Día 17: de Quinto a Fuentes. Cólera y Mansedumbre del Ebro.

De la inundación al regadío

El regadío es una inundación controlada. Esta idea se explica con más detalle en el fragmento que traigo hoy. En esta ocasión no se trata de un libro literario, sino de la conferencia de un burócrata. Eso sí, con cierta sensibilidad, buen conocimiento del asunto y con mejores hallazgos literarios que otras obras que han aludido al río en prosa o verso.

Santiago Pardo Canalís en 1955, en una imagen del NODO

El conferenciante era Santiago Pardo, zaragozano, alto funcionario del ministerio de agricultura (llegó a ser subsecretario) en los años 50 y 60, es decir cuando la agricultura española empezó a modernizarse.

El lugar, el Colegio de Aragón, una institución fundada en 1911 por doctores y licenciados en filosofía y letras y en ciencias.

La conferencia se leyó en abril de 1961. Es un momento clave para los regadíos ebreños. En 1945 ya se había construido el pantano del Ebro, en la cabecera de la cuenca, lo que permitía regularizar buena parte del caudal, evitando buena parte de los estiajes extremos. Pero las posibles zonas regables estaban muy lejos. La creación de los regadíos modernos, con su compleja red de canales y acequias en grandes extensiones, solamente se conformaría en los años sesenta.

Cuando Pardo leyó esta conferencia se acababan de construir los embalses de Mediano, Yesa y Canelles, lo que constituyen entre los tres el 20% de la capacidad actual de embalse de toda la cuenca. Estaba ya en construcción el de Mequinenza, que supone el sólo otro 20%. Por todas partes se levantaban acequias y caminos, se reorganizaban los campos, e incluso se construían nuevos pueblos.

Pasemos ya a

LA LECTURA DEL DÍA

Cólera y mansedumbre del Ebro (1961), de Santiago Pardo Canalís (1915-198?).

He escogido unos cuantos fragmentos bastante extensos, porque creo que nos retrotraen a una época en las que las preocupaciones (inundaciones trágicas alternadas con malas cosechas, es decir pobreza y hambrunas) eran bastante diferentes a las de hoy en día, aunque todo eso haya estado presente hasta hace muy pocos años. La lectura puede ayudar a ponernos en la piel de los agricultores y políticos de la época. Para quien solo quiera hacer una lectura ligera he resaltado en negrita las frases que me parecen más interesantes.

Como es público, esta conferencia se titula ‘Cólera y mansedumbre del Ebro’ y lleva por subtítulo ‘Meditaciones a orillas del río grande de España”. Me creo, pues, obligado a formular algunas aclaraciones previas que, sin duda, han de contribuir a que desde el principio pueda conocerse algo así como el rumbo y la altura de esta aventurada navegación que por la gran vena líquida de España nos proponemos realizar.

Yo diría que la cólera del Ebro comporta todos los aspectos negativos de su curso soberbio, su talante indomable y su bronco estilo. Cuando el río desata su cólera sus anchas riberas se sienten sacudidas por un escalofrío, conturbadas por la amenaza de la tragedia inminente, estremecidas hasta el fondo de sus entrañas telúricas. Ese gran trazo de plata que es el Ebro, visto desde la altura, cobra de repente la airada apariencia de un látigo que, sacudido por el puño ciclópeo de Fontibre, cae sin piedad sobre la carne delicada de sus orillas y pone nuevas heridas dolorosas sobre las huellas profundas y las cicatrices que dejaron anteriores castigos. Cólera es cada inundación que anega y destruye, que hiere y quebranta; cólera es cada una de esas ‘razzias’ u operaciones de castigo que el Ebro realiza periódicamente como si fuese un dios implacable que no cesase de reclamar nuevos holocaustos, mayores sacrificios para aplacar su ira

NAVEGACIÓN POR EL RÍO GRANDE DE IBERIA

No deseo despeñarme materialmente por la empinada vertiente de la literatura, tan caudalosa, por cierto, como el propio río y que a través de los siglos le ha sido dedicada. Hurtar el cuerpo, la intención o la palabra la literatura, pero sin ofrecerlo al pragmatismo. Porque mi navegación por el Ebro va a hacerse a bordo de una pequeña nave. Vamos a discurrir sobre el camino fluvial más importante de España, sin más instrumentos de guía que los de naturaleza estrictamente económica. El río grande de Iberia no ha podido dejar de ser nunca, por encima de cualquier otro género de estimaciones, la gran arteria capaz de vivificar la riqueza potencial de una vasta superficie que algún día será el asombro agrícola de Europa. Y para eso es necesario que la cólera se transforme en mansedumbre y que España se sirva de ella activamente, hasta la última gota, porque y me atrevo a afirmar que este Ebro desbocado como un potro, colérico, indomable, bronco y despótico no es más que la dura respuesta que de cuando en cuando da al hombre que no ha querido o sabido reducirle, domeñarle, hacerle su vasallo….

No es preciso estar físicamente instalado a orillas del Ebro para enfrascarse en meditaciones sobre su pasado, su presente y su futuro. La orilla del Ebro, el Ebro mismo, pasa por todas partes. Es tan sólo una verdad a medias y, por tanto, precaria y relativa, que nuestro río poderoso nace en Cantabria y muere en las doradas arenas de la mediterránea Tortosa. El Ebro también pasa por Madrid, por Madrid capital de España, sede del Poder central. Yo lo siento discurrir junto al ventanal de mi despacho, por donde entra a raudales una luz que de puro limpia y transparente da la sensación de que ha sido cernida y que, primero Velazquez y después Goya, dejaron aprisionada en sus telas maestras. Y es que el Ebro es uno de los problemas más vitales y sustantivos del país, un problema nacional sin paliativos, un tema que por su formidable entidad se sale de los estrictos límites interprovinciales para convertirse en cuestión de gran calado y que, por tanto, ha de ser estudiada, planteada y resuelta a nivel nacional. (…)

HUELE A PAN Y ACEITE, A VINO Y A FRUTA, A ALMENDRAS Y A PASTO

Cerealista, frutícola, olivícola, hortelano y ganadero, el Ebro es un compendio de la agricultura varia con todo su extenso repertorio de producciones. Huele a pan y aceite, a vino y a fruta, a almendras y a pasto. Acapara en su cuenca nueve de las veintisiete provincias cerealistas de España y es, como dijo Lorenzo Pardo, base de una industria ‘pivotal’ cual el regadío, y que la economía de una dilatada superficie de España gira a su alrededor. Y así es el Ebro y así su valle, en el que se dan cita la lluvia y la sequía, la abundancia y la escasez, el erial y a vega, la bruma cántabra y la hiriente claridad mediterránea.

A lo largo y a lo ancho de la cuenca hay una variedad de matices, una rica paleta de colores – el verde esmeralda frente al pardo sayal de la estepa -; el cuerno de la abundancia y la angustia de los pueblos que ayunan como penitentes; las nubes pródigas y las que, avaramente, no salpican ni una sola gota sobre la dura corteza que vive, años y años, en un purgatorio de sed; la cosecha abundante – hecha de maíz en Cantabria – y la misérrima que, en las campañas adversas de Monegros, no dan por hectárea un número suficiente de granos de trigo para formar un rosario de penitencia.

los áridos Monegros se asoman sedientos al Ebro cerca de Sástago

El regadío es aquí cuestión de vida o muerte. El régimen de lluvias en la gran fosa tectónica es, como decía un ilustre ingeniero, ‘dislocado y azaroso’; de 1.200 milímetros en Cantabria – cota máxima de la pluviometría en el valle -, de 650 en el sistema ibérico y de 400 en la depresión central. Con tal insuficiencia, la producción agrícola se convierte en la mayor parte de los casos en una incierta y temeraria aventura. Ahí está, por ejemplo, el secarral monegrino, donde el labrador suele recibir una buena cosecha cada siete años, donde a lo largo de todo un siglo el campesino no logra efectuar más de catorce o quince recolecciones de cereal que verdaderamente merezcan la pena, ya que en los ochenta y tantos años restantes de la centuria ha de enfrentarse con unas alternativas de producción que o son tímidamente remuneradoras, o tan en absoluto ruinosas que no alcanzan a compensar el gasto de las labores y las semillas.

La piedra de toque para resolver esta dramática situación, que no sólo se nos ofrece como una gigantesca empresa de redención económica, sino como una tarea humanitaria que no puede dejarse frívolamente para mañana, es el Ebro, río padre – y no nos importe caer en el tópico -.(…)

LA PROTESTA DEL EBRO

Su biografía está, como en seguida vamos a ver, llena de cóleras. Sus ataques a las zonas ribereñas han sido frecuentes y demoledores. De esta manera el Ebro ha concitado la atención general y ha hecho pensar en que toda esta cólera desatada es, sin duda, la fuente de energía que puede mover una de las más ambiciosas, gloriosas y rentables empresas españolas. Porque de la cólera se ha de pasar a la mansedumbre, a la estampa sin par de un curso fluvial ordenado, regulado, preciso, donde cada gota de agua tenga señalado el milímetro de tierra que ha de fecundar.”

Según las estadística a fines del XIX el conjunto de regadíos de la cuenca del Ebro era de unas 236.000 hectáreas. Se trata en general de pequeños regadíos dependientes de pequeñas azudes y norias. Muchas son muy dependientes de las sequías. (…)

En 1966 la superficie regada en la cuenca sube hasta las 526.000 has. En esos años sesenta se piensa que el potencial es mucho mayor pudiendo llegar hasta las dos millones de hectáreas. La realidad no ha llegado tan lejos. En el siglo XXI nos hemos acercado a un millón de hectáreas, de las que solamente menos de una cuarta parte se sitúan a orillas del mismo Ebro, correspondiendo el resto a sus cuencas afluentes. El caudal que llega al mediterráneo, aunque es más regular y ordenado que otrora, se ha reducido apreciablemente. El resto ha ido encauzado a cada milímetro de tierra cultivables, como lo deseaban Pardo, Costa y otros tantos modernizadores del siglo XX. En cuanto a las cóleras ebreñas, aunque disminuidas y mejor reguladas, aún siguen dando algunos coletazos.»

(…)

Los desbordamientos han conjugado siempre en labios de las gentes la escena trágica, el lastimoso relato, con la anécdota y la nota heroica. En el anónimo de las inundaciones, huertanos, artesanos, funcionarios, militares, religiosos y el pueblo en general se ganaron medallas y honores que nadie les dio y que jamás pudieron lucir en esos días que se dedican al fausto y gala de las ciudades.

LA NOSTALGIA DE SUS SALVAJES FUEROS

Los brazos incansables del hombre del campo y los de aquel que sin ser campesino vive afincado sobre las tierras en producción, han cumplido, con posterioridad a cada suceso, millones de jornadas de trabajo para reconstruir, y hasta mejorar, si cabe, su hacienda y su hogar. La espectacularidad de las aguas desbocadas sobrecoge y atemoriza, implica a todos y crea unos potentes y cristianos lazos de solidaridad que parecen han de ser perdurables e indestructibles. Pero vuelve a lucir el sol, las aguas rebajan poco a poco sus labios sobre las márgenes que las canalizan y aparece esa sombra que se llama la ingratitud, y que los más benévolos califican como olvido. Allí quedaron la mujer y los niños sin hogar; más allá, la casa sin las pocas gallinas que ayudaban a la economía familiar; en cualquier sitio, la tierra de plantar llena de lodo, piedras, cañas y brozas. Se han esfumado siempre esos lazos y esos juramentos de solidaridad, porque se creía que una suscripción, una prenda de ropa entregada a la Parroquia o un plato de comida servido accidentalmente a cualquier harapiento y desheredado por las aguas, había sido suficiente para paliar una tragedia bañada en agua, tan patética como la que registrara Numancia por las lenguas de fuego.»

grabado de Tomás Carlos Capuz (834-1899) para La Ilustración española y americana

No creo, como dice Santiago Pardo, que hubiera una “caudalosa literatura” sobre el Ebro. Entendamos esa expresión como producto de un irresistible deseo de hacer algún juego de palabras. Pero para no desmerecerlo voy a introducir un párrafo con una interesante observación sobre los regadíos y el Ebro:

SEGUNDA LECTURA DEL DÍA

Reconocimiento hidráulico del Valle del Ebro (1865), de Pedro Antonio de Mesa Arroquia (1826-1875),

En esta región (entre Zaragoza y el mar) se cuentan pocos afluentes directos al Ebro. (El Segre y el Gallego) se hallan situado en su margen izquierda y son los únicos que allí existen y los que conducen casi toda el agua que este territorio produce.

Los de la orilla derecha, que son el Huerva , el Aguas, Río-Marlin, Guadalope y Matarayas, son insignificantes al lado de aquellos, y la poca agua que producen en verano se consume y no alcanza á cubrir las necesidades ya creadas. ¡Lástima es que la naturaleza, que se ha mostrado tan pródiga situando en esta margen los terrenos mas feraces y en mejores condiciones de cultivo, no haya colocado también los ríos de la opuesta, cuyo caudal es superior a lo que puede consumirse en ella en peores condiciones!

Esta obra no solo me ha proporcionado datos interesantes. Además me ha despertado una buena dosis de envidia y admiración. Este ingeniero, entre 1862 y 1865, trabajando para la Junta General de Estadística, recorrió a caballo 20.000 kilómetros a lo largo del Ebro, Duero, Guadiana y Guadalquivir ¡¡¡y de sus principales afluentes!!! No era un paseo tranquilo como el mío, sino un transcurso trabajoso, con múltiples mediciones del caudal, para lo que medía la anchura del cauce, su profundidad y la velocidad de las aguas. Esto suponía tener que usar alguna barquilla, ya que apenas había puentes desde los cuales hacer las mediciones. Para hacerse una idea del inmenso trabajo, solo en la cuenca del Ebro realizó 130 aforos.

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