Día 23: De Gallur a Buñuel. Eclipse sobre el Moncayo

En la zona central del valle del Ebro el Moncayo se hace omnipresente. Si sus más de 2300 metros ya destacan sobre la meseta castellana que se alza hasta los mil metros, cuanto más lo hace al observarlo desde el fondo del valle a unos 250.

Hoy la jornada me ha acercado a la zona en la que río y montaña se encuentran más próximos, unos cuarenta kilómetros. Pero me viene acompañando desde el sur de Zaragoza, y aún lo hará varias jornadas más.

Aunque mi idea era tratar temas muy directamente relacionados con el Ebro, creo que se ha merecido un hueco en este blog.  Por un lado porque estos días pasados ha sido un buen compañero porque ha mandado ráfagas y ráfagas de cierzo, que es como una brisa bien viviente de este extinto mar del terciario. Ha sido  más fresca y constante que la brisa marina que me acompaño en el delta… hasta que hoy se ha detenido y el calor se ha hecho menos soportable.

Alcalá de Ebro con el Moncayo al fondo

Pero sobre todo por su silueta, uno de los pocos hitos del paisaje visual que es más presente que su viento.

Cuando te desplazas, el Moncayo tiene un perfil cambiante. Desde aquí, desde el sudeste es una cordillera corta y creciente que llega hasta donde las nubes encuentran un aire de reposo en su marcha. Desde Navarra y la Rioja parece un hombretón, un poco gordo y fofo, como pastor somnoliento vigilando su rebaño de meandros ebreños. Pero para las orientales tierras sorianas, imagen que esta vez se me escapará, le gusta mostrarse estlizado y brillante. Se suele fujiyamizar cuando se cubre de nieves y se disfraza de falso volcán de líneas claras.  En fin, le mires de donde lo mires es una buena compañía.

¡Ay! Me ha salido una descripción, cuando prometía una historia. Pero haberla hayla.

Tenemos que remontarnos al 18 de julio de 1860. Desde unas semanas antes unos trabajadores han estado abriendo una senda hasta la cumbre desde el Santuario-hospedería, situado setecientos metros más abajo. No es que entonces fuera sencillo llegar hasta ese lugar, pero al menos podía hacerlo una reata de mulas.

Y era cierto que  en vísperas de aquella fecha varias expediciones se allegaron a ese campamento base, para aclimatarse y poder hacer el último tramo la tarde del 17. Había personas distinguidas y bultos extraños. Extravagantes profesores extranjeros, militares y funcionarios españoles, universitarios, arrieros… Debían ser varias decenas. Buen número de cajas de madera protegían delicados instrumentos de nombres extraños para las gentes del lugar, como telescopios, anteojos, cámaras fotográficas, cronómetros… y otros que aún a nosotros nos llaman la atención, como el buscador de Fraunhofer o el planeta intra-mercurial de Lescarbault.

Se trataba de la comisión astronómica creada por el ministerio de Fomento, de común acuerdo con los observatorios de Madrid y París, para observar el eclipse solar de esa noche. El grueso de los cientifics era francés. Pero entre ellos había un coronel suizo, un astrónomo egipcio y varios alemanes.

La ciencia francesa era con la inglesa la predominante en el momento. El relator español lo explica de manera que quizás ahora resulte un tanto sorprendente: «Francia, entusiasta de todo lo grande y bello, y centro hoy dia como desde hace largo tiempo de un movimiento científico admirable, no consentirá impasible que otros países recojan laureles mas lozanos que ella en la contienda futura; y los aprestos que en el Observatorio de París se hacen, y la habilidad de sus célebres y sabios astrónomos, de cuya visita se honrará el Moncayo, responden de que la lucha será empeñada y no fácil la victoria para los rivales del vecino imperio. Esto suponiendo que en el imperio mucho más dilatado de la verdadera ciencia cupieran rivalidades ni miserias de ningún género«.

En cuanto a los alemanes, eran no menos prestigiosos, pero provenían de un país no unificado aún. Venían los directores de los obserbatorios de Leipzig (Sajonia) y Munich (Baviera), aunque no se descartaba que viniera «algún otro astrónomo o físico de la culta cuanto modesta Alemania«.

Entre los españoles hay un personaje del que quisiera que retuviérais el nombre, porque acabará cerrando tragicamente esta historia. Se trata de Celestino Olózaga, riojano de Arnedo, de diecisiete años. Era un estudiante de ingeniería de caminos, cuyo mejor título para participar de esta expedición, además de la cercanía entre Arnedo y el Moncayo, era probablemente que era hijo de exministro y sobrino de un expresidente de gobierno.

Hubo una mayor relación entre el Ebro y el ecplise. La zona de observación del eclipse entraba por Asturias y seguía el curso del río hasta salir por Castellón:

Era una de las primeras veces en que los cientificos podrían aprovechar las ventajas del progreso: nuevo instrumental que podía ser llevado en barcos de vapor y ferrocarriles, comunicaciones telegráficas…La posibilidad de observarlo desde un país próximo despertó un gran interés en Europa. Los astrónomos italianos, suizos y franceses del sur se desplazaron a Castellón.

imagen del observatoio de campo levantado por los astrónomos inglesas en Ribavellosa (Alava)

Dos expediciones inglesas fletaron sendos barcos y se dirigieron a Santander y Bilbao. Aprovechando sus contactos con los ingenieros de su país que estaban construyendo y gestionando la nueva linea férrea Bilbao-Miranda, se distribuyeron en los puntos más apropiados. A los ingleses se unieron tres expediciones rusas, así como «una multitud de ricos aficionados que emplean los dones de la fortuna y sus ratos de ocio en estudiar el curso de los astros«.

 

 

Era la primera vez que se fotografiaba un eclipse total de sol. La expedición italiana y una de las inglesas consiguieron hacer estas instantáneas:

 

fotografía tomada por Secchi en el Desierto de Las Palmas en Castellón

fotografía de De la rue desde Ribavellosa

 

imagen artística del eclipse de 1860 desde Tarragona

Hubo fiestas, aprovechando el día de Santiago y encuentros con discursos varios. Luego volvieron a sus hogares y laboratorios.

Pero, ¿qué pasó con el joven Celestino?

Unos años más tarde en 1869, habiéndose graduado como ingeniero, siguiendo la tradición familiar, prefirió deicarse a la politica, antes que a los rieles y los puentes. Entonces la vía para hacerlo no era la de los partidos, sin directamente en las instituciones. Fue nombrado secretario del Congreso.

Celestino Olózaga

Tal como lo cuenta el periodista Marcelino Izquierdo, era «sin duda, la gran esperanza del Partido Progresista, cuyos líderes eran, además del citado Salustiano (su tío, el expresidente), Juan Prim y el también riojano Práxedes Mateo Sagasta. Sin embargo, el lado más salvaje del Romanticismo se cruzó en su camino de manera fatal.

Había acudido el joven diputado Celestino Olózaga al Teatro Español, en la madrileña plaza de Santa Ana, cuando por una disputa de galanteo cruzó ciertas palabras con el americano Conde de Jara. Intentaron varios de los presentes templar gaitas, pero la trifulca fue subiendo de tono hasta alcanzar insultos algo más que gruesos como para dejarlos pasar por alto. El honor era el honor. Ambos se citaron en duelo a sable con punta el 17 de marzo de 1869.

Trataron de convencer a Celestino de lo descabellado del desafío, sobre todo porque el Conde de Jara era todo un experto en el arte de la esgrima y duelista profesional. Pero no hubo manera de disuadir al secretario del Congreso. El también parlamentario Jacinto Anglada se ofreció como padrino, sin que la familia Olózaga nada supiera del desatino.

Nada más arrancar el combate, atacó el joven Celestino con tal violencia que, tropezando con el terreno, se abalanzó desbocado contra su rival. Con la frialdad que da la experiencia, el aristócrata sólo tuvo que presentar la punta, que atravesó de lado a lado el cuerpo del desdichado Olózaga. Así de gráfico era el escritor Benito Pérez Galdós en su novela ‘España sin rey’, de los ‘Episodios Nacionales’: «(…) el caso de Celestino Olózaga, que por acometer airada y ciegamente se clavó en el sable de su contrario».

(…) La conmoción y el duelo inundó La Rioja, donde la luctuosa noticia tuvo gran repercusión, así como en el resto de España y en periódicos de todo el mundo. La más altas autoridades del Estado acudieron al sepelio y posterior cortejo fúnebre el joven Celestino, que recorrió las principales calles de Madrid hasta el cementerio de San Isidro.

La escritora Concepción Arenal publicó un sentido obituario sobre su amigo: «¿Quién no llora al ver apagarse, cuando apenas había empezado a brillar tu privilegiada inteligencia? ¿Quién no llora al pensar en tu desventurado padre?»

La técnica moderna, los duelos anacrónicos, la presecia extranjera y el interés por la ciencia. Todo juntito. No es fácil entender una época sin verlo en conjunto. Como no es posible entender al Moncayo sin observarlo por los cuatro costados.

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