día 1: Riumar a Amposta. La travesía del Delta

Esta noche he dormido en la playa, a pocos metros del Mediterráneo. Antes de amanecer , a modo de despedida, me he dado un rápido baño. Durante largas semanas me iré alejando del mar, cruzándome con las aguas que en sentido contrario se vertirán en el.

En esta etapa casi llana, por caminos entre arrozales, no resulta fácil deducir cómo eran estos campos antes de la llegada de este cultivo. Echaremos mano de un escritor local que nos habla de los primeros pasos de su expansión.

 

LECTURA DEL DIA:

Tierras del Ebro, de Sebastián Juan ARBÓ

Arbó nació en el lugar (Sant Carles de la Ràpita) en 1902 y falleció en 1984. Publicó la novela Terres de l’Ebre en 1932. Ha tenido varias ediciones posteriores. La última en castellano es de 1992 (2001 en catalán), por lo que para encontrar ejemplares hay que ir a bibliotecas o librerías de viejo. La acción discurre en el delta a principios del siglo XX. De la traducción del propio autor, publicada en 1963, he escogido unos cortos fragmentos que dan una idea de la transición de un delta aún muy salvaje al paisaje poblado y cultivado:

«Por aquellos días, el cultivo del arroz se desconocía allí todavía. La ribera era una ininterrumpida llanura de tierras pantanosas; el junco, el carrizo, la menuda grama y la espadaña cubrían los prados, y las nutrias y las raposas pululaban por doquier en los pantanales (…)

La ribera estaba entonces poblada de peligros, y nadie se atrevía a internarse en ella si no llevaba consigo la escopeta o el grueso bastón herrado al fuego y la compañía del mastín protegido por su carlanca. Los pocos que se arriesgaban en ella eran aventureros y cazadores, hombres audaces a quienes atraía la lucha, el peligro, la libertad, y que no conocían el miedo.

….

Los años vinieron pródigos y los cultivos fueron extendiéndose rápidamente por todas las riberas. La antigua barraca construida un día dentro delc arrizal había quedado sumergida en un mar de verdor. Nuevas barracas se levantaron cerca de ella, a un lado y a otro del camino, y a lo largo del día veíanse ahora niños que guachapeaban por las acequias o se perseguían jugando por los saladares.

Aquellos años habían presenciado el espectáculo de una verdadera invasión. Gentes de Castilla, gentes de Aragón y de Valencia, y hasta de la lejana Andalucía y de más allá, acudían incensantemente. Preguntábase uno hasta dónde llegaba el grito de aquel verdor que crecía constantemente y ganaba nuevas tierras a los prados. La respuesta no se había dado aún, y cada día se presenciaba la llegada de una nueva familia procedente Dios sabía de dónde, fugitiva de algún drama de miserias, o de algo peor, que plantaba su barraca en las soledades. (…) Algunos quedábanse en el pueblo, pero los más se derramaban por la ribera, ayudaban al engrandecimiento de los primeros poblados y les imprimían su carácter peculiar y heterogéneo.

Los años transcurrieron insensiblemente; en los días se fue perdiendo el recuerdo de las cosas pasadas, y en torno a ellos y en ellos todo se había ido transformando. (…) Las barracas desaparecían también poco a poco; en su lugar alzábanse pequeñas construcciones de adobes, no mucho más cómodas que aquellas, pero que ofrecían más seguro refugio, En las grandes fincas habían surgido las masías, con la sala espaciosa de la planta, que servía de almacén; aquí se quedaban a dormir la cuadrilla de los valencianos llegados para el trasplante o por la siega. El resto del año estos edificios quedaban deshabitados. Las fincas menores poseían únicamente la casilla, construcción de una planta, que permanecía cerrada durante los largos meses del invierno, mientras las tierras se saturaban de sol.»

 

PERSONAJE DEL DIA:

En la citada obra de Arbó hay una referencia a un lugar, y un personaje a él conexo, que me ha llamado la atención. Empecemos con ese fragmento:

«Al fondo se erguían las altas montañas del Puerto (Els Ports), que, con el Montsiá a un lado y al otro los montes de Cardó, cerraban el valle del Ebro en un círculo inmenso y desigual, abierto hacia Levante como un amplio mirador. Hoy las sierras aparecían claras, teñidas de un leve matiz azulado, aéreas, transparentes, con pinceladas de sol en los peñascales y sombras de un azul más opaco en hondonadas y despeñaderos.(…) Allí cerca se divisaba San Carlos de la Rápita, el pueblecito claro entre el mar y la montaña (…)

No lejos de allí, hacia la parte del mar, veía la «Casa Blanca». El vasto edificio levantaba su silueta por encima de los carrizales, visible solo en su parte alta, con sus dos chimeneas simétricas. En un tiempo no lejano, la «Casa Blanca», con los vastos terrenos que la rodeaban, había pertenecido a una compañía inglesa, que emprendió en vano la tarea de sanear los eriales y poner aquellas tierras en cultivo. La «Casa Blanca» había sido en aquellos días el centro de una actividad febril. Una gran muchedumbre de trabajadores se movía incesantemente por sus patios y por sus salas espaciosas y húmedas, mientras las chimeneas humeaban sin cesar con el fuego de las cocinas. Se habían efectuado amplias instalaciones de drenaje en los pantanos; las bombas potentes hundían sus brazos en los embalses para extraer de ellos las aguas cenagosas. Al despuntar el alba empezaba ya la tarea; los motores difundían en el silencio el estruendo de su potente palpitación, y los trabajadores esparcíanse por los campos con las guadañas y las máquinas roturadoras. Al mediodía saevreunían todos a comeren el centro del patio espacioso que se abría detrás de la casa, tan grande que podían celebrarse en el corridas de toros. Por la tarde volvían al trabajo; de nuevo se oía el fuerte trepidar de los motores, dilatándose en el silencio, y que no cesaba ya hasta la noche, entre el incesante ir y venir de los trabajadores.

Actualmente se hallaba todo abandonado. La empresa fracasó; las entradas del mar destruyeron los tiernos cultivos; las máquinas quedaron abandonadas, cubiertas de herrumbre, y semienterradas en los limos; y el junco y el almarjo y la espadaña cubrieron de nuevo los cultivos. Como único recuerdo quedaban la «Casa Blanca», alzando sus dos chimeneas simétricas y enjalbegadas contra el fondo sombrío de la sierra, y la tumba de uno de los ingenieros, de su esposa y su hijo pequeño, que murieron allí y allí fueron enterrados juntos, en un breve recinto cerrado, plantado de sauces, junto al desagüe (…).

(Juan) Vio con el pensamiento las máquinas cubiertas de herrumbre, que emergían aquí y allí en el prado, y vio el desagüe por donde se deslizara tantas veces corriente abajo en el barquichuelo. Vio también las tumbas de la inglesa rubia y de su marido, que de la lejana Inglaterra vinieron a dormir, con su pequeño, su último sueño en aquel rincón de Cataluña. Las tumbas se divisaban entre el verdor, en dos construccione sgemelas, que pudieron verse aún durante mucho tiempo, cn la sparedes bajas que las cerraban y la pequeña verja de hierro.

Poco después de haberlos enterrado, entre los campesinos empezó a correr, no se sabe cómo, el rumor de que el matrimonio había sido enterrado con sus joyas, una noche las tumbas fueron profanadas y los cadáveres sacados de sus nichos y abandonados a la intemperie».

Esta Casa Blanca aún existe y está situada en la orilla meridional del delta. Esta a unos ocho kilómetros de mi ruta, que discurre por la orilla norte del Ebro. Demasiado para un desvío a pié. Tomo nota para una futura visita, pues no solamente abre la puerta a conocer cómo se implantaron los primeros arrozales en el delta, sino que el relato de Arbó da pie a imaginarse la historia humana de aquella familia.

Un mapa de 1918 señala nos confirma la existencia de ese «cementerio del inglés».

minutas cartográficas de San Carlos de La Rápita (1918). Aparece la Casa Blanca citada por Arbó y unos metros al nordeste el cementerio

Se mantiene en la edición impresa de 1920

De nuevo aparece su mención y se intuye su forma en los fotoplanos de 1927.

Sigue apareciendo hasta la edición de 1942:

edición del mapa topográfico de 1942

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero parece que no queda ya huella alguna de este enterramiento, ni siquiera los sauces descritos por Arbó en 1931.

He intentado averiguar algo sobre esta historia, pero no he conseguido encontrar su nombre ni las circunstancias de su muerte y la de su familia. ¿Hubo realmente saqueo de la tumba o fue una leyenda?

A lo largo de la ruta nos encontraremos con no pocos ingleses, sobretodo militares e ingenieros. Pero este tiene un misterio especial. Generalmente los ingenieros que venían a trabajar a España en los ferrocarriles o las minas solían ser jóvenes, tras alguna corta experiencia formativa en su país natal. No solían estar largos periodos, pues pronto eran encargados de trabajos en Latinoamérica o la India.

Hacia 1860 la empresa de un ingeniero hidráulico llamado John Bateman inició los trabajos de canalización y desecación en la parte sur del delta, con el fin de extender el cultivo del arroz, hasta entonces bastante limitado. Era esta una zona bastante insalubre por la malaria. Se llegaba a pensar por entonces que los arrozales favorecían esta enfermedad, que llegó a ser una lacra en el delta. Esto puede quizás explicar que en un corto espacio de tiempo murieran los tres miembros de aquella familia inglesa. Otra posibilidad es que se tratara de un accidente.

En 1869 Bateman envió a uno de sus ingenieros de confianza John Henry Hartwright, para inspeccionar la instalación de la maquinaria de bombeo. Se trataba al parecer de un personaje curioso e interesante. Autodidacta, dicen que llegó a ser un excelente ingeniero teórico y práctico. Además era un gran aficionado a la entomología, por lo que es fácil imaginarlo recorriendo el delta recolectando insectos para sus colecciones.

¿Hay alguna relación de este ingeniero con la familia enterrada próxima al estanque de la Encanyssada?

Las crónicas dicen que murió ese mismo año en Barcelona. No parece muy normal que murieran dos ingenieros ingleses de una misma obra, de reducidas dimensiones además, en tan corto espacio de tiempo. ¿Quizás eran la misma persona y Barcelona era simplemente la sede del consulado que comunicó el fallecimiento?

Me he puesto en contacto con descendientes lejanos de Mr. Hartwright que me han informado que tenía 42 años y no consta que se casara al menos en Inglaterra. Quizás alguien retome esta investigacion y pueda aclarar los oscuros puntos de esta historia. Un caminante no puede detenerse tanto.

 

EL INHITO DEL DIA:

Dejo para otro día que tenga más tiempo explicar lo que entiendo por «inhito». Para el de hoy dejo una imagen de google maps del lugar donde estaba este «cementerio del inglés».

 

 

1 comentario
  1. Paco Cano Dice:

    ! Que buena manera de «acompañarte» en este viaje leer tus relatos!
    Además de entretenida lectura, sabemos de tus andanzas y nos adentramos en la geografía que recorres y en su historia.
    Me parece genial. Y me apunto a investigar y localizar el cementerio de.los.ingleses.

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