Día 24: De Buñuel a Tudela. Del combate de Estercuel y otras antiguas batallas.

nota previa: he vuelto a dar un salto para esquivar otro brote de coronavirus. Hoy, en cuanto he llegado a Tudela he cogido un tren hasta Alfaro, donde espero descansar y recuperar parte de las historias perdidas. Alguno me dice que me extiendo demasiado. Habrá entradas más cortas, pero esta va a ser bastante larga, porque incluye varias historias que creo que son muy desconocidas, y que dan pie a alguna reflexión que me voy haciendo a lo largo de todo este camino. Vamos con ellas:

Hoy he pasado junto a Estercuel. Bueno, en realidad nadie sabe hoy en día dónde estuvo exactamente.

Estercuel era un vado y posiblemente un pequeño asentamiento humano en la orilla del Ebro. Cuando Tudela y su comarca fue conquistada en 1182 por los navarros era lo suficientemente grande como para contar con una mezquita. Pero esta historia se remonta a doscientos años antes, a un día de verano (un seis de julio) del 975 y probablemente estaba menos habitado. Su nombre se ha hecho «famoso» (aunque, ¿quién lo conoce?) por su vado sobre el Ebro.

Sabemos que Estercuel estaba próximo a Ribaforada, a una decena de kilometros al sur de Tudela, y se acabó integrando en su término. Pero del vado aún sabemos menos, solamente que aquel día se tiñó de rojo.

He estado mirando dónde podía encontrarse el dicho vado. Pero enseguida me he dado cuenta que era una tontería. En un milenio el río habrá cambiado innumerables veces de curso. En este mapa de hace 100 años se ve el curso que entonces tenía y los antiguos meandros que eran aún distinguibles. Pero mil años de riadas habrán provocado un vaivén bastante más complejo.

en azul oscuro el río Ebro entre Ribaforada y Fustiñana hacia 1925, en color claro las trazas de antiguos cursos aún visibles

Me he conformado con fotografiar alguno de los puntos en los que actualmente, en estiaje, quizás se pueda vadear el río, para tener una idea de cómo lucían en aquel tiempo.

un vado cerca de la actual Ribaforada

¿Qué ocurrió aquel 6 de julio? Los reyes y jefes cristianos se acuerdan para atacar la fortaleza musulmana de Gormaz, en Soria, situada a unos 150 km de camino del Ebro. Entre ellos estaba un grupo de pirenaicos del entonces reino de Pamplona y del condado de Aragón. Pero en Gormaz se encontraron con la feroz presencia de un destacado general, Galib. Hay que decir algo sobre este personaje, porque sitúa mejor la complejidad del pasado.

Aunque llegó a ser un destacado general y almirante conocido  غالب بن عبد الرحمن الناصري, en realidad era de origen eslavo y esclavo (que eran términos de un mismo origen). ¿un eslavo, lo que ahora seria un ruso o quizás un polaco o checo, combatiendo en Soria hace mil años para sus jefes cordobeses? En realidad no era extraño pues en el califato había miles de esclavos comprados, y muchos traídos a través de los Pirineos, con el fin de combatir.

Por otra parte, para defenderse del ataque cristiano, se había llamado también a las tropas de la marca de Zaragoza que estaban al mando de una dinastía de origen yemení. ¿Eslavos? ¿yemeníes? Por la parte cristiana el origen godo, es decir germano,  de los caballeros no se había aún disipado del todo. Cuesta imaginarlo desde nuestra generalmente miope visión de la historia.

Fracasados ante Gormaz la partida de caballeros pirenaicos se retiraba. El punto más difícil era el paso del Ebro El vado de Estercuel, a cierta distancia de la fortaleza musulmana de Al-Tutili (Tudela) parecía suficientemene seguro. Pero allí les emboscaron las tropas zaragozanas-yemeníes.

Cuentan las crónicas árabes que iban 500 caballeros, cifra seguramente muy exagerada, de los que 33 murieros en el combate y cerca de medio centenar cayeron prisineros. Sabemos incluso los nombres de algunos de esos caballeros que añadieron su sangre al caudal ebreño: García Salit, Fortún Mahones, Iñigo Galíndez…

 

Esta incursión en una época tan desconocida nos abre muchos interrogantes. Me hubiera gustado completar estas historias con las de ese largo periodo de casi mil años, desde la decadencia del imperio romano, del que apenas entrevemos algunas cosas. Siempre sabemos más de asuntos militares, como invasiones, sublevaciones, guerras civiles… pero apenas podemos encontrar datos de esos tiempos. Me hubiera gustado hablar de las rebeliones de los bagaudas, que tanta importancia parece tuvieron en el valle del Ebro en el siglo V, por ejemplo cuando atacaron Tarazna, al tiempo que los suevos -pueblo procedente del mar Báltico- lo hacian en Zaragoza.

Los numerosos enfrentamientos entre francos y visigodos, varios de los cuales se desarrollaron a orillas del Ebro, en Zaragoza. unos provenían del centro de Europa, otros de Escandinavia, pero se las apañaron para aumentar la sangre vertida este río tan lejano de sus raíces.

Nos es difícil imaginar cómo se vivían esos movimientos guerreros. Pero si dejamos pasar unos cuantos siglos podemos encontrar alguna descripción que en parte puede rememorar esa época, también con innumerables extranjeros de variado origen incluidos. Para ello hoy presentamos…

LA LECTURA DEL DIA

Las compañías Blancas (los malandrines) (1984), novela histórica de Tomás Salvador (1921-1984)

Corría el año 1366. Una guerra civil (otra más) asola Castilla y uno de los bandos, con apoyo del rey de Aragón, recurre a mercenarios europeos. Al frente de la partida se encuentra Bertrand du Guesclin, todo un personaje, a veces llamado el “aguila de Bretaña” o el “dogo negro de Broceliande”, apodos de tintes caballerescos, muy propios del momento.

Su pequeño ejército había entrado por Cataluña, y después de haber hecho una masacre en Barbastro por problemas de soldadas -pues eran mercenarios bien prometidos y mal pagados- , llegaron a Zaragoza el 20 de febrero de 1366. De alli Guesclin remontó el Ebro para conquistar los puntos fuertes fronterizos castellanos de Borja y Magallón, que tomaron por asalto. Atravesó la comarca navarra de Tudela, a cuyas puertas vivaqueó el 8 de marzo. De allí siguieron por Alfaro, donde se combatió, y por Calahorra hasta Logroño de donde se separaron del rio para dirigirse hacia Burgos por el camino de Santiago. El ritmo no era malo, porque tenían que negociar, amenazar o incluso combatir.

Tomás Salvador describe así a estos que llamaban los «malandrines»:

«El día ocho de marzo de 1366, las compañías que seguían la ruta natural del valle del Ebro, alcanzaron la ciudad de Tudela, perteneciente al rey de Navarra. Ya entonces el ejército de don Enrique (de Trastámara) era muy considerable. Se le habían unido sus hermanos don Tello y don Sancho, más los caballeros castellanos que siempre le habían acompañado, Gonzalo Mexia, y los aragoneses de siempre: el conde de Denia, los Luna, Boyl y varios más, que si despotricaban contra las Compañías, admiraban su eficacia«.

Estas «Compañías» estaban formadas por gentes procedentes de todos los rincones de Francia e Inglaterra y aun de otros lugares de Europa. Tomás Salvador describe como era la marcha de esta mesnada de varios miles de hombres y caballos, pasando por ciudades como Zaragoza o Tudela, que contaban con una población que no solía llegar a esas cifras.

Imaginemos a esta multitud de soldados mercenarios y aventureros atravesando la ribera tudelana. La noticia de su llegada debió provocar el terror. Claro que estaban curados de espanto, pues en los veinte años anteriores habían sufrido tres brotes de peste negra que habían diezmado la población. Las desgracias llegaban encadenadas.

Aquellas gentes vivían casi exclusivamente de productos km.0, cultivados sin químicos, sin más especies exóticas que las ovejas, olivos y viñas, sin plásticos contaminantes. Pero, tiritando de hambre y ahítos de frío, si hubieran sabido de nuestros pesares con el coronavirus lo hubiera tomado a broma. ¡Una peste que mata casi exclusivamente a los mayores de 60 años! ¡Si entre ellos apenas unos pocos llegaban a sobrevivir por encima de la cincuentena!

Las noticias de la crueldad y violencia de las Grandes Compañías era vox populi en media Europa, pero ahora llegaba el rumor del reciente asalto de Magallón. Por suerte en la ciudad de Tudela se acababan de levantar nuevas fortificaciones en las que refugiarse. Además, estas mesnadas estaban de paso, camino de Castilla, en donde sus contratantes, los Trastámara, querían arrebatar el reino a Don Pedro, y no necesitaban enemistarse gratuitamente con el rey navarro.

Este fragmento nos ayuda a imaginar como pudo ser la marcha a lo largo del camino del Ebro:

«Bertrand, incansable e insensible al frío y a la fatiga, permanecía en su silla la mayor parte de las horas. Le gustaba situarse sobre un altozano y desde allí ver pasar las vanguardias de exploración, los arqueros y sus peones, la sierpe coloreada y vistosa de los escuderos y caballeros, agrupados en unidades de cincuenta lances. El grupo de los caballeros de armadura pasaba en último término, cerrando la marcha otra compañía de marchas ligeras, cubriendo la retaguardia. Más lejos, a una legua de distancia, seguían el rastro de los compañones los caravaneros, la turbamulta de los que vivían de satisfacer los vicios y los instintos de los gajeros. Bertrand había prohibido que en marcha o campaña, la distancia entre la hueste y los vivanderos fuese menor. Lo que ya no podía prohibir era que por la noche fuesen los propios compañones los que acortaran distancias, buscando sus coimas o sus taberneros.

Aquella gente podía caminar por jornada, sin aparentar esfuerzo, diez leguas (más de 40 kilómetros). Al caer la tarde, en el lugar elegido por los exploradores, siempre una gran llanura, junto a un río cubriendo al menos un flanco, se levantaban las tiendas y era de ver la algarabía y la promiscuidad de tantos y tantos hombres y animales de combate. Las tiendas se extendían hasta perderse de vista, siguiendo siempre el estilo heredado de los romanos, con dos calles anchas, cardo y decumanus, cruzándose en el centro, el foro, donde se instalaba la tienda del jefe, salvo que Bertrand prefería un lugar más sencillo y menos aparente. (…)

Los caballeros franceses de Borbón, Beaujeu, Heinau, Hugues de Chalons, D’Audreham, ocuparon desde la primera acampada uno de los cuarteles trazados por el cardus y el decumanus; seguían considerándose caballeros y no deseaban fraternizar con los ‘routiers’ (soldados libres de cualquier señorío que se alquilaban al mejor postor; eran los ‘compañones’ de las ‘grandes compagnies’ o ‘free companies’). A su lado los caballeros ingleses: Gourtney, Auberchicourt, Briquet, Perducas de Lebrech. Hugo de Calverly, al que no le gustaba separarse de sus arqueros y que tenía la hueste más numerosa, le placía acampar con ellos, ocupando el tercer cuartel. Y el último era para los gascones y franceses, propiamente compañones, sin banderas, ni prejuicios, que normalmente ni levantaban tiendas, durmiendo sobre el suelo, arropados en sus mantas después de haberse emborrachado«

Había pensado en vivaquear alguna de estas noches cerca del río.  ¿Habría coincidido con alguno de esos campamentos? Me entra un ligero temblor de solo pensarlo. Y constato mi inadaptación: me siento irrealmente orgulloso de caminar 25 o 30 kilómetros con buen calzado y equipaje ligero, lo que no era más que un suave paseo para aquellos antepasados nuestros.

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