ve hoy el lugar que llaman Trespaterne.

Aquí le aguardaba el ejército enemigo, teniendo guardadas las espaldas con las peñas de Tedeja, por donde sale el Ebro a los llanos de Tobalina, para valerse los árabes de la caballería que tenían. Está el sitio a dos leguas de la villa de Oña (…).

Acometiéronse los ejércitos de poder a poder; y continuando sus favores el Cielo, le concedió al Infante una de las memorables victorias que alcanzó España en aquel siglo; porque le mató siete siete mil moros, quedando en el campo toda la riqueza que traían, ahogándose muchos en el Ebro y Nela, que fueron los testigos de esta batalla. Diose día señalado, a nueve de agosto, víspera de San Lorenzo.

Tres cosas quedaron por testimonio, para que no las olvidasen los Españoles. Una, el nombre de Peña Rubia o Bermeja, que señalan los labradores allí cerca, y el Campo de Negrodía, que por la sangre que se derramó entonces de moros y cristianos le dieron hasta hoy ese nombre.

Otra, la ermita de Nuestra Señora de Encinillas, de la otra parte del Ebro, a la banda oriental, cerca del monasterio de Cillaperlata, donde el victorioso y católico Infante mandó enterrar los cuerpos de los cristianos que murieron, (…) porque se ven de presente más de 400 sepulturas, señaladas con losas a los pies y a la cabeza alrededor de la ermita; y con esta circunstancia bien cierto es, que no se diera allí sepultura a alguno de los árabes, sino que despojado el campo, pate enterrando one quedaron muertos, y parte sería su sepulcro el Ebro y el Nela.

La tercera es la ermita de Nuestra Señora de los Godos, que está a la entrada de las peñas y camino que hizo por allí la naturaleza para Oña y para que saliera el Ebro a Tobalina. Levantóse para sepulcro de los más nobles capitanes que murieron. El vulgo dice que se enterraron allí reyes godos; y escrituras del archivo de Oña lo favorecen llamándola Nuestra Señora de Regodos. Pero lo más cierto es que fue para capitanes que serían de la sangre real, porque se depositaron en la bóveda primera, que tiene toda de piedra toba, cuatro o seis cuerpos en sus tumbas o arcas de piedra blanca y una o dos con sus molduras y coronación, que representan mucha grandeza.

Con tener tales testigos la batalla no se ha escrito en las Historias por los modernos, antes les pareció que Pelayo no había salido de Asturias todo el tiempo que reinó. (…)

No sé si pasó el Infante adelante. Cónstame que se edificaron entonces tres castillos fuertes en las gargantas y entradas de aquellos montes, que parece los puso por frontera y guarnición de lo que había ganado. El primero, donde se dio la batalla, en la misma boca del Ebro, llamado castillo de la Guarda, y en latín, Castrum Tutellae. De allí dijeron Castrum Teteliae y ahora llaman castillo de Tedeja. El segundo fue una legua más adentro, donde se junta el río Vesga con el Ebro, en la puente la Peña Horadada, y por estar sobre una peña que tiene debajo de sí una cueva, le dijeron el castillo de Cuevarana. Tercero en Baldebeso, en un monte que llamaron Tesla y después Monte-Alegre.

Sorprende lo desconocida que es esta batalla, quizás porque no ha generado, hasta ahora, ningún mito nacional o regional. He preguntado a varias personas del valle y nadie tenía ni idea. En el entorno de la ermita no hay nada que lo recuerde.

He llegado a conocerla porque algunos estudiosos locales han rescatado esta referencia (lo han hecho a través de una cita posterior, de 1731, algo reformulada).

Yo he preferido buscar el original, de donde la he copiado.

Estos estudiosos han creído encontrar además otras coincidencias que les hacen pensar que esta fue la verdadera batalla que significó un punto de inflexión histórico. Esta debería ser, en su opinión, la verdadera Covadonga. Aquí y aquí podéis encontrar sus opiniones.

La mía es que ya tenemos demasiados mitos acumulados en estos mi trescientos años. Es más bien hora de adelgazarlos.

Y voy a empezar ahora mismo.

Como habréis comprobado la fuente principal que usa Argáiz en este libro que he citado, es un tal Hauberto y su cronicón del siglo IX.

Pero ya en el siglo XIX los historiadores tenían la mosca detrás de la oreja, sobre este libro. “Descubrieron” que se trataba de una falsificación. Un libro publicado en 1868, la Historia crítica de los falsos cronicones, de José Godoy, dice que fue escrita por un tal Lupián Zapata. Del que cuenta que fue archivero de la Catedral de Burgos, de la que acabó expulsado y se dedicó a escribir historias falsas y crear documentos “antiguos”.

De este desmitificador estudio voy a citar un párrafo que tiene que ver con nuestro río de cabecera, ya que el pretendido Hauberto decía que el nombre de Ebro era el de un biznieto de Noé. Godoy le contesta:

«…su hijo y sucesor dio nombre a Ebro, y otros descendientes suyos al Tajo, Betis y Segre; etimologías que no chocaban en la necesidad de encontrar a estos nombres alguna, y porque se ignoraba que los de los ríos suelen ser sinónimos de corriente en la lengua de los antiguos pobladores de sus riberas , o significación de alguna calidad de sus aguas«.

¿Cuántas de las cosas que se escriben ahora sobre nuestra historia reciente con el tiempo acabarán siendo expurgadas como falsificaciones?

Tenía intención de escribir una entrada sobre esta expresión, «padrecito Ebro», que se lee de tanto en tanto.

No sabía cuándo introducirla y anoche, al repasar el trazado de la caminata para hoy, he visto un ligerísimo enlace que me da excusa. Uno de los pueblos que tenía que atravesar se llama San Martín de Don. ¿Tantos nombres con el apellido “de Ebro” y éste es del río equivocado? Diréis con razón que es una de las más pobres y peregrinas, sobre todo si no pilláis aún la relación.

Luego marchando, me he encontrado con un cartel de esos que en estos años han poblado el paisaje con la excusa, no mucho mejor, del senderismo:

Es una expresión que no se escucha, se lee. Lógico, porque es del lenguaje literario y, al menos por estas tierras, sin raíz popular. Quizás por eso se emplea sin conocimiento de su origen y da lugar a resultados un tanto ridículos como el del cartel

¿El Ebro padre de todos los ríos? Ni padre, ni madre. ¿Cómo pueden ser los afluentes los hijos? Si son ellos los que van creando con sus aportes, poco a poco, al gran Ebro. Es este quien hereda de aquellos, justo lo contrario de las relaciones paterno-filiales.

¿De dónde proviene, entonces, esta expresión? Hay un origen lejano, que pocos conocen, y otro más próximo, que seguramente es la causa de la relativa moda.

Habéis comprobado que esta ruta ebreña me está despertando, espero que a vosotros también, el interés por los clásicos así que empecemos con ellos en…

LA LECTURA DEL DÍA

La Eneida (19 a.C.), de Publio Virgilio Marón (70 a.C-19 a.C.) .

Da ahora fortuna ¡Oh padre Tiber! a este dardo que estoy blandiendo, y ábrele camino por el pecho del fiero Haleso; un roble de tu ribera, recibirá por trofeo sus armas y sus despojos.»

¡No os quejaréis esta vez por la longitud del fragmento! Tan cortito que requiere alguna explicación que os anime a leerla enterita.

Eneas, héroe tan conocido que sale en las pelis de batallitas, llega a Italia escapando de la derrota de Troya. Tiberinus, el dios del río de su nombre, se le aparece en un sueño y le dice que ha llegado a su verdadero hogar. Además calma las aguas para que su bote pueda adentrarse hasta Roma. En ese contexto pone Virgilio la expresión “padre Tíber” en boca de Eneas.

Claro que todo eso era mitología para los propios romanos. Estos además tenían religiones complejas con muchos dioses. Uno era precisamente el propio río Tiber, al que le ofrecían un culto divino. No tiene nada de extraño, pues no solo jugaba un papel importante en la vida de la ciudad, sino que fertilizaba las tierras y, de vez en cuando, devastaba campos y pueblos. Ya contaba con las dos caras, la benéfica y la maléfica, como para ocupar un buen lugar en la tribuna donde se apretujaban los dioses, al lao de su hermano Fonto (dios de las fuentes). 

En latín el río, “flumen”, es un nombre masculino, así que el dios correspondiente adoptaba ese género (“Tiberinus”) y se le representaba como un viejo barbudo recostado y en buena forma física. Me voy aproximando al tipo, pero aún me sobran unos cantos meandros.

Esta deificación de los ríos no era rara, pues razones parecían tener de agradecimiento y temor. Pasaba también con el Nilo.

No sería raro que pasara con el Ebro y otros grandes ríos, pero no hay ninguna prueba que lo confirme. Así que no es de la mitología propia de donde viene la expresión. Tampoco parece que los lectores de Virgilio se inspiraran para nominar así al río. Es que además, no suele decirse tanto “padre Ebro”, como “padrecito Ebro” y los diminutivos dan buena pista del origen de las cosicas y de las cosiñas.

Creo que el contagio viene de otra fuente, de la del Don, río de Rusia, el doble de largo y bastante más musculoso que nuestro Ebro. Muchos escritores españoles han leído el “Don apacible” (1928) de Mijail Shólojov, en donde la expresión “padrecito Don” se repite muchas veces. Supongo que faltos de referencias de los grandes ríos de las estepas rusas, se imaginaban que debían ser más o menos como el Ebro, solo que mayores. De ahí al contagio de la expresión no había más que un charco.

Ahora entenderéis qué contentas de haberse conocido se han quedado un par de neuronas de mi cerebro al descubrir el extraño nombre de ese pueblo burgalés, ligado al río equivocado.

Desconozco si antes de esta novela esa expresión era popular o si se popularizó con ella. Pero ya es una frase hecha, conocidísima para todos los rusos: батюшка Дон. Así en diminutivo, y en un diminutivo especial, cariñoso, con terminación femenina, aunque el nombre del río sea masculino.

Esto nos lleva a una cuestión bastante simple. ¿Porqué los nombres de los ríos son masculinos? Bueno, no lo son. Por lo general, son del mismo género gramatical que el sustantivo utilizado para denominar a las corrientes fluviales: son masculinos en español (“río”) y femeninos en francés (“fleuve”).

Curiosamente en ruso son generalmente femeninos (“река”). El Don es una excepción. Su nombre proviene del escita y se ha conservado. Quiere decir “agua”. ¡No os podéis imaginar cuantos nombres de ríos se llaman “agua”, así o con algún adjetivo!

Por eso el Don es “padrecito” y no “madrecita”. Madrecita es el Volga: Волга-матушка.

Para acabar y suavizar el trago de estas disquisiciones os pongo una canción titulada Padrecito Don. Durante un rato, atravesando un bosque, me he puesto -cosa rara- los auriculares y he escuchado un coro ruso cantando canciones cosacas…

para coro (solo los primeros tres minutos)

Hoy toca programa doble. Como voy  incluir un fragmento de una poesía del siglo XVII, cuya lectura sé que muchos saltaréis, completaré la entrada con otra cuestión no menos clásica, la creación y muerte de mitos.

Voy a aprovechar que la etapa de hoy transcurre a caballo entre La Rioja y Alava para presentaros a Francisco López de Zárate, nacido en Logroño de orígenes alaveses. Hijo de un funcionario de la nobleza, a los 18 años marchó  Salamanca a estudiar leyes. No debió encontrar en ello satisfacción suficiente para su edad, pues al poco tiempo se enroló en los tercios para combatir en Italia y en Flandes. Tras regresar a España ocupó un importante cargo para el duque de Lerma, dedicando cada vez más tiempo a las letras. Finalmente decidio abandonar la vida politica y volver a Logroño, para dedicarse a sus libros y poesías.

LA LECTURA DEL DÍA

Silva a la ciudad de Logroño (1619), de Francisco López de Zárate (1580-1658).

Una silva es una forma poética bastante libre. Esta es larguísima, con más de ochocientos versos. Una parte la dedica al Ebro, y no solo a su paso por Logroño. Habla de muchos de los temas que ya han salido en este blog, como las inundacines, la derrota de Pompeyo ante César… Si leéis con atención el fragmento que transcribo quizás encontréis alguna más.

Ya se que no es fácil leer una poesía de hace cuatrocientos años, pero esta tiene unos cuantos hallazgos interesantes. Por si os anima a leerlo, he puesto en negrita algunas de las frases y expresiones que me han parecido más interesantes.

 

 

 

«Mira el Ebro, del Cántabro muralla,

Entre las peñas erizadas ronco:

Que a poco espacio, sin moverse, calla.

Como mil ramas hijas son de un tronco,

Nilo desta campaña,

Diferente en cristal, y en albedrío,

Y en las flores bañándose, que baña,

Se finge muchos, siendo solo un río:

Este que honró con su apellido a España

Un tiempo, y de cien Ebros se acompaña,

Fecunda cien ciudades,

Y entre ellas, la lisonja del segundo Emperador:

que en paz gobernó el mundo.

Este pues, que dudaras, si le vieras:

Si entra en el mar, o el mar en sus riberas,

Donde en ondas, y en nombre queda muerto,

Y abre puertas a España con un puerto

Capaz de seno, angosto de garganta,

De Neptuno morada conocida,

Y de su mano artificiosa, planta:

Abre puertas a España para imperios.

Que aguarda de Orientales hemisferios,

Y a peso de tesoros apercibe

La espalda, que de Inviernos sacudida

Da guerra con tributos que recibe

Del Sol, al mar, que por sus aguas vive:

Sepulta, no riberas, Horizontes,

Igualando los valles con los montes.

No tan soberbio en estas dignidades.

Su nombre con sus ondas se levanta,

Aventajando en magestad al Tibre:

Como por merecer besar la planta

En su profundidad fortalecida,

Desta ciudad, por sus hazañas libre:

No tan soberbio, porque fue testigo

De la primera herida.

Que recibió la dicha de Pompeyo

De adversa suerte, y prospero enemigo,

En la sedienta rota de Petreyo:

Quando al vecino mar dio por cristales,

Con la sangre la arena confundida.

De heridos pechos líquidos corales,

Y urnas a tanta gente,

Que mudó largo tiempo la corriente:«

 

LA LAGUNA DE BILIBIO

Bilibio era una antigua población, ya desaparecida, situada en los riscos por los que el Ebro se hace camino para desembocar en la Rioja. Su nombre no solo pervive en los peñascos y el castillo que allí había, sino que se ha utilizado también para nombrar una imaginaria laguna.

Voy a aprovechar estos comentarios para ayudar a comprender la «sicología» de los ríos, que como se sabe está compuesta de mecánica e hidrología. La sicología humana, creadora de mitos y desmitificadora de realidades, es mucho peor conocida.

Suponen algunos que el Ebro, en algún momento de la historia tuvo que romper el muro que constituían las duras rocas de las conchas de Haro. Imaginan que antes de esa rotura en ese punto debió haber una gran cascada que servía de salida para el agua que a la fuerza se acumulaba corriente arriba en la gran laguna de Bilibio.

Esta imagen es muy atractiva. Permite suponer que los felices habitantes de sus orillas se comunicaban en barco y vivían de la pesca. Debió ser, pueden llegar a pensar algunos, uno de los sitios más idílicos del entorno. La idea es tan interesante que parece justificar que el espíritu crítico se ahogara en sus aguas o se precipitara por la gran cascada.

El mito se inició con esta publicación de 1807: Noticias históricas de las tres provincias vascongadas, de Juan Antonio Llorente (1756-1823)

Pocos datos hay en qué apoyarse para que se desborde la imaginación. Que si una carta de 1040 daba a entender que en Bilibio habia un faro («Bilibium cum Faro et cum sua pertinencia«), como si fuera una pequeña Alejandría.  Que si algunos pueblos se llaman Rivaguda o Rivabellosa debía ser por hallarse a sus orillas, como si los ríos no las tuvieran. La cita de un puerto con naves en una población que ahora está situada… a menos de 100 metros del Ebro, por donde pueden surcar todvía sin probemas pequeñas embarcaciones, o  la existencia de un antiguo topónimo: «la Laguna».

Este deseo de tener algo excepcional en el territorio se desvanece si entendemos cómo funcionan los ríos.

Los ríos son grandes sistemas de transporte. Recogen cosas -no solo agua, también materiales sólidos en gran cantidad- de un sitio y las depositan en otro. En última instancia los toman de las montañas y los dejan en el mar. O como decía López de Zárate en esa poesía que tan duro se os ha hecho leer: «Da guerra con tributos que recibe / Del Sol, al mar, que por sus aguas vive: / Sepulta, no riberas, Horizontes, / Igualando los valles con los montes«.

Pero evidenteente no lo hace de un tirón, sino a trompicones y, sobre todo, a base de riadas. Es el agua el mediod e transporte, pero solo funciona dentro de su cauce.  Con perseverancia arranca y arranca materiales del fondo y de sus orillas para depositarlas un poco más lejos. Al hacerlo el río excava su base y se va hundiendo en el terreno. Las orillas quedan más elevadas, mientra no haya una gran riada, y se crean los desfiladeros y cañones.

A veces este ímpetu encuentra un freno. El definitivo es el nivel del mar. El río no puede permitirse el lujo de saltarse las leyes físicas y llegando a su fin, es posible «que dudaras, si le vieras: / Si entra en el mar, o el mar en sus riberas, / Donde en ondas, y en nombre queda muerto»

En su largo camino el río encuentra obstáculos que le producen un efecto parecido. De vez en cuando debe atravesar zonas de rocas más duras, que exigen ser trabajadas por las aguas y sus viajeros sólidos durante mucho mucho tiempo. Aguas arriba el agua se estanca y los sólidos se acumulan, como le pasa al llegar al delta.

Pero el agua estancada no puede profundizar su cauce; más bien se desparrama, creando ciénagas y meandros. Pero no verdaderos lagos ni lagunas de aguas profundas.

Plano de 1914. Se observan lagos, lagunillas, charcas y paules (padules: pantanos), todos son superficiales ç

En el entorno de Miranda aún se ven zonas inundables, cenagosas. Como se podían ver en la zona del actual embalse de Reinosa antes de que se construyera. El nivel del fondo de esas aguas irá descendiendo al mismo ritmo con que se desgastan las duras rocas que produjeron el frenazo.

Una laguna pudo crearse si se formara repentinamente una cubeta por elevación de las montañas (cosa que no es del año mil) o por un derrumbe que provocara el cierre de una cuenca ya creada. pero la configuración de Biliio permite descartar que esta se produjera.

Habrá que buscar otra explicación al faro.

Epitafio de López de Zárate para esta cuestión: «inaccessibles Pirineos, túmulos ya de hidrópicos deseos«.

Hasta ahora en este blog han aparecido no pocas guerras y batallas, pero no he hecho mención aún de la conocida como guerra de la independencia por los españoles, guerra peninsular por los ingleses y guerra de España por los franceses. Aprovecho este día de descanso en Miranda, que fue una plaza fuerte francesa clave en su red de comunicaciones, para tratar de algunos aspectos de ese conflicto con un ejemplo.

Los franceses tenían un potente y bien organizado ejército. A los españoles les llevaría más de cinco años echarlos del país y necesitaron de una ayuda decisiva de ingleses y portugueses. Pero las luchas, hambres, enfermedades y calamidades supusieron posiblemente la mayor catástrofe bélica y social de ests tierras, por encima de las guerras civiles que se sucederian después durante más de un siglo. Para una pobación que era cuatro veces menos que la actual, la cifra de muertos parece haber sido superior al medio millón, a los que añadir otros 300.000 más de los ejércitos extranjeros, la mayor parte franceses y sus aliados (italianos, alemanes, polacos, suizos…), pero también ingleses, portugueses, e incluso algunos rusos…

El ejército francés tuvo que hacer frente a dos guerras al mismo tiempo. una con los ejércitos regulares, en batallas clásicas en las que casi siempre vencieron, hasta que la ofensiva de Wellington en 1813 les arrolló. La otra guerra era contra las partidas de guerrilleros. Al lado de los regimientos clásicos, Napoleón organizó unidades de gendarmería para combatirlos. La más importante se llamó Legión de Gendarmería a caballo de Burgos. Pero con el tiempo las guerrillas controlaron la mayor parte del territorio y los franceses se limitaron a ocupar las plazas clave, como los puentes sobre el Ebro, y lanzaban ofensivas sobre las guerrillas, con mediano éxito.

Esta historia es de avanzada la guerra, en 1812, cuando Napoleón reclamó a parte de sus mejores unidades para la malhadada invasión de Rusia. En España sus soldados tenían las perspectivas cada vez más oscuras…

LA LECTURA DEL DIA

La gendarmerie française en Espagne et en Portugal, 1807-1814 (1898), de Emmanuel Martin (1852-1927)

(Era verano del 12. El clero castellano impulsaba por todos los medios a los habitantes para que tomaran las armas contra los franceses…)

Para poner término a estos movimientos, el general Rey decidió atacar a la cabeza y el 13 de junio de 1812 mando arrestar al arzobispo de Burgos, a quien la gendarmerie llevo detenido a Madrid.»

(Unos pocos días más tarde…)

…la diligencia postal que comunica Francia con Madrid salía de Miranda de Ebro, escoltada por 66 gendarmes a pie, 12 a caballo y 55 soldados de un regimiento de línea, bajo las órdenes del subteniente Clerjeaud. Habiendo sido avisado Longa (un jefe guerrillero de 29 años que se movia en torno al alto Ebro y sus alrededores) por sus espías, se dispuso a atacar la columna para apoderarse del correo. Situó a sus 500 caballeros escondidos en Ameyugo, preparados para efectuar una carga, y sus 2500 infantes se emboscaron en las alturas que rodeas a este población.

(Exageradas parecen estas cifras ya que no debía ser nada fácil esconder 500 caballos y jinetes en un pueblo que debía contar solo con medio centenar de casas.. Ameyugo se encuentra en el camino real que iba de Miranda a Pancorbo, dos puntos fuertes con guarnición francesa, a solo 10 km del primero y 5 del segundo. Entre ambos puntos los franceses podían hacerse señales ópticas, y un tiroteo intenso podría ser percibido desde ellos. Pero en la práctica las señales y escuchas no les bastaban para controlar el territorio).

Tres gendarmes marchaban como exploradores por la derecha del camino real. Al llegar cerca de esta población, descubrieron un pequeño pelotón de guerrilleros a pié. Sin tiempo para dar media vuelta y prevenir a la escolta , dispararon sus armas para dar la alarma. Al descubrirse así la emboscada, la infantería enemiga apareció por todas los costados, mientras que del poblado surgía al trote la caballería.

Sin perder un instante, el subteniente Clerjeaud se lanzó con la escolta hacia la izquierda de la carretera y rápidamente ganó la posición que domina el valle del río Oroncillo: llegó en buen orden, tras haber perdido algunos hombres y caballos, rechazndo una y otra vez las cargas de los españoles.  Desde allí, el oficial francés ordenó la retirada en dirección a Pancorbo, siguiendo las montañas situadas entre Bugedo y Oron.«

(Parece que esta vía de escape la tenían estudiada …)

«Entretanto el postillón y el cartero habían sido muertos por los asaltantes que se hicieron con la valija y los despachos que contenía. Continuando su repliegue, los soldados franceses, atacados por todas partes, mostraron un gran valor y no se dejaron superar. Pront los cartuchos empezaron a escasear; a fin de no derrocharlos inútilmente , dejaban que los españoles se acercaran al alcance de las bayonetas y, disparando a quemarropa, abrían sangrientos huecos en sus filas.  Cuando se les acabaron las municiones, los gendarmes y soldados de la escolta, rodeados y presionados por todas partes, realizaron una furiosa carga a la bayoneta, acuchillando a todo lo que se oponía a su marcha, y abriéndose paso, dejando el camino sembrado de muertos y heridos, hasta el pueblo de Oron, a donde acababan de llegar los refuerzos salidos de Miranda.

Cubriendo personalmente la retirada de los heridos, el subteniente Clerjeaud (…) cayó gravemente herido y fue capturado por el enemigo. El jefe de batallón Roumette, al oir el tiroteo, habia mandado salir de Miranda 80 gendarmes y después partió con las tropas disponibles de la guarnición con una pieza de artillería. Esta fuerza de socorro se posicionó cerca de Oron y con un bien dirigido fuego de mosquetería y con los tiros de metralla del cañón detuvieron a los españoles que perseguian con saña a los supervivientes de la escolta. 

Así finalizó, tras mas de dos horas de combate, una acción donde 134 valientes pelearon contra más de 3000 guerrilleros (…). De los 78 gendarmes presentes, el escuadrón perdió 34 y 12 caballos, sufriendo además 7 heridos. El 54º de línea tuvo 22 muertos y 8 heridos. Las pérdidas de Longa fueron considerables, sin que haya sido posible calcularlas«.

El combate debió ser terrible. Casi la mitad de la fuerza francesa resultó muerta. El escaso número de heridos indica que no se hicieron prisioneros. Posiblemente aún hubo mas bajas, pues la expedición de socorro que bajaba de Pancorbo fue emboscada por los guerrilleros.

Por parte española indicaban que sus bajas habían sido la mitad que las de los franceses. Cifra que se antoja escasa si realmente fueron detenidos por la metralla del cañón.

Escenas parecidas se sucedían en esos meses.Los franceses no conseguían siquiera que el correo imperial llegara a Madrid.

El de hoy ha sido un día lleno de cambios. Un buen momento para escribir sobre permanencias. Voy a tratar dos temas: el paisaje y los monasterios. Así que esta va a ser una entrada larga.

Desde que dejé las montañas de la cordillera litoral catalana hasta hoy he atravesado un paisaje semidesértico en el que el río creaba un oasis lineal. En estas semanas las montañas eran siluetas lejanas. Hoy me he vuelto a encontrar con ellas.

Aquí se acaba la Rioja y empieza un nuevo paisaje. El Ebro viene de atravesar caso doscientos kilómetros de cañones y desfiladeros, y tras un pequeño ensayo en Miranda para adaptarse a los espacios abiertos, sale por un estrecho paso entre los montes Obarenes y la sierra de Cantabria, dispuesto a enfrentarse con la aridez. Como yo sigo la dirección contraria, me reencuentro con los montes y los bosques. Hoy por primera vez desde que salí de Miravet he vuelto a atravesr verdaderos bosques, ya que el bosque-galería que enfunda al río no es más que un oasis del que, en el mejor de los casos, uno sale en cuanto uno se aleja de las aguas unos pocos pasos.

Según nos aproximamos a esta puerta del nuevo paisaje, se intuye que tras ella,  las llamadas «Conchas de Haro», nos espera algo nuevo.

Pero si en lugar de caminar en el espacio lo hacemos también en el tiempo nos podemos llevar grandes sorpresas.

He encontrado un par de viejas postales con fotos de este paso de las Conchas de Haro

Las conchas de Haro hacia 1920. A este lado sur los viñedos; al otro las instalaciones industriales de Ofitas San Felices, que desde entonces han abastecido de balasto a buena parte de las líneas férreas españolas. Pero fijaros bien, no todas las líneas verticales son chimeneas.

La siguiente foto está tomada desde una posición más elevada (el risco) y enfoca de nuevo hacia el nordeste:

En la parte inferior se observa una de las chimeneas de la foto anterior. Al fondo el pueblo alavés de Salinillas de Buradón. Las líneas verticales oscuras se ven a lo largo del río, de riachuelos y de la carretera.

Si lo viérais hoy en día no podríais reconocer el paisaje. Las naves y chimeneas han desaparecido para dar paso a los restos de una gran cantera que ha ido consumiendo el espacio. Quedan las rocas, el río, las carreteras y las vías férreas. Es lo que nos permite orientarnos.

Mucho se puede escribir sobre los cambios del paisaje en estos últimos cien años. Pero voy a centrarme solo en uno, el de esas delgadas líneas negras: los chopos lombardos.

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El chopo lomardo es una variedad (‘italica’) seleccionada en Lombardia en el siglo XVII. Por su forma y porte enseguida alcanzó el éxito. Su sombra ocupaba poco espacio permanente (giraba con el sol dejando que este llegara a los cultivos buena parte del día); podía plantarse en los linderos o a lo largo de los caminos con poco daño a los colindantes; su tronco largo y nudoso convenía muy bien para piezas baratas de construcción en regiones poco boscosas y su rápido crecimiento proporcionaba apreciadas leñas.

Dicen que Napoleón fue uno de sus promotores al mandar plantar miles de ellos por las carreteras francesas, logrando con rapidez que los caminantes tuvieran sombra (¡ay!) y se distinguiera la ruta bajo las nieblas y nevadas.

Chopos en el sol. Monet (1887). Este pintor tiene además dos docenas de cuadros dedicados a los chopos.

Desconozco cuándo llegó a la península. He rebuscado en obras de pintores, pero no he encontrado nada. Parece como si hubiera que esperar  los impresionistas para que descubrieran el valor pictórico de este árbol.

Ahora la silueta de este árbol ha desaparecido prácticamente de toda la cuenca del Ebro, cuando para nuestros antepasados era una de las referencias más claras en el paisaje que les rodeaba. Además de su utilidad, recalcaba y subrayaba las líneas maestras inferiores del paisaje (vaguadas y ríos), dándole volumen y significado.

Desgraciadamente en nuestra generación nada de eso se ha apreciado. Al contrario, se ha visto como una especie -o una variedad- «no autóctona» y para muchos eso bastaba para la condena y el olvido. Pero el Ebro nos erá igual sin esas alineaciones discontinuas que se elevaban al cielo.

Para reivindicarlo voy a contar una historia, con lectura incluida.

Según la mitología los esbeltos chopos no son sino la metamorfosis de las helíades, las hijas de Helios, el sol, que así se lamentaban de la muerte de su hermano Faetón.

LA LECTURA DEL DÍA

Metamorfosis, libro II (8, d.C), de Publio Ovidio Nasón(43 a.C.-17 d.C.).

La historia es larga y la podéis leer aquí. Os copio el resumen de la historia que hace Lucía Carrasco, una bloguera:

«Faetón era hijo de Helios y de la oceánide o ninfa marina Climene. Creció en Egipto bajo la supervisión de su madre. Cuando Faetón era joven, le decían que no era hijo del dios del sol y que su madre le había mentido sobre su origen.

Faetón salió a buscar a su padre y finalmente lo visitó en su reluciente palacio en la parte oriental del mundo, que había sido lujosamente decorado con oro, plata y marfil. El dios del sol le dio una cálida bienvenida y Faetón le pidió una prueba irrefutable de que era su padre. Entonces el joven le pidió montar en su cuadriga y recorrer los cielos durante un día. Helios sólo le aconsejó tener cuidado, porque se exponía a sí mismo y al mundo a un gran peligro, ya que sólo él sabía dirigir su cuadriga y los caballos que la llevaban. Pero Faetón, entusiasmado, no quiso oír a su padre y éste le cedió la cuadriga.

Inmediatamente después de partir perdió el control de las riendas y la cuadriga se desvió, causando el pánico entre las constelaciones del firmamento. Poco a poco se aproximó a la superficie de la tierra, abra­sando ciudades, países y montañas. Gaya sufrió una dolorosa agonía y pidió ayuda a Zeus. El rey de los dioses sabía que había que intervenir rápido y derribó al auriga con uno de sus rayos. El joven fue a parar al río Eridano  y se mató.

Helios se entristeció mucho al oír que su hijo había muerto y, como consecuencia, la tierra pasó un día en penumbra. Las hermanas del difunto fueron a visitar el cadáver de su hermano, una de ellas al arrodillarse se quedó paralizada, la segunda intentó ayudarla, pero sus manos se estaban volviendo ramas, mientras que la tercera, vio cómo sus piernas se convirtieron en raíces, las tres se convirtieron en árboles productores de ámbar«.

Como véis es una historia como para un anunio de la DGT. Sobre el final hay disputa, pues otras versiones aclaran que los nuevos árboles eran chopos.

Ya se que muchos de vosotros saltáis cuando véis que meto unos versos. La verdad es que los de Ovidio son largos y a veces difíciles de leer, pero es una lectura recomendable. Para lo que os gustan los saltos os ofrezco la oportunidad con este fragmento que describe la metamorfosis arbórea de las tres hermanas (traducción de Ana Pérez Vega; una traducción en prosa, más fácil de leer, de Antonio Ruiz de Elvira se encuentra aquí):

«Y no menos las Helíades le plañen y, inanes ofrendas

a la muerte, le dan lágrimas, e hiriéndose los pechos con sus palmas,

a quien no oiría sus tristes quejas, a Faetón,

noche y día llaman y se prosternan al sepulcro.

La luna cuatro veces había llenado, juntos sus cuernos, su orbe:

ellas, con la costumbre suya -pues costumbre lo hiciera el uso-,

sus golpes de duelo se habían dado; de las cuales Faetusa, de las hermanas

la mayor, cuando quisiera en tierra postrarse, se quejó

de que rigentes estaban sus pies, a la cual intentando llegarse

la cándida Lampetie, por una súbita raíz retenida fue;

la tercera, cuando con las manos su pelo a desgarrar se disponía,

arranca frondas; ésta, de que un tronco sus piernas retiene,

aquélla se duele de que se han hecho sus brazos largas ramas;

y mientras de ello se admiran, se abraza a sus ingles una corteza

y por sus plantas, útero y pecho y hombros y manos,

las rodea, y restaban sólo sus bocas llamando a su madre.

¿Qué iba a hacer su madre, sino, adonde la trae su ímpetu a ella,

para acá ir y para allá, y, mientras puede, su boca unirles?

No bastante es: de los troncos arrancar sus cuerpos intenta,

y tiernas con sus manos sus ramas rompe; mas de ahí

sanguíneas manan, como de una herida, gotas.

«Cesa, te lo suplico, madre», aquélla que es herida grita,

«cesa, te lo suplico: se lacera en el árbol nuestro cuerpo.

Y ya adiós…». La corteza a sus palabras postreras llega.

Después fluyen lágrimas, y, destilados, con el sol se endurecen,

de sus ramas nuevas, electros, los cuales el lúcido caudal

recibe, y a las nueras los manda, para que los lleven, latinas

Ovidio cita, como ya se dijo en otra entrada, al Hebro como uno de los ríos que sufrieron la catástrofe provocada por Faetón al acercarse a la tierra. («…El Nilo al extremo huye, aterrorizado, del orbe, / y se tapó la cabeza, que todavía está escondida; sus siete embocaduras, / polvorientas, están vacías, siete, sin su corriente, valles. / El azar mismo los ismarios Hebro y Estrimón seca…«)

Un compositor lombardo, Davide Anzaghi (1936-), tiene una pequeña aria titulada «Storia d’un pioppo» (Historia de un chopo). La obrita se basa en una vieja y triste leyenda sobre un chopo que contaban los pescadores del Po. No he encontrado la versión para voz, pero hay otras instrumentales. Os redirijo a la de guitarra para que la escuchéis.

 

Monasterios de ayer y de hoy

Los pies de las antiguas postales del inicio de esta entrada hablaban de ofitas, salinas… Ya no estamos en la interminable sucesión de areniscas, margas y yesos que me han sostenido durante semanas. Ahora esas palabras van geológicamente acompañadas con otras que bien agradarian a los romanos: aguas calientes y medicinales.  El precio a pagar es que esta tierra ya no es tan agradecida para viñedos y frutales.

Es también tierra montañosa, con laderas cubiertas de bosques con gran variedad de árboles. Pero algunos le llaman «yermo», por no usar la palabra «desierto» y tienen alguna razón.

Ha sido zona de frontera y límite de los condados de Alava, Lantarón y Castilla, en una época, los siglos IX a XI, que empieza a ver la expansión de los monasterios.

Nada más llegar al límite de las montañas he encontrado un eremitismo aún anterior, el del periodo romano y visigodo, que se fue al traste con la invasión musulmana. A pesar de ello queda la tradición de San Felices (443-540) y su discípulo San Millán, el de la Cogolla (473-574) que vivieron por estos roquedos.  Del aislado eremitismo se pasó a la vida comunitaria en cenobios y luego en monasterios más consolidados. Estos tuvieron su expansión en las motañas y espacios aislados cuando era tierra fronteriza, no solo en el sentido politico, sino también en el sentido de hasta donde llegaba la civilización.

Es sorprendente la cantidad de monasterios que hay en estas tierras, a cortas distancias unos de otros. Santa María de Obarenes (fundado hacia el 825), San Martín de Ferrara (hacia 1044) que se reconvertiría en el de Santa María de Herrera, San miguel del Monte (1398) que luego criaría al de Santa María de la Estrella, un poco más al sur… Más adelante estos monasterios rurales darían paso a los urbanos..

La historia de las órdenes y congregaciones monacales es larga y compleja. En cuanto unas se consolidaban, aparecían otras (benedictinos, cluniacenses, cistercienses, camaldulenses, cartujos, jerónimos…) que pretendían mantener más puros los principios de los fundadores… Los mismos edificios pasaban a veces de unos a otros. Su historia recuerda un tanto la de los partidos de extrema izquierda, con sus excisiones y reproches, solo que extendida a lo largo de mil años y no en unas pocas décadas.

Con el tiempo muchos monasterios se fueron haciendo ricos y poderosos. Pero la modernidad del siglo XIX les dió un golpe mortal, aunque no definitivo. Las leyes de exclautración y desamortización llevaron al abandono de prácticamente todos los monasterios rurales, los de las órdenes más contemplativas.

Sin embargo, hoy he pasado junto al Monasterio de Herrera, el que había sido benedictino en el siglo XI, reconvertido en cisterciense el siglo siguiente, hasta la desamortización de 1835. Lejos de lugares habitados y con escasas tierras de cultivo, los edificios se mantienen y son adquiridos por los carmelitas descalzos en 1897, que poco después son sustituidos por una comunidad trapense francesa hasta 1921. Un par de años más tarde es adquirido por los Eremitas Camaldulenses de Monte Corona, una pequeña excisión del siglo XVI de la orden de Camaldoli.

Posiblemente sean una de las congregaciones católicas de meor tamaño. Según el anuario pontificio contaban con 9 conventos y un total de menos de 70 monjes en media docena de paises.

Después de tntos cambios resulta interesante comprobar que los tiempos parecen no haber cambiado tanto. A unos pasos de donde San Felices y San Millán se las arreglaban para llevar una vida eremítica,  el único monasterio que ha sobrevivido en la zona es precisamente de unos monjes que se esfuerzan en recuperar antiguas prácticas eremitas, pero con una vda de cenobio.  Dentro de las paredes del monasterio los monjes viven aislados en sus propios «eremos». Cada eremita vive en soledad en su propia edificación, con su capilla y su baño, totalmente separadas unas de otras, de las que salen solo para vivir alguno momentos de comunidad.

Me he acercado a la entrada. Las visitas son limitadísimas. No hay señal de que les llegue corriente eléctrica. Caminando se tarda varias horas en llegar a la población más próxima. Cuando me alejo escucho el sonido de la campana convocando al oficio de la hora Sexta. Es como si el tiempo no hubiera pasado en mil años.

 

Están rodeados de bosque, pero a su monasterio le llaman el «yermo«.

Cuando empecé la búsqueda literaria para preparar este viaje, confiaba mucho en esta región que ahora atravieso. La rioja en sus tres versiones, alavesa, navarra y «riojana», no solamente es lugar a propósito para los buenos caldos. Su paisaje parece en principio bastante propicio para la creación literaria. No pocos escritores han hallado en sus pueblos reposo e inspiración.

Pero… ¡quiá! Me he llevado una buena frustración. He buscado y rebuscado. Cuando en alguna novela se desarrolla parte de la acción en estas comarcas, el Ebro parece no existir o aparece de manera tan sutil, como las flotas ligeras que surcaban el curso bajo.

Voy a traer dos ejemplos que aparentemente prometían mucho. Ambos son de estilo y planteamiento bastante similares. Empezamos con el que es un poco más antiguo y, sin embargo, parece que será más longevo.

PIO BAROJA Y MOTA DE EBRO

Los antiguos habitantes de las orillas del Ebro que fundaron o renombraron sus pueblos en la edad media adolecieron de originalidad.

Actualmente hay al menos dos docenas de lugares que llevan en su denominación el apellido «…. de Ebro». Este añadido suele ser reciente, incorporado cuando en el XIX se extendieron las relaciones y diccionarios de lugares, para diferenciarlos de los homónimos de otras regiones y comarcas.

Si rebuscáis en los mapas encontraréis una Aldea, un Bárcena, Cubillo, Báscones, Villota, Villaescusa, Pesquera, Cidad, Miranda, Baños, Aldeanueva, Tudela, Pradilla, Alcalá, Cabañas, El Burgo, Nuez, Villafranca, Fuentes, Pina, Quinto, Velilla, Ribarroja y Mora. Casi todos ellos con el apellido «de Ebro». Por su tamaño o relevancia histórica alguno , como Tudela, se ha librado de llevarlo cotidianamente, aunque haya pueblos homónimos en otras latitudes. Pero por mucho que os empeñéis no hallaréis ningún «Mota de Ebro».

Motas en el Ebro hay muchas, levantadas para proteger pueblos y cultivos de las riadas. Motas en las llanuras hay también muchas, prominencias que sostenían castillos y castillejos para defenderlos de las invasiones guerreras.

Entonces, ¿Dónde está Mota de Ebro? ¿De dónde sale este nombre?

Tenéis que ir a una novela poco conocida de Don Pío

LA LECTURA DEL DIA:

La sensualidad pervertida (1920), de Pío Baroja (1872-1956).

A don Pío le gustaba utilizar el contraste entre los paisajes y caracteres de los valles cantábricos vascos con los del valle del Ebro, del entorno de la Rioja. Lo mismo hace con el antagonismo entre aldeas y ciudades, en el que se mueven muchos de sus personajes.

En esta novela la historia transcurre entre unos y otros. Los episodios de París, Madrid y Bilbao alternan con los capítulos que se desarrollan en el mundo rural. Si en la obra de Baroja las ciudades conservan su nombre original, sin que se cuele Vetusta alguna, casi siempre rebautiza los pequeños pueblos. ¿Quizás para evitar que nadie se diera por aludido en esos miniuniversos?

Uno de los que aparece en esta novela se llama Mota de Ebro. Es en donde el protagonista pasa los veranos de su adolescencia. Desgraciadamente Baroja no se extiende en la descripción del entorno, y el río apenas aparece. Los fragmentos que trascribo dibujan y colorean el pueblo en esa estación estival, con una mirada educada en los verdes valles cantábricos. Los traigo aquí por si alguno quiere adivinar cual de los pueblos ribereños pudo inspirar al novelista (y, si os animáis, ¡proponed nombres en los comentarios!).

«Para ir a Mota de Ebro había que cambiar varias veces de tren, hasta una estación grande, que el verano se veía llena de braceros, dormidos en el suelo.

Nos esperaba en aquella estación un landó viejo y destartalado, y, metidos en él, comenzábamos a avanzar despacio, por una carretera polvorienta, entre viñedos y olivares, hasta acercarnos a la Mota del Ebro, que aparecía sobre un alto, con sus casas blancas y su iglesia, con una hermosa torre amarilla, esbelta, que se destacaba en el cielo azul. Cruzábamos el río por el puente, y comenzábamos a escalar el cerro de la Mota. (…)

El caserío de la Mota del Ebro se halla sobre la meseta de un cerro arenoso, coronado por la iglesia y por la torre de un antiguo castillo en ruinas, con murallas almenadas.

A los pies del cerro se desliza el río, ancho y verdoso, entre murallones de tierra rojizos y paredones grises de greda.

El pueblo está formado por varias calles, con casas amarillas y rojizas, del mismo color de la tierra, y con tejados tan pardos como la greda. (…)

Desde el cerro de la Mota se divisan, en verano, los campos amarillos de trigo, los barbechos secos y el tono gris polvoriento de los olivares y de las viñas, todo calcinado, como si algún gran incendio hubiera pasado por la llanura. Sólo la masa verde de un olmedo próximo al río da un poco de amabilidad, de frescura, a esta tierra abrasada.

Alrededor del pueblo, desde lo alto, se ve que la mayoría de las casas están derruidas; los tejados se han ido cayendo y hundiéndose, dejando las cuatro paredes, y dentro, montones de piedra. Se diría que la muerte viene de la campiña y va atacando a la ciudad carcomiéndola de fuera a adentro, y así es. La enfermedad de la vid va empobreciendo el campo, y el empobrecimiento del campo produce lentamente la muerte del pueblo. (…)

Aquella casa, a pesar de su abandono, tenía su encanto. ¡Qué puestas de sol!, ¡qué amaneceres se podían contemplar desde los balcones que daban al río! La aurora y el crepúsculo ostentaban desde allí una magia extraordinaria. El río, ancho, hermoso, solía brillar con los colores más espléndidos; pasaba desde el rojo y el oro hasta el verde pálido y el gris ceniciento.

Yo, muchas veces, solía mirar absorto el ir y venir de las nubes por el cielo y los cambios de color del río, lo que a veces me producía cierto mareo.

Si te mareas, ¿para qué miras? me preguntaba mi tía, y añadía después: Este chico es tonto.«

Baroja es otro de esos autores para los que el Ebro pasa sin pena ni gloria, como una simple nota de color. Pero nos dibuja una buena postal del entorno y la vida de los pueblos de viñedos a principios del siglo XX, con las cicatrices aún vivas provocadas por el oidio de la vid.

Pero hay una frase, la segunda de toda la novela, con la que me siento identificado y que si habéis seguido este blog entenderéis muy bien:

«Soy un curioso de muchas cosas y necesito ondular y trazar curvas como los ríos«.

SEGUNDA LECTURA DEL DIA

Orillas del Ebro (1949), de Enrique Larreta (1873-1961)

 

Larreta era un escritor argentino de origen vasco. Tan orgulloso debía estar de esto que, a partir de su casamiento con una heredera de una de las más aristocráticas familias argentinas, los Anchirena, dejó de utilizar su primer apellido, Rodríguez.

En los años cuarenta vino por aquí y aprovechó para escribir esta novelita, que debió tener algún éxito, pues se reeditó en los años sesenta y ochenta.

También Larreta aprovecha el contraste entre el «encanto» del mundo rural y el urbano. Con otras miras, Larreta no solo lleva a sus personajes a los verdes valles cantábricos, sino también a las ciudades más tópicas de España: Toledo, Granada, Avila, Segovia… Al menos no se inventa el nombre de ningún pueblo.

Pero no hay casi nada rescatable referente al río, salvo quizás el título, un refrán, una frase y una expresión. El primero ya lo tenéis. El segundo se encuentra en este pequeño fragmento:

Era entonces Baños de Ebro uno de esos poblachos pardos y polvorientos que se confunden, a distancia, con su tierra, de los que hay tantos en España; pueblos como abizcochados, masticables, comestibles, hechos al parecer de pan moruno y avellanado turrón, con unas veinte o treinta casuchas en torno de una desmesurada iglesia, que podría servir de Catedral en una ciudad. Esteban fuése derecho a la mansión que le habían señalado, más allá de las huertas, a muy corta distancia del río. (…)

Allí trató con Fernanda, la señora que le alquilaba la casa y le había pedido que se encargara de algunos trabajos como ingeniero.

Una vez que se paseaba con él, a la sombra de los olmos, díjole:

-Su vida juvenil me atrae como el paisaje de este río, que va por aquí, todavía deshilado y vacilante. Usted conoce sin duda, el famoso proverbio: «Arga, Ega y Aragón hacen el Ebro varón», con lo que se da a entender, supongo que estas de aquí son sus mocedades”.

La frase, tópico condensado y que me da que pensar sobre el fuerte desconocimiento de Larreta y su tendencia a la exageración, es ésta:

…aquel ejemplo de antigua honra no necesitaba palabras. Era la tierra misma, la casa lavada con sangre, la ciudad que no se rendía, el orgullo indómito, en fin, todo aquello que para algunos se dice con un solo vocablo: el Ebro”.

Y en cuanto a la expresión, a algunos les puede resultar curiosa porque se suele asimilar la imagen del Ebro sobre todo a la rioja, Navarra, Aragón y Cataluña. Pero hay más. El río recorre 160 kilómetros por la provincia de Burgos y un puñado más por Palencia, lo que viene a ser un quinto del total. Pero recordemos que antes de la reorganización regional de fines del siglo XX, las provincias de Santander y Logroño formaban parte de la Castilla tradicional, por lo que históricamente hablando en el 45% de su curso el río bañaba tierras castellanas.

Larreta llama al Ebro, «adarga de Castilla». Adarga es un escudo de cuero, lo que viene a destacar que durante mucho tiempo el río fue una línea de defensa para las tierras castellanas.

Y eso es todo lo que se coló del título al texto.

Hoy toca poesía. Para los que no les gusta, prometo que luego hablaré de más cosas…

Así que, sin más preámbulos, empezamos con…

LA LECTURA DEL DÍA

Romance del Ebro, de José Alfonso de Gabriel y Sánchez del Río (1928-1949)

«Se quebró la superficie

porque se posaba un ángel,

y el río por contemplarlo

paró su curso un instante.

Las pulseras de las ondas

pronto se hicieron collares

y a la garganta del río

se unieron para adornarle.

Gemas azules, turquesas

y zafiros ancestrales.

¡Qué bonito estaba el río

desnudo y sin desnudarse,

sin naves en su corriente,

sin nubes en sus cristales,

sin palomas en su espuma…,

solamente con un ángel!

¡Ay río, quién fuera río

para llevar en el talle

las flores de los almendros,

las rosas de los rosales

y el reflejo de la Virgen

del Pilar de los pilares!»

José Alfonso Gabriel había nacido en Madrid en una familia de vieja tradición hidalga. ¿Dónde conoció el Ebro? Aunque hace una referencia a Zaragoza, muy probablemente sus recuerdos infantiles procedan de esta zona de la Rioja.

Su padre, Alfonso de Gabriel y Ramírez de Cartagena, que mucho más tarde recuperó el viejo título de marqués de Valdehoyos, se había casado con una joven de Haro. La familia debía visitar la Rioja alta en donde el progenitor hizo sus pinitos estudiando algunos edificios históricos.

Uno de sus puntos de atención era el monasterio de Santa María de la Estrella, en el término de San Asensio, situado a escasos metros del Ebro.Ya he hablado, y me he hospedado, de algunos monasterios. Aún habrá más, porque si no era habitual que, como este de la Estrella, fueran ribereños, eran bastante numerosos en la banda de diez o veinte kilómetros del curso del río.

Actualmente es un monasterio regentado por los hermanos de La Salle:

el monasterio de Santa María de la Estrella en la actualidad. Fotos de dominio público tomadas de la wikipedia

 

 

 

 

 

 

Pero su historia reciente, como la de tantos otros monasterios es bastante penosa. Había sido fundado por los Jerónimos que en 1419 «desdoblaron» el monasterio cercano que tenían cerca de Miranda de Ebro (el de San Miguel del Monte, otro de la lista ebreña, a solo 5 km. del río). Como todos los monasterios fue desamortizado, nacionalizado y vendido  a medisdos del XIX.

De un artículo de Alfonso de Gabriel padre es la siguiente descripción de su estado en 1946 (Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, tomo LI, p.233):

«A treinta kilómetros de Logroño y a doce de Haro, en un altozano dando frente a la villa de San Asensio (…) se encuentra a la sazón una magnífica finca, mitad recreo mitad granja, en la que casi traspasados sus umbrales,instintivamente se va nuestra vista hacia las doradas piedras que acaricia el sol, como en compensación de los rigores a que han estado sometidas por la inclemencia del tiempo. (…)

Con sana curiosidad no exenta de emoción, husmeamos sobre el terreno haciendo toda clase de conjeturas a cada nuevo descubrimíento de nuestros atónitos ojos, quedando no menos atónitos al pensar que pueda haberse perdido tanta belleza, quizá porque el empobrecido erario en tiempo no contara con recursos para remediarlo y quien pudo, o no fué suficientemente altruista, o no supo apreciar el valor de esas pruebas indubitables para un pueblo que tiene historia.»

Prudente, De Gabriel no hace mención a las secuelas de la desamortización, que conllevó la mayor pérdida del patrimonio cultural e histórico español, mayor que la de todas las guerras de los últimos dos siglos.  Pero pone algunas imágenes:


«Lamentable es que estas joyas patrias vayan desapareciendo, y tal sucedió con el Monasterio de Nuestra Señora de la Estrella, que estuvo enterrado materialmente, durante muchos años, hasta el extremo que sobre sus diversas dependencias se cultivó una viña, diciéndose que así convino para ocultarlo y defenderlo del vandalismo de los franceses y de la secularización de los bienes de la Iglesia, cuando esta irreverente medida se estimó como acierto político del más genuino liberalismo.

Esta tierra riojana es muy culta y muy noble, y tan estimables condiciones las reúne el hoy propietario de la finca que probablemente guarda los restos de «Navarrete el mudo», conocido también por el «Tiziano español», debiéndose a aquél el descubrimiento de sus seculares muros, criptas, artesonados y enterramientos (…) Hay que confiar en el interés que han despertado las excavaciones realizadas y en el celo de este riojano de corazón y madrileño de nativitate, para sospechar, bien fundadamente, que las investigaciones se continuarán«.

EXTRA, EXTRA!

Aprovecho la ocasión para traer a este blog a un pintor ebreño. Juan Fernández de Navarrete (1526 o 1538-1579) nació en Logroño, pero en su adolescencia se inició en el arte de la pintura precisamente en este monasterio jerónimo de la Estrella. Viendo sus dotes lo envían a Italia a perfeccionarse. A pesar de que era mudo, aprendió lengua de signos entre los monjes, lo que no impidió que viajara y aprendiera el oficio, puede que incluso con el mismo Tiziano. Al morir pidió que lo enterraran en este monasterio a orillas del Ebro.

Influido en su pintura paisajística por la escuela flamenca, he encontrado este cuadro que bien pudiera representar alguno de los dos monasterios jerónimos próximos al río.

fragmento del cuadro San Jerónimo (1569), de Juan Fernández de Navarrete. Patrimonio Nacional. Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡EXTRA, EXTRA, EXTRA!

El joven poeta con el que empezaba esta entrada no era solo un chico serio. Tenía su lado humorístico y cabaretero. He encontrado una canción, «Cómo está el mundo, señor Macario«, cuya letra fue escrita por nuestro José Alfonso cpn música de Luis de Urquijo. No tiene nada que ver con el Ebro ni con los temas tan serios que suelo tratar. Os vendrá bien para desintoxicarse de ellos.

La podéis escuchar aquí. Esta es la letra:

«Denantes con un duro eras el amo.

Podías a tu novia convidar,

vivir en el Palace una semana,

y hoy cuesta un duro, el respirar

El tiempo que tardabas de la “Bombi”*

al centro de Madrid en un simón

te lleva a Nueva York un aeroplano

y ¿qué haces tan temprano en Nueva York?

 

Cómo está el mundo, señor Macario

Cómo está el mundo, corre que corre velocidad

Con tanta radio y con tanto cine

¿vamos palante o vamos patrás?

Cómo está el mundo, señor Macario

Corre que corre, velocidad

¡Tanto adelanto para hacer churros!

Y es que está loca la humanidad

Tomar café con media era barato

De vidrio era el vasito, blanco el pan

Lo qué es café-café ya se ha olvidao

Y ahora las medias, son de cristal

La niña topolina es la que priva

La vieja carabina arrinconá

Pelar la pava un día ya no se estila

Ya no se pela, ni pa Navidad

Cómo está el mundo, señor Macario

Corre que corre, velocidad

Con tanta radio y con tanto cine

¿vamos palante o vamos patrás?

Cómo está el mundo, señor Macario

Corre que corre, velocidad

¡Tanto adelanto para hacer churros!

Y es que está loca la humanidad.»

(* La «Bombi» es el parque de la Bombilla, cerca de la estación del norte de Madrid)

Hoy he pasado junto a los ruinas del puente que llaman de Mantible. Está a un paso de Logroño, a unos 9 kilómetros aguas arriba del antiguo puente de piedra de esta ciudad.

Los puentes son construcciones eminentemente prácticas. También son costosos de levantar y mantener. Volveremos sobre ello, pero centrémonos ahora en su función.

Sobre todo sirven para pasar (y también para impedir el paso) a la orilla opuesta. Cuando son destruidos, por las crecidas o las guerras, los pueblos que los utilizan se apresuran en cuanto tienen medios a reconstruirlos. Si, por alguna razón, bien porque no tienen el capital o el conocimiento para hacerlo, bien porque han dejado de ser útiles, el río los destruye poco a poco.

Pero en esa fase de destrucción, como la que vive éste de Mantible, los puentes se convierten en el camino de los mitos y leyendas. Nada como unos arcos sin continuidad o unos pilares en ruinas, como para dejar llevar la imaginación. No hace falta siquiera vivir en la época de Byron o Espronceda para reconstruirlos sustituyendo los sillares que les faltan con personajes y aventuras.

Eso le pasó a nuestro puente de Mantible.

¿Mantible? No es topónimo de por aquí. Ni ibero, ni vasco; ni latino o árabe. Es palabra de la lengua de los caballeros andantes. El propio Quijote conocía bien este nombre y la leyenda que arrastraba.

Un puente de Mantible aparece en el libro de Fierabras («Le roman de Fierabras le Géant«) en 1497. Rebelde y travieso, compañero de Roland, cuenta – cual Asterix medieval – con una poción mágica capaz de curar todas las dolencias. Don Quijote presume ante Sancho de que él conoce la receta secreta de ese “bálsamo de Fierabras”.

Roland, Fierabras, y otros paladines del mundo carolingio se ven obligados a atravesar el puente de Mantible. La leyenda se repite en otros libros. Yo he escogido uno tardío, una comedia escrita cuando ya habían pasado de moda y sólo recibían estocadas quijotescas. Pero ya es hora de ver su descripción en…

LA LECTURA DEL DÍA

El puente de Mantible (1630), comedia caballeresca de Calderón de la Barca (1600-1681)

 

 

 

 

 

 

En esta obra teatral los personajes regresan de sus aventuras a su patria y se encuentran ante el puente de Mantible. Roldán se lo describe a Guarín, el gracioso de la comedia:

“ves esta fabrica altiva

Guarin, toda de madera

en cuyo ceño la esfera

del sol descansa, y estriva

que ni el peso la derriva,

ni el tiempo le hace posible.

Ves este monstruo terrible,

que del agua nace. Ves

ese prodigio, esa es

la gran puente de Mantible,

el edificio eminente

que no sin fatiga suma

sustenta sobre la espuma

esa lóbrega corriente,

es Guarín, la excelsa puente,

y este piélago que veo

correr, tarde, triste, y feo

es, si el ser de cristal pierde,

el río del agua verde

desatado del Leteo.

Pues este campo profundo,

que en montes Cerúleos hace,

con el del Infierno nace,

y dando una vuelta al mundo

fatal, lóbrego, y inmundo,

en el mar de Africa muere.”

el gigante exigiendo su impuesto

Para los caballeros legendarios este puente tenía treinta arcos de mármol branco cruzaba un río que venía del infierno y que era necesario atravesar para ir y volver de África.

En él vivía un gigante que cobraba un extraño peaje… Se llamaba Galafre y según cuenta la leyenda exigía a los cristianos que querían pasar treinta pares de lebreles, cien vírgenes, cien halcones amaestrados y cien caballos bien enjaezados.  No aceptaba VISA.

¿Serán los montes “Cerúleos” estos de la sierra de Cantabria que aquí se asoma? ¿Será este río Ebro el mitológico Leteo del agua verde, uno de los del Averno? ¿Será todo marketing turístico?

No he encontrado ninguna referencia medianamente antigua de que se denominara así a este puente. El Madoz, a mediados del siglo XIX habla de él como de “un puente a medio demoler” cerca de la ermita de Nuestra Señora de Assa. Ni rastro de cuándo se bautizó así, aunque tiene pintas de ser de ese periodo del romanticismo tardío que se recreaba en viejas leyendas para dar forma a las nuevas naciones. Si los orgullosos vascos habían derrotado a Roldán y este había pasado por Mantible, no era descabellado pensar que pudiera estar cerca, aunque eso les ponía cerca del Averno.

Pero ese afán de marketing, si no con ese nombre, y sin expectativas turísticas, ya había otorgado ese nombre de Puente Mantible a otras ruinas. Estas son más impresionantes, de un viejo puente romano situado en en Alconetar (Cáceres), sobre el Tajo, cerca de Portugal y con un cauce bastante más ancho que el del Ebro a estas alturas.

Es verdad que viniendo de centro Europa suele ser preciso atravesar el Ebro y el Tajo para llegar a Africa. Pero creo que ningún escritor de la época hubiera imaginado el impresionante puente de Mantible en estos paisajes apacibles con ríos relativamente mansos.

Y aún hay más puentes mantibles. Así se llama el acueducto que para el abastecimiento de agua de Santiago de Compostela dicen que construyó el arzobispo Gelmírez hace casi mil años. No parece probable que a un arzobispo se le ocurriera bautizarlo así.

Pero aun queda algo de misterio. Parece claro que este puente quedo abandonado hace mucho. Algunos dicen que cayó ya en desuso hacia el siglo XVI, por la proximidad del de Logroño. Lo que no parece muy lógico es que ambos coexistieran: ¿duplicar el coste? ¿crear competencia entre peajes?

Hay una oportunidad de que ocurriera esa coexistencia si las fronteras entre reinos impidieran el paso y con los ingresos por los pontajes del comercio se pudieran permitir construir uno nuevo próximo al otro. El puente de Mantible coincide muy bien con el camino de Estella y Viana a Nájera. Pero Nájera y Logroño parecen haber pertenecido siempre a una mismo reino, ya fuera el de Nájera, el de Nájera-Pamplona o el de Castilla, por lo que no había motivos para duplicarlo.

Otra razón extraña existe en torno a este puente, que quizás explica que fuera abandonado. En aquella época en que eran tan costosos y en los que se cobraban peajes (pontajes), tanto para pasar por el camino como por el río, es rarísimo que se construyera en sitios despoblados. Los puentes eran generados por las ciudades ribereñas o, en algunos casos, las generaban. Tener una población inmediata, generalmente unida con murallas hasta el mismo puente, era una garantía de defensa y multiplicaba las oportunidades del comercio. ¿A quién se le iba a ocurrir construir un puente alejado de una población?

Bueno, han pasado los siglos y estamos bastante acostumbrados a decisiones sobre grandes obras públicas tomadas sin mucha cabeza. Aunque en aquellos tiempos se miraba con más cuidado el dinero para ellas, no es improbable que este fuera el caso de esos puentes “solteros”. Conozco un par de casos, abandonados y destruidos.  Parece como si la simbiosis ciudad-puente fuera imprescindible, al menos hasta épocas recientes.

En casi todas partes se presenta a este puente como de construcción romana. Por su traza algunos piensan que es medieval. Me parece que hay una buena razón para descartarlo. ¿Para qué iban a hacer los romanos un puente aún más alejado de su ciudad Varea, que tenía una cierta importancia? Creo que los ingenieros y políticos romanos solian ser más sensatos que los que vinieron después.

¿Había alguna población en alguna de las márgenes de este puente de Mantible? Lo desconozco, pero mientras sea un misterio podemos seguir imaginando que en ella vivía un gigante que cobraba amenazante los derechos de paso….

En este dia de descanso y colada va a ser un día literario. No es que Logroño no tenga abundante historia, pero últimamente los escritores aparecían poco en este blog. No es solo culpa mía. Creo que el Ebro ha sido un tema y escenario poco atractivo para la literatura, lo que confirmaremos en siguientes días. Pero hoy traemos una gran excepción, con un par de lecturas de un mismo autor.

Rafael Sanchez Mazas (1894-1966). Nacido en Madrid, huérfano a los pocos meses de vida, le trasladaron a Bilbao donde discurrió su niñez. Pero parte de sus estudios jóvenes los hizo en Miranda, a orillas del Ebro. Fueron pocos meses pero debió quedar marcado por el río, al menos más que otros escritores que, nacidos ebreños, apenas le dedicaron unas líneas.

Si has leído otras entradas de este blog posiblemente encuentres referencias en estos dos fragmentos que reproduzco.

LA PRIMERA LECTURA DEL DÍA

Salida del Ebro, poema de Rafael Sánchez Mazas

«Por no llenarme de frío

y de hastío

en Reinosa, origen mío,

he dado en meterme a río

por la tierra castellana

y la tierra aragonesa,

por la solana alavesa,

y la ribera riojana,

por Navarra tudelana,

más abajo de Sangüesa,

y como me da la gana

por la tierra castellana,

y a Tortosa

y a otra cosa,

que allá me han dado beleño

y la mar es como un sueño

donde me muero de gusto.

 

Saco en lluvias torrenciales

crecidas primaverales

del cielo próvido y justo;

a las ciudades, ¡qué susto

les doy apenas me ensayo

de ser alegre y robusto!

 

Hago de mi capa un sayo

con las bordadas orillas

de frescas flores de mayo,

¡qué río de campanillas!

 

Me saltan almadieros

las presas, corzos ligeros

y en praderas de agua moza,

y a favor de los abriles,

se me van a Zaragoza,

juveniles,

se me van las almadías

como los días del alma.

 

¡Ay, que me llevo la palma

de todos los “todavías”,

y soy un vuelto a empezar

que nunca se ha de acabar!

 

Si otros de mí se aprovechan,

si otros muelen y cosechan,

ni me entero, ni ser quiero

huertano, remolachero

…»

LA SEGUNDA LECTURA DEL DÍA

Cuadernos del Ebro: de Madrid a Logroño. Capítulo del libro «Las Aguas de Arbeloa y otras cuestiones» (1956), de Rafael Sanchez Mazas. Este capítulo fue publicado previamente en el número 11 de la revista CODAL (1951).

«Ebro, por Logroño, bien vas echando espumas y sonando de firme, que cuando el río suena, agua lleva. Si viniera yo de estudiar elocuencia en Calahorra, te diría lo del rey profeta: «Fluminis impetus laetificat civitatem»: el ímpetu del río alegra a la ciudad. Y como saliera yo, después, predicador de punta, no elegiría otro texto para el sermón de San Mateo.

¡Ebro, por Logroño, bien vas! Soltaste el cascarón en las Conchas de Haro y ahora nadie te tose, que, de San Felices a Tudela, se te dan ya las vegas como regaladas, locas de vino, rubias como el oro de pan, suaves de aceite y acarameladas de fruta.

¡Qué más quieres, hijo! Pues, todavía, hijas tienes y crías con las tierras, que se te hacen ciudades, y no digamos Zaragoza. Pero, mira, que en Aragón te bailarán el agua con mucha jota y castañuelas, por aquello de verte señorón, crecido y celebrado en obras; mientras acá, en Logroño, entre Haro y Tudela, estás en lo mejor de lo mejor, como de veinticinco años, y habiéndola corrido de lo lindo por la Rioja Alta, aún te queda toda la Rioja Baja por delante.

Mira que por Logroño vas «bien majo», «bien majete», como dicen aquí, y estás en ese punto de la vida que, mientras lo bailado no te lo quita nadie, a la tierra le dices como nadie: «Y lo que rondaré, morena». Cuando le entras por los ojos al puente de piedra de Logroño, que es el primero que tuviste en los siglos, te cuentan arcos reales que, a cauce y a caudal, en España nadie te gana, y que sólo por ese buen humor que tú tienes, te merecerás acabar con más agua que Tajo, Duero y Guadalquivir juntos.

Pero, con todo eso, no te engrías. No te vuelvas presumido y «fato», como en Haro dirían, porque entonces sí que parecerás hijo de nada, cuando debes cada día pensar que la montaña de Reinosa, donde naciste, pobre es, pero te dio hidalguía y te hizo el mejor nacido y más heroico río de España, lo que obligaría a ser discreto.

No te embobes tampoco soñando tu final ni creas que lo mejor es ser «navegable», que a la vejez todos nos hacemos «navegables», y demasiado cuando hijos, nietos, mujeres y amigos nos navegan y surcan, mientras en juventud somos «navegadores» de pro y proa, contra viento y marea. Navega tú, de Haro a Tudela, con tu corazón en Logroño, que blasona de ti, en las tierras que rompiste y ganaste con alma geológica. Muele su trigo en duras muelas, saca chispas a las dínamos, haz luz y pan para alegrar los pueblos, campa con brío, fecunda con amor en todas partes y ya te vendrá la vejez, toda vueltas, rodeos, quietudes, silencios y contemplaciones, y bien te echarán barcas de comercio y de tráfico para surcarte a gusto y hacer como que te divierten y regalan; pero, la verdad, para aprovecharse de verte más tranquilo, con tu fama y fortuna, hechas y con mejor carácter.

¡Ebro, por Logroño, bien vas! No quieras andar mejor nunca, y Dios te guarde.«

Se me acumulan los temas. Así que hoy toca ración doble.

No quisiera dejar sin presencia, dos que la tuvieron importante en la historia del río. No tienen nada que ver, salvo que se trata de gentes que se veían obligadas a atravesar la corriente. Los días que separan una y otra historia se cuentan por cientos de miles. No tenían riesgo de coincidir.

Se trata de cuestiones relacionadas con los monasterios próximos al río y con las guerras carlistas. Ya hubo algún apunte previo sobre ambos temas. Pero para fijar bien la posición me hacen falta al menos tres referencias, así que además de la presente espero poder volver sobre ello en los próximos días.

Traducciones monacales

Supongo que no os dice nada el nombre de Herman de Carintia, también conocido como Hermannus Dalmata. Yo encuentro que es uno de los personajes más interesantes que nunca haya cruzado el Ebro

Había nacido en la región de Istria, que para situarnos está más o menos en la zona de la italiana Trieste y las comarcas vecinas de Eslovenia, hacia el año 1100. ¿Cómo acabó por estas tierras?

Siendo monje marchó a Francia a formarse. Todavía no existían las universidades y su aprendizaje lo hizo en la escuela catedralicia de Chartres. Luego marchó durante varios años a Constantinopla (todavía cabeza del imperio romano de oriente) y Damasco en donde aprendió lenguas orientales y se interesó en la ciencia árabe.

Herman a la derecha, representado con un astrolabio, al lado de Euclides, en un grabado antiguo

Herman era astrólogo, astrónomo, matemático, filósofo… Escribió un librito sobre meteorología, «Liber imbrium» (algo así como «el libro de las lluvias»). Pero básicamente su trabajo consistió en traducir. Fue entonces cuando decidió regresar a Europa occidental y vino a España, que era por entonces un centro de traducción de la literatura clásica conservada en versiones árabes. Tradujo, entre otros muchos, a Euclides y Ptolomeo.

Pedro el Venerable,  abad de Cluny, el principal monasterio europeo en la época, encargó a cuatro monjes de diversos orígenes la traducción del Corán. Parece que los convocó en Pamplona, donde uno de ellos, Roberto de Ketton, originario de un pueblo al norte de Londres, era arcediano (años más tarde sería canónigo de Tudela). Los otros tres eran Pedro de Toledo, un musulmán del que se sabe poco salvo su nombre Mohamed, y Herman.

El quinteto, siguiendo el camino de Santiago, atravesó el Ebro. Probablemente se detuvieran en el monasterio de Albelda, a solo diez kilómetros del Ebro, conocido por su rica biblioteca, es decir por sus buenos copistas. Luego pasaron por Nájera, Burgos, León… Sabiendo el esfuerzo que supone viajar con los propios medios por malos caminos, ¿cuándo encontrarían tiempo para traducir? Luego Herman regresó de nuevo por Nájera a Pamplona para ir a Toulouse. Estando en Occitania parece que regresó varias veces a Pamplona y Nájera, por lo que su paso por el Ebro no fue ocasional.

Parte de esta historia la he reconstruido a partir de las notas de Irene Knehtl. Nacida en Eslovenia, economista y poetisa, que vive en Yemen, el lugar de donde eran originarias las familias dominantes de Zaragoza en la época musulmana. Irene escribe unas frases que lo mismo pueden atribuirse a sí misma o a Herman:

«Todo lo valioso que he aprendido sobre la vida, me ha sido revelado, pensaba Herman. Mi sabiduría ha florecido en al Andalus y Occitania. Mi pasión, en Bizancio y Damasco. Mi angustia, en Pamplona. Mi inocencia aún florece en Carintia«.

Para lograr una receta tan completa hay que atravesar muchos ríos.

 

Pero no todas las travesías han sido pacíficas.

Combates en el río

Durante la mayor parte de las guerras civiles del XIX, las partidas carlistas se vieron obligados a adoptar una estrategia gran movilidad, mientras que los liberales procuraban controlar el territorio, especialmente dominando los puntos estratégicos como ciudades, pasos y puentes.

Hace unos días os hablaba del fortificado puente de Lodosa. Pero los puentes era lo más fácil de controlar a lo largo del río. Los carlistas se colaban a través de los vados o en barcas. En el tramo navarro-riojano había abundancia de unos y otras. Donde era posible los liberales levantaban pequeños fortines o al menos puntos de vigilancia que dominaran el río para dar aviso de las incursiones.

casa del barquero de Azagra fortificada con aspilleras

al fondo torre de vigilancia sobre los vados de Sartaguda

 

 

 

 

 

 

 

 

Gaceta de Madrid del 17 de septiembre de 1836

No les resultaba difícil a los carlistas escabullirse y el paso, incluso de cientos de hombres, empezaba a ser habitual. La prensa gubernamental simplemente dejaba constancia cuando las partidas atacaban en la Rioja.

Al año siguiente los envalentonados carlistas atacaron el puente fortificado de Lodosa. La crónica oficial relataba así este hecho:

«El día 5 de octubre, noticioso (…) de que los facciosos, después de haber tomado á Peralta, dejar en ella cinco Compañías para conservar y fortificar aun mas aquel punto, se habian dirigido a atacar el puente que sobre el Ebro se halla en esta villa, se puso.en marcha para aqui con sus tropas, pernoctando aquella noche en Lárraga y mandando desde allí unos 10 carros de harina y otras provisiones a la guarnición de Lerín que hacia dos días qué estaban sin comer«.

Lerín estaba a un paso de Lodosa, en otro paso estratégico, pero parece que habian quedado aislados por los carlistas. El general liberal reunió batallones y fuerzas dispersas y con una columna de más de un millar de hombres se dirigió a reforzar el puente. Ante eso los carlistas, que habían estado bombardeando el puente los dos días anteriores, se retiraron. Era el sino de la guerra, un toma y daca de movimientos, concentraciones y dispersiones.

Pero no todos se retiraron a tiempo. Lo cuenta el periodista con una crudeza y sinceridad que no duraría mucho en la prensa:

Los de otra columna liberal que venía por la orilla derecha y «que pasó a esta parte del Ebro, aún alcanzaron la retaguardia de los enemigos, que se retiraban de esta villa, y les cogieron 22; de los que fusilaron 4 en el puente, que eran naturales del pueblo. En el referido puente de resultas de los disparos de cañón de los enemigos en todo el día anterior, estropearon bastante la fortificación; hubo un muerto y 11 levemente heridos; de los enemigos 11 muertos.» (Gaceta de Madrid de 18 de octubre de 1837).

Este es un caso más del numeroso conteo de muertos que hubo esos años  lo largo del río. Eran cifras pequeñas, de emboscadas y escaramuzas, sin ninguna batalla importante, pero que provocaron una importante sangría. Pongamos un par de ejemplos:

Hubo muchos casos de ahogados. Era una época en que pocos sabían nadar y las condiciones del paso eran extremas, a menudo de noche, con prisas e incluso bajo el fuego enemigo. O, como en el siguiente caso, sucedido junto a Mora de Ebro en Cataluña, se lanzaban al agua para escapar.

El Español, 31 de diciembre de 1836

Por último voy a trascribir las opiniones del corresponsal en Nájera del periódico el Eco del Comercio, liberal pero no muy contento con la politica del gobierno. El último día del año 1837, tras más de cuatro años de guerra, observa que las fuerzas liberales están en la orilla derecha, «libres de toda sorpresa y ataque del enemigo, por hallarse defendidas por el general Río Ebro que en el día cuenta con un ejército invencible, pues no se puede vadear«.

Pero añade: «Si el ejército continúa más tiempo por esta provincia no sé qué será de nosotros, pues nos comeremos los codos de hambre: solo este pueblo que cuenta 100 vecinos escasos contribuye diariamente con 211 raciones de todas especies (…). De modo que la guerra parece se hace solo a los propietarios pacíficos, y al labrador e industrioso artesano que a fuerza de trabajo y de fatigas tiene que pasarlo con decencia y hoy dia todos quedaremos cacareando y sin pluma, y gracias que nos dejen nuestras pellejas. Quisiera se hallasen por aquí los que tanto cacarean libertad, inviolabilidad y todo lo que huele a ser uno dueño de sus personas y bienes a ver que decían cuando vieran que les quitan el trigo, cebada y hasta las hogazas que tiene para dar de comer a sus hijos«

No somos muy conscientes de cuánto ha cambiado la vida en el Ebro en los últimos cien o ciento cincuenta años. Con los medios de antaño pocas tierras podían regarse. La vida era difícil y las comunicaciones azarosas.

El siguiente artículo está escrito a mediados del siglo XX, poco después de la última guerra civil,  cuando todavía los cambios eran poco perceptibles.

LA LECTURA DEL DIA

De la cuenca del Iregua al valle del Ebro, entre Logroño y Calahorra,  artículo publicado en la revista Berceo en 1950, de Ismael del Pan (1889-1968), arqueólogo y entólogo logroñés.

«De estas tierras, únicamente aquellas próximas a la ribera del Ebro, por el influjo del riego, se transforman en huerta. Los restantes terrenos del interior (entre Agoncillo y Alcanadre) , se hallan sometidos a un exacerbado régimen estepario, con vientos fuertes y secos, que al barrer el vapor de agua atmosférico, deja un cielo diáfano y azul.

El árbol se halla proscripto de estos lugares; las matas (de la rala vegetación), si bien de raíz larga y profunda, no bastan a contener los estragos superficiales de las aguas salvajes sobre el terreno, lo que unido a la carencia absoluta de vegetación, en muchos casos, hace que la denudación sea intensa, el abarrancamiento profundo y tortuoso, los desplomes frecuentes, con islotes de areniscas, sostenidos de modo inverosímil, por columnas de arcilla adelgazadas en su ápice y el paisaje adusto, impregnado de un tétrico matiz de pavorosa soledad, lo que explica satisfactoriamente que los antiguos trajinantes y arrieros designaran con el nombre de ‘El Desierto’ al trozo de camino comprendido entre la desaparecida ‘Venta de la Chamarita’ y Ausejo«.

Esta descripción es válida también para las zonas de Monegros y Bardenas que se asoman hasta las mismas orillas ebreñas. Pero Ismael del Pan nos da además algunas pinceladas de la vida antes del ferrocarril, que me traen recuerdos de una película del far-west:

«Lo triste, inhóspito y solitario de estos parajes y el tortuoso dédalo de sus barrancadas, que forman intrincados reductos arcillosos, convierten el trayecto, por carretera, de Agoncillo a Ausejo, en lugar a propósito para emboscadas, asaltos y sorpresas, que, más de una vez, llevaron a cabo salteadores de caminos y ladrones de oficio, como los que hoy, dulcificando el carácter de su ‘profesión’, solemos llamar ‘atracadores’. Y como el trayecto era largo, el lugar deshabitado, en amplia superficie, y los medios de transporte, en el pasado, lentos y penosos, los carreteros, portadores de voluminosas barricas y henchidos pellejos de vino, buhoneros y caminantes, caballeros en sus machos y borricos, acostumbraban realizar juntos y en caravanas, relativamente nutridas, sus viajes por esta carretera silenciosa, alentando el ánimo empavorecido, con las voces que acuciaban el pesado caminar de sus mulas y los cánticos para entretener la jornada.

Aunque la guardia civil patrullaba por estos lugares, siempre los trajinantes procuraban que sus carros marcharan unidos, en esta porción del camino, cuya travesía nocturna esquivaban, en absoluto. Cuando les sorprendía la noche en estos despoblados, pernoctaban en los paradores y ventas, que se encontraban distribuidos, de trecho en trecho, y no muy distantes entre sí. A partir de Agoncillo, se veían, sobre la carretera, la ‘Venta del Molino’, la ‘Venta de Tamarices’, la ‘Venta de la Chamarita’, la ‘Venta de Rufino’ y la ‘Venta de la Concepción’ hasta Ausejo. Y más allá, el ‘Parador del Monte’, la ‘Venta de Serrano’ y la ‘Venta Nueva’ hasta Calahorra.

Algunas de estas pretéritas instalaciones de refugio viajero, en caminos y carreteras, van desapareciendo, como ha ocurrido con la ‘Venta de la Chamarita’, de la que no queda más que el recuerdo y la pila de arenisca, donde abrevaba el ganado que allí hallaba descanso; pero otras subsisten, vinculadas, aún, al terruño geológico mioceno, a cuya estructuración y morfogenia fisiográfica debieron, en realidad, la razón geográfica de existir y su afianzamiento. El tráfico automovilista actual, con el vértigo de sus velocidades, no ha logrado desarraigar el principio básico humano y geográfico de la ‘venta’ de otros tiempos, pues ha creado el ‘parador’, que en el sentido turístico no es más que un lugar de descanso y de refugio, en el que las condiciones estéticas de emplazamiento y las de comodidad en la estancia sirven de estímulo al tráfico y al espíritu viajero».

Sorprende que el camino real se aventurara por terrenos tan inhóspitos. Una y otra vez los caminos principales se alejan del curso del Ebro, como cuando de Zaragoza atraviesan los Monegros hacia Fraga y Lérida. Las vueltas y revueltas del río alargaban la traza de los caminos ribereños, y los que buscaban las tangentes de esas curvas solían, antes o después, ser cortados por los cambios de su curso. Atravesar esos pequeños desiertos era tarea menos terrible cuando al final de la jornada se llegaba a un pueblo rodeado de regadíos. En pequeña y desvaída escala lo puedo confirmar personalmente.

Bajaba por el Ebro una barca con dos ingleses… y un cura vascongado.

No es el inicio de un chiste, sino una historia real, ocurrida en el verano de 1846.

«El Español», un periódico de la época lo cuenta así:

«Correspondencia de provincias. Calahorra 4 de junio (…) los ingenieros ingleses Mrs Brian Donkin y Roberto Philipe Pope dieron principio a los trabajos de reconocimiento de dicho río el 20 de mayo, después de haber vencido algunos obstáculos, puestos según se dice por las autoridades. En una lancha muy pequeña, que para el efecto construyeron en Logroño, se embarcaron en Agoncillo el 21 a media tarde y llegaron al día siguiente a la barca de San Adrián, distante media legua de ésta, (…) según nos ha informado un cura aficionado a la navegación, vascongado, que vino embarcado con los ingleses, no solo se conseguirá la navegación del Ebro, sino que se aprovecharán sus aguas para regar muchas de las tierras incultas”.

Unas semanas antes, la Reina habia concedido “la autorización necesaria para que practiquen en el rio Ebro desde Logroño al mar los reconocimientos y estudios de navegación de dicho rio sin que se entienda que por este permiso ha de resultar a su favor concesión alguna de privilegio ni derecho preferente para la realización de la mencionada empresa”.

Veamos con más detalle las circunstancias y la personalidad de los ingleses.  Del cura vascongado, que posiblemente haría de traductor (a tavés del francés que dominaba Brian Donkin), no he conseguido encontrar nada.

Hasta mediados de 1840 no finalizó en todos los frentes la sangrienta guerra carlista (1833-1840) que tuvo numerosos combates en torno al Ebro. Una consecuencia inmediata fue el traslado de las aduanas que habia en el Ebro entre los reinos de Navarra y los de Castilla y Aragón, lo que iba a facilitar la navegación comercial a lo largo de ese tramo del río.

Gaceta de Madrid (antiguo BOE) de 7 de abril de 1843

La paz redirigió los esfuerzos hacia el desarrollo económico. Siguiendo, tardíamente, el ejemplo de otros países europeos, se puso un importante acento en fomentar la navegación fluvial. Se crearon comisiones para estudiar la navhación en el Tajo y el Guadiana, desarrollar la ya existente en el Duero y el Ebro.

Es en nuestro rio donde más se había avanzado en tiempos anteriores, por un lado con la construcción en el XVIII del canal imerial enttre Fontellas (cerca de Tudela) y Fuentes de Ebro, a unos 25 km al sur de Zaragoza. Pero no tenía continuidad con el otro tramo navegable entre Mequineza y el mar. En 1841 el gobierno saca a concurso la continuación hacia el sur de ese inacabado canal, con un modelo parecido al de las autopistas de peaje. Pero no parece haber tenido éxito.

No obstante, la idea de fomentar la navegación atrajo a capitalistas que de manera más independiente vieron la posibilidad de utilizar otros medios diferentes a los del siglo anterior, en base a costosos canales y esclusas, como los que deseaba crear el gobierno. Pensaban en la navegación a vapor, que en la década de los 30 empezaba a consoldarse con los barcos de ruedas y que pensaban podrían tener la fuerza suficiente para remontar la corriente, con menos infraestructuras.

Pero aunque se trataba de empresarios innovadores no lo eran suficientemente. Al menos que no parecían estar muy acerados sobre el medio de transporte que mejor convenia en el valle del Ebro, con producciones bastante limitadas y una densidad de población muy baja. Esos mismos años aparecía otro medio de transporte que acabaría con los sueños de la navegación ebreña. En 1837 se había inaugurado el primer tren español en la isla de Cuba y no tardaría mucho en empezar a construirse en la peninsula toda una red que llegaba a más puntos y más rápidamente que los lentos barcos a vapor de ruedas.

Es en esas circunstancias en que los ingenieros ingleses deciden arriesgarse a bajar por el Ebro. De ellos no puede decirse que no estaban al corriente de todas esas innovaciones y de los pros y contras de dada una. Al menos uno de ellos era una persona bastante importante, o mejor dicho, lo era su padre. Es como si en la barca viniera el hijo del Steve Jobs de la época.

Bryan DONKIN (1809-1893) era hijo de Bryan Donkin (1768-1855). Posiblemente era éste quién le mandara venir a España a explorar las posibilidades industriales y comerciales del Ebro, como poco antes le había mandado a Francia a supervisar la construcción de una papelera en Nantes.  Porque el negocio de los Donkin se había iniciado con el invento de la primera máquina de producción continua de papel.  Curiosamente veinte años más tarde, en 1867, se instalaría una papelera cerca del Ebro, a pocos kilometros de Zaragoza.

Pero este Donkin era un emprendedor e innovador nato. Levantó la primera fábrica de conservas vegetales del mundo, desarrolló la industria de impresión en color para billetes y sellos, e incluso se implicó en el rompedor proyecto de la computadora programable de Babbage, ¡hacia 1830! Otra de sus incursiones en una industria entonces naciente, la del gas, le llevó a diseñar válvulas que llevan su nombre. Todavía hoy existe la empresa que fundó para fabricarlas.

¿Qué idea tenía en mente cuando en 1846, al decidir retirarse de la vida profesional activa a los 78 años, mando a su hijo a recorrer el Ebro?

Donkin hijo se dedicaría en los años siguientes a la construccion de ferrocarriles. Es posible que viniera con el señuelo de la navegación, tan cara al gobierno por entonces, pero con una diferente idea.

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La historia de hoy se ha quedado inacabada. No sabemos nada de la continuación. Podemos imaginarla. Yo voy a acabar con algunas notas más que como ganchos se entrelazarán con otras narraciones de entradas pasadas y futuras.

En su viaje apenas habrían encontrado puentes. Podían llegar hasta el mar pasando solo bajos los arcos del puente romano de Zaragoza, del medieval de Tudela… y del dieciochesco de Lodosa. la construcción tan temprana de este puente es para mí un misterio. No sirve a ninguno de los grandes ejes de comunicación tradicionales. Es verdad la mayor parte (unas 2.500 hectáreas) del término de este municipio se encuentra al otro lado del río, en la margen izquierda. Pero a parte de incrementarse el misterio (no solo se trata de mejanas creadas por el cambio del cauce, sin que hay colinas) no parece que para su cultivo fuera necesario que el ayuntamiento hiciera un gasto tan grande: se trata de un puente de trece arcos y 340 metros de largo.

el puente de Lodosa en 1930 soportando una riada

Debía ser tan impresionante en la época que generó un dicho: “De Reinosa a Tortosa, puente fuerte, el de Lodosa”.  Quizás no se referían a la solidez de sus tajamares y arcadas, sino a que en la guerra carlista fue fortificado como si se tratara de un castillo, con un fortín en la margen derecha, con cuarteles, habitaciones y cuadras, y con sendas baterías en ambos extremos del puente. Al pasar la barca de Mister Donkin unos años después debió quedarse impresionado.

En 1856 se iniciaron los trabajos de construcción del ferrocarril Bilbao-Tudela por la margen derecha. Cuando se construyó, todos los pueblos ribereños de la margen izquierda se apresuraron a sustituir las barcas que hasta entonces habían utilizado para ir a los sotos de la otra orilla y hacer las raras gestiones con los pueblos vecinos. La llegada del tren cambió las perspectivas. Ahora habia que ruzar el Ebro para estar conectado con el mundo.

Para finalizar, un último apunte que nos permitirá fortalecer los enlaces con historias futuras. Los promotores bilbainos y riojanos de ese ferrocarril encargaron el diseño y construcción a otro afamado ingeniero irlandés, Charles Blacker Vignoles (1793-1875). El fue quien ayudó a organizar la expedición inglesa para la observación del eclipse de 1860.

Vignoles había estado anteriormente en la península en 1813, con solo veinte años y en otras circunstancias. Se había alistado en el cuerpo expedicionario del duque de Wellington. Tuvo entonces que cruzar el Ebro y estuvo en las proximidades de la batalla de Vitoria…

 

 

Por fin he llegado a Calahorra, la Calagurris antigua.

Hay tantas cosas de historia en este entorno como en ninguna parte a orillas del Ebro, salvo quizás en Zaragoza y Tortosa. Pero hay voy a alejarme de lo clásico porque he encontrado una pequeña joya, un “momento Rosalía”.

Historia y literatura son los dos ejes de este recorrido. Entre ambas zonas hay un rincón de límites difusos, copada por mitos y leyendas. He hecho ya alguna pequeña incursión en ese territorio, pero quería profundizar más. Volveré hacerlo dentro de unas etapas, pero hoy tenemos hay un buen aperitivo.

Bernardo del Carpio en versión calí

Bernardo del Carpio es un personaje legendario que algunos sitúan en el siglo VIII-IX. Era contemporáneo de Carlomagno, Turpin y Roldán, asi que estaba predestinado en convertirse en carne de romance y aventura caballeresca. A partir del siglo XII se transformó en el alter ego hispano de aquellos personajes que cabalgaron en los libros de caballerías tan famosos en los siglos posteriores, especialmente en el XIV y XV. Bernardo era uno de los caballeros cuyas hazañas hacían ensoñar al mismo Quijote.

La versión más “oficial” cuenta que al final de sus hazañas fue enterrado en una cueva próxima al monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campóo junto con la espada Durandarte que había arrebatado a Roldán (en una de las muchas versiones de la batalla de Roncesvalles). Esta gruta supuestamente se encontraba a una veintena de kilómetros del nacimiento del Ebro. Pero esta otra versión nos va a llevar río abajo, hasta Calahorra.

Coincidiendo en los años de lo más alto de su fama, llegaron a España unos visitantes nómadas que decidieron quedarse: los gitanos. Llamados entonces egipcianos, se hicieron presentes hacia 1425. En buena parte entraron por el Ebro, indicando que iban camino de Santiago de Compostela.

La famosa historia de Bernardo de Carpio debió ser parte de los primeros de su integración cultural en este reino de acogida. Con el pasar de los años la moda de los caballeros andantes decayó, y solo quedó el Quijote como modelo y burla para la posteridad popular, pero entre los gitanos siguió siendo una apreciada pieza de tradición oral. Con el tiempo su versión de esa leyenda enriqueciéndose con nuevos hechos y aventuras. Parte de ellos acabaron en Calahorra. Y en su parte final aparece el río, del que un personaje bebe “a ambuestas”, es decir recogiendo el agua con el hueco de ambas manos.

Hace pocos años un estudioso entrevistó a ocho gitanos, la mayor parte de edad avanzada, y con sus relatos reconstruyó esta versión de la leyenda del Carpio, en la que Bernardo no muere, y transcurre en Calahorra, aparecendo circunstancialmente el Ebro. De su artículo, publicado en el nº 15 de la revista Kalakorikos, reproduzco la parte final, que se lee como un cuento.

LECTURA DEL DIA

Bernardo del Carpio, un héroe de la épica medieval en la tradición de los gitanos del norte peninsular (2010), de Javier Asensio García

“…(A Bernardo) todos le temían, solo Carlomagno y los Doce Pares de Francia cuestionaban su autoridad. Un día se decidieron ir a pelear, por ver si entre los doce podían con él. Llamaron a la puerta del palacio y, como Bernardo estaba de cacería, salió a recibirlos su madre.

–¿Dónde está Bernardo?

–Hoy vuelve de caza.

Carlomagno le dijo:

–Ya puede ir preparando su equipaje porque este palacio va a cambiar hoy de dueño.

Y les dijo a sus hombres:

–Vamos a quemar todas las sillas, vamos a dejar solo trece, las justas para nosotros.

Pero había un sillón que entre todos no podían levantarlo. Entonces dijo Carlomagno:

–Este sillón que no podemos con él se lo vamos a dejar a Bernardo. Le diremos que se lo acerque a la mesa donde nosotros estemos. Si puede con el sillón, mejor es que no peleemos con él.

Convencidos que no iba a poder moverlo, todos quedaron de acuerdo. Cuando llegó Bernardo encontró a su madre llorando.

–¿Qué le ocurre a doña Jimena? ¡Cómo puede llorar mi madre viviendo libre después de haber estado recluida en un convento!

–¡Ay, Bernardo, han venido Carlomagno y sus hombres a pelear contigo y a sacarnos de aquí!

–¡Qué!

–Te están aguardando allá arriba.

Bernardo subió, Carlomagno le abrió la puerta de la sala y, al ver los brazos de este hombretón, se buscó una excusa para no luchar con él.

–Pues sí, Bernardo, habíamos venido a pelear contigo, pero no podemos hacerlo con un hombre al que no se le mantiene el peine en la barba, porque tú no tienes barba.

–Un momento, Carlomagno.

Bernardo echó mano a un peine de marfil que llevaba en el bolsillo, lo cogió y se lo clavó entre el cutis y la piel. Miró a Carlomagno y le dijo:

–Dime, Carlomagno, ¿se me tiene o se me cae?

–Se te tiene, Bernardo. Entra a comer con nosotros y después de los postres pelearemos.

Pasaron al salón. En medio del salón había una mesa en la que acostumbraban a comer los caballeros tras sus cacerías. Carlomagno le dijo:

–Mira Bernardo, hemos quemado las sillas que nos sobraban y no guardamos ninguna para ti, a no ser que quieras acercarte el sillón del rey.

Bernardo se dio cuenta de las intención de Carlomagno. Cogió el sillón con la mano izquierda, lo levantó de una pata, lo puso en el aire y dijo:

–Dime, Carlomagno, ¿dónde quieres que lo deje?, ¿aquí, aquí, aquí o aquí? –mientras esto decía movía el sillón por los cuatro lados de la mesa como si tuviera en sus manos una pluma–.

–Donde tú quieras, Bernardo –le respondió Carlomagno–.

Dejó caer el sillón de un golpe y las cuatro patas se quedaron clavadas dos palmos por debajo del suelo. Al terminar de comer, Bernardo se levantó de la mesa, salió del palacio y los fue llamando:

–¡Venir todos a pelear conmigo, de uno en uno o juntos, me da lo mismo!

Carlomagno y los Doce Pares bajaron y desenvainaron la espada, sí, pero la punta dirigida hacia ellos. El mango se lo ofrecían a Bernardo, en un claro gesto de rendición.

–Nos rendimos. Si peleamos contigo tenemos la muerte segura.

Bernardo estaba furioso, hambriento de pelea, pero como un caballero no podía luchar contra otros que se habían rendido ante él, se fue corriendo por un camino dando gritos y desafiando al Creador:

–¡Si Dios que nació en Belén de contra de mí se pusiera lo matara o lo venciera!

No tardó en dar tres pasos cuando vio aparecer a un anciano de largas barbas y canas que le dijo:

–Bernardo, ¿no te atreverás a repetir las palabras que acabas de pronunciar?

–¡Claro que soy capaz!

–¿Qué palabras eran esas?

–Si Dios que nació en Belén de contra de mí se pusiera lo matara o lo venciera.

Entonces, el viejo, que no era sino Dios en forma humana, le contestó:

–Yo que he sido quien te ha dado la fuerza y el vigor para que administrases justicia, para que te vengaras de la prisión de tu padre y de la reclusión de tu madre. Yo, que te he dado la fuerza para hacerte con un reino. Ahora que lo tenías todo, vienes y te rebelas contra mí. Pues si quieres pelea, pelea vas a tener. ¡Lucha, Bernardo!

El anciano abrió el puño y salió una banda de mosquitos. Unos enemigos con los que antes no había luchado, pequeños insectos contra los que apenas servía de nada la fuerza de Bernardo. Los mosquitos se lo comían a picotazos. Muerto de sed, desenvainó la espada y la tiró contra una roca; al clavarse, brotó una fuente y dijo Bernardo:

–Cuando Dios quería agua había.

Se arrodilló y bebió agua. Esto pasó en los llanos de Calahorra. Dios lo dejó encantado en una cueva, condenado a penar su soberbia durante siglos hasta que España se pierda y tenga que regresar al mundo de los vivos para salvarla de nuevo.

La cueva era muy larga. Todos los días, un vaquero sacaba sus vacas a pastar por los llanos de Calahorra. Entre ellas había una muy débil y flaca. Su dueño solo esperaba que muriese en cualquier momento, pero llegó un día que se metió en la cueva de Bernardo y salió más airosa que de costumbre. Estuvo quince días entrando y saliendo a la cueva y cada día estaba más gorda.

–¿Que tendrá esa cueva para que la pobre vaca que estaba seca ahora esté tan lustrosa? –se preguntaba el pastor–.

Tanto le picó la curiosidad que al día siguiente entró con la vaca hasta el fondo de la cueva. Agarrado a la cola del animal llegó al final, donde pudo ver a Bernardo, una especie de figura maltrecha con unas barbas que le llegaban hasta el suelo.

–Buenos días, pastor –le dijo Bernardo–.

–Buenos días, señor. Ya me dirá qué misterio tiene esta cueva y por qué mi vaca está tan lucida después de quince días de entrar aquí.

–Mira, yo soy Bernardo del Carpio, el héroe de tiempos pasados, que estoy encantado desde hace siglos, y tú eres el primer humano que ha llegado hasta aquí.

Bernardo guardaba un estandarte, se lo enseñó al vaquero y le dijo:

–Levanta este estandarte.

Al ponerlo de pie, como le indicó Bernardo, empezó a sonar música mora, caballos que cabalgaban, la alegría lo inundaba todo.

–Ahora déjalo en el suelo –le exhortó Bernardo–.

Una vez que lo apoyó en el suelo, la cueva se llenó de silencio.

Entonces le dijo Bernardo:

–En este estandarte va mi encantamiento.

Bernardo cogió una piedra, la apretaba y se deshacía, hecha arena en sus manos.

El pastor se quedó maravillado y le dijo:

–Dime cómo puedo desencantarte.

–Escucha bien lo que voy a decirte. El día San Juan, justo cuando raya el primer sol de la mañana, entrará un rayo por la puerta de la cueva y llegará hasta aquí. Solo ocurre ese día. Si ese rayo ilumina el estandarte, entonces me desencantas. Pero ten en cuenta que vas escuchar las músicas moras y los caballos corriendo que acabas de oír, y vas a volver a sentir la misma alegría. Si en ese instante miras atrás, buscando de donde viene esa música y esperando ver los caballos, me encantas para otro tanto tiempo. Acuérdate que no debes volver la vista atrás. ¿Lo harás?

–Juro por mi nombre que levantaré el estandarte y no volveré la cara.

–Dame la mano –Bernardo se la ofreció para sellar el pacto–.

El pastor había visto la fuerza de Bernardo y temía que el apretón de manos le estrujaría la mano como había hecho con la piedra.

–No, no te la doy –le dijo–, pero te doy mi palabra de honor que el día de San Juan por la mañana estaré aquí.

Llegó la mañana de San Juan y el pastor entró en la cueva. Agarró el estandarte con la mano y cuando vio que un fino rayo de sol entraba por la cueva, lo levantó y el estandarte quedó iluminado. Echó a correr para salir de la cueva.

De repente sintió tras de él el son de las músicas moras, el galope de cientos de caballos, una alegría que le embargaba. Atraído por una fuerza irresistible, no pudo evitar volver la cara para ver la maravilla que le perseguía. No le faltaban ni cuatro pasos para salir de la cueva, justo en ese momento el estandarte se le escapó de las manos, el silencio se apoderó de la cueva, solo una lejana voz, que parecía salir de las entrañas de la tierra, le recriminó:

–¡Ah, pastor! Me has dejado encantado para otro tanto tiempo. ¡Sed canina y hambre rabiosa te dé Dios!

Cuando el pastor salió de la cueva comenzó a sentir sed y hambre. Bajaba al río, bebía agua a ambuestas y no se le apagaba la sed. Una hora, dos horas, tres horas bebiendo como si nada. Aunque hubiera secado el río no se habría saciado. Mataba una vaca, se la comía entera y seguía teniendo hambre. Así que a los pocos días murió.

Y colorín colorado esta historia se ha acabado”.

Esta mañana he partido de Alfaro, una de las ciudades más antiguas del valle. Puntos habitados más o menos estables los ha habido desde hace muchos milenios, pero el convertirse en ciudad urbana es un paso que pocos han dado. El de Alfaro es algo especial, porque fue fundada por los romanos en el año 179 a.C. por el general Tiberio Sempronio Graco (el padre de los Graco tribunos de la plebe que acabaron siendo dos de los personajes más famosos de la república romana), en buena parte para asentar a sus soldados heridos en las guerras celtíberas. Como en el caso de Zaragoza se encuentra muy cerca de donde dos ríos importantes (el Aragón y el Alhama) afluyen al Ebro, es decir en un cruce de caminos.

Próxima está Calahorra. Son tierras con un importante componente sacro. Es el momento, pues, de hablar de la divinidad del Ebro.

Como es un tema en el que me siento muy profano, me voy a limitar a reproducir unos párrafos de uno de los escritores/periodstas que más ha escrito sobre el Ebro en…

LA LECTURA DEL DÍA

Simbolismo, identidad y mito del Ebro (1996), escrito por José Ramón Marcuello Calvín (1947)

«No parece haberse dado con excesivos elementos documentales o arqueológicos que permitan conocer el grado de veneración o de actitud religiosa y ritual de los hispanorromanos hacia el viejo e imprevisible Hiberus. Probablemente, el único elemento que permita atestiguar el carácter sagrado de nuestro río sea la placa hallada en el Baix Ebre y actualmente custodiada en el Museo Arqueológico de Tarragona. Domingo Manfredi, en su conocida Biografía del Ebro, asegura:

‘Una inscripción aparecida en excavaciones realizadas en Tarragona indica que el Ebro recibió en otros siglos culto y fue tenido por sagrado, y sus ninfas por divinidades’.

De esta opinión participa también, aunque quizás con algunas reservas, el ilustre profesor Antonio Beltrán, para el que:

‘El poeta Claudiano, que habla del «Dives Hiberus», no debía referirse a una posible riqueza aurífera de sus aguas, que sabemos nunca ha existido, sino, tal vez, a la divinización del caudaloso río, al que, en tal sentido, puede referirse una lápida de Tarragona, pedestal o dedicatoria al dios fluvial Flumen Hiberus'».

Huérfanos de otros muchos más elementos documentales acerca del carácter mitológico del Ebro para esta época, debemos adentrarnos ya en el territorio de lo legendario (con tan estrechos parentescos, por otra parte, con lo mitológico) para encontrar una segunda referencia explícita del Ebro. Se trata de la conocida como Leyenda de Trabs, recogida y referenciada por Julio César durante sus campañas contra Pompeyo en Hispania y que luego fue recogida y transcrita por Alfonso X el Sabio y contada en el peculiar castellano de su época. Dice así:

«El río Ebro, que estaba una vez yelado et un niño, que habie nombre Trabs, andaba trebejando por somo el yelo, et foradóse el yelo en un logar e fuese el niño al fondón. Pero travósele la cabeza en aquel forado e volviéronle las aguas el cuerpo tanto a cada parte que se le cortó la cabeza. E a cabo de muchos días, vino su madre a coger aqua en una orza muy grand et cogió y envuelta del agua la cabeza de su fijo et conoscióla et dixo: «Esto sólo parí pora las llamas, et lo al todo pora las aguas». Et esto dicie ella porque lo al (es decir, «lo otro») se perdió en las aguas et aquello que falló quemólo et alzó los polvos muy bien, segund que era costumbre de los gentiles de quemar los muertos et condensar los polvos».»

Recordemos que antaño no era tan raro que se helara el río.

Ya véis como poco a poco todas las entradas de este blog, a pesar de ser tan dispares, se van entrelazando firmemente. Para completar la obra quisiera añadir unos párrafos de una obra que se me antoja es de bastante actualidad. Así que aquí va una…

SEGUNDA LECTURA DEL DIA

Obras II, de Prudencio (348-410 aprox.)

No hay muchos escritores clásicos nacidos a orillas del Ebro. Dos de los más importantes eran de aquí cerca. Quintiliano era de Calahorra. De Prudencio se discute si era también de esa ciudad o de Zaragoza, ya que se reclamaba de ambas. Como estoy a medias, tengo excusa para traerlo a este blog.

Aurelius Prudentius Clemens llegó a ser un alto funcionario imperial, gobernador de dos provincias. A los cincuenta años decidio retirarse y volver a Hispania, recluyendose en un monasterio, en donde empezó a escribir poesía religiosa. Sabemos que hacia el año 404 volvió a visitar Calahorra. Quizás en estas tierras a orillas del Ebro, del que no se olvidaba, reflexionando sobre el papel del imperio romano, ya en franca decadencia, escribió las siguientes frases:

«Dios, queriendo unificar pueblos de lenguas discordantes y reinos de culturas diversas, decidió que se sometiera a un solo mando toda tierra de costumbres civilizadas y soportara los suaves lazos de un yugo concorde, para que el amor a la religión mantuviera unidos los corazones de los hombres; pues no hay unión digna de Cristo si un espíritu único no aúna los pueblos involucrados. Sólo la concordia conoce a Dios, sólo ella rinde culto, adecuado y calmo, al Padre benigno.

El muy pacífico acuerdo de la alianza humana gana su favor para el mundo, lo ahuyenta con la disidencia, lo irrita con las crueles armas, lo sustenta con el don de la paz, lo retiene con la sosegada piedad. En todas las tierras que envuelve el océano de occidente e ilumina Aurora con su rosado nacimiento, Belona (la diosa de la guerra) enloquecida embarullaba todo lo mortal y armaba manos fieras para mutuas heridas.

Con el fin de frenar esta furia Dios enseñó a las naciones de todos los confines a inclinar la cabeza bajo unas mismas leyes y a hacerse todos romanos, aquellos que baña el Rin y el Histro (nombre antiguo del Danubio), el aurífero Tajo y el gran Ebro, aquellos por cuyas tierras discurre el río cornudo de las Hespérides, aquellos a los que el Ganges alimenta y a los que bañan las siete bocas del tibio Nilo. Una ley común los hizo iguales, los enlazó en un mismo nombre y una vez sometidos les puso cadenas fraternas.

En regiones de toda procedencia se vive no de otra forma que si una ciudad patria encerrase con una única muralla a ciudadanos de un mismo nacimiento y estuviéramos todos unidos en torno al lar de nuestros mayores. Regiones distantes por su emplazamiento y costas separadas por el mar se encuentran, ya por una citación ante un tribunal único y común, ya en concurrida reunión para comerciar con sus productos, ya por casamiento para los trámites legales de una boda extranjera; pues con sangre mezclada se está tejiendo una única estirpe, con la participación alternativa de dos pueblos. Esto es lo que se ha conseguido con tan grandes éxitos y triunfos del poder romano.»

 

Actualmente, a 2 km de Milagro y 4 de Alfaro es donde se produce la confluencia del Ebro y el Aragón. Aunque varía según las épocas, puede decirse que cada uno aporta una cantidad parecida de agua al subsiguiente curso común.

Imaginemos que estamos en una nave justo delante de esa confluencia. No tenemos mapas ni gps. Estamos en el siglo IX. El «jarl» normando al frente de la expedición debe decir si tomar el curso de la derecha o el de la izquierda. Debe pensar que a río más caudaloso, mayor debe ser su cuenca y más ricas serán sus ciudades.

La confluencia del Ebro y el Aragón en 2019

Si lo vemos ahora, parece que la línea dominante es la del Aragón. Si lo viéramos hace solo cincuenta años, puede que tendiéramos más a tomar el de la izquierda.

la misma confluencia hacia 1970. El Ebro viene del oeste, el Aragón de norte a surHace cien años, el paisaje era más complicado. La corriente principal parecía la del Ebro, pero había surgido una gran isla. ¿Y hace mil doscientos cincuenta años?

Minutas cartográfias de 1927. En azul verdoso aparece el cauce de entonces. En amarillo claro tal como discurría en 1950.

Cuentan las crónicas que en aquella época los vikingos llegaron a Pamplona y secuestraron a su rey, por el que pidieron un buen rescate. Probablemente, como solian hacer en otros lugares, saquearon y capturaron jóvenes y niños para venderlos como esclavos.

La imagen actual de los vikingos, apegados a sus drakkars bajo un pesado casco con cuernos, nos los muestra como si tuvieran aversión a la tierra firme y solo supieran llegar a los sitios en barco. Por eso muchos han supuesto que, siguiendo esa lógica, para llegar a Pamplona debieron remontar el Ebro, luego optar en esta confluencia por el Aragón, para justo poco después meterse en otro afluente, este claramente mucho menor, el Arga.  Así tras más de 600 de remontar la corriente, solo a fuerza de brazos, llegaron a una pequeñísima población en la que reinaba desde hacía unos pocos años una dinastía autoproclamada.

Poco botín para tanto esfuerzo. Según esta historia debieron pasar meses de viaje por el río. ¿Les guiaban rumores de grandes riquezas? ¿Porqué en ese punto donde tuvieron que elegir entre el Ebro y el Aragón desdeñaron subir por aquel un poquito -solo 6 o 7 km- hasta la cercana Calahorra,  ciudad que en siglos anteriores había alcanzado mucha mayor fama que Pamplona? ¿Quizás les engañaron?

Aunque se ha escrito mucho sobre esto, parece poco probable que los vikingos hicieran tal aventura, máxime cuando no dejaron huellas de su paso por la marca musulmana del Ebro y la muy importante ciudad de Zaragoza, que en la práctica les bloqueaba el paso. Les resutaba mucho más fácil dejar por unos pocos días sus queridos barcos amarrados en el Cantábrico, quizás en Bayona, donde parece que se instalaron temporalmente. Desde allí las informaciones sobre el posible botín e, incluso, contar con la complicidad de enemigos del rey pamplonés, que pudieron ayudarles a hacer esa incursión. Si se les complicaba podían además tener refuerzos próximos…

Olvidémonos pues de ese drakkar amarrado a un soto ebreño, mientras la tripulación decide el rumbo a tomar.

Pero aprovechemos la ocasión para completar algunas cosas más sobre la navegación en este curso medio del Ebro.

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Desde el mar hasta Mequinenza hay 150 km con una pendiente media del río es de unos 40 centímetros por kilómetro, bastante más que en los tramos navegables del Rhin (30 cm) o el Danubio (menos de 20). La corriente se nota, pero la navegación en su contra es bastante factible.

De Mequinenza hasta Gelsa hay otros 150 km, pero la pendiente sube hasta casi los 60 centímetros por kilometro. Allí se encontraba un puerto romano. Luego de golpe se hace más inclinada hasta Zaragoza, desde donde de nuevo se hace otra vez relativamente suave hasta Alfaro (unos 50 cm por km). Esa pendiente significaba que la velocidad de la corriente era mayor y consiguientemente el esfuerzo para superarla.

Sin embargo hay muchos datos de navegación por esos tramos. Una interesante publicación es la que nos da pie a

LA LECTURA DEL DIA

Navegación por el Ebro (1399-1602), de Manuel Gómez de Valenzuela

De ls numerosos documentos aragoneses de los siglos XV y XVI que ha estudiado, dice que «se desprende la gran actividad comercial que se desarrolló a lo largo del río en los dos siglos que abarca. Se advierte la gran movilidad de la población. Los documentos se otorgaron en Zaragoza, en donde vemos que comparecen barqueros, mercaderes y vecinos de todas las poblaciones ribereñas y habitantes de unas localidades en otras también situadas sobre el Ebro, que constituyó un factor de unidad y relación entre las gentes de Navarra, Aragón y Cataluña con dos polos principales: Zaragoza y Tortosa y otros secundarios, como Tudela, Escatrón, Mallén y Mequinenza.

También se advierte la estrecha relación comercial en materia de fletes entre cristianos y mudéjares, luego moriscos. Todos contratan con todos en pie de igualdad, sin distinciones ni discriminaciones por causas religiosas. Los mudéjares aparecen especialmente activos en el segundo y tercer cuarto del siglo XV, no solamente los aragoneses, sino también los procedentes de la actual provincia de Tarragona, especialmente los de Miravet, Flix y Ribarroja.

La navegación por el Ebro tuvo dos aspectos: el de corta y el de larga distancia. El primero, muy activo, suplía las tradicionales carencias de la capital aragonesa: madera, leña y piedra, la primera para construcción, combustible industrial y doméstico, la segunda y tercera para fabricación de yeso y calcina e incluso para sillares de la obra del puente de Piedra. La de larga distancia permitió la exportación de lanas, trigos y otros productos a ciudades como Valencia, Barcelona e incluso Génova y Perpiñán.

Los mercaderes zaragozanos mostraron un gran interés por esta actividad, invirtiendo capitales en la compra, individual o en régimen de asociación, de barcas que transportaran sus productos. Y a ellos se unieron artesanos varios, que demuestran la frenética actividad de negocios de la ciudad a lo largo de los siglos objeto de estudio.

Los arráeces (patrones de las embarcaciones) cristianos y musulmanes fueron trabajadores muy activos, eran buenos conocedores del río y sus características físicas: crecidas y estiajes, puertos, cargas, fletes. Tengamos en cuenta que, además de los navíos, surcaban el Ebro almadías de troncos y maderos procedentes del Pirineo destinados a los astilleros (atarazanas) de la costa mediterránea, lo que proporcionaba un crecido tráfico al cauce fluvial.»

La vitalidad del comercio animaba a crear sociedades, como la que acordaron un mercader zaragozano llamado Gaubert de Bagat y tres vecinos tudelanos en 1435 para construir una barca, que uno de ellos navegaría transportando hierro navarro a Zaragoza. Tudela parece haber sido uno de los principales puntos de construcción de esas embarcaciones, mientras que Mallén destacaba como puerto de carga de los cereales y Zaragoza de la lana. Incluso había inversores genoveses en la capital aragonesa implicados en este comercio.

Los más interesados pueden encontrar esta publicacion aquí.

nota previa: he vuelto a dar un salto para esquivar otro brote de coronavirus. Hoy, en cuanto he llegado a Tudela he cogido un tren hasta Alfaro, donde espero descansar y recuperar parte de las historias perdidas. Alguno me dice que me extiendo demasiado. Habrá entradas más cortas, pero esta va a ser bastante larga, porque incluye varias historias que creo que son muy desconocidas, y que dan pie a alguna reflexión que me voy haciendo a lo largo de todo este camino. Vamos con ellas:

Hoy he pasado junto a Estercuel. Bueno, en realidad nadie sabe hoy en día dónde estuvo exactamente.

Estercuel era un vado y posiblemente un pequeño asentamiento humano en la orilla del Ebro. Cuando Tudela y su comarca fue conquistada en 1182 por los navarros era lo suficientemente grande como para contar con una mezquita. Pero esta historia se remonta a doscientos años antes, a un día de verano (un seis de julio) del 975 y probablemente estaba menos habitado. Su nombre se ha hecho «famoso» (aunque, ¿quién lo conoce?) por su vado sobre el Ebro.

Sabemos que Estercuel estaba próximo a Ribaforada, a una decena de kilometros al sur de Tudela, y se acabó integrando en su término. Pero del vado aún sabemos menos, solamente que aquel día se tiñó de rojo.

He estado mirando dónde podía encontrarse el dicho vado. Pero enseguida me he dado cuenta que era una tontería. En un milenio el río habrá cambiado innumerables veces de curso. En este mapa de hace 100 años se ve el curso que entonces tenía y los antiguos meandros que eran aún distinguibles. Pero mil años de riadas habrán provocado un vaivén bastante más complejo.

en azul oscuro el río Ebro entre Ribaforada y Fustiñana hacia 1925, en color claro las trazas de antiguos cursos aún visibles

Me he conformado con fotografiar alguno de los puntos en los que actualmente, en estiaje, quizás se pueda vadear el río, para tener una idea de cómo lucían en aquel tiempo.

un vado cerca de la actual Ribaforada

¿Qué ocurrió aquel 6 de julio? Los reyes y jefes cristianos se acuerdan para atacar la fortaleza musulmana de Gormaz, en Soria, situada a unos 150 km de camino del Ebro. Entre ellos estaba un grupo de pirenaicos del entonces reino de Pamplona y del condado de Aragón. Pero en Gormaz se encontraron con la feroz presencia de un destacado general, Galib. Hay que decir algo sobre este personaje, porque sitúa mejor la complejidad del pasado.

Aunque llegó a ser un destacado general y almirante conocido  غالب بن عبد الرحمن الناصري, en realidad era de origen eslavo y esclavo (que eran términos de un mismo origen). ¿un eslavo, lo que ahora seria un ruso o quizás un polaco o checo, combatiendo en Soria hace mil años para sus jefes cordobeses? En realidad no era extraño pues en el califato había miles de esclavos comprados, y muchos traídos a través de los Pirineos, con el fin de combatir.

Por otra parte, para defenderse del ataque cristiano, se había llamado también a las tropas de la marca de Zaragoza que estaban al mando de una dinastía de origen yemení. ¿Eslavos? ¿yemeníes? Por la parte cristiana el origen godo, es decir germano,  de los caballeros no se había aún disipado del todo. Cuesta imaginarlo desde nuestra generalmente miope visión de la historia.

Fracasados ante Gormaz la partida de caballeros pirenaicos se retiraba. El punto más difícil era el paso del Ebro El vado de Estercuel, a cierta distancia de la fortaleza musulmana de Al-Tutili (Tudela) parecía suficientemene seguro. Pero allí les emboscaron las tropas zaragozanas-yemeníes.

Cuentan las crónicas árabes que iban 500 caballeros, cifra seguramente muy exagerada, de los que 33 murieros en el combate y cerca de medio centenar cayeron prisineros. Sabemos incluso los nombres de algunos de esos caballeros que añadieron su sangre al caudal ebreño: García Salit, Fortún Mahones, Iñigo Galíndez…

 

Esta incursión en una época tan desconocida nos abre muchos interrogantes. Me hubiera gustado completar estas historias con las de ese largo periodo de casi mil años, desde la decadencia del imperio romano, del que apenas entrevemos algunas cosas. Siempre sabemos más de asuntos militares, como invasiones, sublevaciones, guerras civiles… pero apenas podemos encontrar datos de esos tiempos. Me hubiera gustado hablar de las rebeliones de los bagaudas, que tanta importancia parece tuvieron en el valle del Ebro en el siglo V, por ejemplo cuando atacaron Tarazna, al tiempo que los suevos -pueblo procedente del mar Báltico- lo hacian en Zaragoza.

Los numerosos enfrentamientos entre francos y visigodos, varios de los cuales se desarrollaron a orillas del Ebro, en Zaragoza. unos provenían del centro de Europa, otros de Escandinavia, pero se las apañaron para aumentar la sangre vertida este río tan lejano de sus raíces.

Nos es difícil imaginar cómo se vivían esos movimientos guerreros. Pero si dejamos pasar unos cuantos siglos podemos encontrar alguna descripción que en parte puede rememorar esa época, también con innumerables extranjeros de variado origen incluidos. Para ello hoy presentamos…

LA LECTURA DEL DIA

Las compañías Blancas (los malandrines) (1984), novela histórica de Tomás Salvador (1921-1984)

Corría el año 1366. Una guerra civil (otra más) asola Castilla y uno de los bandos, con apoyo del rey de Aragón, recurre a mercenarios europeos. Al frente de la partida se encuentra Bertrand du Guesclin, todo un personaje, a veces llamado el “aguila de Bretaña” o el “dogo negro de Broceliande”, apodos de tintes caballerescos, muy propios del momento.

Su pequeño ejército había entrado por Cataluña, y después de haber hecho una masacre en Barbastro por problemas de soldadas -pues eran mercenarios bien prometidos y mal pagados- , llegaron a Zaragoza el 20 de febrero de 1366. De alli Guesclin remontó el Ebro para conquistar los puntos fuertes fronterizos castellanos de Borja y Magallón, que tomaron por asalto. Atravesó la comarca navarra de Tudela, a cuyas puertas vivaqueó el 8 de marzo. De allí siguieron por Alfaro, donde se combatió, y por Calahorra hasta Logroño de donde se separaron del rio para dirigirse hacia Burgos por el camino de Santiago. El ritmo no era malo, porque tenían que negociar, amenazar o incluso combatir.

Tomás Salvador describe así a estos que llamaban los «malandrines»:

«El día ocho de marzo de 1366, las compañías que seguían la ruta natural del valle del Ebro, alcanzaron la ciudad de Tudela, perteneciente al rey de Navarra. Ya entonces el ejército de don Enrique (de Trastámara) era muy considerable. Se le habían unido sus hermanos don Tello y don Sancho, más los caballeros castellanos que siempre le habían acompañado, Gonzalo Mexia, y los aragoneses de siempre: el conde de Denia, los Luna, Boyl y varios más, que si despotricaban contra las Compañías, admiraban su eficacia«.

Estas «Compañías» estaban formadas por gentes procedentes de todos los rincones de Francia e Inglaterra y aun de otros lugares de Europa. Tomás Salvador describe como era la marcha de esta mesnada de varios miles de hombres y caballos, pasando por ciudades como Zaragoza o Tudela, que contaban con una población que no solía llegar a esas cifras.

Imaginemos a esta multitud de soldados mercenarios y aventureros atravesando la ribera tudelana. La noticia de su llegada debió provocar el terror. Claro que estaban curados de espanto, pues en los veinte años anteriores habían sufrido tres brotes de peste negra que habían diezmado la población. Las desgracias llegaban encadenadas.

Aquellas gentes vivían casi exclusivamente de productos km.0, cultivados sin químicos, sin más especies exóticas que las ovejas, olivos y viñas, sin plásticos contaminantes. Pero, tiritando de hambre y ahítos de frío, si hubieran sabido de nuestros pesares con el coronavirus lo hubiera tomado a broma. ¡Una peste que mata casi exclusivamente a los mayores de 60 años! ¡Si entre ellos apenas unos pocos llegaban a sobrevivir por encima de la cincuentena!

Las noticias de la crueldad y violencia de las Grandes Compañías era vox populi en media Europa, pero ahora llegaba el rumor del reciente asalto de Magallón. Por suerte en la ciudad de Tudela se acababan de levantar nuevas fortificaciones en las que refugiarse. Además, estas mesnadas estaban de paso, camino de Castilla, en donde sus contratantes, los Trastámara, querían arrebatar el reino a Don Pedro, y no necesitaban enemistarse gratuitamente con el rey navarro.

Este fragmento nos ayuda a imaginar como pudo ser la marcha a lo largo del camino del Ebro:

«Bertrand, incansable e insensible al frío y a la fatiga, permanecía en su silla la mayor parte de las horas. Le gustaba situarse sobre un altozano y desde allí ver pasar las vanguardias de exploración, los arqueros y sus peones, la sierpe coloreada y vistosa de los escuderos y caballeros, agrupados en unidades de cincuenta lances. El grupo de los caballeros de armadura pasaba en último término, cerrando la marcha otra compañía de marchas ligeras, cubriendo la retaguardia. Más lejos, a una legua de distancia, seguían el rastro de los compañones los caravaneros, la turbamulta de los que vivían de satisfacer los vicios y los instintos de los gajeros. Bertrand había prohibido que en marcha o campaña, la distancia entre la hueste y los vivanderos fuese menor. Lo que ya no podía prohibir era que por la noche fuesen los propios compañones los que acortaran distancias, buscando sus coimas o sus taberneros.

Aquella gente podía caminar por jornada, sin aparentar esfuerzo, diez leguas (más de 40 kilómetros). Al caer la tarde, en el lugar elegido por los exploradores, siempre una gran llanura, junto a un río cubriendo al menos un flanco, se levantaban las tiendas y era de ver la algarabía y la promiscuidad de tantos y tantos hombres y animales de combate. Las tiendas se extendían hasta perderse de vista, siguiendo siempre el estilo heredado de los romanos, con dos calles anchas, cardo y decumanus, cruzándose en el centro, el foro, donde se instalaba la tienda del jefe, salvo que Bertrand prefería un lugar más sencillo y menos aparente. (…)

Los caballeros franceses de Borbón, Beaujeu, Heinau, Hugues de Chalons, D’Audreham, ocuparon desde la primera acampada uno de los cuarteles trazados por el cardus y el decumanus; seguían considerándose caballeros y no deseaban fraternizar con los ‘routiers’ (soldados libres de cualquier señorío que se alquilaban al mejor postor; eran los ‘compañones’ de las ‘grandes compagnies’ o ‘free companies’). A su lado los caballeros ingleses: Gourtney, Auberchicourt, Briquet, Perducas de Lebrech. Hugo de Calverly, al que no le gustaba separarse de sus arqueros y que tenía la hueste más numerosa, le placía acampar con ellos, ocupando el tercer cuartel. Y el último era para los gascones y franceses, propiamente compañones, sin banderas, ni prejuicios, que normalmente ni levantaban tiendas, durmiendo sobre el suelo, arropados en sus mantas después de haberse emborrachado«

Había pensado en vivaquear alguna de estas noches cerca del río.  ¿Habría coincidido con alguno de esos campamentos? Me entra un ligero temblor de solo pensarlo. Y constato mi inadaptación: me siento irrealmente orgulloso de caminar 25 o 30 kilómetros con buen calzado y equipaje ligero, lo que no era más que un suave paseo para aquellos antepasados nuestros.

En la zona central del valle del Ebro el Moncayo se hace omnipresente. Si sus más de 2300 metros ya destacan sobre la meseta castellana que se alza hasta los mil metros, cuanto más lo hace al observarlo desde el fondo del valle a unos 250.

Hoy la jornada me ha acercado a la zona en la que río y montaña se encuentran más próximos, unos cuarenta kilómetros. Pero me viene acompañando desde el sur de Zaragoza, y aún lo hará varias jornadas más.

Aunque mi idea era tratar temas muy directamente relacionados con el Ebro, creo que se ha merecido un hueco en este blog.  Por un lado porque estos días pasados ha sido un buen compañero porque ha mandado ráfagas y ráfagas de cierzo, que es como una brisa bien viviente de este extinto mar del terciario. Ha sido  más fresca y constante que la brisa marina que me acompaño en el delta… hasta que hoy se ha detenido y el calor se ha hecho menos soportable.

Alcalá de Ebro con el Moncayo al fondo

Pero sobre todo por su silueta, uno de los pocos hitos del paisaje visual que es más presente que su viento.

Cuando te desplazas, el Moncayo tiene un perfil cambiante. Desde aquí, desde el sudeste es una cordillera corta y creciente que llega hasta donde las nubes encuentran un aire de reposo en su marcha. Desde Navarra y la Rioja parece un hombretón, un poco gordo y fofo, como pastor somnoliento vigilando su rebaño de meandros ebreños. Pero para las orientales tierras sorianas, imagen que esta vez se me escapará, le gusta mostrarse estlizado y brillante. Se suele fujiyamizar cuando se cubre de nieves y se disfraza de falso volcán de líneas claras.  En fin, le mires de donde lo mires es una buena compañía.

¡Ay! Me ha salido una descripción, cuando prometía una historia. Pero haberla hayla.

Tenemos que remontarnos al 18 de julio de 1860. Desde unas semanas antes unos trabajadores han estado abriendo una senda hasta la cumbre desde el Santuario-hospedería, situado setecientos metros más abajo. No es que entonces fuera sencillo llegar hasta ese lugar, pero al menos podía hacerlo una reata de mulas.

Y era cierto que  en vísperas de aquella fecha varias expediciones se allegaron a ese campamento base, para aclimatarse y poder hacer el último tramo la tarde del 17. Había personas distinguidas y bultos extraños. Extravagantes profesores extranjeros, militares y funcionarios españoles, universitarios, arrieros… Debían ser varias decenas. Buen número de cajas de madera protegían delicados instrumentos de nombres extraños para las gentes del lugar, como telescopios, anteojos, cámaras fotográficas, cronómetros… y otros que aún a nosotros nos llaman la atención, como el buscador de Fraunhofer o el planeta intra-mercurial de Lescarbault.

Se trataba de la comisión astronómica creada por el ministerio de Fomento, de común acuerdo con los observatorios de Madrid y París, para observar el eclipse solar de esa noche. El grueso de los cientifics era francés. Pero entre ellos había un coronel suizo, un astrónomo egipcio y varios alemanes.

La ciencia francesa era con la inglesa la predominante en el momento. El relator español lo explica de manera que quizás ahora resulte un tanto sorprendente: «Francia, entusiasta de todo lo grande y bello, y centro hoy dia como desde hace largo tiempo de un movimiento científico admirable, no consentirá impasible que otros países recojan laureles mas lozanos que ella en la contienda futura; y los aprestos que en el Observatorio de París se hacen, y la habilidad de sus célebres y sabios astrónomos, de cuya visita se honrará el Moncayo, responden de que la lucha será empeñada y no fácil la victoria para los rivales del vecino imperio. Esto suponiendo que en el imperio mucho más dilatado de la verdadera ciencia cupieran rivalidades ni miserias de ningún género«.

En cuanto a los alemanes, eran no menos prestigiosos, pero provenían de un país no unificado aún. Venían los directores de los obserbatorios de Leipzig (Sajonia) y Munich (Baviera), aunque no se descartaba que viniera «algún otro astrónomo o físico de la culta cuanto modesta Alemania«.

Entre los españoles hay un personaje del que quisiera que retuviérais el nombre, porque acabará cerrando tragicamente esta historia. Se trata de Celestino Olózaga, riojano de Arnedo, de diecisiete años. Era un estudiante de ingeniería de caminos, cuyo mejor título para participar de esta expedición, además de la cercanía entre Arnedo y el Moncayo, era probablemente que era hijo de exministro y sobrino de un expresidente de gobierno.

Hubo una mayor relación entre el Ebro y el ecplise. La zona de observación del eclipse entraba por Asturias y seguía el curso del río hasta salir por Castellón:

Era una de las primeras veces en que los cientificos podrían aprovechar las ventajas del progreso: nuevo instrumental que podía ser llevado en barcos de vapor y ferrocarriles, comunicaciones telegráficas…La posibilidad de observarlo desde un país próximo despertó un gran interés en Europa. Los astrónomos italianos, suizos y franceses del sur se desplazaron a Castellón.

imagen del observatoio de campo levantado por los astrónomos inglesas en Ribavellosa (Alava)

Dos expediciones inglesas fletaron sendos barcos y se dirigieron a Santander y Bilbao. Aprovechando sus contactos con los ingenieros de su país que estaban construyendo y gestionando la nueva linea férrea Bilbao-Miranda, se distribuyeron en los puntos más apropiados. A los ingleses se unieron tres expediciones rusas, así como «una multitud de ricos aficionados que emplean los dones de la fortuna y sus ratos de ocio en estudiar el curso de los astros«.

 

 

Era la primera vez que se fotografiaba un eclipse total de sol. La expedición italiana y una de las inglesas consiguieron hacer estas instantáneas:

 

fotografía tomada por Secchi en el Desierto de Las Palmas en Castellón

fotografía de De la rue desde Ribavellosa

 

imagen artística del eclipse de 1860 desde Tarragona

Hubo fiestas, aprovechando el día de Santiago y encuentros con discursos varios. Luego volvieron a sus hogares y laboratorios.

Pero, ¿qué pasó con el joven Celestino?

Unos años más tarde en 1869, habiéndose graduado como ingeniero, siguiendo la tradición familiar, prefirió deicarse a la politica, antes que a los rieles y los puentes. Entonces la vía para hacerlo no era la de los partidos, sin directamente en las instituciones. Fue nombrado secretario del Congreso.

Celestino Olózaga

Tal como lo cuenta el periodista Marcelino Izquierdo, era «sin duda, la gran esperanza del Partido Progresista, cuyos líderes eran, además del citado Salustiano (su tío, el expresidente), Juan Prim y el también riojano Práxedes Mateo Sagasta. Sin embargo, el lado más salvaje del Romanticismo se cruzó en su camino de manera fatal.

Había acudido el joven diputado Celestino Olózaga al Teatro Español, en la madrileña plaza de Santa Ana, cuando por una disputa de galanteo cruzó ciertas palabras con el americano Conde de Jara. Intentaron varios de los presentes templar gaitas, pero la trifulca fue subiendo de tono hasta alcanzar insultos algo más que gruesos como para dejarlos pasar por alto. El honor era el honor. Ambos se citaron en duelo a sable con punta el 17 de marzo de 1869.

Trataron de convencer a Celestino de lo descabellado del desafío, sobre todo porque el Conde de Jara era todo un experto en el arte de la esgrima y duelista profesional. Pero no hubo manera de disuadir al secretario del Congreso. El también parlamentario Jacinto Anglada se ofreció como padrino, sin que la familia Olózaga nada supiera del desatino.

Nada más arrancar el combate, atacó el joven Celestino con tal violencia que, tropezando con el terreno, se abalanzó desbocado contra su rival. Con la frialdad que da la experiencia, el aristócrata sólo tuvo que presentar la punta, que atravesó de lado a lado el cuerpo del desdichado Olózaga. Así de gráfico era el escritor Benito Pérez Galdós en su novela ‘España sin rey’, de los ‘Episodios Nacionales’: «(…) el caso de Celestino Olózaga, que por acometer airada y ciegamente se clavó en el sable de su contrario».

(…) La conmoción y el duelo inundó La Rioja, donde la luctuosa noticia tuvo gran repercusión, así como en el resto de España y en periódicos de todo el mundo. La más altas autoridades del Estado acudieron al sepelio y posterior cortejo fúnebre el joven Celestino, que recorrió las principales calles de Madrid hasta el cementerio de San Isidro.

La escritora Concepción Arenal publicó un sentido obituario sobre su amigo: «¿Quién no llora al ver apagarse, cuando apenas había empezado a brillar tu privilegiada inteligencia? ¿Quién no llora al pensar en tu desventurado padre?»

La técnica moderna, los duelos anacrónicos, la presecia extranjera y el interés por la ciencia. Todo juntito. No es fácil entender una época sin verlo en conjunto. Como no es posible entender al Moncayo sin observarlo por los cuatro costados.

Barataria es el escenario de varios capítulos del Quijote. Es una ínsula (ahora le llamaríamos mejana) en la que Sancho es nombrado gobernador. Claramente se sitúa en el Ebro. Algunos se han atrevido a situarla exactamente en Alcalá de Ebro, aunque evidentemente la imaginación de Cervantes podría plasmarse en otras muchas zonas de estos tramos que he recorrido ayer y hoy.

Cuando sobre la ínsula Barataria soplaba el cierzo, sus habitantes podrían mirar hacia el Moncayo, esperando que amainara. Seguro que el frío que traía se colaba entre las rendijas de las casas de antaño. Pero no había riesgo de que se llevara las tejas y chimeneas. Un huracán era cosa mucho más seria.

En 1779 un huracán casi destruyó la población de Barataria. Al año siguiente otro acabó la tarea de expulsar a los habitantes que se empeñaban en sobrevivir en esta ínsula en el cauce del gran río. Pero esta Barataria no se encontraba en el Ebro, sino en el Mississipi. Se trataba de una población recién creada aquel mismo año, en una especie de jumelage isleño-fluvial, por Bernardo de Gálvez, gobernador español de la Luisiana. La población, situada unos 25 km al sur de Nueva Orleans, fue reconstruida más tarde y aún subsiste. Aún hay otra Barataria en tierras de huracanes, en Trinidad y Tobago, pero esta no tiene calidad insular.

¿Conoció Bernardo de Gálvez la Barataria del Ebro? Sabemos que tuvo que atravesar varias veces el Ebro, pues de joven se alistó como oficial en un regimiento francés, conformado por reclutas bearneses y vascofranceses que, tocados con una llamativa boina de color azul cielo, acabó luchando junto con los españoles en Portugal. ¡Qué poco conocemos de las revueltas y recovecos de nuestra historia!

Pero la ínsula Barataria, tan bien comunicada en las rutas literarias de nuestra época clásica, queda lejos de los caminos del desplazamiento físico. Seguramente Gálvez era consciente de la quijotada que suponía crear una población en sitio tan duro, donde no sólo el viento se lo ponía difícil, sino también las inundaciones, las marismas, caimanes…

Gálvez volvió a España y no es de descartar que se renovaran los recuerdos quijotescos, pues se implicó en otra acción que recuerda lo que padecieron el Quijano y Sancho a orillas del Ebro. A estos les hicieron sentir un vuelo… Gálvez se dedicó, a orillas de otro pequeño-gran río, el Manzanares, a experimentar con globos aerostáticos.

Volvamos a Cervantes. El Ebro aparece de refilón en el Quijote, pero no podemos dejar de citar fragmentos. He elegido uno que muestra cómo la observación del río, aún de curso sosegado, invita a la aventura y que además confirma que no solo en la Mancha hay molinos:

LA LECTURA DEL DIA

El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (segunda parte, 1615), de Miguel de Cervantes (1547-1616)

«De la famosa aventura del barco encantado

Por sus pasos contados y por contar, dos días después que salieron de la alameda llegaron don Quijote y Sancho al río Ebro, y el verle fue de gran gusto a don Quijote, porque contempló y miró en él la amenidad de sus riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó en su memoria mil amorosos pensamientos. (…)

Yendo, pues, de esta manera, se le ofreció a la vista un pequeño barco sin remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco de un árbol que en la ribera estaba. Miró don Quijote a todas partes, y no vio persona alguna; y luego sin más ni más se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que lo mismo hiciese del rucio y que a entrambas bestias las atase muy bien juntas al tronco de un álamo o sauce que allí estaba. Preguntole Sancho la causa de aquel súbito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondió don Quijote:

—Has de saber, Sancho, que este barco que aquí está, derechamente y sin poder ser otra cosa en contrario, me está llamando y convidando a que entre en él y vaya en él a dar socorro a algún caballero o a otra necesitada y principal persona que debe de estar puesta en alguna grande cuita. Porque éste es estilo de los libros de las historias caballerescas y de los encantadores que en ellas se entremeten y platican: cuando algún caballero está puesto en algún trabajo que no puede ser librado de él sino por la mano de otro caballero, puesto que estén distantes el uno del otro dos o tres mil leguas, y aún más, o le arrebatan en una nube o le deparan un barco donde se entre, y en menos de un abrir y cerrar de ojos le llevan, o por los aires o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda. Así que, ¡oh Sancho!, este barco está puesto aquí para el mismo efecto, y esto es tan verdad como es ahora de día; y antes que éste se pase, ata juntos al rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios que nos guíe, que no dejaré de embarcarme, aunque me lo pidiesen frailes descalzos.

(…)

Ya están atados -replicó Sancho-. ¿Qué hemos de hacer ahora?

¿Qué? -respondió don Quijote-. Santiguarnos y levar ferro, quiero decir embarcarnos y cortar la amarra con que este barco está atado.

Y dando un salto en él, siguiéndolo Sancho, cortó el cordel, y el barco se fue apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos varas dentro del río, comenzó a temblar, temiendo su perdición, pero ninguna cosa le dio más pena que el oír roznar al rucio y el ver que Rocinante pugnaba por desatarse (…).

Y en esto comenzó a llorar tan amargamente, que don Quijote, mohíno y colérico, le dijo:

¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una tabla, como un archiduque, por el sosegado curso de este agradable río, de donde en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido y caminado por lo menos setecientas o ochocientas leguas; y si yo tuviera aquí un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera las que hemos caminado: aunque o yo sé poco o ya hemos pasado o pasaremos presto por la línea equinoccial, que divide y corta los dos contrapuestos polos en igual distancia.

(…)

Sabrás, Sancho, que los españoles, y los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Occidentales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinoccial que te he dicho es que a todos los que van en el navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel lo hallarán, aunque den su peso en oro; y así, puedes, Sancho, pasar una mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos de esta duda, y si no, pasado habemos.

Yo no creo nada de eso -respondió Sancho-, pero, con todo, haré lo que vuesa merced me manda, aunque no sé para qué hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están las alimañas dos varas, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los deja,os; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga.

Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho, y no te cures de otra, que tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodiacos, eclípticas, polos, solsticios, equinoccios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o parte de ellas, vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de signos visto y qué de imágenes hemos dejado atrás y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir que te tientes y pesques, que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego de papel liso y blanco.

Tentose Sancho, y llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda, alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo:

O la experiencia es falsa o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con muchas leguas.

Pues ¿qué -preguntó don Quijote-, has topado algo?

¡Y aun algos! -respondió Sancho.

Y, sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido, sino el mismo curso del agua, blando entonces y suave.

En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban, y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:

Ilustración de Pahissa II (1897)

¿Ves? Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe estar algún caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aquí traído.

¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor? -dijo Sancho-. ¿No echa de ver que aquéllas son aceñas que están en el río, donde se muele el trigo?

Calla, Sancho -dijo don Quijote-, que aunque parecen aceñas no lo son, y ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos. No quiero decir que las mudan de uno en otro ser realmente, sino que lo parece (…).

En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a caminar no tan lentamente como hasta allí. Los molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río, y que se iba a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza muchos de ellos con varas largas a detenerle; y como salían enharinados y cubiertos los rostros y los vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces grandes, diciendo:

¡Demonios de hombres!, ¿dónde vais? ¿Venía desesperados, que queréis ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?

¿No te dije yo, Sancho -dijo a esta sazón don Quijote-, que habíamos llegado donde he de mostrar a dó llega el valor de mi brazo? Mira qué de malandrines y follones me salen al encuentro, mira cuántos vestiglos se me oponen, mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos…. Pues ¡ahora lo veréis, bellacos!

Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenzó a amenazar a los molineros, diciéndoles:

Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío a la persona que en esa vuestra fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado «el Caballero de los Leones» por otro nombre, a quién está reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.

Y diciendo esto echó mano a su espada y comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros, los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas.

Los molineros sacan al Quijote y Sancho del Ebro. Ilustración de Edoardo Perino (1888)

Púsose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan manifiesto peligro, como lo hizo por la industria y presteza de los molineros, que oponiéndose con sus palos al barco le detuvieron, pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al través en el agua; pero vínole bien a don Quijote, que sabía nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo dos veces, y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los sacaron como en peso a entrambos, allí había sido Troya para los dos«.

 

(edición del bicentenario de la RAE, con alguna corrección propia)

Si a alguien le extraña que hubiera «aceñas» (molinos) en mitad del río, que espera a una próxima entrada….

NOTA PROVISIONAL: se me acumula el trabajo y el cansancio. No llego a cubrir los huecos que voy dejando. Voy a cambiar de táctica: intentaré poner todos los días la entrada correspondiente a la etapa que he caminado y cuando tenga un día de descanso completaré los que me faltan. De todas formas tener en cuenta que los atrasados saldrán en el orden correspondente, es decir el 12 despues del 11…, y no en el de inclusión en el blog.

Espero que no os asuste el título. Para endulzar la entrada os voy a contar lo que me ha pasado al llegar a este pueblo de Cabañas de Ebro.

Resulta que aquí se halla la principal fábrica de una conocida marca: Zara.

Es una marca que me trae recuerdos infantiles, aunque no he dejado de usarla desde hace medio siglo. Antes de ver el cartelón con su logo en las naves, me he percatado por el olor. ¿Por el olor?

Bueno aún sin olfatearlo seguramente sabréis distinguir los logotipos con sus letras entrelazadas:

¿Lo pilláis? El que huele a infancia es el de la izquierda:

El regaliz era un producto de cierta importancia que se recolectaba en los sotos del Ebro. Yo todavía recuerdo haber arrancado la planta para mordisquear sus raíces en un soto de Lodosa hace medio siglo. Es lo que tienen sabores y olores, que se graban en la memoria.

Pero la extraña historia de hoy es no de hace 50 años, sino de 500.

Os presento a los protagonistas. Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas, pasó por este camino del Ebro en 1522. Estaba en la treintena y el año anterior se había llevado un buen susto cuando, defendiendo como buen guipuzcoano los intereses de su señor el soberano de Castilla, fue herido por una bala de cañón que, dicen, le pasó entre las piernas («le acertó a él una bombarda en una pierna, quebrándosela toda; y porque la pelota pasó por entrambas las piernas, también la otra fue mal herida«). Esto ocurrió en el castillo de Pamplona, asediado por las tropas franco-navarras del rey legítimo de Navarra.

El otro era un moro, denominacion que en la época no era despectiva.  Podís ser cualquiera de los musulmanes que vivian en estas comarcas, dedicados a la granjería y el regadío, y que constituían una de las principales riquezas de la región.

Ambos estaban a punto de cambiar de vida. Al moro porque solo cuatro años más tarde se vería obligado a transformarse de mudéjar (practicante musulmán en la sociedad cristiana) en morisco (converso obligadamente).  Ignacio, todavía estaba acostumbrado a la vida mundana: reconocia que estaba colgado de las «series» de la época, es decir de los libros de caballerías. Tomar nota porque en próximas etapas vamos a vivir algunas de estas gestas caballerescas… Pero había iniciado este viaje para abandonar todo eso. Doce años más tarde, con media docena de colegas universitarios fundaría la Compañía de Jesús, los jesuitas.

Ambos iban por el camino real cabalgando en sendos mulos. Ignacio debía ir pensativo; el moro llevaba alguna prisa. Pero no tanta como para entablar conversación cuando le alcanzó.  No sabemos dónde ocurrió exactamente. Por las indicaciones, ese pueblo fuera del camino real,  pero muy próximo, puede encajar perfectamente con Cabañas de Ebro.

Ya tenéis los personajes y la escenografía. Ya es hora de…

LA LECTURA DEL DIA

Autobiografía de Ignacio de Loyola, según el texto recogido (1553) por Luis Gonçalves da Camara.

«Pues yendo por su camino le alcanzó un moro, caballero en su mulo; y yendo hablando los dos, vinieron a hablar en nuestra Señora; y el moro decía, que bien le parecía a él la Virgen haber concebido sin hombre; mas el parir, quedando virgen, no lo podía creer, dando para esto las causas naturales que a él se le ofrecían. La cual opinión, por muchas razones que le dio el peregrino, no pudo deshacer.»

A quien le pueda parecer estrambótica esta conversación sobre la virgen entre un moro y un cristiano le convendrá saber que Maryam, como denominan en árabea la madre de Jesús, tiene un papel importante en el Islam. Es la única mujer que aparece nombrada en el Corán, y no una o dos veces, sino setenta, y tiene casi tanta relevancia como su hijo. Era un tema común entre ambas religiones, aunque con ideas diferentes.

No debían ser los modales de Ignacio los de un polemizador universitario, sino los de un soldado convaleciente, educado en los sermones de los curas rurales. Sea porque el tono empezó a asustar al moro, sea porque realmente tenía mas prisa que ganas de debatir con aquel joven, procuró calladamente poner distancia de por medio:

«Y así el moro se adelantó con tanta priesa, que le perdió de vista, quedando pensando en lo que había pasado con el moro. Y en esto le vinieron unas mociones, que hacían en su ánima descontentamiento, pareciéndole que no había hecho su deber, y también le causan indignación contra el moro, pareciéndole que había hecho mal en consentir que un moro dijese tales cosas de nuestra Señora, y que era obligado volver por su honra. Y así le venían deseos de ir a buscar el moro y darle de puñaladas por lo que había dicho; y perseverando mucho en el combate destos deseos, a la fin quedó dubio, sin saber lo que era obligado a hacer. El moro, que se había adelantado, le había dicho que se iba a un lugar, que estaba un poco adelante en su mismo camino, muy junto del camino real, mas no que pasase el camino real por el lugar.

Y así después de cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa cierta a que se determinase, se determinó en esto, scilicet (es decir), de dejar ir a la mula con la rienda suelta hasta al lugardonde se dividían los caminos; y que si la mula fuese por el camino de la villa, él buscaría el moro y le daría de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar. Y haciéndolo así como pensó, quiso nuestro Señor que, aunque la villa estaba poco más de treinta o cuarenta pasos, y el camino que a ella iba era muy ancho y muy bueno, la mula tomó el camino real, y dejó el de la villa.»

En esta reacción vemos aún ese espíritu de los libros de caballerías y un pronto que Don Quijote, próximo invitado estelar en este blog, aún culpando también al destino hubiera tratado de otra manera. Seguramente Sancho habría resaltado que la mula era más inteligente y razonable que Ignacio.

Como véis todas estas historias se van entrelazando. Seguramente reaparecerán caballeros, enfrentamientos civiles, seguramente surgirá en algún recodo el Corán… Entretanto imaginemos que Ignacio y el moro, cada uno por su lado, apreovecharon el primer soto que encontraron para arrancar un regaliz y llevárselo a la boca para olvidar las penas.

 

 

 

 

 

Isaac Moreno Gallo es un estudioso de los caminos romanos en el valle del Ebro. En 2005 publicó un artículo que hace una curiosa reflexión que quiero compartir y ampliar aquí.

Buscando el trazado de la vía romana que ascendía desde Zaragoza hacia Alagón, por la zona que hoy he tenido que atravesar, le llamó la atención el hecho de que, como el mismo decía, que “parecía que se lo había tragado la tierra”, y añade sorprendentemente que “exactamente eso es lo que pasó”.

Su hipótesis es que largos tramos de esos caminos desaparecieron con los cambios del curso del río, ya que el crecimiento de los meandros llevaba a grandes modificaciones del terreno haciendo desaparecer a la calzada romana.

Dice Moreno que a ese fenómeno fluvial se “atreve a llamarlo el Delta Interior del Ebro, a pesar de que su forma no sea precisamente la de la letra griega”.

En realidad existe una definición geográfica para “delta interior”, que no se acomoda exactamente con lo que sorprendió al historiador. Pero tampoco es muy alejada. Se trata del caso cuando un río, llegado a una zona especialmente llana, se divide en muchas ramas, que más adelante vuelven a juntarse en un cauce único.

En la vida de un meandro, cuando se corta, se crean ramas temporales, que acaban dejando cauces secos, llamados galachos o madres. Es una ramificación simple, pero si observamos la acumulación de meandros y galachos en el tiempo el resultado es muy parecido.

En la wiki hay una foto bastante representativa de este fenómeno en un río salvaje:

Meandros activos y secos del río Yakhayydakha, en la península de Yamal (Rusia). Autor: katorisi, licencia Creative Commons

El fenómeno de los meandros y galachos, especialmente entre Tudela y Gelsa, a lo largo de más de 100 km, con su juego de aperturas y cierres, se ha repetido a lo ancho de la terraza más baja, con una anchura de unos 4 o 5 km, una y otra vez lo largo de los dos últimos milenios. Aguas abajo, el río ha ido excavando su cruce entre montes y colinas, y los meandros, aunque activos y de formás más acusadas, han sido más permanentes.

Es ese territorio al que el historiador denomina con cierta lógica “el delta interior”.

El origen es parecido al del clásico delta de las desembocaduras.En estos el río casi no tiene pendiente. La fuerza de sus aguas ya ha hecho todo el trabajo posible de excavar su cauce y se ha igualado al nivel del mar.

El perfil en este tramo el Ebro es bastante llano (hay cien metros de desnivel en cien kilómetros en línea recta, es decir una pendiente de un 0,1%, pero si tenemos en cuenta que las revueltas hacen que el río recorra una distancia doble, la pendiente es de sólo 0,05% en ese tramo). El río se toma su curso con pereza, abandona en el fondo los limos que lleva de tal forma que se estorba a sí mismo, y las aguas que vendrán en riadas sucesivas intentarán abrirse nuevos caminos. Una y otra vez.

Mapa de fines del siglo XVIII en el que se pueden ver algunos antiguos meandros, entre Gallur y Alcalá de Ebro

La razón de ese frenazo de las aguas es diferente al de los deltas clásicos. Al llegar al mar las aguas fluviales no son capaces de excavar más el fondo de su cauce y se frenan. Si además llevan muchos sólidos y los depositan en la zona costera, ese fenómeno se refuerza. En los “deltas interiores” el frenazo es producido porque en esa labor de arado, las corrientes se encuentran con un sustrato rocoso más duro que les cuesta más erosionar. En estos terrenos más duros no son capaces de preparar una amplia terraza de varios kilómetros en la cual jugar a su deporte favorito, el de excavar buscando atajos de mayor pendiente por la cual deslizarse. Siguen excavando, pero no recortaran los meandros más que con el paso de milenios, no de decenios o siglos como les pasa en aquel “delta interior”. El río va como hundido, con unas pequeñas terrazas que no le dejan jugar a aquel deporte. El fenómeno es el mismo, pero el juego se desarrolla en un caso en un plazo que la memoria humana puede observar, mientras que en el siguiente tramo es cosa de muchos, muchos años más.

Estos meandros se encuentran entre Velilla y Sástago. No se abren camino en una amplia llanura de inundación, sino que están encajonados entre colinas. Cambian muy lentamente

Un elemento que acelera este fenómeno en las zonas más llanas es el de la erosión en las montañas de cabecera de la cuenca. Un aumento de los sólidos transportados por el río, incrementa el depósito y fuerza la salida del río de su cauce.

Moreno nos proporcion algunos datos más:

La primera gran afección a los caminos del valle del Ebro por este fenómeno podemos datarla con relativa aproximación en plena edad media. Es éste un momento, en que el propio Delta del Ebro se encuentra ya en un proceso de crecimiento imparable hasta nuestros días. Las deforestaciones de la cuenca hidrográfica, comenzadas a gran escala en época romana, junto con la naturaleza del terreno en grandes extensiones, como el área de lo que hoy se conoce como Bárdenas Reales, favorecieron enormemente el transporte de cantidades ingentes de tierras“.

En la documentación medieval Quinto deja de ser nombrado en el siglo XIV, consecuencia directa de los fenómenos narrados cuando la población queda envuelta por un gran meandro. La aparición de este meandro, cortó en dos puntos el camino romano y dejó a la población de Quinto en la margen izquierda. Impresionante suceso que sin duda motivó directamente la desaparición de la población, al quedar así incomunicada. Este meandro del río puede observarse ya recolonizado por la agricultura en la fotografía aérea del llamado vuelo americano de 1956. De su magnitud nos da idea el hecho de que corta incluso la traza del actual ferrocarril. La primera carretera construida en esta zona del mundo, la romana, quedó así desmantelada definitivamente«.

El «Quinto» al que se refiere no es el actual «Quinto de Ebro», situado al sur de Zaragoza, sino otro Quinto, ya olvidado o conocido como «Quintillo», a cinco millas por la vía romana de Cesaraugusta hacia al noroeste. He señalado en puntos azules el límite del término y la acequia que posiblemente van por un antiguo meandro. Tal parece que este pueblo estuvo en la margen derecha en la época romana, luego «pasó» a la izquierda, y de nuevo volvió a la derecha… por ahora.

«Hasta Alagón podemos decir que el camino romano ha desaparecido por completo, unas veces seccionado por los cambios en planta del Ebro, otras literalmente enterrado por los grandes procesos sedimentarios. Suponiendo que quedase algo de la infraestructura del firme del camino romano sin destruir por la hidrodinámica fluvial en esta zona, esta debe de encontrarse en torno a dos metros bajo el sedimento de limo».

(…)

«Sin duda, los romanos, que contaban con excelentes ingenieros, trazaron la vía fuera de todo riesgo de inundación, pero sus conocimientos no eran los suficientes para prever las consecuencias a medio y largo plazo de la acción humana sobre el territorio de la cuenca fluvial”.

¿Reconocéis esta ciudad? No es fácil. Apenas hay edificios que un buen conocedor pueda encontrar. además. ¡ese extraño puento roto! Pero, sabiendo que tratamos del Ebro, no hay muchas opciones. Aunque le cueste a nuestros ojos, se trata de Zaragoza según cuadro de mediados del XVII:

Vista de Zaragoza, de Juan Baurista Martínez del Mazo, 1647. Museo del Prado.

Quería escribir una entrada sobre los puentes romanos del Ebro. Cada vez que pasaba por alguna población que conserva algún puente de piedra me han solido hablar de «su puente romano». Sabía que en la mayor parte de los casos esos puentes no son romanos, sino medievales. Confiaba en el de Zaragoza, pues durante el imperio era ya una gran ciudad y nudo de comunicaciones. Nunca pensé que aquí tampoco es romano, aunque las fuentes oficiales, de forma confusa, lo quieran dar a entender (por ejemplo el sitio web municipal de turismo).

De este puente, el del cuadro, que reconstruido una y otra vez es el que vemos hoy en día, se sabe cuándo, por quién y cómo se construyó. Empezaron en el año 1401 y tardaron cuarenta años en acabarlo. Parece que las obras de este entorno tienen fama de interminables…  Creo que en este caso bien pudieran estar justificadas por las dificultades que se intuyen en la construcción, especialmente en la cimentación.

Se sabe que hubo puente romano. Poco sabemos de esa época. Algunas informaciones dicen que fue destruido a principios del siglo IX y luego reconstruido por Abderramán II en el 839. Debió ser poco respetado por las riadas, pues se dice que en siglo XII se intentó levantarlo de nuevo. El actual, quizás sea el cuarto o quinto de la historia y tiene poco de romano, salvo quizás de los cimientos, ya que por la estructura urbana de la colonia romana se presume que siempre ha estado en el mismo lugar.

En el cuadro de arriba se puede observar un segundo puente, sito aguas abajo, donde ahora está el «puente de hierro» (construido a fines del XIX). Parece ser provisional, pues cuenta con un tablero de madera.

Son las dificultades de la construcción los que han hecho del puente de piedra un puente fenomenal. aunque no sea romano.

En las siguientes fotos centenarias se pueden ver otras de sus extraordinarias caracerísticas:

Postal de 1904. El puente cuenta con amplitud suficiente para soportar dos líneas de tranvía y espacio para los peatones. Los ocho metros de anchura pueden encontrarse en algunos puentes romanos, pero es muy raro en los medievales, mucho más angostos.

El puente de piedra de Zaragoza hacia 1900. Los tajamares, que protegen a los pilares de la corriente son inmensos. Se adentran hasta 15 metros en la corriente. Se ve -borroso- un tranvía, que aún no está electrificado y es tirado por caballerías. Probablemente fueron creciendo en sucesivas reformas (1659), pues se consideraban uno de los puntos débiles de la construcción.

 

El puente de Zaragoza fines del XIX. Al fondo el Pilar en construcció. En primer plano un barco. Obsérvese el salto de agua provocado por la gran cimentación y las torres defensivas, hoy desaparecidas. Los contrafuertes son también extraordinariamente grandes: 6 metros en los pequeños y 10 en los correspondientes a las dos torres desaparecidas.

 

Si os fijáis en la solera, aún resulta ser mayor.

La anchura de la solera, los cimientos, es de unos 50 metros. Esta solera tiene una superficie algo mayor que la basílica del Pilar (una hectárea), cuyas torres se ven a la izquierda.

La necesidad de contar con una solera tan ancha se debe a que donde se construyó Zaragoza no cuenta con un sustrato rocoso superficial. El fondo del río se apoya en limos y arenas. Fue posiblemente el principal error de los romanos al elegir este lugar (aunque quizás la distancia y dificultad de acceso a las fuentes de agua potable no fuera otro menor). Para que el río no se llevara los pilares, estos debían estar muy bien asentados.

Entre 1705 y 1720 se hicieron grandes trabajos para asentar el puente. Se amplió la zampea o zampeado, una estructura a base de estacas y piedra. Se utilizaban troncos de pino carrasco de unos cuatro metros de largo, cada dos metros (cada metro en las zonas más críticas). Un simple cálculo nos indica que se colocaron unos tres mil troncos, todo un bosque.

Carlos Blázquez* escribe: «Cuando había que construir un puente sobre un río con el lecho limoso o de gravas, sin roca firme donde asentarlo, se hacía un zampeado, que consistía en clavar maderos (en este caso de sabina) en el fondo como pilotaje de los cimientos. La acción del agua tendía a socavar ese zampeado y la cimentación, por lo que se recurría al enlosado de toda la base para crear un efecto de azud que suavizase el paso del río y limitase su poder erosionador«. Aunque dice sabinas, probablemente por la fama de imputrescible de esta madera, los documentos históricos hablan de «pincarrascos». Conseguir troncos gruesos de sabina de más de cuatro metros debía ser tarea casi imposible. Es probable que también se utilizaran troncos de pino y otra sespecies que bajaban en almadías.

Pero construir tan gran solera no solamente era costoso. También tenía consecuencias. En la práctica se construía una especie de dique, con acumulación de las aguas y la consiguiente creación de un pequeño salto aguas abajo, que tendía a descalzarla. Una gran inundación en 1775 se agravó por que el enlosado construido sobre el zampeado hacía represa. Por ese motivo poco después se rebajó, lo que también iba a facilitar la navegación. Pero aún es visible su gran tamaño.

 

Otro elemento más aportaba otra dimensión al puente. Se trata de algo que hoy apenas se puede intuir.  Los romanos construían puentes funcionales, limpios y aseados. Los medievales eran lo que ahora llamaríamos «multifuncionales». Para entenderlo conviene echar un vistazo al siguiente grabado que representa imaginativamente un puente parisino.

Además de camino, los puentes servían de fortificación, vivienda, polígono industrial, cobro de peajes, cárcel y lugar de encuentro. Todavía se pueden visitar algunos de ese tipo, como el de Florencia. Las dos grandes construcciones al lado de la torre son molinos «colgantes»; la barca con tejado bajo el arco central es un molino flotante

Las narraciones de viajeros nos hablan varias veces de la existencia de molinos flotantes bajo los arcos desde el siglo XII. A fines del XV existía un gran molino construido por alemanes. Sus rentas servían para mantener y reconstruir el puente. Además en uno de los pilares próximos a la orilla funcionaba una gran noria para elevar el agua. Los grandes contrafuertes que se ven en el cuadro con el que iniciábamos este artículo, sostenían torres de tres o cuatro pisos. En la parte inferior hay salidas que solo tienen sentido como acceso a las barcas o molinos.

El resultado de todo ello es un puente que considero extraordinario. Y además único. Desde Zaragoza hasta el mar Mediterráneo, el Ebro, con sus vueltas y revueltas, recorre 380 kilómetros.  En toda esa distancia, durante milenios no hubo ningún puente permanente. El de Zaragoza fue el primero. Tampoco había muchos hasta Logroño; solo el de Tudela, en un transcurso de otros 230 kilometros. ¡Dos puentes en seiscientos kilómetros!

A mediados del XIX se empezaron a construir los primeros para los ferrocarriles. A fines, los primeros modernos para las carreteras. Estimo que hasta entoncesel volumen de piedra empleado en el de Zaragoza era tan grande o incluso mayor que el que se utilizó para todos los demas puentes del río Ebro, empezando en Reinosa…

Realmente los puentes eran cosas extraordinarias. Eran tan costosos cuan prestigiosos. Vivir en una población en los aledaños de un puente daba inmensas ventajas. Zaragoza es una buena muestra. Tener una gran ciudad por estribo engrandece al puente. Para sobrevivir a los azotes del río sobre tan inestable suelo, el puente contó con el constante esfuerzo de la ciudad. El resultado salta a la vista.

 

*Nota: buena parte de los datos que he utilizado proceden del libro «Zaragoza. Dos milenios de agua«, de Carlos Blázquez (2005).

¿Habéis oído hablar de las “profecías” del Ebro? Durante un tiempo estuvieron un tanto de moda. Al menos he encontrado cuatro de esas “profecías” ebreñas. Pero no son del todo originales; aparecieron tras el rastro de otras profecías fluviales. Veamos cómo llegó nuestras orillas este afán predictor.

No ha sido raro tomar a los ríos como oráculos. Al fin y al cabo vienen de territorios y tiempos lejanos y no dejan de hablar, a veces murmurando, a veces gritando ensordecedoramente.

Por lo que he podido investigar parece que todo comenzó, como tantas otras cosas de nuestras tierras, en la época clásica del mundo grecorromano. Lo podemos ver en nuestra

PRIMERA LECTURA DEL DÍA: LA PROFECÍA DEL TÍBER

La Eneida, canto VIII (29-19 a.C.), de Publio Virgilio Marón (70 a.C.-19 a.C.)

Eneas y el Tiber. Grabado de Bartolomeo Pinelli (1781-1835)

Era la noche, y un profundo sueño embargaba a los fatigados vivientes de la tierra y de los aires, cuando el gran caudillo Eneas, turbado el pecho con los tristes pensamientos de la guerra, se tendió en la ribera bajo la bóveda del frío éter, y dio a sus miembros un tardío descanso. Entonces el mismo dios de aquellos sitios, el Tíber, se le apareció, en figura de un anciano, entre los frondosos álamos de la ribera, y levantándose del fondo de sus serenas aguas, cubierto con un ligero cendal de verdoso color y ceñido el cabello de hojosas espadañas, le habló así, sosegando su espíritu con estas palabras: «¡Oh hijo del linaje de los dioses, que nos restituyes la ciudad troyana salvada de manos de sus enemigos, y conservas el eterno Pérgamo! ¡Oh tú, esperado en el suelo de Laurento y en los campos latinos! Aquí tienes segura morada y seguros penates; no desistas ni te dé gran cuidado de esta guerra; ya para ti han acabado los grandes afanes, ya han calmado las iras de los dioses… No creas que esto es ilusión del sueño; ya vas a encontrarte, tendida bajo las encinas de la ribera, una corpulenta cerda blanca dando de mamar a treinta lechoncillos blancos como ella; éste es el sitio en que has de edificar tu ciudad, éste el descanso de tus trabajos”.

Con tan prestigioso antecedente, era cuestión de tiempo que los literatos españolas encontraran la ocasión de hacer augurar a los ríos hispanos.

SEGUNDA LECTURA DEL DÍA: LA PROFECÍA DEL TAJO

Oda VII, de Fray Luis de León (1527-1591)

Comienza esta oda con las siguientes palabras:

Folgaba el Rey Rodrigo
con la hermosa Cava en la ribera
del Tajo, sin testigo;
el río sacó fuera
el pecho, y le habló desta manera:«

El río avisa al último rey godo de la llegada de los musulmanes que iban a invadir la península. Más adelante la reproduzco enterita.

Pero todavía no hemos llegado al Ebro. Antes le toca el turno al Duero:

TERCERA LECTURA DEL DÍA: LA PROFECÍA DEL DUERO

La Numancia (1585), de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)

Se trata de una tragedia sobre tema histórico, es decir un marco incomparable para las profecías de todo tipo, incluso para las fluviales¨. Esta es una de las primeras partes:

Sale a escena ESPAÑA, coronada con unas torres, y trae un castillo en la mano. Tras soltar unas parrafadas, «sale el río DUERO con otros tres ríos, que serán tres muchachos, vestidos como que son tres riachuelos» y dice:

Madre querida, España: rato había que oí en mis oídos tus querellas,y si en salir acá me detenía fue por no poder dar remedio a ellas. El fatal, miserable y triste día,según el disponer de las estrellas,se llega de Numancia, y cierto temo que no hay remedio a su dolor extremo.

Con Obrón y Minuesa y también Tera, cuyas aguas las mías acrecientan, he llenado mi seno en tal manera que usadas márgenes revientan; mas, sin temor de mi veloz carrera, cual si fuera un arroyo, veo que intentan de hacer lo que tú, España, nunca veas; sobre mis aguas, torres y trincheras.

Mas ya que el revolver del duro hado tenga el último fin estatuido de ese tu pueblo numantino armado, pues a términos tales ha venido,un consuelo que queda en este estado: que no podrán las sombras del olvido oscurecer el sol de sus hazañas en toda edad tenidas por extrañas. Y puesto que el feroz romano tiende el paso ahora para tan fértil suelo, que te oprime aquí y allí te ofende con arrogante y ambicioso celo, tiempo vendrá, según que ansí lo entiende el saber que a Proteo ha dado el cielo, que estos romanos sean oprimidos por los que agora tienen abatidos.

De remotas naciones venir veo gentes que habitarán tu dulce seno después que, como quiere tu deseo, habrán a los romanos puesto freno; godos serán, que, con vistoso arreo dejarán de su fama el mundo lleno;vendrán a recogerse en tus entrañas,dando de nuevo vida a sus hazañas. Estas injurias vengará la mano del fiero Atila en tiempos venideros, poniendo al pueblo tan feroz romano sujeto a obedecer todos sus fueros, y portillo abriendo en Vaticano sus bravos hijos y otros extranjeros, harán que para huir vuelva la planta el gran piloto de la nave santa; y también vendrá tiempo en que se mire estar blandiendo el español cuchillo sobre el cuello romano, y que respire sólo por la bondad de su caudillo.

El grande Albano hará que se retire el español ejército, sencillo, no de valor, sino de poca gente, pues que con ella hará que se le aumente; y cuando fuere ya más conocido el propio Hacedor de tierra y cielo, aquél que ha de quedar instituido por visorrey de Dios en todo el suelo, a tus reyes dará tal apellido que él vea que más cuadre y dé consuelo. Católicos serán llamados todos, sujección e insignia de los godos; pero el que más levantará la mano en honra tuya y general contento, haciendo que el valor del nombre hispano tenga entre todos el mejor asiento, un rey será de cuyo intento sano grandes cosas me muestra el pensamiento;s erá llamado, siendo suyo el mundo, el segundo Felipe sin segundo.

Debajo de este imperio tan dichoso, serán a una corona reducidos, por bien universal y a tu reposo, tus reinos, hasta entonces divididos. El jirón lusitano, tan famoso, que un tiempo se cortó de los vestidos de la ilustre Castilla, ha de asirse de nuevo, y a su antiguo ser venirse. ¡Qué envidia, qué temor, España amada, te tendrán mil naciones extranjeras, en quien tú reñirás tu aguda espada y tenderás triunfando tus banderas. Sírvate esto de alivio en la pesada ocasión, por quien lloras tan de veras, pues no puede faltar lo que ordenado ya tiene de Numancia el duro hado .

Le contesta España:

Tus razones alivio han dado en parte, famoso Duero, a las pasiones mías, sólo porque imagino que no hay parte de engaño alguno en estas profecías

y el Duero:

Bien puede de hecho, España, asegurarte,puesto que tarden tan dichosos días. Y, adiós, porque me esperan ya mis ninfas.

Y España:

¡El cielo aumente tus sabrosas linfas!».

Como puede observarse, ¡el Tajo fue capaz de adivinar en el siglo XVI los hechos que habían sucedido en los siete siglos anteriores!

La hora del Ebro profeta no llega hasta el XIX. Cuando lo hace no será tan trascendental ni tan grandilocuente. Bueno, esto último no se pierde de todo, pero los motivos no son ni las alertas ni el optimismo en el futuro del país.

La primera “profecía” del Ebro data de 1829. Se trata de una Oda dedicada “al matrimonio del Rey nuestro señor D. Fernando VII con la augusta princesa de Napolés Doña María Cristina de Borbón”. Era la cuarta boda del que fue conocido como “el rey Felón”. No he conseguido encontrar esta Oda, firmada por «M.R.». Creo que no nos perdemos mucho.

La segunda profecía es de 1872. Eran ya otros tiempos. No es ni heroica ni ridículamente cortesana. Es puro humor.

CUARTA LECTURA DEL DÍA: LA SEGUNDA PROFECÍA DEL EBRO

No tiene autor conocido. Se trata de una ridiculización de la Oda de Fray Luis de León , siguiendo el mismo orden de 16 silvas. Sustituye al rey Rodrigo por un amigo, el Tajo por el Ebro y a la catástrofe de la pérdida de su reino, por un chaparrón veraniego.

Fué publicada en Barcelona en una revista que se llamaba “La Carcajada”, y no es broma:

Pongo las dos, una junto a la otra, a la izquierda la del Ebro, a la derecha la de Fray Luis de León, para que veáis el contraste:

Folgaba cierto amigo Folgaba el Rey Rodrigo
con una suripanta* en la ribera con la hermosa Cava en la ribera;
del Ebro sin testigo; del Tajo, sin testigo;
la lengua sacó fuera el río sacó fuera
el rio, y charló de esta manera: el pecho, y le habló desta manera:
                                          *suripanta: corista de teatro  
En mal punto te goces «En mal punto te goces,
maldito dormilón, que ya el sonido injusto forzados; que ya el sonido
oyó ya, y las voces, oyó, ya y las voces,
los truenos y el ronquido las armas y el bramido
del gordo chaparrón que te ha cogido. de Marte, de furor y ardor ceñido.
   
Ay! esa tu alegría Ay! esa tu alegría
que sustos acarrea y esa hermosa qué llantos acarrea, y esa hermosa
que te siguió en mal día que vio el sol en mal día,
desde Madrid gustosa a España ¡ay cuán llorosa!,
quien la vé y la verá tras de esa cosa! y al cetro de los godos ¡cuán costosa!
   
Catarros, toses perras, Llamas, dolores, guerras,
tisis, pulmonías, fieros males muertes, asolamientos, fieros males
entre tus brazos cierras, entre tus brazos cierras,
percances radicales trabajos inmortales
a tí y a tus conquistas naturales. a ti y a tus vasallos naturales;
   
A las que muselina a los que en Constantina
cubre su débil cuerpo, a las que baña rompen el fértil suelo, a los que baña
almizcle, a tu vecina el Ebro, a la vecina
de Nápoles no extraña, Sansueña, a Lusitaña:
a todas las de Italia y las de España. a toda la espaciosa y triste España.
   
Ya dende Cádiz llama Ya dende Cádiz llama
otra vez huracán, a la venganza llama el injuriado Conde, a la venganza
atento, y no a la fama, atento, y no a la fama,
la bárbara pujanza la bárbara pujanza
en quien para tu daño no hay tardanza. en quien para tu daño no hay tardanza.
   
Oye, que al cielo toca Oye, que al cielo toca
con temeroso son la trompa fiera, con temeroso son la trompa fiera,
y al chubasco convoca que en África convoca
la bermeja bandera el moro a la bandera
que al aire desplegada va ligera. que al aire desplegada va ligera.
   
El rayo ya blandea La lanza ya blandea
el nublado cruel, y hiere el viento el árabe crüel, y hiere el viento
llamando a la tarea, llamando a la pelea;
innumerable cuento innumerable cuento
de celeste petróleo veo atento. de escuadras juntas veo en un momento.
   
Ya cubre el barro el suelo, Cubre la gente el suelo,
debajo la humedad desaparece debajo de las velas desparece
la vid, la voz al cielo la mar; la voz al cielo
confusa y varia crece, confusa y varia crece;
azufre roba el día y le oscurece. el polvo roba el día y le oscurece.
   
¡Ay que ya presurosos ¡Ay!, que ya presurosos
huyen los calamares; ay! Que tienden suben las largas naves; ¡Ay!, que tienden
los brazos vigorosos los brazos vigorosos
a los remos, y encienden a los remos, y encienden
los baños espumosos por do hienden. las mares espumosas por do hienden.
   
El Eolo deshecho El Éolo derecho
hinché la vela en popa y franca entrada hinche la vela en popa, y larga entrada
por el Hercúleo estrecho por el Hercúleo Estrecho
ofrece esta vegada con la punta acerada
Justicia, no Neptuno a la alta Armada. el gran padre Neptuno da a la armada.
   
¡Ay triste! ¿Y aun te tiene ¡Ay triste! ¿Y aun te tiene
el placer en regazo? ¿ni avisado el mal dulce regazo? ¿Ni llamado
al mal que sobreviene al mal que sobreviene
no acorres? ¿ocupado no acorres? ¿ocupado
no ves que sobre ti ruge el nublado? no ves ya el puerto a Hércules sagrado?
   
Despierta, chico, vuela, Acude, acorre, vuela,
traspasa el alta sierra, ocupa el llano, traspasa la alta sierra, ocupa el llano;
no descuides la umbrela, no perdones la espuela,
no entretengas la mano, no des paz a la mano,
escapa como puedas del milano. menea fulminando el hierro insano.»
   
¡Ay cuanto de fatiga, ¡Ay cuánto de fatiga,
ay cuanto de sudor está presente ay, cuánto de sudor está presente
al que comiendo miga al que viste loriga,
se encuentra de repente, al infante valiente,
que un mendrugo le deja sin un diente. a hombres y a caballos juntamente!
   
Y tú, Pisuerga, Y tú, Betis divino,
en vino te verás por ribero al fin mezclado, de sangre ajena y tuya amancillado,
darás al mar vecino, darás al mar vecino
¡cuánto trasto quebrado! ¡cuánto yelmo quebrado!
¡cuánto cuero de zorro destrozado! ¡cuánto cuerpo de nobles destrozado!
   
Parte, pues, chico, parte, El furibundo Martes
cinco rachas las nubes desordena cinco luces las haces desordena,
y puedes aun salvarte; igual a cada parte;
la sexta, ay! te condena la sexta, ¡ay!, te condena,
a dejar tu paraguas sin ballena”. ¡oh, cara patria!, a bárbara condena”

 

La profecía del Ebro. Dibujo deFélix Gazo

La tercera profecía es un poema de Alberto Casañal Shakery (1874-1943) de 1930. Inspiró además un dibujo de Félix Gazo (1889-1933). En esta profecía el Ebro aparece como un devoto que hace promesas y confidencias varias a la virgen del Pilar con motivo de las fiestas de la ciudad.

Unos meses antes, una gran inundación había causado desolación. La construcción de pantanos en las cabeceras capaces de frenar esas inundaciones no era más que una idea difícilmente realizable por la escasez de recursos. A falta de soluciones más eficaces quedaba la salida de invocar a la naturaleza para que respetara las construcciones humanas.

No he conseguido encontrar más que un fragmento:

Nunca más de mi lecho altivo saltaré. Ni en mi carrera, en torrentes deshecho, mi pródiga ribera arrasare cual vengativa fiera”.

 

Para la cuarta profecía hay que ir hasta el año 1954. En El Noticiero, periódico zaragozano, se publica un artículo de Miguel Allué Salvador (1885-1962), doctor en derecho y en historia, alcalde de Zaragoza que fue en los años 20. Su título era precisamente “La profecía del Ebro”. Su entradilla decía simplemente: “Terrible desilusión sería ver a Tortosa, aislada para ‘in aeternum’ de las fuentes de Reinosa”.

Se publica en el momento en que se diseña la gran transformación del Ebro, con nuevas presas, canales y regadíos. Un papel central lo tiene el tramo entre Caspe y Mequinenza, donde el Ebro atraviesa los desérticos Monegros. Se contemplaban entonces dos proyectos diferentes.

El primero, que es el que se acabaría adoptando, planteaba construir un único y gran embalse. Dice Allué que este proyecto del “pantano gigante de Mequinenza inutiliza 6.500 hectáreas de tierra caspolina, arroja de sus hogares a 3.000 familias de labradores de aquella comarca y, lo que es más grave, hace imposible para siempre la ilusión de tantas generaciones de aragoneses la navegación del Ebro”. La otra alternativa no descartaba esa posible navegación, pues se basaba en la construcción de cuatro presas menores.

Aunque los tiempos políticos no eran muy propicios, no dejó de haber un cierto debate público, como lo muestra este artículo de Allué, que propone un aprovechamiento integral del río, que lo considere también como vía de comunicación, y no solo para abastecer los regadíos y la energía eléctrica. Así, escribe:

Recordando el gesto poético de fray Luis de León en su Profecía del Tajo, bien pudiéramos nosotros forjar, en estos momentos decisivos, nuestra Profecía del Ebro personificado:

Antes de poner manos a la obre, pensad en la gran responsabilidad que significa estrangular esta gran arteria, de un a otro mar, que yo soy en el cuerpo de la Patria’”.

¿Es buen profeta el Ebro? Las primeras profecías, las del Tiber y Tajo, son las mejores. No es que sus autores, Ovidio y Fray Luis de León tuvieran especiales dotes adivinatorias, pues se trata de “profecías” de hechos ya pasados cuando las escribieron, lo que no tiene especial mérito.

Las del Ebro son más variadas. No logro entender porqué sus creadores las llaman “profecías”, pues se trata de deseos (1ª y 4ª) y de promesas imposibles de cumplir (3ª). Me quedo con la segunda, la más realista, pues al fin y al cabo se limita a predecir que, si no tienes cuidado con tu “umbrela” un fuerte vendaval hará cisco las varillas del paraguas, varillas que otrora se fabricaban con barbas de ballena. No es gran cosa para prepararse para el futuro, pero al menos resulta práctico.

De la inundación al regadío

El regadío es una inundación controlada. Esta idea se explica con más detalle en el fragmento que traigo hoy. En esta ocasión no se trata de un libro literario, sino de la conferencia de un burócrata. Eso sí, con cierta sensibilidad, buen conocimiento del asunto y con mejores hallazgos literarios que otras obras que han aludido al río en prosa o verso.

Santiago Pardo Canalís en 1955, en una imagen del NODO

El conferenciante era Santiago Pardo, zaragozano, alto funcionario del ministerio de agricultura (llegó a ser subsecretario) en los años 50 y 60, es decir cuando la agricultura española empezó a modernizarse.

El lugar, el Colegio de Aragón, una institución fundada en 1911 por doctores y licenciados en filosofía y letras y en ciencias.

La conferencia se leyó en abril de 1961. Es un momento clave para los regadíos ebreños. En 1945 ya se había construido el pantano del Ebro, en la cabecera de la cuenca, lo que permitía regularizar buena parte del caudal, evitando buena parte de los estiajes extremos. Pero las posibles zonas regables estaban muy lejos. La creación de los regadíos modernos, con su compleja red de canales y acequias en grandes extensiones, solamente se conformaría en los años sesenta.

Cuando Pardo leyó esta conferencia se acababan de construir los embalses de Mediano, Yesa y Canelles, lo que constituyen entre los tres el 20% de la capacidad actual de embalse de toda la cuenca. Estaba ya en construcción el de Mequinenza, que supone el sólo otro 20%. Por todas partes se levantaban acequias y caminos, se reorganizaban los campos, e incluso se construían nuevos pueblos.

Pasemos ya a

LA LECTURA DEL DÍA

Cólera y mansedumbre del Ebro (1961), de Santiago Pardo Canalís (1915-198?).

He escogido unos cuantos fragmentos bastante extensos, porque creo que nos retrotraen a una época en las que las preocupaciones (inundaciones trágicas alternadas con malas cosechas, es decir pobreza y hambrunas) eran bastante diferentes a las de hoy en día, aunque todo eso haya estado presente hasta hace muy pocos años. La lectura puede ayudar a ponernos en la piel de los agricultores y políticos de la época. Para quien solo quiera hacer una lectura ligera he resaltado en negrita las frases que me parecen más interesantes.

Como es público, esta conferencia se titula ‘Cólera y mansedumbre del Ebro’ y lleva por subtítulo ‘Meditaciones a orillas del río grande de España”. Me creo, pues, obligado a formular algunas aclaraciones previas que, sin duda, han de contribuir a que desde el principio pueda conocerse algo así como el rumbo y la altura de esta aventurada navegación que por la gran vena líquida de España nos proponemos realizar.

Yo diría que la cólera del Ebro comporta todos los aspectos negativos de su curso soberbio, su talante indomable y su bronco estilo. Cuando el río desata su cólera sus anchas riberas se sienten sacudidas por un escalofrío, conturbadas por la amenaza de la tragedia inminente, estremecidas hasta el fondo de sus entrañas telúricas. Ese gran trazo de plata que es el Ebro, visto desde la altura, cobra de repente la airada apariencia de un látigo que, sacudido por el puño ciclópeo de Fontibre, cae sin piedad sobre la carne delicada de sus orillas y pone nuevas heridas dolorosas sobre las huellas profundas y las cicatrices que dejaron anteriores castigos. Cólera es cada inundación que anega y destruye, que hiere y quebranta; cólera es cada una de esas ‘razzias’ u operaciones de castigo que el Ebro realiza periódicamente como si fuese un dios implacable que no cesase de reclamar nuevos holocaustos, mayores sacrificios para aplacar su ira

NAVEGACIÓN POR EL RÍO GRANDE DE IBERIA

No deseo despeñarme materialmente por la empinada vertiente de la literatura, tan caudalosa, por cierto, como el propio río y que a través de los siglos le ha sido dedicada. Hurtar el cuerpo, la intención o la palabra la literatura, pero sin ofrecerlo al pragmatismo. Porque mi navegación por el Ebro va a hacerse a bordo de una pequeña nave. Vamos a discurrir sobre el camino fluvial más importante de España, sin más instrumentos de guía que los de naturaleza estrictamente económica. El río grande de Iberia no ha podido dejar de ser nunca, por encima de cualquier otro género de estimaciones, la gran arteria capaz de vivificar la riqueza potencial de una vasta superficie que algún día será el asombro agrícola de Europa. Y para eso es necesario que la cólera se transforme en mansedumbre y que España se sirva de ella activamente, hasta la última gota, porque y me atrevo a afirmar que este Ebro desbocado como un potro, colérico, indomable, bronco y despótico no es más que la dura respuesta que de cuando en cuando da al hombre que no ha querido o sabido reducirle, domeñarle, hacerle su vasallo….

No es preciso estar físicamente instalado a orillas del Ebro para enfrascarse en meditaciones sobre su pasado, su presente y su futuro. La orilla del Ebro, el Ebro mismo, pasa por todas partes. Es tan sólo una verdad a medias y, por tanto, precaria y relativa, que nuestro río poderoso nace en Cantabria y muere en las doradas arenas de la mediterránea Tortosa. El Ebro también pasa por Madrid, por Madrid capital de España, sede del Poder central. Yo lo siento discurrir junto al ventanal de mi despacho, por donde entra a raudales una luz que de puro limpia y transparente da la sensación de que ha sido cernida y que, primero Velazquez y después Goya, dejaron aprisionada en sus telas maestras. Y es que el Ebro es uno de los problemas más vitales y sustantivos del país, un problema nacional sin paliativos, un tema que por su formidable entidad se sale de los estrictos límites interprovinciales para convertirse en cuestión de gran calado y que, por tanto, ha de ser estudiada, planteada y resuelta a nivel nacional. (…)

HUELE A PAN Y ACEITE, A VINO Y A FRUTA, A ALMENDRAS Y A PASTO

Cerealista, frutícola, olivícola, hortelano y ganadero, el Ebro es un compendio de la agricultura varia con todo su extenso repertorio de producciones. Huele a pan y aceite, a vino y a fruta, a almendras y a pasto. Acapara en su cuenca nueve de las veintisiete provincias cerealistas de España y es, como dijo Lorenzo Pardo, base de una industria ‘pivotal’ cual el regadío, y que la economía de una dilatada superficie de España gira a su alrededor. Y así es el Ebro y así su valle, en el que se dan cita la lluvia y la sequía, la abundancia y la escasez, el erial y a vega, la bruma cántabra y la hiriente claridad mediterránea.

A lo largo y a lo ancho de la cuenca hay una variedad de matices, una rica paleta de colores – el verde esmeralda frente al pardo sayal de la estepa -; el cuerno de la abundancia y la angustia de los pueblos que ayunan como penitentes; las nubes pródigas y las que, avaramente, no salpican ni una sola gota sobre la dura corteza que vive, años y años, en un purgatorio de sed; la cosecha abundante – hecha de maíz en Cantabria – y la misérrima que, en las campañas adversas de Monegros, no dan por hectárea un número suficiente de granos de trigo para formar un rosario de penitencia.

los áridos Monegros se asoman sedientos al Ebro cerca de Sástago

El regadío es aquí cuestión de vida o muerte. El régimen de lluvias en la gran fosa tectónica es, como decía un ilustre ingeniero, ‘dislocado y azaroso’; de 1.200 milímetros en Cantabria – cota máxima de la pluviometría en el valle -, de 650 en el sistema ibérico y de 400 en la depresión central. Con tal insuficiencia, la producción agrícola se convierte en la mayor parte de los casos en una incierta y temeraria aventura. Ahí está, por ejemplo, el secarral monegrino, donde el labrador suele recibir una buena cosecha cada siete años, donde a lo largo de todo un siglo el campesino no logra efectuar más de catorce o quince recolecciones de cereal que verdaderamente merezcan la pena, ya que en los ochenta y tantos años restantes de la centuria ha de enfrentarse con unas alternativas de producción que o son tímidamente remuneradoras, o tan en absoluto ruinosas que no alcanzan a compensar el gasto de las labores y las semillas.

La piedra de toque para resolver esta dramática situación, que no sólo se nos ofrece como una gigantesca empresa de redención económica, sino como una tarea humanitaria que no puede dejarse frívolamente para mañana, es el Ebro, río padre – y no nos importe caer en el tópico -.(…)

LA PROTESTA DEL EBRO

Su biografía está, como en seguida vamos a ver, llena de cóleras. Sus ataques a las zonas ribereñas han sido frecuentes y demoledores. De esta manera el Ebro ha concitado la atención general y ha hecho pensar en que toda esta cólera desatada es, sin duda, la fuente de energía que puede mover una de las más ambiciosas, gloriosas y rentables empresas españolas. Porque de la cólera se ha de pasar a la mansedumbre, a la estampa sin par de un curso fluvial ordenado, regulado, preciso, donde cada gota de agua tenga señalado el milímetro de tierra que ha de fecundar.”

Según las estadística a fines del XIX el conjunto de regadíos de la cuenca del Ebro era de unas 236.000 hectáreas. Se trata en general de pequeños regadíos dependientes de pequeñas azudes y norias. Muchas son muy dependientes de las sequías. (…)

En 1966 la superficie regada en la cuenca sube hasta las 526.000 has. En esos años sesenta se piensa que el potencial es mucho mayor pudiendo llegar hasta las dos millones de hectáreas. La realidad no ha llegado tan lejos. En el siglo XXI nos hemos acercado a un millón de hectáreas, de las que solamente menos de una cuarta parte se sitúan a orillas del mismo Ebro, correspondiendo el resto a sus cuencas afluentes. El caudal que llega al mediterráneo, aunque es más regular y ordenado que otrora, se ha reducido apreciablemente. El resto ha ido encauzado a cada milímetro de tierra cultivables, como lo deseaban Pardo, Costa y otros tantos modernizadores del siglo XX. En cuanto a las cóleras ebreñas, aunque disminuidas y mejor reguladas, aún siguen dando algunos coletazos.»

(…)

Los desbordamientos han conjugado siempre en labios de las gentes la escena trágica, el lastimoso relato, con la anécdota y la nota heroica. En el anónimo de las inundaciones, huertanos, artesanos, funcionarios, militares, religiosos y el pueblo en general se ganaron medallas y honores que nadie les dio y que jamás pudieron lucir en esos días que se dedican al fausto y gala de las ciudades.

LA NOSTALGIA DE SUS SALVAJES FUEROS

Los brazos incansables del hombre del campo y los de aquel que sin ser campesino vive afincado sobre las tierras en producción, han cumplido, con posterioridad a cada suceso, millones de jornadas de trabajo para reconstruir, y hasta mejorar, si cabe, su hacienda y su hogar. La espectacularidad de las aguas desbocadas sobrecoge y atemoriza, implica a todos y crea unos potentes y cristianos lazos de solidaridad que parecen han de ser perdurables e indestructibles. Pero vuelve a lucir el sol, las aguas rebajan poco a poco sus labios sobre las márgenes que las canalizan y aparece esa sombra que se llama la ingratitud, y que los más benévolos califican como olvido. Allí quedaron la mujer y los niños sin hogar; más allá, la casa sin las pocas gallinas que ayudaban a la economía familiar; en cualquier sitio, la tierra de plantar llena de lodo, piedras, cañas y brozas. Se han esfumado siempre esos lazos y esos juramentos de solidaridad, porque se creía que una suscripción, una prenda de ropa entregada a la Parroquia o un plato de comida servido accidentalmente a cualquier harapiento y desheredado por las aguas, había sido suficiente para paliar una tragedia bañada en agua, tan patética como la que registrara Numancia por las lenguas de fuego.»

grabado de Tomás Carlos Capuz (834-1899) para La Ilustración española y americana

No creo, como dice Santiago Pardo, que hubiera una “caudalosa literatura” sobre el Ebro. Entendamos esa expresión como producto de un irresistible deseo de hacer algún juego de palabras. Pero para no desmerecerlo voy a introducir un párrafo con una interesante observación sobre los regadíos y el Ebro:

SEGUNDA LECTURA DEL DÍA

Reconocimiento hidráulico del Valle del Ebro (1865), de Pedro Antonio de Mesa Arroquia (1826-1875),

En esta región (entre Zaragoza y el mar) se cuentan pocos afluentes directos al Ebro. (El Segre y el Gallego) se hallan situado en su margen izquierda y son los únicos que allí existen y los que conducen casi toda el agua que este territorio produce.

Los de la orilla derecha, que son el Huerva , el Aguas, Río-Marlin, Guadalope y Matarayas, son insignificantes al lado de aquellos, y la poca agua que producen en verano se consume y no alcanza á cubrir las necesidades ya creadas. ¡Lástima es que la naturaleza, que se ha mostrado tan pródiga situando en esta margen los terrenos mas feraces y en mejores condiciones de cultivo, no haya colocado también los ríos de la opuesta, cuyo caudal es superior a lo que puede consumirse en ella en peores condiciones!

Esta obra no solo me ha proporcionado datos interesantes. Además me ha despertado una buena dosis de envidia y admiración. Este ingeniero, entre 1862 y 1865, trabajando para la Junta General de Estadística, recorrió a caballo 20.000 kilómetros a lo largo del Ebro, Duero, Guadiana y Guadalquivir ¡¡¡y de sus principales afluentes!!! No era un paseo tranquilo como el mío, sino un transcurso trabajoso, con múltiples mediciones del caudal, para lo que medía la anchura del cauce, su profundidad y la velocidad de las aguas. Esto suponía tener que usar alguna barquilla, ya que apenas había puentes desde los cuales hacer las mediciones. Para hacerse una idea del inmenso trabajo, solo en la cuenca del Ebro realizó 130 aforos.

Debido al salto que hice sobre las comarcas con rebrote coronavírico creo que he creado alguna confusión sobre dónde estoy cada día.

He seguido escribiendo entradas para los días perdidos. Les sigo llamando «días» aunque n esta ocasión no pude realizar el trazado a pie. Las entradas de esos «días perdidos» tienen un asterisco.

Aunque vaya rellenando ese hueco, voy a empezar a colgar paralelamente las nuevas entradas correspondientes a las etapas que voy finalizando . No siempre tengo las condiciones adecuadas para hacerlo, pero procuraré llevarlo lo mas al dia posible. Por eso puede que la numeración parezca ahora discontinua e incompleta,  pero acabará teniendo lógica.

Dejaré esta nota al principio para que sirva de guía.

(nota: he añadido un par de curiosos extras al final)

Empezamos con una autora sorprendente, una noble francesa que viajó por España y oyó hablar de algo extraño que ocurría a orillas del Ebro.

LA LECTURA DEL DIA

Relación del viaje a España (1691), de Marie-Catherine baronesa d’Aulnoy (1651-1705)

Marie-Catherine es un personaje de vida rocambolesca. Vino a España en una especie de exilio-fuga por haberse implicado en un complot contra su marido, que llevó al cadalso a sus cómplices. Vivió aquí unos cuatro años. Cuando regresó a París abrió un «salón literario» y, por esa época, publicó esta relación de su viaje. Pero en realidad es mucho más conocida por sus cuentos de hadas (uno de ellos, «el pájaro azul», inspiró un número de un ballet de Chaikovski).

En este fragmento se reproduce un diálogo que tuvo con un interlocutor español, don Fernando, que le dice que…

«…yo no quisiera asegurar que sea una verdad incontestable, aunque en esta comarca todo el mundo está persuadido de ello, pero es cierto que en un pueblo de Aragón llamado Vililla de Ebro hay una campana que tiene diez brazas de contorno (dos metros y medio de diámetro); y suele ocurrir que a veces suena sola, sin que se puede percibir que haya sido agitada por el viento o por algún terremoto, en una palabra, por nada visible.

Empieza con un tintineo y luego, de tanto en tanto, suena a voleo, ya sea de día o de noche.

Cuando se la escucha no hay duda de que anuncia algún accidente siniestro. Es lo que sucedió desde el jueves 13 hasta el sábado 15 de junio de 1601. En ese momento dejó de sonar y volvió a comenzar el día de Corpus Cristi, como si llamara a la procesión. También sonó cuando Alfonso V, rey de Aragón, fue a Italia a tomar posesión del reino de Nápoles. Se la escuchó cuando murió Carlos V. Señaló la partida hacia África del rey de Portugal don Sebastián, el final del rey Felipe II y el fallecimiento de su última esposa la reina Ana.

Si queréis que os crea, don Fernando, le dije, parece que soy demasiado obstinada como para rendirme; pero estaréis de acuerdo que es una de esas cosas de las que está permitido dudar.

Confesar más bien, Madame, respondió el con aire alegre, que es por falta de fe en mí, porque no os he dicho nada que no sea sabido por todo el mundo…«

La ermita de San Nicolás de Bari, donde residía la campana de esta historia

La historia de esta singular campana era muy conocida en la época y fue citada por autores como Lope de Vega, el Padre Feijoo, Argensola o Baltasar Gracián. Este último incluso dice que la escuchó personalmente. Quevedo le dedicó dos sonetos. El que más me gusta es este:

OTRA LECTURA DEL DIA (ésta sin desperdicio)

Burla de las amenazas cuando se toca la campana de Velilla, de Francisco de Quevedo (1580-1645)

«Conozcan los monarcas a Velilla,

por la superstición de la campana;

que a mí, por una pícara aldeana,

me la dio a conocer la seguidilla.

 

Crédulo, ¿por qué pasas a Castilla

agüeros de Aragón? ¡Oh plebe insana!

Siempre ceñuda con la alteza humana,

nunca propicia a la primera silla.

 

Yo temo que se toquen las mujeres,

que denota los moños y arracadas,

apretador y cintas y alfileres.

 

Mas tocarse campanas apartadas

de mi sueño y mi casa y mis placeres,

aquí, y en Aragón, son badajadas.»

 

¡Magnífico incrédulo e irónico Quevedo!

Hay algo más interesante en la leyenda. La campana tiene una relación con el Ebro más estrecha que el simple hecho de hallarse en un pueblo ribereño. Pero antes de contarla he querido acercarme al lugar.

Actualmente hay dos pequeñas campanas, pero ninguna es la original. No han heredado su carácter milagroso.

 El pueblo de Velilla se encuentra encajonado entre el cauce de un viejo meandro del río y una colina frontera de los Monegros. En lo alto de esta se alza la ermita de San Nicolás de Bari, a escasos 300 metros de una antigua colonia romana, Lepida Celsa, fundada poco después de la batalla del Ebro de Julio César que narré hace unos días. Para entrelazar aún más las hebras de este blog, se puede añadir que esta colonia de ciudadanos libres romanos, quizás antiguos legionarios, fue fundada (a distancia) por Marco Emilio Lépido. Este, cuando unos años antes había sido pretor en Hispania, tuvo que mediar con otro conocido de esta bitácora, Quinto Casio, aquel que murió «ahogado» en la desembocadura del Ebro. La víspera del día en que uno de los hermanos Casio encabezara el grupo que asesinó a Julio César, precisamente este había cenado con Lépido.

Cruce de calles de la colonia romana

Pero volviendo a la campana, cuenta la leyenda que esta campana había llegado navegando por el mediterráneo y remontando el Ebro contracorriente, con dos velas encendidas encima. Se detuvo junto a Velilla y sus vecinos se las ingeniaron para sacarla del agua y llevarla a la ermita.

Los notarios locales solían dar fe de cuándo tañía por sí misma. Luego se buscaba cual era el suceso de mal agüero al que pudiera adscribirse el son. Yo puedo certificar que no lo ha hecho cuando he pasado por aquí. Eso me da alguna confianza, aunque badajadas…, ¡las hay en abundancia!

 

¡EXTRA, EXTRA!

Para los que más les ha interesado esta historia campanera, les añado un par de informaciones de la época. Pero yo me sigo quedado con Quevedo.

Hay un curioso informe de un cronista e impresor de fines del XVII, Juan Cabezas, que en 1679 publica en Sevilla una «Relacion verdadera del prodigioso toque, que dia Jueues Santo proximo passado hizo la milagrosa Campana del Rey Bamba, llamada vulgarmête la Campana de Bililla, à quien los Moros pusieron la Palabrera, los Godos la del Milagro, y los Romanos la de los Anuncios«. No la he encontrado digitalizada, pero físicamente está aquí.

Una descripción más extensa puede hallarse en .

Copio el apartado:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta noche pasada he dormido en el Monasterio de Rueda, enfrente de Escatrón. Es el primer monasterio que encuentro cercano al río. De hecho está en la misma orilla. Quiero escribir una entrada sobre los monasterios, pero tendrá que esperar un poco, hasta que aparezcan otros en el camino.

Hoy voy a hablar de su nombre: Rueda.

Desconozco desde cuando es conocido así, ya que no un nombre muy habitual. Es verdad que hay una gran «rueda» o noria pegante al monasterio, a orillas del Ebro, que lo caracteriza en su silueta y era imprescindible en su vida.

La Noria o Rueda del monasterio al atardecer. Al fondo, en la orilla opuesta del Ebro, aparece Escatrón

Las grandes norias han tenido, por su altura y movimiento acompasado, un especial atractivo. Destacaban en el paisaje… y en las ferias. Hasta Londres ha colocado una en el centro: no mueve aguas, sino personas, aunque no ha perdido su privilegio de estar junto al río.

(spoiler de cortesía, por si os interesa poco la técnica y más la literatura: esta entrada acaba con una poesía de Antonio Machado)

Imagino a generaciones de agricultores intentando arrancar cultivos de estas pobres tierras, mirando las enormes masas de agua que pasaban delante de sus ojos, en las que estaba su salvación. Simplemente había que llevar una poca de esa agua a la tierra sedienta, ya que por aquí apenas llueve (menos de 400 litros al año).

El método tradicional de subir a mano, cubo a cubo, permitía regar, con gran esfuerzo, poco más que una huerta. La solución a mayr escala estaba en las norias, en las que se podía utilizar otras energías.

Las más sencillas y baratas eran las que con las vueltas de un burrito, o de una persona, alrededor de un eje vertical puesto sobre un pozo, y con un mecanismo no muy complejo, permitía mejorar el rendimiento. Era ideal en zonas con aguas subterráneas abundantes (lo son las terrazas próximas a los ríos) en donde se excavaban pozos. Pero sólo permitía regar como mucho 3 o 4 hectáreas.

Un escritor de la segunda mitad del XIX decía, refiriéndose a las numerosas norias de este tipo que se encontraban en la zona del delta del Ebro: «Al observar estos rudimentarios aparatos, cualquiera se creería transportado a siglos anteriores cuando la mecánica no conocía las máquinas de vapor, las ruedas hidráulicas, los molinos de viento y el hierro fundido«.

Pero la verdadera revolución se dió con las «ruedas» o norias verticales, en dnde el eje horizontal permitía que la estructura llegara hasta el agua. Si tenía suficiente corriente, era el propio río quien impulsaba el giro y permitía que los cangilones o recipientes dispuestos astutamente ascendieran de forma continua agua, de forma regular a una gran altura.

foto de la Asociación de Amigos del Monasterio de Rueda

La rueda de este monasterio tiene 18 metros de diámetro. Como parte debe quedar bajo el agua, la altura útil es de unos 15-16 metros, es decir cuatro cinco pisos.

La técnica era conocida ya desde la antiguedad. Dicen que la inventó Filón de Bizancio en el siglo III a.C.

Los lugares en donde era práctico utilizarlas eran muchos: las terrazas y mejanas del curso medio del Ebro son ideales: cuentan con un río caudaloso, tierra fértil abundante, y una altura de elevación de pocos metros.

Sin embargo había muchos problemas para poder aprovechar este magnífico invento: eran muy costosas. Requerían una fuerte inversión para su instalación y mantenimiento, y exigían habilidades técnicas bastante sofisticadas.

Para empezar necsitaban grandes cantidades de madera de buena calidad, algo que no había en los alrededores del Ebro y había que comprar a los almadieros que la bajaban del Pirineo. Hacía falta hierro en cierta abundancia. Ajustar la instalación, que recordemos solía estar en movimiento permanente, provocaba no pocos dolores de cabeza, no tanto porque chirriaba como por el desgaste. Eso cuando no quedaba destruída en cualquier riada.

Eso explica que fuera un monasterio, que contaba con recursos y podía acceder a conocimientos prácticos a través de sus relaciones con otras abadías, quien pudiera construir una rueda hidráulica de estas dimensiones. Posiblemente en su momento, en la baja edad Media debió causar sensación y es lógico que se le adhiriera el nombre.

 

Con el tiempo las norias se fueron extendiendo en la zona del Ebro en las que resultaban más útiles. Una información de 1882 nos da una relación de 12 norias, nueve de las cuales se hallan en ese entorno: Sástago (varias), Gertusa, Escatrón (la del monasterio), Chiprana, La Magdalena, Vera, Mequinenza y Flix. En el curso bajo los regadíos se solucionaron de otra manera, con canales alimentados por un azud.

Hay referencias a una rueda hidráulica en el curso alto del Ebro, en Valdenoceda, pero parece ligada a un molino y no a regadíos.

En cuanto a las otras dos estaban en Calahorra y Tudela. En este municipio para regar un paraje de la margen izquierda que aún se llama «Las Norias». En aquel para regar los campos de El Sazal.

Unos años antes Madoz dice que había muchas norias entre El Burgo y Escatrón, citando una en Pina y otra en Quinto.

Todas ellas desaparecerían con la introducción de bombas a motor.

 

Para acabar, hoy tenemos una buena lectura. No parece que fuera el Ebro quien inspirara a Machado, pero el contenido es tan próximo a mis andanzas (una caminata solitaria y pensativa junto al río en julio…) que se ha ganado el derecho a que lo incluya.

LA LECTURA DEL DIA

del libro Soledades, galerías, otros poemas (1907), de Antonio Machado.

Soledades XIII

HACIA UN OCASO RADIANTE

Hacia un ocaso radiante
caminaba el sol de estío,
y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
tras de los álamos verdes de las márgenes del río.

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
entre metal y madera,
que es la canción estival.

En una huerta sombría,
giraban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras el son del agua se oía.
Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.

Yo iba haciendo mi camino,
absorto en el solitario crepúsculo campesino.

Y pensaba: “¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa!”

Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.
Lejos la ciudad dormía,
como cubierta de un mago fanal de oro transparente.
Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.

Los últimos arreboles coronaban las colinas
manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.
Yo caminaba cansado,
sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.

El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,
bajo los arcos del puente,
como si al pasar dijera:

”Apenas desamarrada
la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,
se canta: no somos nada.
Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.”

Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.
(Yo pensaba: ¡el alma mía!)

Y me detuve un momento,
en la tarde, a meditar…
¿Qué es esta gota en el viento
que grita al mar: soy el mar?

Vibraba el aire asordado
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de campanitas de oro.

En el azul fulguraba
un lucero diamantino.
Cálido viento soplaba
alborotando el camino.

Yo, en la tarde polvorienta,
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.

 

Estamos en la época de los grandes embalses. En los casi mil kilómetros de río principal, no hay más que tres dignos de ese nombre (el del Ebro en la cabecera y los de Mequinenza y Flix). Pero el afán de retardar el curso del río, reteniendo por un instante su energía fluyente para concentrarla y poder mover ruedas que hicieran girar piedras de molino, elevar los cangilones de las norias, levantar martillos e hinchar fuelles en las ferrerías y movilizar otros ingeniosos mecanismos que hacían la vida más fácil, es mucho, mucho más antiguo.

Los molinos «siameses» de Tubilleja

Antes de que apareciera la electricidad esta era la única forma de aprovechar la inmensa energía que transportaba el río. Esta se manifestaba con toda su pujanza en la erosíón, el trasporte de miles de toneladas de barro y piedras o en los destrozos que provocaban las inundaciones. Al lado de eso el aprovechamiento humano era una minucia.

En el curso principal hacia 1880 había unas setenta presas y azudes. Como en los últimos 150 km el caudal era muy potente y el cauce muy amplio, la inmensa mayoría se encontraban aguas arriba de Mequinenza. Más o menos una cada diez o doce kilómetros.

Pero el número de molinos en toda la cuenca era mucho mayor. Cada afluente contaba con una gran cantidad de ellos, incluso en los ríos más pequeños. Afortunadamente contamos con un inventario bastante completo de 1862 que nos da idea del volumen de este aprovechamiento energético:

En toda la cuenca hay 3.380 molinos harineros movidos por las aguas. También los hay de aceite (trujales) e incluso de chocolate. Hay 430 batanes, instalaciones de cardado de lana y fábricas de paños. No faltan las sierras mecánicas (78), fábricas de papel -fabricados con trapos- (96), y las de hierro y cobre, con sus martinetes (50).

esquema del molino de la Renegada (Valderredible)

En total hay más de 6.000 artefactos movidos por las aguas.  La mayoría son «rodeznos», ruedas horizontales, el sistema más simple para aprovechar la energía hidráulica. Una cuarta parte son mecanismos con ruedas verticale sy un pequeño número disponen de turbinas, es decir ruedas con paletas curvas, que son más eficaces.

A ello hay que añadir casi un centenar de norias para elevar las aguas.

El autor del informe, que recorrió miles de kilómetros recogiendo información, hizo una estimación de la potencia instalada en todas esas instalaciones: unos 16.000 C.V. Era un ingeniero al que suponemos capacitado para hacer esos cálculos, aunque a mí me parecen un tanto bajos.

En los cien años siguientes practicamente todas esas instalaciones fueron abandonadas. En su lugar aparecieron los motores eléctricos y de combustión. Para proporcionar energía a los primeros se empezaron a construir saltos y presas cada vez mayores, con sofisticadas turbinas industriales.

Actualmente hay construidas unas 450 centrales en toda la cuenca del Ebro, cincuenta de ellas en el cauce principal. La potencia instalada es de 5,5 millones de C.V. (algo mas de 4.000 MW), es decir 350 veces más que en en el siglo XIX. El aumento del aprovechamiento energético es aún mayor, quizás mil veces la de entonces, pues el aprovechamiento es más regular que en los antiguos molinos.

Presa de Sobrón

Como es lógico, el peso del cauce principal se ha incrementado, pues es el que más agua lleva. Supone el 18% de la potencia instalada y el 23% de la producción eléctrica. Las nuevas técnicas y materiales han permitido superar el miedo a construir en los ríos anchos y  caudalosos. Actualmente hay una treintena de embalses grandes con producción eléctrica, además de un gran número de minicentrales. Sus gauas ocupan una superficie total d eunas 40.000 hectáreas.

No acaba ahí el papel energético del río. Las nuevas fuentes energéticas (carbón, gas y nuclear) necesitan grandes cantidades de agua para refrigeración.

En 1953 se pone en marcha la central térmica de Escatrón. El carbón viene de las minas turolenses de Andorra por una vía férrea construida de 50 km para este fin. La escasez de agua en la proximidad de los yacimientos carboníferos obliga a esa costosa solución. Esta central funcionó hasta 2011, con una potencia de 172 MW.

antigua central de Escatrón

En 1971 la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos),a orillas del Ebro, empieza a proporcionar electricidad a las redes. Funcionó hasta el 2012, con una potencia instalada de 466 MWe, es decir nueve veces menos que la de todas las presas. Su funcionamiento era más regular y continuo que el de estas, por lo que anualmente proporcionaba una cantidad de energía que era casi la mitad de las hidroeléctricas del valle.

En 1984 comienza a funcionar una segunda central nuclear, en Ascó (Tarragona), con dos reactores. Entre ambos tienen una potencia de más de 2.000 MWe. La producción anual de cada una de ellas es aproximadamente igual a la de todos los pantanos de la cuenca ebreña.

En lugar de la central de carbón de Escatrón se construyó una central de ciclo combinado que usa gas natural como combustible. No es la única. Entre 2001 y 2006 se pusieron en marcha otras en Arrúbal (La Rioja), dos en Castejón (Navarra), todas ellas muy próximas al Ebro, con el que se refrigeran. Otra más en Castelnou, toma las aguas de un afluente, pero se halla a solo seis kilómetros del río principal. Entre todas hay una potencia instalada de unos 3.600 MW. Un año normal proporcionan menos energía que las nucleares, porque están buena parte del tiempo paradas o a bajo rendimiento, ya que sirven de respaldo a la producción de las energías «alternativas», con las que no se puede contar cuando falta el viento o se hace de noche.

 

 

Las nuevas fuentes energéticas, la eólica y la solar, se han independizado completamente del río.

 

No ha llegado aún la hora de que Don Quijote y Sancho ocupen un hueco en este blog con sus aventuras. Pero sí de hablar de un tipo de molinos que no podían confundirse con gigantes terrestres, sino con monstruos marinos.

Un interesante documento de 1882 que describe los ríos de la cuenca nos decubre la existencia de al menos seis “molinos flotantes”, todos ellos en el curo inferior (en Fayón, Ribarroja, tres en Mora y uno en Miravet). Son los supervivientes de la última generación de este tipo de molinos, en una época en la que habían ido desapareciendo ya de casi todos los ríos europeos.

Molino flotante en Esovenia. Desconozco el nombre del autor de la foto.

Un molino flotante es una embarcación que tiene a su costado una rueda de aceña, similar a la de las norias. Pero a diferencia de estas, su función no era la de elevar el agua, sino la de moler el grano.

En los ríos pequeños resultaba más práctico construir una pequeña presa, con su canal y antepara, que proporcionaba agua constante a un molino permanente, construido en la orilla. Este tipo de instalación, era la más habitual: en la cuenca del Ebro y sus afluentes a mediados del XIX varios miles.

Cuando el río se ensanchaba y su caudal aumentaba no era fácil construir y mantener esos azudes y canales. Cualquier riada solía llevárselos por delante, eso si no cambiaba el curso del río y el molino quedaba inutilizado lejos del cauce.

Molinos flotantes en Turquía hacia 1920. Postcard collection Ton Meesters.

La solución eran los molinos flotantes. Parece que fueron concebidos en las postrimerías del imperio romano de occidente, hacia el siglo VI. Pronto se expandieron por toda Europa y llegaron a ser bastante numerosos en los ríos más caudalosos.

No eran raros en el Ebro. Al-Idrisi un cartógrafo ceutí nos cuenta hacia el año 1161 que, entre otros sitios, los había en Tudela y Zaragoza. Los había entonces también en el Cinca, así como en otras cuencas como en el Llobregat o el Segura, en Murcia.

Diderot los describió con varias láminas en su Enciclopedia (1751). Eran una de las técnicas de molienda más perfeccionadas y productivas con los medios de la época:

  

Para quien quiera conocer más sobre ellos puede consultar esta página, muy completa y documentada.

En otra entrada de este blog nos encontramos con un molino flotante. Se trata de la aventura que tiene Don Quijote. Debía tener fijación con los molinos, ya fueran de viento como en la Mancha, o flotantes como en su paso por el Ebro. Debían ser más habituales en el tiempo de Cervantes que en el de los ilustradores que, siglos más tarde, enriquecieron las ediciones más modernas. En ninguna logran representarlos correctamente y muestran molinos fijos de orilla, aunque del texto se desprende claramente que eran naves-molino, como también se llamaban.

 

 

Viendo el mapa de temperaturas medias no parece que las frescas aguas que bajan al Ebro de la Cordillera Cantábrica y los Pirineos tengan gran influencia en el clima. Más bien domina la influencia del Mediterráneo, que superando las montañas costeras se arroja con sus calores sobre el valle. Baja el agua refrescante; sube el aire agobiante.

Mapa de la temperatura media anual. Fuente: IGN.

Uno de los puntos más cálidos del curso del Ebro es el correspondiente a las etapas de hoy. Ahora en verano son de esperar muchas horas con temperatura superio a los 30º. Por eso he elegido un tema sorprendente y refrescante.

LA LECTURA DEL DÍA (¡¡¡ATENTOS AL TÍTULO!!!)

Cuando el río se helaba. Las heladas históricas del Ebro a su paso por Tortosa, de José Manuel Puente

¡Hielo en el Ebro y nada menos que en Tortosa, junto al mar!

«En siglos pasados con la temperie más rigurosa que la actual, el río Ebro, uno de los más grandes y generosos ríos de la Península Ibérica, se helaba con relativa frecuencia durante los meses invernales. Y esto se producía no sólo en su curso alto o medio, sino en su misma desembocadura a su paso por la villa de Tortosa».

«…a partir de 1560, y dentro del contexto de la Pequeña Edad de Hielo, se generó una continentalización de los inviernos que se hicieron cada vez más fríos, debilitándose durante largos períodos la circulación atmosférica oesteeste permitiendo con ello la entrada de masas de aire muy frío y seco de origen continental que producían un descenso acusado y constante de las temperaturas. La permanencia de estas situaciones durante semanas o meses incluso, hacía posible la congelación completa de las aguas de un río tan importante como el Ebro.»

Este fenómeno era raro, pero se repetía de tiempo en tiempo. La primera noticia que se tiene de que se helaran las aguas del río en Tortosa es de 1442. Luego hay constancia de otras en 1447, 1503, 1506, 1572-73, 1580-81, 1590, 1623-24, 1648-49, 1694, 1708-09, 1712-13, 1766, 1784, 1788-89, 1829-30 y, la última en 1891.

Para los incrédulos, de esta útima hay constancia gráfica:

la helada del Ebro en Tortosa en 1891

Fotografía de Bonaventura Masdéu

No se trataba de congelaciones superficiales. En algunos casos las crónicas cuentan que «se formó una capa de hielo tan recia, que por frente de la iglesia de Santiago, el bajo pueblo se divertía pasando a pie desde una a otra orilla» o que «se dio el caso de atravesarse el río montado un hombre sobre una mula, sin que cediera el gélido pavimento«.

Posiblemente la presencia del puente de barcas ayudara a que el hielo formara una barrera. Pero hubo años tan excepcionales como el de 1572 en que el río estuvo congelado casi un mes,  la de 1694 en donde el hielo acumulado en el río a su paso por la ciudad alcanzó los tres metros de grosor, o el de 1829 cuando llegaron a helarse las orillas del mar en Tarragona.

Dando de nuevo la palabra a José Manuel Puente:

«Las heladas del Ebro no son un hecho lo bastante reiterado en el tiempo como para observar a través de ellas la evolución del clima en el pasado. A pesar de ello sí que nos indican la importancia, duración e intensidad que en siglos pasados debieron tener los períodos de frío extremo para hacer que un río de semejante caudal se helara completamente durante varios días en sus últimos kilómetros antes de desembocar en el mar.

Resumiendo, podemos constatar dos heladas en el siglo XV (1442 y 1447), las dos de gran intensidad según los relatos que nos han llegado, coincidentes por otra parte con inviernos muy fríos y secos en general. Este siglo XV tuvo en la Península un carácter templado aunque mostró ya los primeros síntomas de lo que sería el cambio climático de la Pequeña Edad de Hielo.

En el siglo XVI nos encontramos con cinco heladas del Ebro, dos a principios de siglo (1503 y 1506) que coinciden con el recrudecimiento de la temperie y el inicio en la Península de la Pequeña Edad de Hielo, y otras dos de gran intensidad (las del invierno 1572 – 1573 y la de 1590), que se producen en el período de agudización de los fríos que siguió al año 1560 y que se mantendrá hasta el final de la Pequeña Edad de Hielo. Además de la helada del invierno 1580 – 1581. Son los años de las grandes heladas del Ródano (siete entre 1556 y 1595), los vientos gélidos del NE que queman los olivos, los períodos secos coincidentes con los inviernos extremadamente fríos que azotan el Mediterráneo; y son los años de algunas de las heladas más grandes del río Ebro como ya hemos visto.

Esto tendrá continuidad durante la centuria siguiente y las cuatro nuevas heladas del Ebro, dos de ellas seguramente hayan sido las más grandes que se recuerdan, las del invierno 1623 – 1624 y la del año 1694. La duración de los hielos (en torno a las dos semanas) y la profundidad alcanzada por la plataforma helada, marcan un punto álgido en la intensidad de las olas de frío.

Durante el siglo XVIII las heladas del río se mantienen a buen ritmo (cinco, más que en los siglos anteriores), pero disminuyen en cuanto a su duración y a la intensidad de los hielos, excepto la del invierno de 1788 – 1789, que resultó ser comparable a las de los siglo XVI y XVII.

Finalmente en el siglo XIX sólo hay registradas dos heladas del río, las dos de menor envergadura que las anteriores, coincidente todo ello con un repunte general de las temperaturas durante este siglo, aunque todavía con períodos muy fríos como los comprendidos entre 1830 y 1840, o el período que va de 1880 a 1895. »

Estos datos contradicen un tanto la opinión reflejada en el primer párrafo de que no es posible ver la evolución del clima en el pasado. Al menos sirve de constatación de los grandes cambios de clima que ha habido en el pasado (los fuertes calentamientos de la época romana y de la edad media) y que el calentamiento que estamos viviendo es secular y empezó a principios del XIX, mucho antes de la moderna industrialización.

¡EXTRA, EXTRA!

Las heladas del Ebro dejaron otras huellas, como estas inscripciones en la puerta de la iglesia de Alforque, donde el río baña a los Monegros. Alguno habla de hasta cinco inscripciones del siglo XVII, yo puedo mostrar estas dos:

«a 27 de enero de 1658 se elo Ebro»

y esta recordando al río helado en 1694

 

 

El pantano de Mequinenza tiene la silueta de un dragón:

El embalse de Mequinenza, largo, estrecho y con «espinas». Imagen del IGN.

Como buen dragón, este también esconde sus tesoros secretos. Bajo sus aguas hay un trasfondo histórico muy interesante.

La presa que lo embalsa, construida muy cerca de Mequinenza, se acabó de construir en 1966. Destaca por su gran longitud (más de 100 km del cauce inicial) y su superficie, que supera las 7.500 hectáreas. Tiene 500 km de costas. En ese contorno se puede almacenar una inmensa cantidad de agua. Es el quinto pantano por capacidad de España, (1.530 hm³). Tardó casi tres años en llenarse.

Se diseñó con una gran capacidad para contrarrestar y aprovechar las grandes riadas que de tanto en tanto conoce el Ebro. Por ejemplo, mientras se construía, en 1961 hubo una gran ebrada, como le llaman en algunas comarcas ribereñas. En el momento de la máxima avenida pasaban por el río unos 4.100 m³/s. Si ese volumen se hubiera mantenido se hubiera llenado el embalse completo en poco más de cuatro días, pero ese pico duró solo unas pocas horas.

Posiblemente destaca porque a pesar de su gran tamaño, su construcción no inundo ninguna población, algo realmente raro en los grandes embalses. Esto es así porque la zona elegida es la del gran semidesierto interior de los Monegros. Pero incluso las zonas muy áridas tienen vida y presencia humana. En realidad, no pocas familias vivían en la zona inundada.

Tras medio siglo las gentes han olvidado lo que había antes de su construcción. En esta entrada voy a dar un repaso a lo que había en esa zona, especialmente en las orillas del río.

Las fuentes van a ser las descripciones que hicieron los ingenieros en 1864 y 1882, las minutas cartográficas de los años 20 y los fotoplanos de 1927.

 

 

La calle principal de Monegros

Salvo Chiprana, pueblo situado en el extremo occidental de la lámina de agua, no hay pueblos ribereños. No muy lejos se halla Caspe, cuyos fundadores prefirieron situarlo a orillas del río Guadalope,  un par de kilometros del cuce principal del Ebro. Después el río tardará más de sesenta kilómetros para ver orillarse otro casco urbano.

Pero los mapas antiguos nos muestran multitud de construcciones a orillas del Ebro. He contado más de 150.

Mases y torres en el soto de la Herradura, en Caspe

No se trataba solo de pequeñas casetas. Los mpas distingen entre “torres” y “mases». Los mases se solían utilizar especialmente en la época de siega y trilla. Algunas torres debían tener cierta importancia y solían ser lugares de habitación permanente de una o varias familias.

El sustento principal se encontraba en la agricultura; la pesca debía ser algo más ocasional. Hasta la llegada de la corriente eléctrica la posibilidad de riegos era muy limitada. Un azud al pie de la ermita de la Magdalena alimentaba un corto canal de poco más de dos kilómetros. Algunas norias lograban aportar agua para otros pequeños regadíos. Solo con la llegada de las bombas pudieron expandirse los regadíos, especialmente cerca de Caspe.

El gran número de casas debía justificarse no sólo por los cultivos de la estrecha banda regable, sino también por el buen número de jornales que debía proporcionar la navegación, en particular cuando era necesario remontar la corriente.

un mas a orillas del Ebro

Para estas construcciones el río funcionaba como una gran avenida. En la mayor parte del trascurso había un camino por cada orilla que se utilizaba para halar las embarcaciones. Solamente en las zonas difíciles, en un largo tramo entre la Herradura y la Magdalena, parece que no había mases, cultivos ni caminos. Desconozco cómo conseguían remontar las embarcaciones el río en esa zona. Debía ser uno de los pasos más salvajes y complicados. Eso debe explicar la existencia del puerto de Los Arcos, del que hablaremos más adelante.

Las esclusas

Bajo las aguas se encuentran los restos de algunas de las esclusas que se construyeron a mediados del XIX para facilitar la navegación entre Zaragoza y Tortosa.

En el tramo del embalse había tres, en Chiprana, La Magdalena y cerca de dónde se construyó la presa de Mequinenza. Las habían construido para salvar los azudes que existían en esos puntos. Consistían en una derivación del cauce de varios cientos metros de longitud que acababa en una esclusa de unos 75 metros de largo y algo más de 10 de ancho. Eran tan amplias porque navegaban barcos de ruedas de hasta 50 metros de eslora con ruedas motrices exteriores. El canal de derivación permitía evitar que el barco fuera llevado por la corriente hacia la presa. A su salida se continuaba la derivación para que la caída del agua del azud no dificultara la navegación.

Restos de la Esclusa de Chiprana. Se adivina el canal de derivación, ya cubierto de vegetación. Servía para salvar la presa por la orilla derecha, en donde estaba la «casilla de la Esclusa»

El desnivel que superaban las esclusas era muy pequeño, de solo 2 a 3 metros. No se trataba tanto de remontar alturas como de salvar las presas. En la práctica, cuando el río bajaba muy crecido los barcos pasaban por encima de las presas, sin tener que pasar por la esclusa.

Junto a la esclusa solía construirse una casita para el esclusero y un “puerto”, donde amarrar las embarcaciones, bien para pasar la noche o guardar turno para pasar la esclusa. En estos puertos no solían haber carga o descarga. Todavía hoy en día se conserva la huella toponímica que dejaron: el cañadón que desembocaba cerca de la esclusa de Mequinenza se llama precisamente “barranco del puerto”. Cerca de Chiprana todavía en 1928 se encontraba la “casilla de la Esclusa”

Costaron en su tiempo entre 600 y 700 pesetas cada una. Contando la inflación transcurrida esta cantidad supondría ahora unos 250.000 euros. Una minucia para nuestro nivel de riqueza actual, pero una fuerte inversión en aquel momento.

Los Arcos

Además de esos puertos escluseros, había otros en pleno río. Uno de ellos, el único situado en el corto tramo que el Ebro baña la provincia de Huesca, me ha llamado la atención, aunque poco de cierto he logrado descubrir sobre su historia. Se trata del situado en la salida del arroyo de Valcuerna, que baja desde Peñalba. Casi siempre seco, servía de acompañante al camino que comunicaba con el camino real de Zaragoza a Lérida. Los raros años de buena cosecha debía servir para cargar el grano de los pobres campos monegrinos.

Los Arcos, en 1928

Los mapas de principios del XX muestran varias construcciones en la orilla del rio. No se trata de las pequeñas casas de habitación temporal o permanente ligadas a los cultivos.

Teniendo en cuenta la gran distancia entre lugares habitados era imprescindible contar con algunos puertos intermedios, así que es posible imaginar no pocas historias de los navegantes ebreños en este punto que, es de imaginar, serviría de refugio y posada.

 

 

La Magdalena

Esta península estaba en medio de esa zona solitaria y alejada. En lo alto había una ermita que hoy en día está en ruinas, pero aún muestra su antiguo esplendor como foco de romerías.

Algunas fotos de su estado pueden verse aquí.

Ahora, con el crecimiento del río por el pantano su posición, ya de por sí espectacular, se ha agrandado. Buena parte del año la montaña que la soporta se convierte en isla. Pero este milagro no da para que su paulatina degradación haga prever su desaparición total.

Restos de la esclusa para salvar el azud de la Magdalena. La construcción que se ve aguas abajo posiblemente sea la casa del esclusero y un lgar donde poder amarrar las barcas.

En épocas anteriores era otro de los puntos de parada en la navegación, pues parece que tenía próxima una posada.

 

Mucho podría escribirse sobre el paisaje, del escaso número de árboles -no eran compatibles con el arrastre de los barcos desde la orilla en las remontadas-, sobre los cultivos, caminos… Pero dejémoslo aquí, para poder dar un poco de rienda suelta a la imaginación.

¿Habíais oído hablar alguna vez de la existencia de un segundo Ebro?

Pues lo hay. Y en la cultura universal llegó a ser más conocido que el nuestro. Para presentároslo vamos a comenzar con…

LA LECTURA DEL DÍA

Sonetos de del poeta y filósofo italiano Petrarca (1304-1374)

Soneto 148 (según otras versiones es el 114)

Está escrito en lengua toscana; para una mejor comprensión he puesto una traducción después (y para una aún mejor comprensión de la dificultad de traducir poesía he puesto dos).

Non Tesin, Po, Varo, Arno, Adige, e Tebro,

Euphrate, Tigre, Nilo, Hermo, Indo, e Gange,

Tana, Histro, Alpheo, Garona; e’l mar, che frange,

Rhodano, Hibero, Rhen, Sena, Albia, Hera, Hebro;

Non Hedra, Abete, Pin, Faggio, o Genebro,

Poria il fuoco allentar, che’l cor tristo ange;

quant’un bel rio, ch’ad ognihor meco piange

Con l’arboscel, che’n rime orno e celebro,

Quest’un soccorso truono tra gli assalti

D’amore; onde convien ch’armato viva

La vita, che trappassa a si gran salti;

Cosi cresca il bel lauro tu frescha riva;

Et chi’l pianto, pensier leggiadri e alti

Ne la dolce ombra al suon de l’acque scriva.

.

traducciones (la de la izquierda es de Henrique Garcés, de 1591, de la otra desconozco el traductor) :

No Varro, o Po, Tesin, o Histio, o Hebro,

Eufrates, Nilo, o Ganges, Indo, o Rhona,

Tigris, Tajo, o Alfeo, Sena, o Garona,

Hibero, Adige, o Arno, Tana, o Tebro

ni yedra, pino, o cedro, haya, o henebro

menguar pueden el fuego en mi persona

cuanto un chico arroyuelo que aquí asona

y el árbol qu’en diez mil versos celebro

Sólo esto me socorre en los asaltos

de amor, esto conozco claramente

que basta mitigar mi pena esquiva.

Crezca este Lauro visivamente,

y el que aquí lo plantó conceptos altos

a su sombra y al son dest’ agua escriba

Po, Arno, Tesino, Varo, Adigio y Tebro,

Eufrates, Tigris, Nilo, Hermo, Indo y Era,

Ródano, Sena, Alfeo y la mar fiera,

Rin, Danubio, Albia, Ganges, Don y el Ebro,

y yedra, abeto, pino, haya o enebro

no pueden mitigar en mí la hoguera

cual la corriente que es mi compañera

de lágrimas, y el árbol que celebro

Sólo esta ayuda encuentro en los asaltos

de Amor, y es fuerza, pues, que armado viva

la vida que transcurre a grandes saltos.

Crezca el verde laurel en fresca riba,

y aquel que lo plantó conceptos altos

bajo su sombra al son del agua escriba

En la traducción aparece el Ebro con el nombre que conocemos. Pero en el original (cuarta línea) hay un «Hibero» y un «Hebro«. Por si fuera poco en la primera surge el «Tebro».

De este último la explicación es sencilla: es el Tíber romano.

El «Hibero» es nuestro Ebro. Pero entonces ¿qué hace el otro «Hebro»? Para uno de los traductores españoles no parece tener importancia, pues lo ha ignorado o, quizás, los ha reunido.

Pero sí existe un río Hebro y es relevante. El mismo Petrarca lo cita en otros sonetos

«…tra Pento y Hebro«, (entre el Pento y el Hebro)

Ambos son dos ríos de Grecia, cargados de mitología, el primero estaba en la Tesalia y es donde Apolo versó su amor por Dafne. En cuanto al quasi homónimo Hebro, era un río de la Tracia, famoso por la muerte de Orfeo.

Cuenta el mito que las ménades o ninfas, ligadas al dios Baco, mataron y despedazaron a Orfeo. Hay variantes sobre las razones que tuvieron, tema que daría para un buen relato y no pocos debates. En lo que parece que hay acuerdo es en que, luego de acabar con él, tiraron su cabeza y su lira al río Hebro. Ambos bajaron flotando por la corriente mientras entonaban una triste música, que era respondida por las orillas del río en lastimera sinfonía.

No es este el Ebro que me acompaña, aunque quizás esta noche intente escuchar los ecos de esas músicas.

En el mundo culto este Hebro llegó a ser más conocido que nuestro Hibero. Es citado por el mismo Virgilio.

Más tarde incluso lo cita un escritor navarro, el Padre Moret (1615-1687). En una curiosa obra titulada ni más ni menos que «El bodoque contra el propugnáculo histórico y jurídico del licenciado Conchillos«, habla de Adrianópolis, ciudad situada a orillas del trágico río tracio. Advierte, sin embargo, a sus lectores para que «no se confunda con el de Tudela, no tengamos otro propugnáculo sobre el caso«. El tal Conchillos, ebreño tudelano, respondió llamando a Moret el «trifauce cerbero«… pero dejémoslo, que el papel de los afluentes es el de henchir el río y no el de alejarse de su cauce.

(Para ahorraros la visita al viejo diccionario que he tenido que hacer os avanzo que el «bodoque» era una especie de bala de barro endurecido que se disparaba con las ballestas; «propugnáculo», era un elemento de defensa avanzada en una fortificación)

(Y para los mas curiosos, este río sigue evidentemente existiendo y sus aguas siguen creando música, pero ahora se llama Maritsa -a veces aún se le conoce como Evros- y está en Bulgaria)

Orfeo -de cuerpo entero- tocando la cítara. Mosaico de una casa romana de Zaragoza. ¡Mejor le hubiera ido a orillas de este Ebro! (imagen: museo de Zaragoza)

Cerca de este tramo del Ebro también se vivieron fuertes combates de 1938. Pero en esta ocasión quiero contar otra historia diferente sobre la batalla, y sobre la guerra en general.

Lo vamos hacer, como casi todos los días, a través de unos fragmentos:

LECTURA DEL DIA:

Desertores: la guerra civil que nadie quiere contar (2005), de Pedro Corral, editorial Debate.

 El capítulo que voy a resumir y del que incluyo algunos fragmentos es el titulado «Historia de las deserciones de Juan Pujol García, el espía que engañó a Hitler«.

Pero estas líneas van a estar mejor dedicadas a uno de sus compañeros de fuga.

Como dice el título, Juan Pujol acabó siendo un agente doble que acabó jugando un importante papel a favor de los aliados en las maniobras de distracción del desembarco de Normandía.

En el momento de la batalla del Ebro tenía 26 años y estaba destinado como telefonista en el 13 brigada mixta del “Ejército Popular”, desplegada en la zona de Ascó. Al iniciarse la guerra se negó presentarse a filas porque “me repugnaba tomar partido en una lucha fratricida, no deseaba participar en un enfrentamiento desencadenado por unas pasiones y un odio tan alejados de mis propios ideales”. Fue detenido y tras ser liberado pasó un año escondido en Barcelona.

Ante el gran número de prófugos, huidos, desertores y escondidos el gobierno Negrín, falto de carne de cañón para la batalla que con gran sangría se desarrollaba en el Ebro, anunció el 16 de agosto una amnistía para quienes se presentaran. Lo hicieron varios miles. Viendo esta oportunidad Pujol, como otros muchos se presentó, justo en vísperas de que finalizara el plazo dado. Fue de inmediato enviado a primera línea del frente junto con otros muchos prisioneros de guerra para recomponer la XIII brigada mixta (antigua brigada internacional) que para esas alturas del combate había quedado muy dañada.

De estos nuevos reclutas a la fuerza tres se las apañaron para desertar juntos solo cinco días después de llegar al frente, justo el tiempo de conocer el entorno y organizarse. Como narra el libro de Pedro Corral:

“los tres compañeros debieron de planear con antelación el Día D de su fuga en el Ebro. (…) El parte ordinario de la unidad, firmado por el comisario, proporciona más información sobre la deserción de Juan Pujol.

‘Esta mañana ha sido encontrada una carta del evadido Juan Pujol en la chavola que ocupaba, dirigida a una amiga suya y metida en un doble sobre. En el sobre de fuera dice lo siguiente: ‘Amigo José. Me harás el favor de tirar esta carta al correo dentro de dos días”. (…) Dentro del segundo sobre iban quince pesetas. (…)

Es posible que la destinataria del segundo sobre y de las quince pesetas fuera su madre, aunque Pujol aludía a ella como una amiga, para evitarla problemas. Y es que el mismo día de su evasión, el comisario de su batallón les había hablado de las deserciones y les había recordado que ‘serán castigados los familiares de los que lo hagan y se pueda comprobar que son los instigadores de la deserción’ (…)

Las posiciones de la XIII Brigada quedaban enfrentadas por el oeste a las líneas de la 50 División franquista. A sus espaldas corría el río Ebro y al norte el Matarraña. Sabemos que la noche de su deserción Juan Pujol logró alcanzar las líneas franquistas, a pesar de que en un instante de desorientación volvió hacia las republicanas, desde donde fue tiroteado. Según sus propios recuerdos, después tuvo que aguantar la respiración, escondido entre unos arbustos, ante la proximidad de las patrullas que estuvieron buscándolos, extremo confirmado por el parte de deserción. Por fin, opto por quitarse las botas (…) . Al cabo del tiempo llegó descalzo hasta las posiciones franquistas donde le dieron ropa y comida.

A los tres días de llegar a las filas franquistas, le enviaron preso al campo de concentración de Deusto, del que logró salir gracias al aval de un sacerdote al que su madre había ocultado en su casa de Barcelona. Al poco le llegó la citación para presentarse en un centro de reclutamiento de Burgos. (…)

‘Mi padre me contó siempre que sentía con orgullo – me dice su hijo Juan – el no haber disparado un solo tiro a favor de ninguno de los dos bandos. Era un hombre profundamente liberal., que rechazó los totalitarismos de uno y otro signo. La experiencia de la guerra de España le había enseñado que el fascismo era igual de intolerable que el comunismo. Esto es lo que define el papel de mi padre ante la Guerra Civil y lo que marcará su papel en la Segunda Guerra Mundial’.”

Bueno me he extendido un poco con la historia de Pujol porque al sobrevivir a la guerra y acabar siendo un personaje de interés fue entrevistado y contó detalles de esta fuga. Pero el objeto mio esta en otro personaje, un de los tres que se fugaron aquella noche. Sigamos con el fragmento:

“Muy distinta fue la suerte de Pedro Pascual Ribas (…). Era un joven de una familia muy humilde, de Sant Sadurní d’Anoia, con doce hermanos, cinco mujeres y siete varones, que habían perdido a sus adres muchos años antes de la guerra. Pedro, que apenas sabía leer y escribir, empezó a trabajar muy pronto como camarero en diversos establecimientos de Barcelona.

A comienzos de 1936, con veintiún años, servía en un local del Paseo de Gracia )…). Además de atender las necesidades de sus hermanos mas pequeños, ahorraba parte del sueldo para pagarse él mismo la exención del servicio militar, como soldado de “cuota”, pero cuando fue llamado a filas no tenia reunido el dinero suficiente.”

La guerra le deparó no pocas sorpresas. Acabó siendo alistado en el ejercito franquista y enviado al frente de Gandesa en la batalla del Ebro. Allí, con el primer empuje republicano de julio cayó prisionero. Enviado a un campo de concentración, a las pocas semanas, junto a otro millar y medio de prisioneros, y junto con miles de desertores y prófugos fue mandado de nuevo al frente a reforzar las brigadas internacionales, muy debilitadas, no solo por las bajas de guerra sino porque también se estaba procediendo a la repatriación de los voluntarios extranjeros.

“Los últimos que vieron con vida a Pedro Pascual Ribas fueron sus compañeros de deserción, Juan Pujol Garcia y Juan Cortina Callart”. Este, aunque afiliado a la UGT, tampoco se había presentado a filas y había permanecido mas de dos años escondido.

Pascual, que venia de luchar en el bando franquista tomó otro camino:

“Mientras Pujol cruzaba la tierra de nadie frente a las posiciones de la XIII Brigada Mixta para alcanzar las lineas franquistas, Pascual debió dirigirse a retaguardia con la intención de abandonar la cabeza de puente del Ebro, cruzar el río para llegar a Barcelona y reencontrarse con sus hermanos después de tres años de separación y silencio.

Pero no pudo lograrlo: Pedro Pascual Ribas desapareció en aguas del Ebro al intentar alcanzar la otra orilla”.

Pocos meses más tarde la Cruz Roja informó de este fallecimiento a su hermana María-. Setenta años más tarde esta recordaba:

“Me dijeron que se había ahogado intentando fugarse. No quise decírselo a mis hermanos para que no sufrieran más. Esta es la cruz que he llevado encima toda mi vida. Todos nos queríamos mucho, estábamos muy unidos, y la guerra sólo nos dejó dolor y sufrimiento. Cinco de los chicos tuvieron que ir al frente, y de ellos volvieron solo tres. Pedro murió intentando desertar en el Ebro y otro hermano, Claudio, murió en el exilio. Los otros tres estuvieron presos después de a guerra en campos de concentración. Fue una tragedia”.

(…) Corral, el autor de este interesante libro hace una reflexión que pone a este joven en el lugar que merece:

“Es posible que Juan Pujol conservase también durante el resto de su vida la memoria de aquel centinela que permitió su deserción, aunque probablemente nunca supo que moriría ahogado en el Ebro pocas horas después de que cada uno eligiera su camino. Aun así, Pedro Pascual Robas pudo representar desde entonces para Pujol el símbolo del hombre que asume el mayor de los riesgos para cambiar su suerte y la de los demás. Esta fue la condición que el propio Pujol encarnaría años después, con todas las consecuencias, para favorecer el destino de los miles de soldados aliados que darían el primer paso de la liberación de Europa en la playas de Normandía”.

EL INHITO DEL DIA:

A una decena de kilómetros, encima de Mequinenza, en el punto en el que la ofensiva republicana alcanzó su extremo más septentrional, se levantó en 1998 un monumento, sito a apenas un kilómetro de la orilla de nuestro río.

El monumentos de los Auts. Al fondo el catillo de Mequinenza

Tiene la particularidad de ser de los pocos levantados en esos años por antiguos combatientes, ya que lo fue por la Agrupación de Supervivientes de la Quinta del Biberón.

(se llama la quinta del Biberón a los reemplazos correspondientes a 1940 y 1941, es decir de los nacidos a principios de los años 20, que fue llamada a filas por el gobierno del frente popular en sus estertores, es decir que entonces los bisoños reclutas tenían menos de 18 años)

En la ultima celebración con presencia de combatientes en 2018 dos de ellos, uno de cada vano, depositaron una corona de flores en homenaje conjunto a sus compañeros caídos.

Este monolito se conoce como “El Monumento de los Auts”, por el nombre del alto en donde está, y tiene otra particularidad no muy extendida: la inscripción en catalán y español que dice:

“A los que perdieron, que fueron «todos»”.

Un amigo le buscó una interpretación retorcida: «quizás si hubieran vencido los otros, hubieran salido ganando todos». En su perdón hay que decir que mi amigo no había vivido de cerca ninguna guerra.

Don Julio tiene una narración detallada de la batalla del Ebro de la guerra civil.

¿Don Julio? -me preguntó uno cuando le avancé el contenido de esta entrada.

Sí. Don Julio César.

Porque, aunque estemos en tierra fértil en guerras civiles, la primera de todas de las que tenemos alguna idea precisa, es la guerra civil entre Cneo Pompeyo y Julio César, que tuvo un enfrentamiento importante cerca del Ebro, con el río como protagonista secundario.

Era la segunda guerra civil de la república romana. Se desarrolló entre el 49 y el 45 a.C. con teatros de operaciones por todo el Mediterráneo. Parece como si más que una guerra civil entre ciudadanos romanos fuera una guerra europea.

Los bandos buscaron y activaron alianzas locales. Buena parte de las tribus iberas y celtas, como vacceos, cantabros, oretanos… acordaron su apoyo a Pompeyo. Este incluso tuvo el respaldo de Cleopatra, pero no vamos a ver a la faraona subiendo por el Ebro (aunque prometo para próximos días sorprendentes remontadas del río).

La batalla en a que el Ebro se vió envuelto es conocida como la batalla de Ilerda (luego Lérida, ahora Lleida)  se riñó en el verano del 49 a.C., es decir hace ahora 2070 años.

Han transcurrido casi cien generaciones, así que es probable que p0r nuestras venas corra algo de sangre de Julio, de Cneo o de alguno de sus generales y soldados. Podéis tomar esta historia como algo propio. Pero como no entra para el examen os voy a evitar una larga lectura resumiendo los hechos.

Conocemos en detalle lo sucedido por la narración del propio Julio César, posiblemente el personaje más importante de la historia que haya pasado por el río, y hablado de él, aunque un poco de refilón.

Las tropas que apoyaban a Pompeyo, básicamente legiones romanas y auxiliares locales estaban en Ilerda, que como bien se sabe estaba en una colina (ahora la ciudad más bien rodea la colina) en la orilla derecha el río Segre (o Sicoris), bastante caudaloso.

Julio César, el sí en persona y con el estilete de escribir a punto, se presentó con sus legiones, que venían en marcha rápida desde Marsella. Se acercó por la margen derecha del río con la idea de sitiar la ciudad. Para los que quieran más detalles, además de la narración íntegra que copio más abajo, he incluido un par de mapas de wikipedia que ayudan a entender los movimientos.

Los pompeyanos, conociendo el ímpetu y energía de César estaban intranquilos. Es verdad que al sur del Ebro tenían muchos aliados y podían escaparse fácilmente, pues junto a la ciudad estaba el único puente practicable del Segre. Su problema era que en el Ebro no había puente.

Así que mandaron a sus aliados que reunieses barcas para hacer un puente provisional con ellas que les permitiera cruzar el Ebro y dejar con dos palmos de narices a César, mientras buscaban refuerzos en el resto de la peninsula.

Un inciso: imaginaros ahora cómo diseñar una estrategia y transmitirla a todos con los medios de entonces, es decir sin móviles ni internet, ni contar siquiera con el telégrafo o las señales de humo.

César no se estuvo quieto: primero levantó rápidamente un par de puentes de madera para atacar por el sur la ciudad. Pero estos eran frágiles y era una movida arriesgada. Así que inició los trabajos ¡¡¡para desviar el curso del Segre!!!

Cuando los de Ilerda vieron que este desvío estaba a muy avanzado decidieron salir de la ciudad rápidamente y dirigirse al puente de barcas del Ebro. Pero de nuevo César se les adelantó y marchando de noche por las montañas próximas al río, se interpuso.

Las cosas estaban a punto para una batalla, pero, cosas de las guerras civiles de entonces, entablaron negociaciones y se evitaron los combates.

Parece una simple curiosidad en este viaje por la historia del Ebro. Pero ya nos encntramos el primer día con algún personaje que enlaza con este relato. Y aún encontraremos aguas arriba alguna relación más.

Y para los que quieran profundizar este es el texto. Es muy largo y lleva su tiempo (¿quizás para el próximo confinamiento?), pero está lleno de detalles magistrales.

LECTURA DEL DIA:

Commentarii de bello civile (La guerra civil), de Cayo Julio César (100-44 a.C). Libro I.

(no he conseguido encontrar el nombre del traductor; en cuanto lo consiga corregiré esta imperdonable omisión)

XXXVII. Mientras andaba disponiendo y ejecutando estas cosas, (Julio César) envió delante de sí a España el legado Cayo Fabio con tres legiones que invernaban en Narbona y sus contornos, dándole orden que sin tardanza fuese a ocupar los puertos de los Pirineos, guardados a la sazón por el legado Lucio Afranio. Manda igualmente que le sigan las legiones que invernaban más lejos. Fabio, prontamente, según se le había encargado, desalojó la guarnición del puerto, y a, grandes jornadas, marchó sobre el ejercito de Afranio (el general de Pompeyo en Ilerda).

XL. Fabio con cartas y mensajes procuraba sondear los ánimos de los comarcanos. Había hecho dos puentes en el río Segre, el uno cuatro millas distante del otro. Por ellos enviaba en busca de forrajes, porque los que había a la parte acá del río se consumieron los primeros días. Casi otro tanto y por la misma razón practicaban los capitanes del ejército pompeyano, y eran continuas de ambas partes las escaramuzas de la caballería. Como una vez, según la costumbre diaria, saliesen con los forrajeadores para escoltarlos dos legiones de Fabio y hubiesen pasado el río, siguiéndolas el bagaje y toda la caballería, sucedió que por un repentino huracán y grande aguacero se rompió el puente y quedó atajada mucha parte de la caballería. Conociendo esto Petreyo y Afranio por los ripios y zarzos que llevaba el río, pasando Afranio prontamente con cuatro legiones y toda la caballería el puente que tenía junto a la ciudad y a su campo, vino al encuentro de las legiones de Fabio. Avisado de su venida Lucio Planeo que las mandaba, y estrechado por la necesidad, toma un altozano, y las forma dando dos frentes a la batalla, para que la caballería enemiga no pudiese acordonarle. De esta suerte combatiendo con menor número, sostuvo los grandes esfuerzos de las legiones y de la gente de a caballo. Trabado por la caballería el combate, unos y otros avistan a lo lejos los estandartes de dos legiones que Cayo Fabio enviaba por el otro puente al socorro de los nuestros sospechando que los comandantes contrarios se aprovecharían de la ocasión y favor de la fortuna para sorprender a los nuestros, como sucedió. Con el refuerzo de las legiones cesa la pelea, y cada cual se retira con su gente a su respectivo alojamiento.

XLI. De allí a dos días llegó César a los reales con novecientos caballos que para su guardia se había reservado. Luego, por la noche, mandó reedificar el puente desbaratado por la tempestad que aun estaba sin repararse. Él mismo en persona, enterado de la situación de los lugares, deja para defensa del puente y de los reales seis cohortes con todo el bagaje y al día siguiente, ordenado su ejército en tres columnas, toma el camino de Lérida, hace alto a vista del campo de Afranio, y parado allí un rato sobre las armas, presenta la batalla en el llano. Afranio, provocado, saca sus tropas y se apuesta en medio de una colina debajo de las trincheras. César, visto que por Afranio quedaba el no dar la batalla, determinó armar sus tiendas a cuatrocientos pasos de la falda del monte, y para librar a los soldados de sustos y de ser interrumpidos en sus trabajos, no quiso que se hiciese estacada, que necesariamente había de sobresalir y ser vista de lejos, sino que por la frente y parte del campo enemigo se abriese un foso de quince pies. El primero y segundo escuadrones se mantenían sobre las armas, formados como al principio; el tercero, encubierto tras de ellos, iba trabajando. Con eso se acabó la obra primero que Afranio entendiese que se fortificaban los reales.

XLII. Al anochecer César metió las legiones dentro de este foso, y en él pasó la noche sobre las armas. Al otro día mantuvo el ejército dentro del foso, y atento que la fagina se había de ir a buscar muy lejos, dio por entonces semejante traza para la obra, señalando cada lado de los reales a cada legión para que cuidase de atrincherarlo, con orden de tirar fosos de la misma grandeza. Las demás legiones puso en orden de batalla, listas contra el enemigo. Afranio y Petreyo, para meter miedo y estorbar los trabajos, sacan fuera sus tropas al pie del monte y provocan a la pelea. Mas ni por eso interrumpe César la obra, fiado en las tres legiones y en el reparo del foso. Ellos, sin detenerse mucho ni alejarse de la falda del cerro, recogen las tropas a sus estancias. Al tercer día César pertrecha los reales con la estacada y manda transportar de los de Fabio las cohortes y el fardaje que allí había dejado.

XLIII. Entre la ciudad de Lérida y el collado inmediato, donde Petreyo y Afranio estaban acantonados, yacía una vega de trescientos pasos, y casi en medio de ésta se hallaba una colina algo levantada; la cual cogida y bien fortificada, esperaba César cortar a los enemigos el paso para la ciudad, para el puente y los bastimentos almacenados en la fortaleza. Con esta esperanza saca del campo tres legiones, y puestas en orden en lugares oportunos, hace que las primeras filas de una legión avancen de corrida a ocupar aquella colina. Observando este movimiento, las cohortes que hacían guardia en el campo de Afranio fueron por atajo destacadas a toda prisa para coger ese mismo puesto. Armase la refriega; mas como los de Afranio habían llegado antes, rechazan a los nuestros y acudiendo más gente, los obligan a huir y retirarse a sus banderas.

Primera fase de la batalla. Imagen con licencia Creative Commons

 

XLIV. La manera de pelear de los contrarios era ésta: arremetían con gran furia; intrépidos en tomar puesto, no cuidaban mucho de guardar sus filas y combatían desunidos y dispersos; en viéndose apretados, no tenían por mengua el volver pie atrás y dejar el sitio, hechos a este género de combate peleando con los lusitanos y otros bárbaros; como de ordinario acaece que al soldado se le pega mucho de la costumbre de aquellos países donde ha envejecido. El hecho es que con la novedad quedan desconcertados los nuestros, no acostumbrados a semejante modo de pelear y creyendo que iban a ser rodeados por los costados descubiertos al verlos avanzar corriendo cada uno por sí, cuando ellos al contrario estaban persuadidos a que debían guardar las filas y no apartarse de las banderas ni desamparar sin grave causa el puesto una vez ocupado. Así que desordenados los adalides, la legión de aquella ala flaqueó y retiróse al collado vecino.

XLV. César, viendo el escuadrón casi todo despavorido (cosa ni entonces pensada ni antes vista), animando a los suyos, envíales de refuerzo la legión nona; la cual reprime al enemigo que furiosamente iba persiguiendo a los nuestros, y aun le obliga a volver las espaldas y retirarse hacia Lérida hasta ampararse debajo del muro. Pero los soldados de la legión nona por el demasiado ardor de vengar el desaire pasado, corriendo incautamente tras los fugitivos, se empeñan en un mal sitio penetrando hasta la falda del monte sobre el cual la ciudad estaba fundada. Al querer de aquí retirarse, los enemigos desde arriba revolvieron la carga contra ellos. Era el lugar escarpado y pendiente de ambas partes, ancho solamente cuanto cabían en él tres cohortes escuadronadas, que ni podían ser socorridas por los lados ni amparadas en el trance por la caballería. Por la parte de la ciudad había un declive menos agrio como de cuatrocientos pasos. Por aquí debía de ser la retirada de los nuestros, ya que su ardor inconsiderado los llevó tan adelante. Peleaban en este sitio igualmente peligroso por su estrechura, como porque, puestos a la misma raíz del monte, no malograban tiro los enemigos; sin embargo, a esfuerzos del valor y sufrimiento aguantaban toda la carga. Ibanse engrosando los enemigos, destacando continuamente de las reales cohortes de refresco que pasaban por la ciudad a relevar a los cansados. Eso mismo tenía que hacer César para retirar a los cansados y reemplazarlos con gente de refresco.

XLVI. Duró este combate cinco horas; mas viéndose los nuestros cada vez más apretados de la muchedumbre, acabados ya todos los dardos, con espada en mano arremeten de golpe cuesta arriba contra las cohortes, y derribados algunos, obligan a los demás a volver las espaldas. Habiendo hecho retirar a las cohortes hasta el pie de la muralla y parte de ellas dentro de la plaza por el temor que les habían infundido, aseguraron los nuestros la retirada; y la caballería, bien que apostada en la caída y pie de la cuesta, con todo trepa con brío hasta la cima, y corriendo por entre los dos escuadrones, hace más expedita y segura la retirada de los nuestros. Así fueron varios los lances de la batalla. En el primer encuentro cayeron de los nuestros al pie de setenta, y entre ellos Quinto Fulginio, comandante de los piqueros de la legión decimocuarta, que de soldado raso había subido a este grado por sus señalados méritos. Los heridos fueron más de seiscientos. De los contrarios quedó muerto Tito Cecilio, centurión de la primera fila, y murieron también cuatro capitanes con doscientos y más soldados.

Segunda fase de la batalla.

XLVII. La opinión acerca de esta jornada es que unos y otros creyeron haberla ganado: Los de Afranio, porque siendo reputados a. juicio de todos por inferiores, estuvieron tanto tiempo peleando cuerpo a cuerpo resistiendo al ímpetu de los nuestros y se apoderaron los primeros de la colina que fue ocasión de la refriega y al primer encuentro hicieron volver las espaldas a los nuestros; los nuestros alegaban en contra, que siendo inferiores en el sitio y en el número, por cinco horas sustentaron la acción, treparon por la montaña espada en mano, desalojaron a los contrarios de su puesto ventajoso, forzándolos a huir y meterse en la plaza. En fin, los enemigos fortificaron el teso por el cual se combatió, con grandes pertrechos, y pusieron en él cuerpo de guardia.

XLVIII. A los dos días de haber sucedido esto se siguió un contratiempo repentino. Pues sobrevino un temporal tan recio, que nunca se habían visto en aquellos parajes mayores aguaceros; porque deshecha la mucha nieve de las montañas, salió el río de madre, y en un día se llevó los dos puentes fabricados por Cayo Fabio, lo que ocasionó grandes embarazos al ejército de César. Por cuanto estando los reales, como arriba queda dicho, entre los dos ríos Segre y Cinca, intransitables ambos por espacio de treinta millas, por necesidad se veían reducidos a este corto recinto; y ni las ciudades que se habían declarado por César podían suministrar bastimentos, ni volver los que se habían alargado en busca de forraje detenidos por los ríos, ni llegar a los reales los grandes convoyes que venían de Italia y de la Galia. La estación era la más apurada del año, porque los trigos ni bien estaban en berza ni del todo sazonados; además los pueblos se veían exhaustos, porque Afranio antes de la venida de César había conducido a Lérida casi todo el grano, y si algo había quedado, César lo había ya consumido. El ganado que podía suplir la falta en parte, las ciudades rayanas habíanle alejado por miedo de la guerra. Los que se internaban en busca de heno y pan, eran perseguidos de los cazadores lusitanos y de los adargueros de la España Citerior, prácticos en la tierra, a quienes era muy fácil pasar a nado el río por ser costumbre de todos ellos nunca ir sin odres a campaña.

XLIX. Por el contrario, el ejército de Afranio estaba proveído de todo en abundancia: mucho trigo acopiado y traído de tiempo atrás; mucho que se iba trayendo de toda la provincia, y gran copia de forraje a la mano. Todo esto se lo facilitaba sin ningún riesgo el puente de Lérida y los términos todavía intactos de la otra parte del río, cerrados totalmente para César.

L. Las avenidas duraron muchos días. Tentó César restaurar los puentes, pero ni lo hinchado del río se lo permitía, ni se lo dejarían ejecutar las cohortes de los contrarios apostadas sobre la ribera; y érales esto fácil, así por la calidad del mismo río y altura del agua, como porque de todas las márgenes asestaban los tiros contra un solo y estrecho sitio, con que se hacía difícil a César asentar al mismo tiempo la obra en un río rapidísimo y ponerse a cubierto de los tiros.

LI. Tiene Afranio noticia que los grandes convoyes, dirigidos a César, habían hecho alto a la orilla del río. Venían en ellos flecheros de Rodas y caballeros de la Galia con muchos carros y grandes equipajes, como lo tienen de costumbre los galos; demás de éstos, seis mil hombres de todas clases con sus familias, pero sin ningún orden ni subordinación, puesto que cada uno se gobernaba a su arbitrio, y todos caminaban sin recelo, conforme a la libertad de los tiempos pasados y franqueza de los caminos. Venían muchos mancebos nobles, hijos de senadores y caballeros; venían diputados de las ciudades y también legados de César. Todos éstos estaban detenidos por los ríos. Afranio con fin de sorprenderlos marcha de noche con toda la caballería y tres legiones, y da en ellos de improviso con la caballería por delante. No obstante, los jinetes galos se ordenaron bien presto y trabaron la batalla, en que siendo pocos, se sostuvieron contra muchos, mientras fueron las armas iguales; pero luego que vieron avanzar las banderas de las legiones, con pérdida de algunos se retiraron a los montes vecinos. El accidente de este choque dio la vida a los nuestros, porque aprovechándose de él se retiraron a las alturas. Faltaron este día cerca de doscientos flecheros, algunos caballos y no muchos de los gastadores y bagajes.

LII. Con todos estos azares se encarecieron los abastos, como suele suceder no sólo por la carestía presente, sino también por el temor de la venidera. Vendíase ya el celemín de trigo por cincuenta dineros, y los soldados por falta de pan estaban enflaquecidos; iban las incomodidades creciendo por días, y en tan poco tiempo se habían trocado tanto las cosas, y mudádose la fortuna de manera que los nuestros carecían de las cosas más necesarias y ellos abundaban de todo, y así se miraban como superiores. César a las ciudades de su bando, a falta de granos, pedía ganados, y a los pueblos más lejanos enviaba vivanderos, en tanto que por todos los medios posibles procuraba remediar la necesidad presente.

LIII. Afranio, Petreyo y sus amigos escribían a los suyos todas estas cosas a Roma ponderándolas y abultando aún mucho más de lo que eran; muchas noticias falsas se divulgaban, de suerte que la guerra se daba casi por concluida. Publicadas en Roma tales cartas y nuevas, era grande el concurso de gentes a la casa de Afranio, dándose alegres parabienes. Muchos partían de Italia para Pompeyo: unos por ser los primeros a ganar las albricias; otros porque no se dijese haber estado esperando el suceso de la guerra, o haber sido a venir los postreros de todos.

LIV. Estando tan mal parada la cosa, y todos los caminos cogidos por los soldados y caballos de Afranio, no siendo posible reparar los puentes, manda César a los suyos fabricar barcas de la misma hechura que habían visto usar años atrás en Bretaña. Hacíase primero la quilla y la armazón de madera ligera; lo restante del casco tejido de mimbres, cubríase con cueros. Luego que las vio concluidas, hízolas conducir de noche en carros pareados veintidós millas más allá de los reales, y a los soldados pasar en ellas el río; coge al improviso un ribazo contiguo a la ribera y le fortifica primero que lo advirtiesen los enemigos. Transporta después aquí una legión, y comenzando la fábrica del puente por ambas partes, le concluye en dos días. Así abre paso seguro para su campo a los convoyes y & los que se habían alejado en busca de provisiones, y empieza a dar disposiciones sobre vituallas.

LV. El mismo día hizo pasar gran parte de la caballería; la cual asaltando a los forrajeadores que bien descuidados andaban sin recelo desparramados, se apodera de gran número de bestias y hombres; y viniendo al socorro en dos trozos: el uno para guardar la presa, el otro para resistir y rechazar a los que venían; y una partida desmandada de las otras, que se adelantó incautamente, cortándole la retirada, la destrozó enteramente, con que, sin perder un hombre, vuelven por el mismo puente al campo cargados de despojos.

(…)

LIX. Con la noticia (de una batalla naval cerca de Marsella) que recibió César en Lérida de este suceso, acabado ya el puente, presto se trocó la fortuna. Los enemigos, intimidados del valor de nuestra caballería, no osaban correr tan libremente la campiña. Unas veces, sin apartarse mucho de los reales por tener pronta la retirada, forrajeaban dentro de corto espacio; otras, tomando un grande rodeo, evitaban el encuentro de los piquetes apostados; tal vez con ocasión de algún daño recibido, o con sólo ver de lejos los caballos, de la mitad del camino, dejando las cargas, echaban a huir, y últimamente hubieron de dejar el forraje varios días, y contra la costumbre de todo el mundo ir de noche a buscarlo.

LX. Entre tanto, los de Huesca y los de Calahorra agregados a su jurisdicción enviaban diputados a César ofreciéndose a su obediencia. Siguiéronse los de Tarragona, Jaca y los ausetanos, y poco después los ilergaones vecinos al Ebro. Pide a todos éstos le acudan con bastimentos; prométenlo, y luego juntando caballerías de todas partes, se los llevan al campo. A vueltas de esto una cohorte de ilergaones, sabida la determinación de su república, alzados los estandartes del puesto que guardaba, se pasó a César. En la hora mudan notablemente el aspecto las cosas. Concluido el puente, cinco ciudades principales declaradas amigas, corrientes las provisiones, desvanecidos los rumores de los socorros de las legiones que decían venir con Pompeyo por Mauritania; muchas comunidades de las más remotas renuncian la amistad de Afranio y siguen el partido de César.

LXI. Con lo cual perturbados los contrarios, César, por no tener siempre que destacar la caballería dando un rodeo por el puente, visto un paraje a propósito, determinó abrir muchas zanjas de treinta pies en hondo para echar por ellas parte del río Segre y con esto hacerle vadeable. Estando a punto de concluirlas, Afranio y Petreyo entran en gran temor de ser totalmente privados de los víveres por la mucha ventaja de la caballería de César; y así resuelven dejar este país, y trasladar la guerra a la Celtiberia. A esta resolución contribuía también el que allí en los dos bandos contrarios, las ciudades que siguieron las partes de Sertorio en la guerra pasada, por haber sido vencidas, respetaban el nombre del imperio del vencedor, bien que ausente. Las que constantemente estuvieron a devoción de Pompeyo, amábanle por los grandes beneficios recibidos; al contrario, el nombre de César era menos conocido entre los bárbaros; de donde se prometían grandes refuerzos de gente de a caballo y de a pie, y hacían cuenta de ir prolongando en sus tierras la guerra hasta el invierno. Tomada esta resolución, mandan coger barcas por todo el Ebro y conducirlas a Octogesa. Estaba esta ciudad a la ribera del Ebro, distante veinte millas de los reales. Aquí disponen formar un puente de barcas, y haciendo pasar dos legiones por el Segre, fortifican su campo con un vallado de doce pies.

LXII. Averiguado por los batidores la intención de los enemigos, César, mediante el trabajo de los soldados continuado día y noche en desangrar el río, tenía ya la cosa puesta en término de que la caballería, si bien con alguna dificultad y molestia, pudiese, no obstante, y aun osase vadear el río; puesto que la infantería, con el agua hasta los hombros y cuello, mal podía esguazarlo, así por lo crecido, como por lo arrebatado de la corriente. Con todo eso, casi al tiempo mismo que vino la noticia de que el puente sobre el Ebro estaba para concluirse, se halló vado en el Segre.

LXIII. En vista de esto juzgaron los soldados de Afranio que debían acelerar la marcha. Así que, dejados dos cohortes de los auxiliares para la defensa de Lérida, pasan con todas las tropas el Segre, y vienen a unirse con las dos legiones que habían pasado días antes. A César no quedaba más arbitrio que ir con la caballería incomodando y picando el ejército de los contrarios, ya que la marcha del suyo por el puente no podía ser sin mucho rodeo, y ellos en tanto por camino más breve podían arribar al Ebro. La caballería pasa el río por el vado; y dado que Petreyo y Afranio alzaron el campo a medianoche, se dejó ver de improviso sobre la retaguardia de los enemigos, y tirando a cortarla y coger en medio, empezó a embarazarla y hacerle suspender la marcha.

LXIV. Al rayar del alba, desde las alturas vecinas a nuestros reales se alcanzaba a ver cómo los nuestros ponían en grande aprieto las últimas filas de los contrarios; cómo a veces paraba la retaguardia y quedaba cortada; otras revolvían contra los nuestros, y acometiendo con las cohortes unidas, los rebatían, y luego al dar ellos la vuelta, los nuestros tornaban a perseguirlos. A vista de esto, los soldados por todo el campo juntándose en corrillos, se quejaban de que se dejase escapar al enemigo de entre las manos, con lo cual necesariamente se alargaba la guerra. Corrían a los centuriones y tribunos suplicando hiciesen saber a César, «que no tenía que reparar en su trabajo y peligro; que prontos estaban, y se ofrecían a vadear el río por donde pudo vadearle la caballería». Movido César de las instancias y empeño de los soldados, aunque temía exponer el ejército al riesgo de río tan caudaloso, sin embargo, resolvió tentar el vado y hacer la prueba. Con tanto manda segregar de las compañías los soldados que por falta de ánimo o de fuerzas parecía no podrían servir en la facción; déjalos en el campo con una legión; saca a la ligera las demás, y puesto de la parte de arriba y abajo de la corriente gran número de caballos, hace pasar el ejército por medio. Algunos soldados arrebatados de la violencia del río son detenidos y ayudados por la caballería, sin que ninguno se ahogase. Pasado el ejército sin desgracia, ordenó sus tropas, y empezó a marchar en tres columnas, con tanto denuedo de los soldados, que con haber rodeado seis millas y tardado mucho en vadear el río, antes de las nueve horas del sol pudieron alcanzar a los que habían salido a medianoche.

LXV. Cuando Afranio y Petreyo vistos a lo lejos los hubieron reconocido, espantados de la novedad, toman las alturas y ponen la gente en batalla. César en las llanuras hace reposar la suya por no llevarla fatigada al combate. Mas intentando los enemigos proseguir el viaje, sigue el alcance y les hace suspender la marcha. Ellos por necesidad se acampan antes de lo que tenían determinado, porque seguían unos montes, y a cinco millas iban a dar en senderos escabrosos y estrechos. Dentro de estos montes pensaban refugiarse para librarse de la caballería de César, y cerradas con guardias las gargantas, estorbarnos el paso, y con eso pasar ellos sin riesgo ni temor el Ebro. Esto era lo que habían de haber procurado y ejecutado a toda costa, pero rendidos del combate de todo el día y de la fatiga del camino, lo dilataron al día siguiente. César entre tanto asienta sus reales en un collado cercano.

LXVI. A eso de la medianoche cogió nuestra caballería algunos que se habían alejado del campo en busca de agua; averigua de ellos César que los generales enemigos iban a marchar de callada. Sabido esto, manda dar la señal de marcha y levantar los ranchos. Ellos que oyen la gritería, temiendo verse precisados a pelear de noche y con las cargas a cuestas, o que la caballería de César los detuviese en los desfiladeros, suspenden la marcha y se mantienen dentro de los reales. Al otro día sale Petreyo con algunos caballos a descubrir el terreno. Mácese lo mismo de parte de César, quien destaca a Decidió Saja con un piquete a reconocer el campo. Entrambos vuelven a los suyos con una misma relación: que las cinco primeras millas eran de camino llano; entraban luego las sierras y los montes; que quien cogiese primero estos desfiladeros, sin dificultad cerraría el paso al enemigo.

LXVII. Petreyo y Afranio tuvieron consejo sobre el caso, y se deliberó acerca del tiempo de la partida. Los más eran de parecer que se hiciese de noche; que se podría llegar a las gargantas antes que fuesen sentidos. Otros, de la generala tocada la noche antecedente en el campo de César, inferían ser imposible encubrir su salida; que por la noche recorría la caballería de César el contorno y tenía cogidos todos los puestos y caminos; que las batallas nocturnas se debían evitar, porque cuando la guerra es civil, el soldado, una vez sobrecogido del miedo, suele moverse más por él que no por el juramento que prestó. Al contrario la luz del día causa de suyo mucho rubor a los ojos de todos, y no menos la vista de los tribunos y centuriones, lo cual sirve de freno y también de estímulo a los soldados; que por eso, bien mirado todo, era menester romper de día claro, que puesto caso que se recibiese algún daño, se podría a lo menos, salvando el cuerpo del ejército, coger el sitio que pretendían. Este dictamen prevaleció en el consejo, y así se determinó marchar al amanecer del día siguiente.

LXVIII. César, bien informado de las veredas, al despuntar el alba, saca todas las tropas de los reales, y dando un gran rodeo, las va guiando sin seguir senda fija. Porque los caminos que iban al Ebro y a Octogesa estaban cerrados por el campo enemigo. Él tenía que atravesar valles muy hondos y quebrados; en muchos parajes los ciscos escarpados embarazaban la marcha, siendo forzoso pasar de mano en mano las armas, y que los soldados en cuerpo sin ellas, dándose unos a otros las manos, hiciesen gran parte de camino. Mas ninguno rehusaba este trabajo con la esperanza de poner fin a todos, si una vez lograban cerrar el paso del Ebro al enemigo y cortarle los víveres.

LXIX. Al principio los soldados de Afranio salían alegres corriendo de los reales a verlos, y les daban vaya gritando, «que por no tener que comer iban huyendo y se volvían a Lérida». En realidad el camino no llevaba al término propuesto, antes parecía enderezarse a la parte contraria. Con eso sus comandantes no se hartaban de aplaudir su resolución de haberse quedado en los reales; y se confirmaban mucho más en su opinión viéndolos puestos en viaje sin, bestias ni cargas, por donde presumían que no podrían por largo tiempo resistir al hambre. Mas cuando los vieron torcer poco a poco la marcha sobre la derecha, y repararon que ya los primeros se iban sobreponiendo al sitio de los reales, ninguno hubo tan lerdo ni tan enemigo del trabajo que no juzgase ser preciso salir al punto de las trincheras y atajarlos. Tocan alarma, y todas las tropas, menos algunas cohortes que dejaron de guardia, mueven y van en derechura al Ebro.

LXX. Todo el empeño era sobrecoger la delantera y ocupar primero las gargantas y montes. A César retardaba lo embarazoso de los caminos; a las tropas de Afranio la caballería de César que les iba a los alcances. Verdad es que los afranianos se hallaban reducidos a tal estado que si arribaban los primeros a los montes, como pretendían, libraban en sí sus personas, mas no podían salvar los bagajes de todo el ejército ni las cohortes dejadas en los reales, a que de ningún modo era posible socorrer, quedando cortadas por el ejército de César. César llegó el primero, y bajando de las sierras a campo raso, ordena en él sus tropas en batalla. Afranio, viendo su retaguardia molestada por la caballería, y delante de sí al enemigo, hallando por fortuna un collado, hizo alto en él. Desde allí destaca cuatro cohortes de adargueros al monte que a vista de todos se descubría el más encumbrado, ordenándoles que a todo correr vayan a ocuparlo, con ánimo de pasar, él allá con todas las tropas, y mudando de ruta, encaminarse por las cordilleras a Octogesa. Al tomar los adargueros la travesía para el monte, la caballería de César que los vio, se disparó contra ellos impetuosamente; a cuya furia no pudieron resistir ni siquiera un momento, sino que cogidos en medio, todos a la vista de ambos ejércitos fueron destrozados.

LXXI. Era ésta buena ocasión de concluir gloriosamente la empresa. Ni César dejaba de conocer que, a vista de la pérdida tan grande que acababa de recibir, atemorizado el ejército contrario, no podría contrastar, y más estando de todas partes cercado por la caballería, siendo el campo de batalla llano y despejado. Pedíanselo eso todos con instancias; legados, centuriones, tribunos corrían juntos a rogarle «no se detuviese en dar la batalla; que todos sus soldados estaban a cual más pronto; que al contrario, los de Afranio en muchas cosas habían dado muestras de su temor: en no haber socorrido a los suyos; en no bajar del collado; en no saberse defender de la caballería; en no guardar las filas, hacinados todos con sus banderas en un lugar. Que si reparaba en la desigualdad del sitio, se ofrecería sin duda ocasión de pelear en alguno proporcionado, pues Afranio seguramente había de mudarse de aquél, donde sin agua mal podía subsistir».

LXXII. César había concebido esperanza de poder acabar con la empresa sin combate y sangre de los suyos, por haber cortado los víveres a los contrarios. « ¿A qué propósito, pues, aun en caso de la victoria, perder alguno de los suyos? ¿A qué fin exponer a las heridas soldados tan leales? Sobre todo, ¿para qué tentar a la fortuna, mayormente siendo no menos propio de un general el vencer con la industria que con la espada?» Causábale también lástima la muerte que preveía de tantos ciudadanos, y quería más lograr su intento sin sacrificar sus vidas. Este consejo de César desaprobaban los más. Y aun los soldados decían sin recato en sus conversaciones, que «ya que se dejaba pasar tan buena ocasión de la victoria, después por más que César lo quisiese, ellos no querrían pelear». Él persevera en su determinación, y se desvía un poco de aquel sitio para ocasionar menos recelo a los contrarios. Petreyo y Afranio, valiéndose de la coyuntura, se recogen a los reales. César, apostadas guardias en las montañas y cerrados todos los pasos para el Ebro, se atrinchera lo más cerca que puede del campo enemigo.

LXXIII. Al otro día los jefes contrarios, muy turbados por haber perdido toda esperanza de las provisiones y del viaje al Ebro, consultaban sobre lo que se debía hacer. Un camino tenían, caso de querer volver a Lérida, otro, si escogían el ir a Tarragona. Estando en estas deliberaciones tienen aviso de que sus aguadores eran molestados de nuestra caballería. Sabido esto, ponen a trechos varios piquetes de a caballo y patrullas de tropas auxiliares, entreverando cohortes de las legiones, y empiezan a tirar una trinchera desde los reales al agua, para poder, cubiertos y sin que fuese menester poner cuerpos de guardia, ir y sacarla. Petreyo y Afranio reparten entre sí el cuidado de la obra, y para su ejecución hubieron de alejarse del campo una buena pieza.

LXXIV. Con su ausencia los soldados, logrando entera libertad de poder hablarse, se acercan sin reparo, y cada cual andaba inquiriendo y preguntando por los conocidos y paisanos que tenía en los reales de César. Primeramente dan todos a todos las gracias, por haberles perdonado el día antes, viéndolos perdidos de miedo, confesando que les debían la vida; tras esto indagan si su general sería de fiar, y si podrían ponerse en sus manos; y se lamentan de no haberlo hecho desde el principio, y de haber tomado las armas contra sus deudos y parientes. Alentados con estas pláticas, piden al general palabra de conservar la vida de Petreyo y Afranio, porque no se creyese que habían maquinado alguna alevosía ni vendido a los «suyos». Con este salvoconducto prometen pasarse luego, y envían los principales centuriones por diputados a César sobre la paz. Entre tanto se convidaban y obsequiaban los amigos y deudos de ambas partes, pasando los unos a los ranchos de los otros; de modo que parecía que de los dos campos se había formado uno solo, y muchos tribunos y centuriones venían a ponerse en manos de César. Lo mismo hicieron varios señores españoles a quien ellos habían llamado y los tenían en el campo como en rehenes. Éstos preguntaban por sus conocidos y huéspedes, para conseguir por su medio ser presentados y recomendados a César. Hasta el joven hijo de Afranio, tomando por medianero al legado Culpicio trataba con César sobre su libertad y la de su padre. Todo eran júbilos y norabuenas: éstos, por verse libres ya de peligros; aquéllos, por haber a su parecer acabado sin sangre tan grandes cosas, con que ahora César a juicio de todos cogía el fruto de su innata mansedumbre, y su consejo era de todos alabado.

LXXV. Advertido Afranio de lo que pasaba, deja la obra comenzada y retírase a los reales, dispuesto según parecía a sufrir con ánimo tranquilo y sereno cualquier acontecimiento. Pero Petreyo no se abandonó tan pronto; arma sus criados; con éstos, con las guardias españolas de adargados, y algunos jinetes bárbaros favorecidos suyos que solía tener consigo para su resguardo, vuela de improviso a las trincheras, corta las pláticas de los soldados, echa a los nuestros del campo, y mata a cuantos caen en sus manos. Los demás se unen entre sí, y asustados con aquel impensado peligro, tercian los capotes y desenvainan las espadas; y de esta suerte se defienden contra los soldados de adarga y de a caballo, fiados en la cercanía de los reales, donde se van retirando al amparo de las cohortes que hacían guardia en las puertas.

LXXVI. Hecho esto, Petreyo recorre llorando las tiendas; llama por su nombre a los soldados, y les ruega «que no quieran entregar su persona y la de su general Pompeyo ausente en manos de sus enemigos». Concurren luego al pretorio los soldados. Pide que todos juren no abandonar ni ser traidores al ejército ni a los capitanes, ni tomar por sí consejo aparte sin consentimiento de los otros. Él mismo juró así el primero, y luego Afranio, a quien obligó a hacerlo en igual forma. Síguense los tribunos y centuriones, y tras ellos los soldados presentados por centurias. Echan bando que quienquiera que tuviese oculto algún soldado de César, le descubra. A los entregados degüéllanlos públicamente en el pretorio. Con todo, los más encubren a sus huéspedes, y de noche les dan escape por la trinchera. Así el terror impuesto por los jefes, la crueldad del suplicio y el nuevo empeño del juramento cortó toda esperanza de rendición al presente y trocó los corazones de los soldados, reduciendo las cosas al primer estado de la guerra.

LXXVII. César manda buscar con la mayor diligencia los soldados de los contrarios que con ocasión de hablar con los suyos habían pasado al campo, y remitírselos; bien es verdad que de los tribunos y centuriones algunos de su voluntad se quedaron, a los cuales César hizo después grandes honras. Promovió los centuriones a mayores grados, y a los caballeros romanos los reintegró en la dignidad de tribunos.

LXXVIII. Los afranianos padecían ahora mucha falta de forraje y suma escasez de agua; las legiones tenían alguna porción de trigo, porque tuvieron orden de sacarlo de Lérida para veintidós días; a los adargados y auxiliares les había llegado a faltar del todo, así por la cortedad de medios para proveerse, como porque sus cuerpos no estaban hechos a llevar carga. Por cuyo motivo cada día se pasaban muchos de ellos a César. Tal era el aprieto en que se hallaban; sin embargo, entre los dos partidos propuestos parecía el más acertado volver a Lérida, porque allí habían dejado un poco de trigo, donde también esperaban aconsejarse con el tiempo. Tarragona distaba mucho, y en tan largo viaje, claro estaba que podían acaecer muchos contratiempos. Preferido este consejo, alzan el campo. César, echando delante la caballería para que fuese picando la retaguardia y entretuviese la marcha, los va siguiendo detrás con las legiones. A cada instante los últimos tenían que hacer frente a nuestros caballos.

LXXIX. El modo de pelear era éste: un escuadrón volante cerraba la retaguardia, y si el camino era llano, hacían muchas paradas. En teniendo que subir algún monte, la misma dificultad del terreno los libraba de peligro, pues los que iban delante desde arriba cubrían la subida de los otros. En la caída de algún valle o bajada de alguna cuesta, como ni los que se habían adelantado podían ayudar a los que venían detrás, y nuestra caballería disparaba contra ellos de lo alto, entonces eran sus apuros. Así en llegando a semejantes parajes, disponían con gran solicitud que, dada la señal, parasen las legiones y rechazasen vigorosamente a la caballería; que en haciéndola retirar, todos tomando de repente carrera, unos tras otros se dejasen caer en los valles, y marchando en esta forma hasta el monte inmediato, hiciesen alto en él. Pues tan lejos estaban de ser socorridos por su caballería, bien que muy numerosa, que antes, por estar despavorida con los reencuentros pasados, tenían que llevarla en medio y defenderla ellos mismos; ni jinete alguno podía desbandarse sin ser cogido de la caballería de César.

LXXX. Yendo peleando de esta suerte, la marcha era lenta y perezosa, haciendo continuas paradas a trueque de socorrer a los suyos, como entonces aconteció. Porque andadas cuatro millas, y viéndose picar furiosamente por la caballería, hacen alto en un monte elevado, y aquí, sin descargar el bagaje, fortifican su campo por la banda sola que miraba al enemigo. Cuando advirtieron que César había fijado sus reales, armado las tiendas y enviado al forraje la caballería, arrancan súbitamente hacia las seis horas del mismo día, y esperando ganar tiempo durante la ausencia de nuestra caballería, comienzan a marchar. Observado esto, César sacadas las legiones va tras ellos, dejando algunas cohortes para custodia del bagaje. Da contraorden a la caballería y a los forrajeros y manda que a la hora décima sigan a los demás. Prontamente la caballería vuelve del forraje a su ejercicio diario de la marcha. Trábase un recio combate en la retaguardia, tanto que por poco no vuelven las espaldas, y de facto quedan muertos muchos soldados y aun algunos oficiales, íbales a los alcances el ejército de César, y ya todo él estaba encima.

LXXXI. Aquí ya finalmente, no pudiendo hallar sitio acomodado para atrincherarse ni proseguir la marcha, hacen algo por fuerza, y se acampan en un paraje distante del agua, y por la situación peligroso. Mas César por las mismas causas indicadas arriba no los provocó a batalla, y aquel día no permitió armar las tiendas, a fin de que todos estuviesen más expeditos para perseguirles, bien rompiesen de noche o bien de día. Ellos, reconociendo la mala positura de los reales, gastan toda la noche en alargar las fortificaciones, tirando sus líneas enfrente de las de César. En lo mismo se ocupan el día inmediato desde la mañana hasta la noche. Pero al paso que iban adelantando la obra y alargando los reales, se iban alejando más del agua, y procuraban el remedio a los males presentes con otros males. La primera noche nadie sale del campo en busca de agua. Al día siguiente, fuera de la guarnición dejada en los reales, sacan todas las demás tropas al agua, pero ninguna al forraje. César quería más que, humillados con estas calamidades y reducidos al último extremo, se vieran obligados a rendirse, que no derramar sangre peleando. Con todo eso trata de cercarlos con trinchera y foso, a fin de atajarles más fácilmente las salidas repentinas, a que creía habían de recurrir por fuerza. Entonces, parte obligados por la falta de forraje, parte por estar más desembarazados para el viaje, mandan matar todas las bestias de carga.

LXXXII. En estas maniobras y trazas emplearon dos días. Al tercero ya la circunvalación estaba muy adelantada. Ellos por impedirla, dada la señal a eso de las ocho, sacan las legiones, y debajo de las trincheras se forman en batalla. César hace suspender los trabajos, manda juntar toda la caballería y ordena la gente en batalla. Porque dar muestra de rehusar el combate contra el sentir de los soldados y el crédito de todos, parábale gran perjuicio. Eso no obstante, por las razones dichas, que ya son bien notorias, no quería venir a las manos; mayormente considerando que, por la estrechez del terreno, aunque fuesen desbaratados los contrarios, no podía ser la acción decisiva, pues no distaban entre sí los reales sino dos millas. De éstas las dos partes ocupaban las tropas, quedando la tercera sola para el combate. Y cuando se diese la batalla, la vecindad de los reales ofrecía pronto asilo a la fuga de los vencidos. Por eso estaba resuelto a defenderse caso que le atacasen, mas no a ser el primero en acometer.

LXXXIII. El ejército de Afranio estaba dividido en dos cuerpos, uno formado de las legiones quinta y tercera; otro de reserva compuesto de tropas auxiliares. El de César en tres trozos; la primera línea de cada trozo se componía de cuatro cohortes de la quinta legión; la segunda de tres cohortes de las tropas auxiliares, y la tercera de tres distintas legiones. La gente de honda y arco ocupaba el centro; la caballería cubría los costados. Dispuestos en esta forma, cada uno creía lograr su intento: César de no pelear sino forzado; el otro de impedir los trabajos de César. Sin embargo, por entonces no pasaron a más empeño sino el de mantenerse ordenados ambos ejércitos hasta la puesta del Sol, y entonces se retira cada cual a su campo. Al otro día se dispone César a concluir las fortificaciones comenzadas; ellos a tentar el vado del río Segre, a ver si podían atravesarlo. César que lo advirtió, hace pasar el río a los germanos armados a la ligera y a un trozo de caballería, y destruye por la margen diferentes guardias.

LXXXIV. Al cabo, viéndose totalmente sitiados, las caballerías ya cuatro días sin pienso, ellos mismos sin agua, sin leña, sin pan, piden entrevista, y que a ser posible no fuese a presencia de los soldados. Negando esto ultimó César, y concediéndoles el hablar, si querían, en público, entregan en prendas a César el hijo de Afranio. Vienen al paraje señalado por César. Estando los dos ejércitos oyendo, dice Afranio: «Que ni él ni su ejército eran reprensibles por haber querido perseverar fieles a su general Cneo Pompeyo; pero ya habían cumplido con su deber, y harto lo habían pagado con haber padecido la falta de todas las cosas, y más ahora que se ven como fieras acorraladas, privados de agua, sin resquicio para la salida, ya ni el cuerpo puede aguantar el dolor, ni el ánimo la ignominia, por tanto se confiesan vencidos; y si es que hay lugar a la misericordia, ruegan y suplican que no los obliguen a padecer la pena del último suplicio». Estas palabras las pronuncia con la mayor sumisión y reverencia posible.

LXXXV. A esto respondió César: «Que en nadie eran más disonantes las cuitas y lástimas, puesto que todos los demás habían cumplido con su obligación: César en no haber querido pelear aun teniendo las ventajas de la tropa, del lugar y del tiempo, a trueque de que todo se allanase para la paz; su ejército, el cual no obstante la injuria recibida y la muerte cruel de los suyos, salvó a los del campo contrario que tenía en sus manos; los soldados en fin del mismo Afranio, que vinieron por sí a tratar de reconciliación, pensando hacer buenos oficios a favor de los suyos; por manera que toda clase de personas había conspirado a la clemencia; ellos solos, siendo las cabezas, habían aborrecido la paz, violado los tratados y las treguas, pasado a cuchillo a unos hombres desarmados y engañados por palabras amistosas. Así ahora experimentaban en sí lo que de ordinario suele acontecer a hombres demasiado tercos y arrogantes; que al cabo se ven reducidos a solicitar con ansia lo que poco antes desecharon. Mas no por eso piensa aprovecharse del abatimiento en que se hallan, o de las circunstancias favorables para aumentar sus fuerzas, sino que quiere se despidan los ejércitos que ya tantos años han mantenido contra su persona. Pues no por otra causa se han enviado a España seis legiones, ni alistado en ella la séptima, ni apercibido tantas y tan poderosas armadas, ni escogido capitanes expertos en la guerra. Nada de esto se ha ordenado a pacificar las Españas, nada para utilidad de una provincia que por la larga paz ningún socorro había menester. Que todos estos preparativos iban dirigidos muy de antemano contra él; contra él se forjaban generalatos de nueva forma, haciendo que uno mismo a las puertas de Roma gobierne la República, y en ausencia retenga tantos años dos provincias belicosísimas; contra él se había barajado el orden de la sucesión en los empleos, enviando al gobierno de las provincias no ya, como siempre, los que acababan de ser pretores y cónsules, sino los que lograban el favor y voto de unos pocos; contra él no valía la excusa de la edad avanzada, destinando a mandar ejércitos o personas que han cumplido los años de servicios en las guerras pasadas; con él solo no se guardaba lo que a todos los generales se había concedido siempre, que acabadas felizmente sus empresas, vuelvan a sus casas y arrimen el bastón con algún empleo honorífico, o por lo menos sin infamia. Que todo esto así corno lo había sufrido hasta aquí con paciencia, también pensaba sufrirlo en adelante; ni ahora era su intención quedarse con el ejército quitándoselo a ellos contra su persona; por tanto saliesen, conforme a lo dicho, de las provincias y licenciasen las tropas. Así él no haría mal a nadie; ser ésta la única y final condición de la paz». Esta última proposición fue por cierto de sumo placer para los soldados, como por sus ademanes se pudo conocer; que cuando por ser vencidos temían algún desastre, conseguían sin pretenderlo el retiro. Con efecto, suscitándose alguna diferencia acerca del lugar y tiempo de la ejecución, todos a una desde las líneas donde estaban asomados, con voces y ademanes pedían los licenciasen luego; que aunque más palabras se diesen, no se podían fiar si se difería para otro tiempo. Después de algunos debates entre ambas partes, finalmente se resolvió que los que tenían domicilio y posesiones en España fuesen a la hora despedidos, los demás en llegando al río Varo. Asentóse que no se les haría daño, y que ninguno por fuerza sería obligado por César a alistarse bajo sus banderas.

nota: el río Varo (ahora Var) está en la Provenza y n cierto sentido era la frontera de la Italia de entonces

En la trama que vamos construyendo según avanzamos hoy volvemos a utilizar como urdimbre el hilo de la navegación. Según vamos río arriba iremos retrocediendo en el tiempo, pues según avanzaba la historia y aumentaban las exigencias del transporte por navío, se iba reduciendo el tramo fluvial utilizado.

Entre Mequinenza y el mar la navegación ha sido siempre relativamente fácil, fuera de los mayores estiajes. Son unos 150 kilómetros de curso, en el que el nivel de las aguas descendía solo unos 60 metros (ahora un poco más por los embalses).  Esto le da una pendiente media de 40 cm. por kilómetro, más que en los tramos navegables del Rhin (30 cm) o el Danubio (17 cm), lo que provoca una corriente a remontar más fuerte, pero aún manejable con velas, remos y arrastre animal.

Mequinenza hace cien años

 

Ese transporte tuvo un repunte importante con la explotación de las minas de lignito de la zona de Mequinenza y Fayón hacia 1850. Como muchas de las bocaminas se hallaban a cort distancia de la orilla del río, este medio de transporte siguió siendo competitivo, a pesar del ferrocarril, hasta mediados del siglo XX, cuando se extendieron los camiones y declinaron estas minas.

La experiencia fue depurando un tipo de embarcación adaptada a estas aguas: el laúd o llaüt. No era muy grande y contaba con velamen para aprovechar las brisas, pero llevaba «motor» animal de dos (remos) y cuatro patas (para sirgar desde la orilla) en las remontadas a contraviento.

Todavía se encuentran algunas de estas embarcaciones, en estado más o menos ruinoso, más o menos restaurado, en algunos de los pueblos ribereños.

Nada como las siguientes lecturas para tener una buena idea de esta navegación.

LECTURA DEL DIA:

Camino de sirga (1989), de Jesús Moncada (1941-2005) El autor, natural de Mequinenza, sitúa esta historia a principios de los años cuarenta, una época que le tocó vivir. Los fragmentos están tomados de la edición en castellano de 2007 (traducción de Joaquín Jordá)

«Cuando el laúd estaba a punto de zarpar de Tortosa, Ramón, el agente de casa Salleres, se presentó resoplando en el muelle para comunicar al patrón un encargo recién recibido por teléfono. Al saber de qué se trataba, Nelson frunció el ceño y soltó una sarta de blasfemias de las más gruesas de su repertorio, no excesivamente extenso pero sí lo bastante contundente como para poner los pelos de punta al chupatintas. (…)

Explicó el asunto a los peones y los envió a ayudar al oficinista con instrucciones de no perder tiempo. Era cerca de mediodía y quería zarpar lo antes posible de la puesta del sol. El encargo le inquietaba de mala manera y no pudo evitar un escalofrío cuando un relincho del macho, tendido tranquilamente encima de los sacos de arroz que acababan de embarcar después de haber descargado el lignito en un tejar, le anunció el retorno de los tripulantes. No, aquello no le gustaba pero no le quedaba más remedio: tenía que transportar el ataúd donde meterían los restos del señor Jaume de Torres, que en aquellos momentos agonizaba en la villa. (nota de este bloguero: se refiere a Mequinenza)

(…) Nelson, preocupado, apresuró el embarque del ataúd, lo cubrió con unas lonas, más para no verlo que para protegerlo, y dio la orden de zarpar: los peones soltaron amarras, izaron velas; el Virgen del Carmen, empujado por el bochorno, comenzó a remontar el Ebro dejando en el muelle los deseos de buen viaje del chupatintas, aliviado de verles partir con la carga de mal augurio.

El resto de la mañana y toda la tarde, a excepción de un breve descanso a la hora de comer, navegaron sin problemas aunque en silencio, abrumados por la presencia del ataúd. De noche durmieron fuera de la nave. Se llevaron jergones y mantas, buscaron cobijo en una masía y dejaron el féretro abandonado en el laúd. Al día siguiente encontraron un mensaje en Ascó. Un antiguo patrón de la viuda les esperaba: tenían que darse prisa, el señor Jaume estaba en las últimas. Que navegaran de noche…

-¿De noche? -refunfuñó Nelson.

-¡Mira que nos la jugaremos! -exclamó Joanet del Pla.

-Dice que no te preocupes. Graells ha hablado con la guardia civil. Dadas las circunstancias no habrá problemas.

-De acuerdo. De todos modos, veremos qué pasa…

Navegaron hasta la puesta de sol, se detuvieron para cenar e inmediatamente después el Virgen del Carmen, a favor de un viento sostenido, se adentró en la noche rasgando el resplandor de las estrellas pintado en la piel del Ebro. A poca distancia de Fayón el bochorno cesó de repente y hubo que desembarcar al macho para proseguir el viaje sirgando. Grandes nubes cubrían entonces las estrellas, la oscuridad rodeaba la nave. Solo oían el deslizamiento del agua por los flancos del laúd, el rumor de los cascos del macho por el camino, el roce de la sirga en las ramas de alguna mata y, de vez en cuando, las breves órdenes del peón que guiaba la caballería. Un par de horas después sonaron voces en la orilla, los pasos del macho cesaron y la cuerda que unía la bestia a la nave se aflojó.

-Alexandre, ¿qué pasa? -gritó Nelson al machero.

De la orilla llegó un murmullo confuso de voces.

-¡Alexandre!

-Acerca el laúd a la orilla, Nelson -dijo al final el peón.

-¿Qué pasa?

-Haz lo que te digo.

-Vamos chicos -ordenó, preocupado, mientras daba un giro de timón para acercar el barco a la orilla. Los dos peones de a bordo facilitaron la maniobra con las pértigas. En medio de la oscuridad, Nelson consiguió vislumbrar vagamente la poderosa masa del macho inmóvil. Unas siluetas se acercaron al laúd…«

Hasta aquí puedo trascribir sin delatar la historia. Es suficiente para saber cómo se navegaba río arriba. Pero la lectura de todo el libro es muy recomendable.

Con la decisión de sortear la zona del brote de coronavirus se rompe el ritmo diario de caminata – entrada de blog.

Voy a reiniciar la marcha desde el Monasterio de Rueda. Pero no quisiera dejar de incluir los textos de esas etapas intermedias. Por eso a partir de ahora voy a intentar incluir dos o tres cada día. Hay que tener en cuenta que la numeración no se va a corresponder con mi ritmo, así que voy a seguir aproximadamente la división de la ruta que hace el ministerio en 42 etapas.

En el verano de 1938 se produjo la batalla posiblemente más célebre y mortífera de la guerra civil española. A lo largo de más de tres meses más de doscientos mil soldados de ambos bandos lucharon. Un tercio murió o resultó herido.

Es conocida como «la batalla del Ebro», aunque en su mayor parte tuvo lugar en las montañas situadas al oeste. Se puede decir que esta batalla se inició y finalizó en el río, con el paso y repaso de las tropas republicanas.

La zona que he atravesado hoy es la elegida para la incursión de uno de los brazos de la tenaza que había organizado el estado mayor republicano, a lo largo de unos 20 kilómetros. Hubo otras zonas de cruce desde Amposta hasta Mequinenza.

Se han escrito numerosos libros sobre esta batalla. Yo he elegido uno que trata con cierto detalle el paso del Ebro.

LECTURA DEL DIA:

Aunque me tires el puente (2004), de Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada

El libro tiene una dedicatoria que merece ser repetida: «A las miles de víctimas de una batalla insensata, en una guerra absurda«.

Voy a incluir unos cuantos cortos fragmentos. Creo que muestran vívidamente aquellos momentos.

Sobre la vida antes de la batalla:

«En el frente estabilizado, militares y civiles convivieron difícilmente y algunos pagaron con la vida.  Aunque estaba prohibido aproximarse al cauce, parte de la población  campesina continuó viviendo en sus casitas cercanas al frente, porque temía los bombardeos de los pueblos o porque la escasez obligaba a seguir cultivando. Había que comer. Unos segaban o cuidaban los árboles casi a la vista del enemigo. Otros tenían huertas cerca del río (…). El hambre obligaba a jugarse la vida y los campesinos circulaban ocultándose tras los árboles y la vegetación, exponiéndose a recibir un balazo.«

Los preparativos:

«Miles de barcas, destinadas a transportar hombres o a sustentar plataformas, fueron transportadas desde toda la costa catalana y quedaron depositadas cerca de las orillas, disimuladas y tapadas con ramaje, con el fin de sustraerlas a la curiosidad de la aviación enemiga.  Se esperaba que cada barca transportara a unos diez hombres y tardara unos ocho minutos en hacer el recorrido. Todas debían moverse a remo y remar no es fácil para los novatos, sobre todo de noche, con una barca cargada de gente inexperta y en plena corriente de un río. (…)

Deberían confiar en las barcas hasta que despuntara el día. Entonces se montarían las pasarelas, y en la fase siguiente, los puentes por donde pasarían tropas a pie, camiones y artillería. Los más sencillos eran de madera y soportaban diversas cargas, dependiendo que fueran ligeros, que se montaban en cinco horas, o pesados, cuyo tendido consumía todo un día y una noche. Para que cruzaran las cargas más pesadas, como carros de combate, eran necesarios los puentes de hierro, cuyo montaje requería trabajar ininterrumpidamente durante cuarenta y ocho horas.«

La espera en los momentos previos al ataque:

«Como cada noche les repartieron el rancho y R.P. se alegró de que, en lugar de echarle en el plato las eternas lentejas con aceite, le dieran garbanzos con tocino y chorizo. Luego llegó un camioncito, los soldados se acercaron en fila y a cada uno le dieron una copa de coñac. Era una costumbre que los dos bandos respetaban escrupulosamente antes del combate. Al coñac le llamaban ‘saltaparapetos’.  

(…) La noche era oscura, sin luna, con brisa débil. La espera se había hecho con una tensión insoportable, porque nada es más angustioso que desconocer cuándo comenzará el combate ni qué resultados tendrá.

El cabo S.A., de la 11ª División, comenzó a marchar hacia el río con su batallón, mientras, silenciosamente, zapadores y soldados de infantería sacaban las barcas de sus escondrijos y las botaban al agua. Los remeros seleccionados se colocaron en sus puestos y comenzaron a embarcarse las unidades de combate. Mientras tanto, los nadadores ya habían marchado a la otra orilla para reconocer el terreno y tender maromas entre las dos márgenes, que se ataron a ras de agua y en dirección oblicua para que la misma corriente hiciera resbalar las barcas hacia la orilla contraria. (…)

A esa misma hora, en la orilla enemiga, los centinelas montaban una guardia cansina convencidos de que les esperaba una tediosa noche cualquiera. En algunos puntos de la orilla  se aprovechaba la oscuridad para llevar a cabo pequeños trabajos de fortificación, imposibles a la luz del día y a la vista del enemigo. En otros, la monotonía solo resultaba alterada por la monocorde canción de los grillos, la brisa que soplaba entre las copas de los árboles y el rumor del agua corriendo en la oscuridad. A los centinelas les preocupaba más su propio sueño que la amenaza de sus enemigos. Los republicanos habían sido repetidamente derrotados; nadie les creía capaces de llevar a cabo una gran operación anfibia y, mucho menos, en plena noche.

El secreto y el silencio se rompieron de pronto…«

Eran las doce y cuarto de la noche del 25 al 26 de julio de 1938.

La primera oleada había desembarcado y se iniciaba la segunda:

«La noche había difuminado los contornos de un paisaje convertido en sombras. Se dispersaron en guerrilla, temerosos de encontrarse solos en territorio enemigo, hasta que vieron, con alivio, que otras muchas barcas cruzaban también el río.

A J.R. le llegó la orden de marchar hacia el Ebro cuando ya despuntaba la madrugada. Gracias al pequeño resplandor del día naciente pudo ver el suelo lleno de papeles de afiliación política y sindical. Muchos de sus compañeros los habían roto y tirado antes de embarcar. Aparte de los militantes políticos convencidos, ya nadie se creía la propaganda; los soldados sabían que su bando luchaba desesperadamente para no perder la guerra. Conocían lo incierto de la próxima aventura. Temían caer prisioneros y se decía que los franquistas fusilaban a quienes estaban destacados en la política o el sindicalismo. Por eso se desprendían de sus papeles. (…)

(Eran) simples botes de recreo o barcas para la pesca costera. (…) En algunos de ellos se habían metido hasta quince hombres y, entre el sobrepeso, las dificultades y la torpeza de los embarcados, algunos zozobraron. Se hundieron entre gritos, muchos soldados no sabían nadar y estaban lastrados por la manta, el casco, la cantimplora, las cartucheras, las granadas y el fusil. Tenían órdenes estrictas de no detener las barcas en el río para socorrer a los que estaban en el agua. Debían proseguir hasta la otra orilla, impasibles ante la desgracia de sus compañeros, que chapoteaban desesperados, sacando sus manos, implorando un brazo o un remo al que sujetarse, mientras se ahogaban fatalmente«.  

Espero que alguno se haya dado cuenta de este parón y haya echado en falta el articulillo diario.

Ayer vivaqueé en una masía. Los propietarios me llevaron a conocer un espectacular poblado ibérico que domina el Ebro.

Ya su nombre tiene garra para escribir un artículo: el Castellot de la Roca Roja. Pero sin tiempo para documentarme por esta vez solo colgaré una foto que habla por sí sola:

 

Luego tras una agradable conversación con los propietarios acompañada con unos tomates y otros productos de su tierra, no hubo tiempo pra acabar de perfilar la entrada del día. Como no había cobertura, tampoco resultó nada grave, y me evité los ataques de mosquitos atraídos por la pantalla.

Al día siguiente, mirando las noticias, me empezó a preocupa algo que venía siguiendo desde el primer día de marcha: el foco de Coronavirus de la zona de Caspe-Fraga. Es una comarca que la ruta atraviesa a lo largo de unas cinco o seis etapas.

El triángulo rojo indica mi posición actual. Los colores resultan algo engañosos, pues en Huesca los positivos e concentran en el extremo sur, que es el más poblado. En Zaragoza, la comarca de Caspe, la mas afectada pero poco poblada en el conjunto provincial, apenas influye en el color.

Estos son datos oficiales del ministerio de la semana pasada:

  Aunque la infrmación que se nos proporciona sigue siendo difícil de procesar y entender, el número de infectados en estas comarcas está en torno a 35 por 10.000 habitantes, lo que aparetemente es una burrada (proporcionalmente equivalen a unos 160.000 positivos en toda España), lo que le hace ser, aunque pequeño, probablemente uno de los focos más graves de Europa.

Así que no voy a correr riesgos y voy a hacer un cambio de planes. Mi tactica de ir más despacio y ver la marcha de los acontecimientos (muy agradecida además por mis pies y mis hombros mochileros) ya no tiene mucho recorrido.

He estudiado la atractiva posibilidad de hacer ese tramo en barca, aprovechando los embalses de Ribaroja y Mequinenza, pero esa solución, difícil de organizar me deja justo en el centro del problema, en Caspe o Chiprana.

Así que he decidido saltar ese trayecto y hacerlo en tren. Pero seguire colgando las historias correspondientes a esas etapas.

La ruta de hoy tiene dos partes muy diferenciadas. Hasta el azud de Xerta va por el valle que se abre tras pasar las montañas de la cordillera costera catalana. La segunda empieza a introducirse en ese amplio desfiladero. La historia de hoy es consecuentemente doble.

La primera habla de la navegación y nos permite, cosa rara, traer una obra teatral. La segunda será un ejercicio de historia ficción que me he permitido imaginar.  

Se ha navegado por el Ebro desde tiempos muy remotos. Aunque a partir de cierto punto, a unos 100 a 150 km del mar, las dificultades empezaban a ser muy grandes para remontar la corriente, las alternativas por caminos solian ser aún peores y mas costosas. La idea de invertir grandes capitales para mejorar la navegación viene de al menos el siglo XVIII.

Atracado en Tortosa, uno de los barcos con los que se quería modernizar la navegación por el Ebro

Ya nos toparemos aguas arriba con los trabajos que se hicieron. Pero incluso en el tramo bajo y mas favorable, se hacía preciso mejorar las condiciones de navegacion, para adaptarla a los barcos más modernos. A mediados del XIX se constituyó una Real Compañía de Canalización del Ebro y una empresa de Transportes entre Zaragoza y Barcelona por el Ebro y el mar, con barcos de vapor.

El punto de partida clave era el azud de Xerta que se había construido para desviar el agua para regar la margen izquierda. Era la primera dificultad para que los barcos pasaran. La solución inicial fue establecer un amplio canal por la margen derecha que llegara a Amposta y de ahí a Sant Carles de la Ràpita.

El canal de navegación de la dreta, a su paso por Roquetes

Los trabajos finalizaron hacia 1857 y para inaugurarlos se previeron actos y festejos. Uno de ellos la representación de una obra encargada con este fin.

LECTURA DEL DIA:

«El Ebro, comedia en un acto, escrita, con el plausible motivo de inaugurarse la navegación de dicho río, canalizado desde San Carlos de la Rápita a Mequinenza, por D. Manuel Bretón de los Herreros«

Bretón de los Herreros (1796-1873) era natural de Quel (La Rioja) a menos de diez kilómetros del Ebro. Esta es una obra menor, en todos los sentidos, escrita por encargo para ser representada en los actos inaugurales de esas obras. Pero el Ebro está poco más allá del título. En la trama romántica aparecen algunas disquisiciones, representadas por Don Primitivo y Don Crisanto, sobre las desventajas y ventajas que traerá la modernización. Podéis imaginar quién es el que se queja de las modernidades:

 

«D. Primitivo:

     Ebro de mi alma, que corres

     con curso tardo o veloz

     desde Fontibre a la Rápita,

     y en cuya orilla nació, –

     yo soy de Rincón de Soto, –

     este humilde pecador,

     ¿qué crimen has cometido

     para castigarte Dios

     de esta manera?

D. Crisanto:

                                 Entablemos

     antes una discusión

     formal, grave y silogística

     sobre si es castigo o no

     que sus márgenes se rieguen

     y que lo surque el vapor.

D. Primitivo:

     Artes del diablo, delirios

     del humano orgullo, que hoy

     quiere renovar los tiempos

     de Babel y de Nembrod

D. Crisanto:

     Entre una torre y un barco,

     muévale el gas de carbón,

     muévale el remo o la vela,

     no hay paridad, y aunque soy

     naturalmente propenso

     a reservar mi opinión

     hasta pesar con análisis

     prolijo el contra y el pro;»

(…)

En eje de la pieza va sobre un noviazgo en el que él es el ingeniero que ha diseñado las obras del río. Primitivo, padre de la novia, que sigue pensando, «¡El Ebro canalizado, vaporizado… Qué horror!», dialoga con su hermana sobre este novio:

Doña Angustias:

     De la ciencia de este mozo

     se hace lenguas la ciudad:

     a él en gran parte se debe

     la construcción del canalización y de otras obras maestras

     que, como pronto verás, hacen navegable el Ebro

     desde Mequinenza al mar.

D. Primitivo:

     ¡Calla, no toques la llaga

     que manando sangre está!

     El y otros como él se obstinan,

     contra la ley natural,

     en perturbar, sacro río,

     tu mansa tranquilidad;

     ellos han osado, oh cielo!

     lo que no osó el musulmán

     en siete siglos, ni osó

     el rey D. Jaime; ellos, ay!

     consuman el atentado

     horrible, la iniquidad

     de Pignatelli, y haciendo

     anatomía infernal

     de aguas inocentes, violan

     su casta virginidad;

     ellos a la honrada sirga,

     que bastó desde Abraham

     a tantas generaciones

     modelos de sobriedad,

     pretenden sustituir

     inventos de Barrabas;

     ellos de azudes y aceñas,

     quitando a muchos el pan,

     son verdugos, y en fin ellos,

     escudados ¡qué maldad!

     con una moderna ley

     más impía que el Coran,

     me han desposeído ¡inicuos!

     de mi noria inmemorial

D. Emilio (el novio):

     Pero le han indemnizado

     a usted, como a los demás,

     y con ventaja. ¿Qué importa,

     cuando el agua ha de sobrar

     y de otro modo se suple

     más fácil, más eficaz,

     demoler un armatoste

     caduco, en cuyo local

     puede usted plantar moreras

     o poner un palomar?

D. Primitivo:

   ¿Y mi mula? ¿Qué hago yo

     con aquel pobre animal?

Doña Angustias:

     Si ya va a cumplir treinta años,

     ¿Qué diantre?…

D. Primitivo:

                               ¡Hacerla a su edad

     mudar de costumbres!…. Oh!…

     Pero pronto vengarás

     tus ultrajes y los míos

     padre Ebro. No aguantarán

     tus espaldas esa navegable

     que las quiere profanar»

 

HISTORIA (IMAGINADA) DEL DIA:

He buscado tantos datos, referencias y documentos para relatar historias reales sobre el Ebro, que me creo con el derecho de inventarme una. No solo por el placer, no pequeño, de hacerlo sino también porque me permitirá contar algo sobre este territorio en tiempos muy muy remotos, cuando aún no había nacido la historia.  

Volvamos a la época del imerio romano. Imaginemos que un de los emperadores hubiera nacido en Dertosa (Tortosa), algo nada excepcional pues hubo otros como Trajano, Adriano o Teodosio nacidos en ciudades hispanas.

Imaginemos también que este emperador era no menos poderoso y caprichoso que los otros y, al mismo tiempo, influenciable por los grupos de presión de la época.

Entre la pléyade de religiones y escuelas filosóficas había una muy importante, la de los cínicos, conocidos por su amor a la naturaleza.  Esto es sabido por cualquier estudiante de filosofía, pero imaginemos que hubiera habido una rama muy radical que pretendiera volver a reconstruir la naturaleza tal como había sido antes del imperio romano. Tanto que no siquiera les gustaba cómo era en la época de las tribus iberas o en la de los neandertales. Para ello recurrieron a unos sabios griegos, expertos en una ciencia naciente llamada geología.

Estos descubrieron que el valle del Ebro se creó cuando las ocultas fuerzas de la tierra hicieron levantar los Pirineos y los montes que corren cerca de la costa mediterránea. Entonces, esa depresión entre montañas se cubrió de aguas y durante millones de años se convirtió en un mar interior.

A nuestro emperador ese conocimiento le traía sin cuidado. De siempre había conocido el valle como valle. Cuando había navegado río arriba siempre había visto campos y ovejas en ambas orillas, no aguas y peces. 

Pero como en cualquier buen lobby, surgieron argumentos más convincentes para llamar la atención imperial. Le dijeron que no solamente recuperaría el pasado, sino que además sería conocido en el futuro, por los siglos de los siglos. Se trataba de crear la novena maravilla del mundo, que, por si fuera poco, beneficiaría grandemente a la economía de la Hispania citerior, tierra pobre y mal comunicada.

El emperador prestó entonces más atención. Según le describían el proyecto le gustaba cada vez más, aunque veía cómo sus asesores económicos ponían cara de espanto. Y sin hacerles caso dio su visto bueno.

Llamó a los mejores ingenieros y constructores del imperio, concentró varias legiones y miles de esclavos y se iniciaron las obras. Se trataba de cerrar la brecha por la que las aguas del lago interior se habían ido abriendo paso entre las montañas dando nacimiento al río Ebro. Cerrando de nuevo ese desfiladero próximo al Mediterráneo se podría reconstruir el mar interior que había existido durante millones de años.

La sierra de Cardó donde se apoyaría el extremo norte de la gran presa del Ebro. El dique llegaría hasta la zona de las nubes, a más de cuatrocientos metros de altura

La obra era de gran magnitud y exigía además crear un segundo gran dique para que las aguas no escaparan por otra salida. Pero los propios ingenieros, que no tardaron mucho en entusiasmarse por el volumen y complejidad de la gran obra, le tranquilizaron diciendo que era costoso, pero posible. Como el gran embalse iba a ser de dimensiones inmensas, calcularon que tardaría en llenarse algo así como dos siglos y medio, por lo que no era preciso construirlo enteramente con rapidez. Una vez puesto en marcha bastaba elevarlo cada año dos o tres metros hasta completarlo.

El emperador frunció el ceño. El esperaba pasar a la historia rápidamente. Un retraso de dos o tres siglos le parecía poco aceptable. Además las ventajas económicas de contar con un mar interior que facilitara las comunicaciones y la producción de garum, se aplazaban, por lo que sería necesario recurrir a incrementar los impuestos y ya las gentes empezaban a estar un tanto hartas de tanta recaudación para grandiosos proyectos de futuro imaginados por algunos iluminados.

Pero estos no dejaban de buscar argumentos para mantener el interés del emperador. Le decían que había muchos que habían sido conocidos como «pontífices», es decir constructores de puentes, Que solo él se ganaría el título de «stagnífice», de hecho el «sumo stagnífice».

Le organizaron un viaje por algunas de las cascadas más famosas del imperio y le regalaron un lienzo con la representación de cómo quedaría la caída de agua del Ebro que se llamaría cascada de la Roca Roja, con más de cuatrocientos metros de espectacular derrumbe de las aguas. Abajo se crearía un gran parque acuático que atraería a los ciudadanos romanos de todo el imperio. En fin, la novena maravilla del mundo.

No voy a seguir esta historia hasta el final.

Simplemente imaginar dejaros cómo sería ese inmenso pantano. Los ingenieros imaginaron que podría alcanzar una cota de 500 metros, por lo que tedría estas dimensiones aproximadas:

Pero no eran el unico lobby. Las ciudades romanas se movilizaron, para no quedar inundadas. Cesaraugusta no tuvo influencia (aunque las malas lenguas dicen que no lo logró porque el vengativo emperador tenía inquina a la ciudad por un asunto amoroso).

Las ciudades de Pompelo (Pamplona), Varea (Logroño) y Osca (Huesca) hicieron una alianza para que se rebajara la cota a solo 400 metros. Así podrían disponer de puerto marino y beneficiarse del comercio.

Muchos siglos más tarde los pamplonicas, orgullosos de su ciudad, decían que solo les faltaba la playa para ser la ciudad perfecta para vivir. Hacían planes divertidos para imaginar cómo subir el Cantábrico por las montañas, sin caer que su verdadero ser marino era mediterráneo.

Las cosas parecen complicarse. Llega el fin de semana, primero desde el desconfinamiento: la mitad de los hoteles están cerrados y la otra mitad, en la zona que debo atravesar estos días, llenos. No tengo el cuerpo para vivaquear dos o tres días seguidos y mantener las fuerzas para la caminata. Así que me detengo y rehago planes. Lo peor se avecina dentro de unos días cuando tres o cuatro etapas discurren por las comarcas aragonesas que han visto rebrotar el coronavirus. Afortunadamente en Tortosa hay muchisimos temas históricos que tratar.

LECTURA DEL DIA:

En esta ocasión, y sin que sirva de precedente, el texto no se refiere al río. Se trata de un poema de un autor natural de esta ciudad y que me servirá para llenar un periodo histórico para el que no tengo muchos retazos y, de paso reflexionar un poco:

AUSENCIA

Sin parar recorro el cielo con mis ojos

por si puedo ver la estrella que miras tú

 

A los trotamundos viajeros les pido insistente

si alguno de ellos ha sentido tu perfume ligero

 

Tan solo con el mover de los vientos, me pongo frente a ellos

por si la más ligera brisa me lleva alguna palabra tuya

 

Furtivo guardo aquellos que encuentro cerca de mí

para ver y entrever tu rostro aunque sea un instante

 

Rodando caminos arriba, sin meta ni rumbo voy

buscando la canción que me diga el nombre amado  

 

Si os ha parecido poco innovadora o contemporánea, tenéis razón (aquí en una versión musicada por Miquel Perez de la traducción catalana de Josep Piera). Está escrita hace casi mil años. Su autor es Abu Bakr al Turtuxí, de nombre completo Abu Bakr Muhammad ibn al-Walid ibn Khalaf al-Tartushi ( أبو بكر محمد بن الوليد بن خلف الطرطوشي), por aquí a veces llamado Abubequer), nacido en 1059. Era un poco de todo: filósofo, politico, poeta, viajero… Porque me ha llamado la atención precisamente este aspecto: salió joven de Tortosa, y tras recorrer Bagdad, Damasco, Alepo, El Cairo… fue a instalarse en Alejandría, donde murió en 1127. Recorrido excepcional, pero no extraño entre otros nacidos a orillas del Ebro.

Cien años antes, hacia el 960, un mercader de origen judío, Ibrāhīm ibn Yaqūb al Tartusi (912-966), partió a recorrer Europa. Parece que encargado con alguna función diplomática visitó Roma -en donde fue recibido por el emperador Oton I-, la actual Praga, Polonia, negoció con los vikingos, regresando luego por mar hasta Burdeos. escribió su libro de viajes, del que no quedan más que fragmenos y referencias indirectas. Tomemos nota de que según algunos una de sus funciones era la de comercias con esclavos eslavos (dos palabras de una misma raíz), ya que nos volveremos a encontrar con esta cuestión dentro de unas etapas.

Si Ibrahim precedió a Abu Bakr, no tardó mucho en surgir otro ebreño viajero, el judío Benjamín de Tudela (1130-1173). Este recorrió a partir de 1165 el Mediterráneo, Anatolia y la península arábiga.Pero su primer tramo lo hizo posiblemente navegando aguas abajo del Ebro, pasando por Zaragoza y Tortosa. Escribió la memoria de su viaje, aunque es verdad que de esta primera etapa no dice apenas nada: «Benjamin de Tudela, hijo del rabino Jonas, de piadosa memoria, dice: Primeramente partí de la ciudad de Zaragoza, descendiendo por el Ebro hasta llegar a Tortosa: de allí, tras dos días de marcha entraba en Tarragona la vieja...» ¿Casualidad? Un gran río como el Ebro es siempre una amplia puerta abierta al mundo.  

 

EL INHITO DEL DIA:

Paseando por Tortosa he buscado alguna referencia a un hecho que cuando lo leí hace años me impresionó. Creo que refleja mucho nuestra historia de los dos últimos siglos. Pensaba que habría alguna placa o inscripción, ya que en su momento fue un hecho que levantó revuelo y protestas en buena parte de la prensa europea.

Pero no hay nada. Al menos nada directamente ligado, aunque sí un par de elementos que el paseante avisado puede relacionarlos con aquel terrible hecho. 

En la oficina de turismo me han explicado que aconteció en la actual plaza de Alfonso XII. A unos pocos metros hay una calle que lleva el nombre de uno de los afectados: Ramón Cabrera.

Cabrera (1806-1877) fue un importante general carlista nacido en Tortosa. Era hijo de un marino mercante, dueño de un falucho que recorría el Ebro y los puertos mediterráneos. A fines de 1833 se inorpora a las fuerzas carlistas en el Maestrazgo y pronto destaca y asciende. Con veintisiete años es nombrado coronel. Al año siguiente toma el mando de todas las fuerzas del frente de Aragón-Valencia, que alcanzaba el Ebro.

 

La otra referencia, quizás simple casualidad, es el monumento que hay en la plaza Alfonso XII. Representa a una madre con su niño pequeño. Inicialmente estaba en el centro de la plaza, rodeada de un pequeño estanque. Pero una remodelación moderna la ha apartado a un costado y queda casi oculta por la vegetación :

No hay inscripción alguna. Pero algo da que pensar. En este lugar, a pocos pasos del Ebro, el 16 de febrero de 1836 fusilaron a la madre de Cabrera.

Ana María Griñó llevaba ya más de un año presa, tomada como rehén. Hasta entonces la guerra civil había sido cruel. Eran habituales los fusilamientos de los prisioneros y heridos del enemigo. Pronto se pasó a matar a los simples sospechosos. Siguió la toma de rehenes entre los familiares. En febrero de 1836 Cabrera mandó fusilar a dos alcaldes que no siguieron sus órdenes y le habían denunciado.

El siguiente paso fue el fusilamiento público de una anciana, sin juicio, pero con el visto bueno de las autoridades militares liberales, entre ellas Espoz y Mina.

Cabrera no se quedó atrás y en represalia mandó matar a cuatro mujeres familiares de liberales… La espiral de violencia no parecía tener límite.

Cuando las noticias llegaban a Europa nos observaban alucinados.

Yo esperaba encontrar una placa o algo que recordara esos hechos, por eso que se dice que un pueblo que ha olvidado su historia está condenado a repetirla. Y vaya que si se ha repetido varias veces. En febrero de 1936, cuando se cumplía el centenario, un artículo de un periódico de tendencia carlista intentaba recordarlo, sin mucho efecto. Pero seguimos sin placa y con la memoria descuajeringada.

 

Este tramo es posiblemente el más rico en historias. El corredor litoral era el preferido para el comercio y las comunicaciones. La zona de Tortosa-Amposta era desde antiguo el equivalente a un «hub» logístico. Puertos fluviales y a la vez marinos, enlaces de caminos y calzadas.  

De entre otras muchas historias he seleccionado una, la que me parece más singular

LECTURA DEL DIA:

Historia de Roma desde su fundación, libro XXII, de Tito Livio (59 a.C.- 17 d.C.) (traducción de Francisco Navarro, 1888)

Si prefieres leerlo en la traducción manuscrita del canciller Pedro López de Ayala tendrás que ir a la Biblioteca Digital Hispánica

«Voy a narrar la guerra más memorable de todas las que han tenido lugar; voy a narrar la que los cartagineses, mandados por Aníbal, sostuvieron contra el pueblo romano. En efecto, jamás midieron sus armas naciones ni ciudades más poderosas; jamás las mismas Roma y Cartago dispusieron de mayores fuerzas y poderío».

Era el año 218 antes de nuestra era. Ocurrió poco antes de la batalla naval que describí el día “cero” de este blog. Tito Livio relató los hechos dos siglos después de que ocurrieran. Para nosotros han pasado 2.238 años. Tiene, sin embargo, muchas cosas que nos pueden parecer contemporáneas. La guerra fue brutal. Duró 18 años y trajo la destrucción de gran número de ciudades, sobre todo en Italia y el norte de Africa. Algunos calculan que hubo muchos cientos de miles de muertos, hasta tres cuartos de millón.

Se puede decir que la mayor campaña de esta guerra, la invasión de Italia, comenzó precisamente a orillas del Ebro. Este río había sido aceptado como frontera principal entre las áreas de influencia romana y púnica. Su cruce por el ejército cartaginés iba a ser una especie paso del Rubicón para Aníbal. Pero que lo cuente mejor Tito Livio:

«Partiendo Aníbal de Cartagena (Cartago nova), pasó por Etovisa y llevó el ejército hacia el Ebro y las costas. Dícese que aquí vió en sueños un joven de forma divina, que decía ser enviado por Júpiter para guiarle á Italia y que le mandó seguirle sin perderle jamás de vista. Dominado por el estupor, Aníbal le siguió al principio, sin mirar en derredor ni detrás; mas por curiosidad natural, empezó á buscar en sí mismo el objeto cuya vista se le prohibía y no pudo dominar el deseo. Entonces vió detrás de él una serpiente prodigiosamente grande que avanzaba entre inmenso montón de árboles y arbustos rotos; después creyó oir un trueno seguido de violenta tempestad. Habiendo preguntado lo que significaban aquel monstruo y aquel prodigio, le contestó una voz «que era la devastación de Italia; pero que continuase su camino sin preguntar más y que respetase los secretos de los hados.»

Regocijado con esta visión, pasa el Ebro por tres puntos, cuidando de enviar delante gentes encargadas de ganar por medio de presentes á los galos, cuyo territorio tenía que atravesar, y de reconocer en seguida los pasos de los Alpes. Noventa mil infantes y mil doscientos caballos pasaron el Ebro bajo sus órdenes».

Imaginemos la situación: buena parte del ejercito cartaginés procedía del norte de África. De Cartago a Cartagena pasando por Cádiz había 2.600 km. Hasta el Ebro otros 500. El transporte por mar estaba limitado por el dominio marítimo romano. Buena parte de esa ruta la hicieron a pie. Decenas de miles de soldados se agolpaban a orillas del Ebro, tras haber caminado toda esa distancia. Les esperaban -aunque quizás solo eran conscientes de ello los generales, otros dos mil kilómetros por delante. Al lado de estas cifras la caminata que quiero hacer, con calzado moderno y equipaje mucho mas ligero, es un juego de niños. No les debieron venir mal los ánimos que el divino joven les infundió.

Las tropas eran de orígenes variados. Muchos miles habían venido desde el norte de África del entorno de Cartago. Había también cientos de baleares, ligurios, libifenicios, moros y númidas, además de otros procedentes de numerosas naciones de Hispania.

No detalla Livio cómo pudo pasar tan gran ejército un caudaloso río. Pero unos meses más tarde Aníbal se encontró en la Galia con otro obstáculo semejante: el paso del Ródano. En esta ocasión el historiador romano nos explica detalladamente cómo procedieron. Podemos imaginar que el mismo sistema se empleó en el Ebro.

«…a los demás ribereños Aníbal les decidió con regalos a que le procurasen y construyesen por todas partes barcas, tanto más cuanto que estos pueblos estaban impacientes por ver al ejército cartaginés pasar a la otra orilla y su territorio libre de aquella multitud que lo arruinaba. Pronto reunieron considerable número de barcas y barquillas construidas ligeramente para la comunicación de ambas riberas. Además los galos comenzaron los primeros construir nuevas barcas, ahuecando troncos, y muy pronto los mismos soldados, invitados a la vez por la abundancia de materiales y la facilidad del trabajo, labraron apresuradamente canoas informes que bastasen para flotar en el agua con ellos y su equipaje».

Como en el Ebro, el ejército se dividió. Una avanzadilla hizo un rodeo cruzando el río aguas arriba:

«Los soldados se apresuraron a cortar árboles y construir almadías para trasportar los caballos, los hombres y equipajes. Los españoles, sin tomarse este trabajo, colocaron sus vestidos sobre odres y cruzaron el río tendidos sobre sus escudos. El resto del ejército, habiendo pasado sobre balsas reunidas, acampó en las orillas del río; y como estaban fatigados por la marcha nocturna y el trabajo, descansaron durante un día».

En cuanto al grueso del ejército pasó así:

«La infantería tenía ya preparadas y dispuestas sus canoas; los jinetes, de los que casi todos los caballos seguían a nado, ocupaban las barcas grandes, que avanzando en fila delante de las otras para vencer la fuerza de la corriente, facilitaban la travesía a las canoas que pasaban más abajo. La mayor parte de los caballos nadaban conducidos por la brida desde la popa, a excepción de los que habían embarcado ensillados y embridados con objeto de que los jinetes pudiesen utilizarlos al saltar a tierra. (…)

En cuanto al modo de hacer pasar los elefantes, creo que hubo diferentes opiniones; al menos los relatos varían mucho acerca de este hecho. Según algunos, habiendo reunido los elefantes en la orilla, irritado el más furioso de ellos por su conductor, le persiguió en el agua, por la que huía a nado y de esta manera los arrastró a todos: ahora bien: en cuanto cada animal de estos, que tanto temen el agua profunda, perdió pie, la misma corriente le llevó a la orilla opuesta. Más probable es que los trasladasen en almadías; y como este era el medio más seguro antes de la experiencia, es también el más creíble después del hecho. Lanzóse al río una almadía de doscientos pies de larga y cincuenta de ancha: para que la corriente no la arrastrase, sujetáronla con fuertes cuerdas a la parte superior de la ribera y la cubrieron de tierra para simular un puente sobre el que pudiesen avanzar aquellos animales con tanta seguridad como en el suelo. Unióse a la primera otra igualmente ancha pero de cien pies de larga, para la travesía; y cuando los elefantes, marchando sobre la almadía fija como por un camino, siguiendo a las hembras, hubieron pasado a la pequeña, cortando en seguida las cuerdas que la retenían, la remolcaron a la otra orilla algunas barcas ligeras. Desembarcados los primeros, fueron trasportados sucesivamente de la misma manera los demás. No mostraban inquietud alguna mientras marchaban como sobre un puente sólido: su miedo comenzaba cuando, separándose la segunda almadía, se veían arrastrados en medio del agua; estrechándose entonces los unos contra los otros, porque procuraban los que estaban en los extremos alejarse del agua, ocasionaban alguna confusión, hasta que les contenía el temor que les inspiraba la vista del agua. Algunos a fuerza de agitarse cayeron al río; pero sostenidos por su propio volumen, después de derribar a sus conductores, encontraron pie insensiblemente y ganaron la orilla»

El historiador e ilustrador británico Peter Connolly (1935-2012) intento plasmar la descripción de Tito Livio en su «The carthaginian elephants being towed across the Rhône»

Así pasaron los elefantes, una cuarentena en total. Debió ser todo un espectáculo.

Aparecen nubarrones en perspectiva. Dos de las comarcas aragonesas que debo atravesar la semana que viene vuelven a estar en una fase más restrictiva en esto del coronavirus. Por ahora se puede circular por ellas, pero tendré que estar atento a un posible nuevo confinamiento. Sigo la ruta, pero en marcha más lenta, para poder ver qué evolución sigue la pandemia en esa zona. Hoy me he quedado descansando en Amposta y las próximas etapas serán más cortas. Este es el tramo del Ebro con más historia y literatura. Había previsto tratar cada día un par de asuntos, así que a este nuevo ritmo puedo centrarme solo en uno de ellos. Hoy toca una de la tercera carlistada. Pero antes unas palabras sobre Amposta que pueden ayudar a entender el hecho. Una vez que atraviesa la cordillera costera el Ebro se ensancha y amansa un poco más. Pero no es la despedida definitiva de las montañas. A la altura de Amposta el río lame la base de la sierra del Montsià. Sus rocas de duros conglomerados llegan hasta la orilla del río, que tiene dificultades para erosionarlos, dejando indemne un pequeño promontorio que estrecha el cauce. Antes y después de ese punto, donde discurre más libremente, alcanza los doscientos metros de ancho. Allá, apenas supera los cien. Situación ideal para construir un punto de control fortificado. Lugar algo elevado con buenos cimientos y un estrechamiento que permite vigilar la navegación fluvial. Desde hace miles de años se dieron cuenta de esta ventajosa posición y las fortalezas se han ido sucediendo una tras otra. De pequeñas dimensiones, pero de cierta importancia.

El Ebro se estrecha ante la fortaleza de Amposta

El curso final del Ebro conocía en otros tiempos grandes riadas. El uso masivo del agua para riegos y los grandes embalses han hecho que el caudal en este tramo sea más regular. Estos cambios son bastante recientes (el embalse de Mequinenza se acabó en 1966) pero aún quedan los recuerdos de las precauciones que se tomaban cuando llegaban las noticias de que se acercaba una gran aguada. Se aseguraban las barcas, se reducía o cortaba la navegación. Incluso había que proteger el único paso «permanente» que existió hasta fines del XIX, el puente de barcas de Tortosa.

El episodio histórico que he seleccionado para hoy trae recuerdo de una de estas riadas: el ataque y recuperación por los liberales de Amposta durante la tercera guerra carlista.

Ahora vamos ya con la…

LECTURA DEL DIA:

Riu Avall, de Màrius López (2003)

Los siguientes fragmentos procede de una narración inserta en una recolección de relatos cortos («El brogit de l’Ebre», Cossetània edicions). Nos dan una imagen literaria del discurrir tranquilo del río y de los cambios que se producían cuando bajaba cargado y violento. La acción está situada en 1874. Como no poseo ni el arte ni el permiso para proceder a la traducción, la incluyo en el idioma original. Al final incluyo un pequeñísimo vocabulario que puede ayudar a entenderlo.

«En aquells anys, teníem per costum apropar-nos fins la plaça de l’Aube i al Poador, per contemplar la mansa baixada de les aigües, sempre tan tranquil-les i assossegades, creuades pel vol elegant y pausat de les gavines, sorpreses pels salts inesperats dels llissals que rebotaven sorollosament sobre la superfície verdosa del riu, o el cabussament dels corbs marins per atrapar els tenquerolets més confiats. Al peu dels canyars de l’altra banda, que sumaven un verd intens amb el suau de lebre i el blau del cel, hi anaven a morir les ones manses produïdes pel pas dels llaüts que baixaven pel riu«.

gavines: gaviotas; llisals: lisa (un tipo de pez); corb marin: cormorán; tenquerolets: tipo de pez; ones: olas; llaüts: laúdes (embarcaciones típicas que recorrían este tramo del Ebro).

«En arribar la tardor, van desencadenar-se les acostumades tempestes. Aquest any amb més força. Es deia que, més amunt de la Terra Alta, les pluges eran tan abundants que la gent estaba esgarrifada, ja que s’esperaven barrancades desenfrenades. El nivell del riu començava a créixer, les aigües baixaven mol tèrboles, sota un cel fosc i amenaçador. Les defenses militars s’havien reforçat tancant a pany y forrellat les portes d’entrada al poble, especialment la del Grau, perquè corria la veu d’haver-se vist cert moviment de columnes lliberals entre Benissanet i la serra de Cardó. Es creia que havien travessat el riu en començar els aiguats, amb la intenció d’anar baixant per la banda de la dreta.

La gent s’abocava a les baranes de la plaça de l’Aube, per veure com pujava a poc a poc el nivell de les aigües. Ben aviat l’espectacle es feia més i més esfereïdor. Els núvols cada cop eren més foscos, espessos i plens d’amenaces. El riu baixava molt brut, bramava aparatós, empentat per l’huracà. Havia inundat hortes i pobles de més amunt. Es podia veure com la seua força arrossegava grans troncs, brossa, canyars, hi havia qui assegurava veure baixar una truja viva damunt d’una calaixera. Com més de nit es feia el panorama resultava més esgarrifós. El nivell avançava cap a la plaça Major i els veïns s’afanyaven a retirar-se buscant protecció segura a casa. Les defenses militars augmentaven la vigilància a les portes d’entrada, feia unes hores que havien avisat amb un llarg toc de trompeta que anaven a tancar-les definitivament i els que es quedessin fora ja no podrien salvar-les.

La bòveda negra s’esquerdava estrepitosament, per les escletxes s’escapaven centenars de llamps encegadors, acompanyats d’uns trons que ens deixaven sords. En plena foscor, esquinçada pels llampecs, es veia augmentar grans rebogades arrossegades pel corrent. Unes passaven rápidament pel mig del riu, moltes d’altres anaven enganxant-se a les vores. Unes d’aquestes clapes voluminoses que s’havien enredat amb uns arbres, a l’indret del pas de la barcassa, van iniciar un moviment insòlit. De sobte, va aixecar-se l’espessa doblària de brossa i canyes fins deixar al descobert unes barques molt grans, protegides amb planxes d’acer, de les quals en sortí ràpidament i en silenci una legió de tropes lliberals, ben armades amb fusells moderns, amb les baionetes calades. La guarnició carlina ocupada en la defensa de les portes d’entrada pels principals camins de l’interior, no s’en van adonar, del desembarcament, fins que foren sorpresos per la inesperada operació, ja que mai no podien suposar un atac del riu i menys en aquelles condicions meteorològiques. L’astúcia i la gran valentia, exposant-se a sotsobrar i perdre la vida fent cap a la mar, va donar el triomf als assaltants, que asseguraven la possessió d’Amposta a l’exèrcit de la reina».

tardor: otoño; pluges: lluvias; esgarrifada: estremecida; térboles: turbias; a pany i forrellat: a cal y canto; pujar: subir; esfereïdor: aterrador; amunt: aguas arriba; truja: cerda; calaixera: cómoda; esgarrifós: escalofriante; s’esquerdava: se resquebrajaba; escletxes: grietas; rebogades: estacada (aquí ,restos vegetales que bajan por el río); vores: orillas; clapes: manchas; de sobte: de repente; carlina: carlista

 

 

Esta noche he dormido en la playa, a pocos metros del Mediterráneo. Antes de amanecer , a modo de despedida, me he dado un rápido baño. Durante largas semanas me iré alejando del mar, cruzándome con las aguas que en sentido contrario se vertirán en el.

En esta etapa casi llana, por caminos entre arrozales, no resulta fácil deducir cómo eran estos campos antes de la llegada de este cultivo. Echaremos mano de un escritor local que nos habla de los primeros pasos de su expansión.

 

LECTURA DEL DIA:

Tierras del Ebro, de Sebastián Juan ARBÓ

Arbó nació en el lugar (Sant Carles de la Ràpita) en 1902 y falleció en 1984. Publicó la novela Terres de l’Ebre en 1932. Ha tenido varias ediciones posteriores. La última en castellano es de 1992 (2001 en catalán), por lo que para encontrar ejemplares hay que ir a bibliotecas o librerías de viejo. La acción discurre en el delta a principios del siglo XX. De la traducción del propio autor, publicada en 1963, he escogido unos cortos fragmentos que dan una idea de la transición de un delta aún muy salvaje al paisaje poblado y cultivado:

«Por aquellos días, el cultivo del arroz se desconocía allí todavía. La ribera era una ininterrumpida llanura de tierras pantanosas; el junco, el carrizo, la menuda grama y la espadaña cubrían los prados, y las nutrias y las raposas pululaban por doquier en los pantanales (…)

La ribera estaba entonces poblada de peligros, y nadie se atrevía a internarse en ella si no llevaba consigo la escopeta o el grueso bastón herrado al fuego y la compañía del mastín protegido por su carlanca. Los pocos que se arriesgaban en ella eran aventureros y cazadores, hombres audaces a quienes atraía la lucha, el peligro, la libertad, y que no conocían el miedo.

….

Los años vinieron pródigos y los cultivos fueron extendiéndose rápidamente por todas las riberas. La antigua barraca construida un día dentro delc arrizal había quedado sumergida en un mar de verdor. Nuevas barracas se levantaron cerca de ella, a un lado y a otro del camino, y a lo largo del día veíanse ahora niños que guachapeaban por las acequias o se perseguían jugando por los saladares.

Aquellos años habían presenciado el espectáculo de una verdadera invasión. Gentes de Castilla, gentes de Aragón y de Valencia, y hasta de la lejana Andalucía y de más allá, acudían incensantemente. Preguntábase uno hasta dónde llegaba el grito de aquel verdor que crecía constantemente y ganaba nuevas tierras a los prados. La respuesta no se había dado aún, y cada día se presenciaba la llegada de una nueva familia procedente Dios sabía de dónde, fugitiva de algún drama de miserias, o de algo peor, que plantaba su barraca en las soledades. (…) Algunos quedábanse en el pueblo, pero los más se derramaban por la ribera, ayudaban al engrandecimiento de los primeros poblados y les imprimían su carácter peculiar y heterogéneo.

Los años transcurrieron insensiblemente; en los días se fue perdiendo el recuerdo de las cosas pasadas, y en torno a ellos y en ellos todo se había ido transformando. (…) Las barracas desaparecían también poco a poco; en su lugar alzábanse pequeñas construcciones de adobes, no mucho más cómodas que aquellas, pero que ofrecían más seguro refugio, En las grandes fincas habían surgido las masías, con la sala espaciosa de la planta, que servía de almacén; aquí se quedaban a dormir la cuadrilla de los valencianos llegados para el trasplante o por la siega. El resto del año estos edificios quedaban deshabitados. Las fincas menores poseían únicamente la casilla, construcción de una planta, que permanecía cerrada durante los largos meses del invierno, mientras las tierras se saturaban de sol.»

 

PERSONAJE DEL DIA:

En la citada obra de Arbó hay una referencia a un lugar, y un personaje a él conexo, que me ha llamado la atención. Empecemos con ese fragmento:

«Al fondo se erguían las altas montañas del Puerto (Els Ports), que, con el Montsiá a un lado y al otro los montes de Cardó, cerraban el valle del Ebro en un círculo inmenso y desigual, abierto hacia Levante como un amplio mirador. Hoy las sierras aparecían claras, teñidas de un leve matiz azulado, aéreas, transparentes, con pinceladas de sol en los peñascales y sombras de un azul más opaco en hondonadas y despeñaderos.(…) Allí cerca se divisaba San Carlos de la Rápita, el pueblecito claro entre el mar y la montaña (…)

No lejos de allí, hacia la parte del mar, veía la «Casa Blanca». El vasto edificio levantaba su silueta por encima de los carrizales, visible solo en su parte alta, con sus dos chimeneas simétricas. En un tiempo no lejano, la «Casa Blanca», con los vastos terrenos que la rodeaban, había pertenecido a una compañía inglesa, que emprendió en vano la tarea de sanear los eriales y poner aquellas tierras en cultivo. La «Casa Blanca» había sido en aquellos días el centro de una actividad febril. Una gran muchedumbre de trabajadores se movía incesantemente por sus patios y por sus salas espaciosas y húmedas, mientras las chimeneas humeaban sin cesar con el fuego de las cocinas. Se habían efectuado amplias instalaciones de drenaje en los pantanos; las bombas potentes hundían sus brazos en los embalses para extraer de ellos las aguas cenagosas. Al despuntar el alba empezaba ya la tarea; los motores difundían en el silencio el estruendo de su potente palpitación, y los trabajadores esparcíanse por los campos con las guadañas y las máquinas roturadoras. Al mediodía saevreunían todos a comeren el centro del patio espacioso que se abría detrás de la casa, tan grande que podían celebrarse en el corridas de toros. Por la tarde volvían al trabajo; de nuevo se oía el fuerte trepidar de los motores, dilatándose en el silencio, y que no cesaba ya hasta la noche, entre el incesante ir y venir de los trabajadores.

Actualmente se hallaba todo abandonado. La empresa fracasó; las entradas del mar destruyeron los tiernos cultivos; las máquinas quedaron abandonadas, cubiertas de herrumbre, y semienterradas en los limos; y el junco y el almarjo y la espadaña cubrieron de nuevo los cultivos. Como único recuerdo quedaban la «Casa Blanca», alzando sus dos chimeneas simétricas y enjalbegadas contra el fondo sombrío de la sierra, y la tumba de uno de los ingenieros, de su esposa y su hijo pequeño, que murieron allí y allí fueron enterrados juntos, en un breve recinto cerrado, plantado de sauces, junto al desagüe (…).

(Juan) Vio con el pensamiento las máquinas cubiertas de herrumbre, que emergían aquí y allí en el prado, y vio el desagüe por donde se deslizara tantas veces corriente abajo en el barquichuelo. Vio también las tumbas de la inglesa rubia y de su marido, que de la lejana Inglaterra vinieron a dormir, con su pequeño, su último sueño en aquel rincón de Cataluña. Las tumbas se divisaban entre el verdor, en dos construccione sgemelas, que pudieron verse aún durante mucho tiempo, cn la sparedes bajas que las cerraban y la pequeña verja de hierro.

Poco después de haberlos enterrado, entre los campesinos empezó a correr, no se sabe cómo, el rumor de que el matrimonio había sido enterrado con sus joyas, una noche las tumbas fueron profanadas y los cadáveres sacados de sus nichos y abandonados a la intemperie».

Esta Casa Blanca aún existe y está situada en la orilla meridional del delta. Esta a unos ocho kilómetros de mi ruta, que discurre por la orilla norte del Ebro. Demasiado para un desvío a pié. Tomo nota para una futura visita, pues no solamente abre la puerta a conocer cómo se implantaron los primeros arrozales en el delta, sino que el relato de Arbó da pie a imaginarse la historia humana de aquella familia.

Un mapa de 1918 señala nos confirma la existencia de ese «cementerio del inglés».

minutas cartográficas de San Carlos de La Rápita (1918). Aparece la Casa Blanca citada por Arbó y unos metros al nordeste el cementerio

Se mantiene en la edición impresa de 1920

De nuevo aparece su mención y se intuye su forma en los fotoplanos de 1927.

Sigue apareciendo hasta la edición de 1942:

edición del mapa topográfico de 1942

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero parece que no queda ya huella alguna de este enterramiento, ni siquiera los sauces descritos por Arbó en 1931.

He intentado averiguar algo sobre esta historia, pero no he conseguido encontrar su nombre ni las circunstancias de su muerte y la de su familia. ¿Hubo realmente saqueo de la tumba o fue una leyenda?

A lo largo de la ruta nos encontraremos con no pocos ingleses, sobretodo militares e ingenieros. Pero este tiene un misterio especial. Generalmente los ingenieros que venían a trabajar a España en los ferrocarriles o las minas solían ser jóvenes, tras alguna corta experiencia formativa en su país natal. No solían estar largos periodos, pues pronto eran encargados de trabajos en Latinoamérica o la India.

Hacia 1860 la empresa de un ingeniero hidráulico llamado John Bateman inició los trabajos de canalización y desecación en la parte sur del delta, con el fin de extender el cultivo del arroz, hasta entonces bastante limitado. Era esta una zona bastante insalubre por la malaria. Se llegaba a pensar por entonces que los arrozales favorecían esta enfermedad, que llegó a ser una lacra en el delta. Esto puede quizás explicar que en un corto espacio de tiempo murieran los tres miembros de aquella familia inglesa. Otra posibilidad es que se tratara de un accidente.

En 1869 Bateman envió a uno de sus ingenieros de confianza John Henry Hartwright, para inspeccionar la instalación de la maquinaria de bombeo. Se trataba al parecer de un personaje curioso e interesante. Autodidacta, dicen que llegó a ser un excelente ingeniero teórico y práctico. Además era un gran aficionado a la entomología, por lo que es fácil imaginarlo recorriendo el delta recolectando insectos para sus colecciones.

¿Hay alguna relación de este ingeniero con la familia enterrada próxima al estanque de la Encanyssada?

Las crónicas dicen que murió ese mismo año en Barcelona. No parece muy normal que murieran dos ingenieros ingleses de una misma obra, de reducidas dimensiones además, en tan corto espacio de tiempo. ¿Quizás eran la misma persona y Barcelona era simplemente la sede del consulado que comunicó el fallecimiento?

Me he puesto en contacto con descendientes lejanos de Mr. Hartwright que me han informado que tenía 42 años y no consta que se casara al menos en Inglaterra. Quizás alguien retome esta investigacion y pueda aclarar los oscuros puntos de esta historia. Un caminante no puede detenerse tanto.

 

EL INHITO DEL DIA:

Dejo para otro día que tenga más tiempo explicar lo que entiendo por «inhito». Para el de hoy dejo una imagen de google maps del lugar donde estaba este «cementerio del inglés».

 

 

Llego a la estación de autobuses de Amposta después de seis horas de autobús. Para comenzar la caminata debe hacer a pie los últimos kilómetros hasta el mar, donde las aguas del Ebro encuentran por fin ancho acomodo .

Tras un penúltimo baño, me dispongo a vivaquear en la misma orilla del Mediterráneo. Mañana comienzo mi larga marcha.

A mi mochila le gustan los selfies. Aquí va el primero en la playa del Delta.

He comprobado con el gps mi posición. En el mapa actual el punto rojo señala la misma orilla. Si lo compruebo en los mapas de hace cien años, este punto estaba en medio del mar y el delta quedaba a cierta distancia.

Este es uno de los territorios más cambiantes de Europa. La silueta del delta sería irreconocible, solo la costa de los Países Bajos y las de otros deltas como el Ródano o el Arno han cambiado tanto.

Hace ocho o nueve mil años el nivel del mar estaba mucho más bajo y había probablemente otro delta formado por el Ebro. Pero en los siguientes milenios, como el Mediterráneo subió unos 100 metros, quedó bajo las aguas. Entonces el río desembocaba en un estuario en cuyas orillas los habitantes ermpezaron a construit la actual Tortosa.

El delta que conocemos es de creación bastante reciente. Empezó a ser notable al final del imperio romano de occidente. Su desarrollo natural se aceleró como resultado de la gran deforestación que se produjo desde la baja edad media, agudizada por el gran interés en la produccion de lana. La trashumancia permitió aumentar la cabaña ganadera lo que intensificó la erosión. Inmensas cantidades de limo bajaban por el río. El delta fue creciendo más y más, hasta adentrarse más de veinte kilómetros en el mar. Por eso, si hubiera empezado esta ruta hace un siglo o dos, sería algo más corta. Este crecimiemto se detuvo con la progresiva recuperación de los bosques en las montañas, muy visible ya para mediados del siglo XX, y la construcción de los pantanos de Mequinenza y Ribarroja, en cuyas aguas tranquilas se iban decantando buena parte de esos limos.

El primer personaje histórico que voy a presentar en este blog falleció más o menos por estos lugares hace más de dos mil años, seguramente en el mar o en las proximidades de la antigua Dertosa, la Tortosa de hoy, en algún punto ahora ocupado por arrozales, pero que quedaría entonces fuera del camino fluvial o pedestre.

 

PERSONAJE DEL DIA:

Quinto Casio Longino era un propretor nombrado por Julio César para gobernar las provincias de la Hispania ulterior que había conquistado en su guerra civil con Pompeyo (antes había sido cuestor en Hispania con este mismo Pompeyo). Corría el año 705 desde la fundación de Roma (el 48 antes de nuestra era). Cuentan las crónicas que se reveló como mal gobernante, y se enriqueció por encima de lo que solían hacerlo los gobernadores romanos en las provincias. No solo se rebelaron los naturales del país, hasta el punto de que quisieron darle muerte, sino que incluso se le amotinaron dos legiones, lo que provocó enfrentamientos intestinos.

Según algunas fuentes, cuando estas noticias llegaron a Roma, el Senado convocó a Casio para que rindiera cuentas. Según otras, ante el cariz que tomaban los acontecimientos, reunió las riquezas que había acumulado y se embarcó en Málaga para largarse de la península. Pero no llegó a Roma, pues murió en el camino, “en la embocadura del Ebro”. Se dice que en ese punto una tormenta hizo zozobrar su barco. ¿Fue un accidente? ¿Se perdió el tesoro que llevaba consigo? Teniendo en cuenta las circunstancias, ningún investigador policial descartaría otras hipótesis más truculentas. Pero llegamos tarde para investigarlo.

Este Casio era un personaje importante en Roma. Unos años antes había sido elegido tribuno de la plebe. Era de una prominente gens o familia romana:  pariente próximo, hermano o primo,  de Cayo Casio Longino. Este pasó a la historia poco después, pues fue con Bruto uno de los conspiradores que prepararon el asesinato de Julio Cesar en el año 44 A.C.

Muchos siglos más tarde volveremos a encontrar a otros Casio a orillas del Ebro. Espero que en su momento tengan un hueco en este blog.

Pero sin salir de la antigüedad nos encontramos con otro hecho, que lo descubrimos en la…

LECTURA DEL DIA:

Historia de Roma desde su fundación, libro XXII, de Tito Livio (59 a.C.- 17 d.C.)

Este es uno de los acontecimientos más antiguos que van a aparecer en este blog. Corría el año 217 antes de nuestra era, cuando se produjo un choque entre las flotas romana y cartaginesa en lo que ha sido conocida como Batalla de las Bocas del Ebro, o más corrientemente Batalla del Río Ebro.

Para comprender la narración hay que tener en cuenta que el delta aún no existía. La batalla fue de grandes dimensiones pues cada barco podía llevar entre remeros, marineros e infantería entre 300 y 500 personas y hubo en total casi un centenar de naves. Fue una de las mayores batallas navales del mediterráneo occidental. Al atravesar estos caminos entre los actuales arrozales, sobre los que se produjo el encuentro, cuesta imaginar que fueron un «campo» de batalla.

«Enterado Cneo Scipion (el general romano) del movimiento de los cartagineses (…) embarcó la flor de sus tropas y marchó en busca del enemigo con una flota de treinta y cinco naves. El segundo día después de su salida de Tarragona, llegó a un punto situado a diez millas de la desembocadura del Ebro. Desde allí envió a la descubierta diez naves ligeras de Marsella, que le trajeron la noticia de que la flota enemiga estaba en la desembocadura del río y que habían establecido un campamento en la costa.

Para sorprenderle de improviso y abrumarle por el terror extendiéndose en todos los puestos a la vez, levó anclas y marchó al enemigo. En España hay muchas torres construidas en las alturas, que sirven de atalayas y defensas contra los piratas: desde éstas descubrieron primeramente las naves de lo romanos, advirtiéndolo a Asdrúbal con una señal. Agitábanse ya en tierra y en el ejército cuando todo continuaba tranquilo todavía en la orilla y a bordo de las naves, porque no se oían ni el ruido de los remos ni los gritos de los marineros y porque la flota enemiga estaba oculta detrás de los promontorios.

De pronto, muchos jinetes despachados uno tras otro por Asdrúbal llegan mandando a todos aquellos soldados diseminados por la playa o descansando bajo las tiendas, y que nada podían esperar menos que ser atacados aquel día, que se embarquen inmediatamente y tomen las armas, porue la flota romana se acerca al puerto. Mientras los jinetes llevaban la orden por todos lados, el mismo Asdrúnbal llega con todo el ejército.

En aquel momento prodújose universal tumulto: marineros y soldados se precipitaban mezclados en las naves y antes parecía que huían de la tierra que disponerse al combate. Apenas se habían embarcado todos, cuando los unos se cogen al cable para levar el ancla y otros cortan las amarras, haciéndolo todo con extraordinaria precipitación, estorbando los preparativos de los soldados las maniobras de los marineros e impidiendo la agitación de éstos que los soldados tomasen las armas y las preparasen.

Ya se acercaban los romanos y habían formado el orden de batalla. Los cartagineses, menos turbados por el enemigo y el combate que por su propio desorden, después de intentar más bien que de trabar batalla, emprendieron prontamente la fuga; y como la desembocadura del río no era bastante ancha para recibir tantas naves que venían a la vez en ancha fila, arrojáronse aquí y allí sobre la orilla, encallando unas en los bajos y otras en la arena. Las tripulaciones, en parte armadas y en parte desarmadas, se refugiaron en el ejército formado en la orila del mar. En el primer choque habían sido capturadas dos naves cartaginesas y cuatro echadas a pique.

Aunque ocupaban el terreno los enemigos, extendiéndose el ejército por la playa, no vacilaron los romanos en perseguir la derrotada flota; y todas las naves que no se habían destrozado la proa en la costa o no habían encallado en los bajos, las llevaron a remolque a alta mar, apoderándose de veinticinco de esta manera. Pero la mayor ventaja de su victoria fue, que mediante ligero combate, se habían hecho dueños del mar en todos aquellos pasos».

Hace justo seis meses, mientras estaba paseando por la orilla del Ebro, entre Mequinenza y Fayón, se me abrían las ganas de intentar hacer toda o buena parte de la ruta que el ministerio marcó a lo largo del río. La dimensión impresiona un poco, pues el Ebro tiene unos 930 km y el sendero se acerca a los mil.

Otros planes me apartaron de la idea. Pero la crisis del coronavirus me impidió hacerlos y me retuvo, encerrado contra mi voluntad, durante casi dos meses. Según caminaba durante cientos de kilómetros sin salir del pasillo de mi casa, ida y vuelta cada pocos metros, me propuse resarcirme de ese largo encierro. Me vino de nuevo aquella vieja y loca idea, pero esta vez con el propósito de que fuera lo primero que hiciera en cuanto nos permitieran atravesar los límites provinciales.

Cuando preparaba el viaje descubrí que tres prestigiosos periodistas  habían hecho este mismo recorrido.

El primero, José Ramón Marcuello (El Día, El País, SER), publicó en 1987 una «Guía para viajar por el Ebro«, pensando en el viajero motorizado, cuando el ministerio no había siquiera pensado en trazar un sendero. Una vez demarcado el GR99, el catalán Arcadi Espada (El País, El Mundo), lo recorrió en 2001  desde el mar a la montaña, como me dispongo a hacer yo. El aragonés Pedro Cases (El País, Cinco Días…), lo hizo en 2005 siguiendo el curso de la corriente.  Poco después publicaron sendos libros («Ebro/Orbe» en 2007 y «El Ebro, viaje por el camino del agua» en 2008).

Inmediatamente decidí buscarlos y adquirirlos. No tardé poco más en decidir no leerlos, al menos hasta que haya hecho mi propio camino. Quizás haya coincidencias o contrastes, pero ni siquiera me he enterado si hicieron la ruta a pie o con otros medios, en primavera o en otoño, qué les llamó la atención, ni qué les sugirieron el río y el camino. Esperaré a saberlo. Prefiero hacer mi propia búsqueda, aun cuando corra el riesgo de cometer evitables errores.

Es esta una crónica trenzada. El hilo conductor son las jornadas del que espero sea un largo viaje remontando el río por sus riberas. Las otras hebras son discontinuas y están formadas por retazos de historia. La lejana se limita desgraciadamente a lo que los historiadores han escrito, por lo general batallas y pactos. Hay que esperar a épocas más recientes, a veces no mucho, para encontrarnos con escenas de la vida cotidiana del pasado.

El resultado es un tanto batiburrillesco. Pero, al igual que en el camino uno se encuentra cada día gentes muy diferentes, a veces un agricultor, otras un peregrino, un pescador, un turista o un pastor, también la historia nos ofrece encuentros diarios diversos y sin apenas coherencia. Pero seguro, que alguno encontrará relaciones lógicas o simbólicas en esos saltos de la historia. No servirá para manual educativo, pero al menos espero que sea más entretenido.