Día 00: A bordo del Espíritu Santo

Mañana, 6 de octubre de 1556, tras un rápido almuerzo, el emperador partirá de Laredo camino de su retiro.  Tardará casi cuarenta días en llegar a las puertas del monasterio en donde se va a recoger para el resto de su vida. Para mí es el 10 de junio de 2022 y voy a intentar condensar esa jornada. Aunque tengo diez años más que Carlos V, mi salud es mejor y no tengo la necesidad de ir despidiéndome de la corte y los allegados. Serán 23 etapas, deteniéndome en los lugares en donde lo hizo aquel soberano, y aprovechando algunos tramos del camino para conversar con algunos de sus numerosos acompañantes.

Me he llegado a Laredo, y manejando el «parato» he echado un vistazo al ambiente. Parece bastante sombrío. Se dice por las callejas del pueblo que el rey está de muy mal humor. Había llegado hacía nueve días en un tempestuoso día de fines de septiembre, tras una complicada travesía desde Flandes, en donde había vivido los últimos trece años.

Así imaginaban a Laredo y su bahía los cartógrafos antiguos, vistos desde el norte

Así imaginaban los cartógrafos antiguos a Laredo y su bahía, vistos desde el norte

 

Con ese estado de ánimo rondando, prefiero no presentarme y darme una vuelta por el puerto. Algunas de las naves que trajeron a la comitiva del emperador todavía están fondeadas en el puerto. Este es pequeño y en el no cabían ni siquiera una pequeña parte de los más de sesenta barcos que le acompañaron y escoltaron. Aunque se había firmado una tregua en la reciente guerra con Francia, los mares no eran demasiado seguros. Algunos fueron a los cercanos puertos de Castro y Santander. Otros aprovechan  la protección de peña Ganzo.

Esta imagen posiblemente sea poco realista, pero muestra que en aquella ocasión había más barcos en el puerto que casas en la población. No había camas ni cobijo para todos, así que durante esos largos días arte de la comitiva tuvo que seguir incómodamente embarcada.

Esta es la casa en la que se hospedó el emperador, abrumada ahora por buen número de placas conmemorativas

Pero lo que me ha llevado al puerto es una gran nave acostada al muelle, que destaca por sus dimensiones, buena construcción y lujo. Es evidentemente la que utilizó Carlos V. Tiene casi 600 toneladas. Las carabelas que llegaron a América en 1492 apenas superaban las 60. En unos pocos decenios la navegación ha visto una revolución que no ha acabado. Ya para entonces empezban a construirse galeones de mil toneladas.

Aprovechando que el «parato» me permite regular la intensidad de la transparencia de mi imagen, la rebajo para hacerme apenas visible y me cuelo a bordo.

Mi primera sorpresa es comprobar que no se trata de una nave militar, sino de una civil, de las que llevaban lana castellana y hierro vizcaíno a los puertos del norte de Europa.

En la cubierta de rriba, entre el mástil y la popa se había levantado un cobertizo temporal, que por su hechura y lujo -contaba incluso con ventanas de vidrio- debió servir como aposento imperial en la travesía. Estaba armado con paredes talladas en las que se abrían ocho ventanas, con sus puertas y aldabas, todo ello guarnecido de paño verde en los costados y el techo.

En su interior había una cama de madera, colgada como balanza de cuatro soportes, para compensar el vaivén de la navegación. El lecho contaba con cortinas de paño verde y franjas e hiladillos a juego. Junto a una de las ventanas había una mesa de madera, también colgando en balancín .

Curioseando por la dependencia vislumbré un retrete y un par de cuartos más, que era fácil deducir que eran para los ayudas de cámara, pues tenían una especie de colchonetas en lugar de camas colgantes y un par de asientos que daban directamnte a la mar, en lugar del recatado retrete imperial.

Bajo cubierta un buen número de cámaras destinadas al alojamiento de los caballeros. Más bajo se encntraba la panetería, la cava, la salsería y el guardamangel. Llamaban la atención cinco grandes tinajas de barro para el agua, con tapaderas de madra y candados con llaves, pues era uno de los artículos más importantes y apreciados n la navegación.

 

En el castillo de popa un anciano de aspecto bastante venerable está mirando fijamente en mi dirección. Ha notado algo raro en mis movimientos. Pensaba que mi imagen estaba en modo suficientemente traslúcido para pasar desapercibido, pero no había calculado en la visión de un marino. Seguramente está dudando entre creer lo que ven sus expertos ojos, o desechar lo que le devuelve una vista ya cansada.

Como antes o después debo iniciar el trato con los congéneres de hace quinientos años, me acerco al personaje, a la vez que giro la ruedecilla para aumentar la intensidad de mi imagen. Así al menos le doy una oportunidad de pensar que no era un espejismo. Y me presento.

-Buenas tardes señor.

No voy a intentar reproducir las innumerables confusiones que producía mi inexperiencia en el trato social de la época. Os evitaré todos los intentos de comunicarme con «excelencias», «vuecencias», «señorías», «vuesa merced» y muchos más fallidos intentos. Trascribiré las conversaciones en un lenguaje más próximo al de nuestra actualidad.

-¿Quién es Usted? ¿No le conozco? ¿Qué hace en mi barco?

-Discúlpeme. He venido buscando a don Martín de Gaztelu, el secretario del emperador.

Me echó una mirada algo más tranquila.

-¿Es Usted el capitán de este buque?

-¿Buque? ―de nuevo pensé que no había dado con la palabra correcta―. Sí soy el dueño de la nao Espíritu Santo, la preferida por sus majestades para navegar entre sus reinos. Mi hijo es su capitán.

Me extrañó que el emperador, que había pasado toda su vida en pie de guerra, prefiriera la nave de un mercader a las poderosas naos y urcas militares que habían servido de simple escolta. Pero vistas las comodidades y el buen porte de la Espíritu Santo empezaba a entender su elección.

Me presenté con nombre y apellido. Al oirlo me preguntaron si era vizcaíno, pues ellos lo eran, de Bilbao, Bertendonas para más señas. Aproveché el cambio de rumbo y de tono para preguntarles si pensaban proseguir viaje y al oir que al día siguiente iban acompañar a Carlos V en su primera etapa por tierra, les pedí permiso para acompañarles y poder saber algo más de este viaje.

 

posdata: por si alguien aún no cree en la utilidad de mi «parato», compruébelo leyendo esta descripción que se hizo por entonces del «camarote» imperial y compárela con lo que ví yo mismo:

en la cubierta cimera, entre el mástil y la popa, hízose el alojamiento imperial. Formaba el alojamiento, en su medio, un pasillo oblongo, espacioso. A los lados del pasillo, había dos cámaras y dos camarotes. Las estancas, interiormente, eran en parte talladas y en parte cubiertas de lindos tapices flamencos, maravilla entre las maravillas. El suelo cubierto con gruesas alcatifas de verde color. Ocho ventanas con sus vidrios transparentes, daban a la mar. Todos los huecos bien ajustados, los cerramientos tenían burletes para cortar el paso al céfiro alterado, sibilante, bramador. La cama y otros muebles pendían de barrotes, con tenue balanceo, por evitar las molestias de la escora. Junto a la estancia imperial por de fuera había tres camarotes, uno para el sumiller de corps, otro para el guardarropa y el tercero para el ayuda de cámara. El resto de la cubierta cimera se destinó a la gente más prestanciosa de la comitiva imperial. En la cubierta baja se acomodaron los panaderos, reposteros, cocineros, despenseros y otros oficiales de boca.”

 

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