Día 37: De Miranda a Sobrón. Un río poético y un lago imaginario

Hoy toca programa doble. Como voy  incluir un fragmento de una poesía del siglo XVII, cuya lectura sé que muchos saltaréis, completaré la entrada con otra cuestión no menos clásica, la creación y muerte de mitos.

Voy a aprovechar que la etapa de hoy transcurre a caballo entre La Rioja y Alava para presentaros a Francisco López de Zárate, nacido en Logroño de orígenes alaveses. Hijo de un funcionario de la nobleza, a los 18 años marchó  Salamanca a estudiar leyes. No debió encontrar en ello satisfacción suficiente para su edad, pues al poco tiempo se enroló en los tercios para combatir en Italia y en Flandes. Tras regresar a España ocupó un importante cargo para el duque de Lerma, dedicando cada vez más tiempo a las letras. Finalmente decidio abandonar la vida politica y volver a Logroño, para dedicarse a sus libros y poesías.

LA LECTURA DEL DÍA

Silva a la ciudad de Logroño (1619), de Francisco López de Zárate (1580-1658).

Una silva es una forma poética bastante libre. Esta es larguísima, con más de ochocientos versos. Una parte la dedica al Ebro, y no solo a su paso por Logroño. Habla de muchos de los temas que ya han salido en este blog, como las inundacines, la derrota de Pompeyo ante César… Si leéis con atención el fragmento que transcribo quizás encontréis alguna más.

Ya se que no es fácil leer una poesía de hace cuatrocientos años, pero esta tiene unos cuantos hallazgos interesantes. Por si os anima a leerlo, he puesto en negrita algunas de las frases y expresiones que me han parecido más interesantes.

 

 

 

«Mira el Ebro, del Cántabro muralla,

Entre las peñas erizadas ronco:

Que a poco espacio, sin moverse, calla.

Como mil ramas hijas son de un tronco,

Nilo desta campaña,

Diferente en cristal, y en albedrío,

Y en las flores bañándose, que baña,

Se finge muchos, siendo solo un río:

Este que honró con su apellido a España

Un tiempo, y de cien Ebros se acompaña,

Fecunda cien ciudades,

Y entre ellas, la lisonja del segundo Emperador:

que en paz gobernó el mundo.

Este pues, que dudaras, si le vieras:

Si entra en el mar, o el mar en sus riberas,

Donde en ondas, y en nombre queda muerto,

Y abre puertas a España con un puerto

Capaz de seno, angosto de garganta,

De Neptuno morada conocida,

Y de su mano artificiosa, planta:

Abre puertas a España para imperios.

Que aguarda de Orientales hemisferios,

Y a peso de tesoros apercibe

La espalda, que de Inviernos sacudida

Da guerra con tributos que recibe

Del Sol, al mar, que por sus aguas vive:

Sepulta, no riberas, Horizontes,

Igualando los valles con los montes.

No tan soberbio en estas dignidades.

Su nombre con sus ondas se levanta,

Aventajando en magestad al Tibre:

Como por merecer besar la planta

En su profundidad fortalecida,

Desta ciudad, por sus hazañas libre:

No tan soberbio, porque fue testigo

De la primera herida.

Que recibió la dicha de Pompeyo

De adversa suerte, y prospero enemigo,

En la sedienta rota de Petreyo:

Quando al vecino mar dio por cristales,

Con la sangre la arena confundida.

De heridos pechos líquidos corales,

Y urnas a tanta gente,

Que mudó largo tiempo la corriente:«

 

LA LAGUNA DE BILIBIO

Bilibio era una antigua población, ya desaparecida, situada en los riscos por los que el Ebro se hace camino para desembocar en la Rioja. Su nombre no solo pervive en los peñascos y el castillo que allí había, sino que se ha utilizado también para nombrar una imaginaria laguna.

Voy a aprovechar estos comentarios para ayudar a comprender la «sicología» de los ríos, que como se sabe está compuesta de mecánica e hidrología. La sicología humana, creadora de mitos y desmitificadora de realidades, es mucho peor conocida.

Suponen algunos que el Ebro, en algún momento de la historia tuvo que romper el muro que constituían las duras rocas de las conchas de Haro. Imaginan que antes de esa rotura en ese punto debió haber una gran cascada que servía de salida para el agua que a la fuerza se acumulaba corriente arriba en la gran laguna de Bilibio.

Esta imagen es muy atractiva. Permite suponer que los felices habitantes de sus orillas se comunicaban en barco y vivían de la pesca. Debió ser, pueden llegar a pensar algunos, uno de los sitios más idílicos del entorno. La idea es tan interesante que parece justificar que el espíritu crítico se ahogara en sus aguas o se precipitara por la gran cascada.

El mito se inició con esta publicación de 1807: Noticias históricas de las tres provincias vascongadas, de Juan Antonio Llorente (1756-1823)

Pocos datos hay en qué apoyarse para que se desborde la imaginación. Que si una carta de 1040 daba a entender que en Bilibio habia un faro («Bilibium cum Faro et cum sua pertinencia«), como si fuera una pequeña Alejandría.  Que si algunos pueblos se llaman Rivaguda o Rivabellosa debía ser por hallarse a sus orillas, como si los ríos no las tuvieran. La cita de un puerto con naves en una población que ahora está situada… a menos de 100 metros del Ebro, por donde pueden surcar todvía sin probemas pequeñas embarcaciones, o  la existencia de un antiguo topónimo: «la Laguna».

Este deseo de tener algo excepcional en el territorio se desvanece si entendemos cómo funcionan los ríos.

Los ríos son grandes sistemas de transporte. Recogen cosas -no solo agua, también materiales sólidos en gran cantidad- de un sitio y las depositan en otro. En última instancia los toman de las montañas y los dejan en el mar. O como decía López de Zárate en esa poesía que tan duro se os ha hecho leer: «Da guerra con tributos que recibe / Del Sol, al mar, que por sus aguas vive: / Sepulta, no riberas, Horizontes, / Igualando los valles con los montes«.

Pero evidenteente no lo hace de un tirón, sino a trompicones y, sobre todo, a base de riadas. Es el agua el mediod e transporte, pero solo funciona dentro de su cauce.  Con perseverancia arranca y arranca materiales del fondo y de sus orillas para depositarlas un poco más lejos. Al hacerlo el río excava su base y se va hundiendo en el terreno. Las orillas quedan más elevadas, mientra no haya una gran riada, y se crean los desfiladeros y cañones.

A veces este ímpetu encuentra un freno. El definitivo es el nivel del mar. El río no puede permitirse el lujo de saltarse las leyes físicas y llegando a su fin, es posible «que dudaras, si le vieras: / Si entra en el mar, o el mar en sus riberas, / Donde en ondas, y en nombre queda muerto»

En su largo camino el río encuentra obstáculos que le producen un efecto parecido. De vez en cuando debe atravesar zonas de rocas más duras, que exigen ser trabajadas por las aguas y sus viajeros sólidos durante mucho mucho tiempo. Aguas arriba el agua se estanca y los sólidos se acumulan, como le pasa al llegar al delta.

Pero el agua estancada no puede profundizar su cauce; más bien se desparrama, creando ciénagas y meandros. Pero no verdaderos lagos ni lagunas de aguas profundas.

Plano de 1914. Se observan lagos, lagunillas, charcas y paules (padules: pantanos), todos son superficiales ç

En el entorno de Miranda aún se ven zonas inundables, cenagosas. Como se podían ver en la zona del actual embalse de Reinosa antes de que se construyera. El nivel del fondo de esas aguas irá descendiendo al mismo ritmo con que se desgastan las duras rocas que produjeron el frenazo.

Una laguna pudo crearse si se formara repentinamente una cubeta por elevación de las montañas (cosa que no es del año mil) o por un derrumbe que provocara el cierre de una cuenca ya creada. pero la configuración de Biliio permite descartar que esta se produjera.

Habrá que buscar otra explicación al faro.

Epitafio de López de Zárate para esta cuestión: «inaccessibles Pirineos, túmulos ya de hidrópicos deseos«.

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