Día 27: De Rincón de Soto a San Adrián. Un momento Rosalía

Por fin he llegado a Calahorra, la Calagurris antigua.

Hay tantas cosas de historia en este entorno como en ninguna parte a orillas del Ebro, salvo quizás en Zaragoza y Tortosa. Pero hay voy a alejarme de lo clásico porque he encontrado una pequeña joya, un “momento Rosalía”.

Historia y literatura son los dos ejes de este recorrido. Entre ambas zonas hay un rincón de límites difusos, copada por mitos y leyendas. He hecho ya alguna pequeña incursión en ese territorio, pero quería profundizar más. Volveré hacerlo dentro de unas etapas, pero hoy tenemos hay un buen aperitivo.

Bernardo del Carpio en versión calí

Bernardo del Carpio es un personaje legendario que algunos sitúan en el siglo VIII-IX. Era contemporáneo de Carlomagno, Turpin y Roldán, asi que estaba predestinado en convertirse en carne de romance y aventura caballeresca. A partir del siglo XII se transformó en el alter ego hispano de aquellos personajes que cabalgaron en los libros de caballerías tan famosos en los siglos posteriores, especialmente en el XIV y XV. Bernardo era uno de los caballeros cuyas hazañas hacían ensoñar al mismo Quijote.

La versión más “oficial” cuenta que al final de sus hazañas fue enterrado en una cueva próxima al monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campóo junto con la espada Durandarte que había arrebatado a Roldán (en una de las muchas versiones de la batalla de Roncesvalles). Esta gruta supuestamente se encontraba a una veintena de kilómetros del nacimiento del Ebro. Pero esta otra versión nos va a llevar río abajo, hasta Calahorra.

Coincidiendo en los años de lo más alto de su fama, llegaron a España unos visitantes nómadas que decidieron quedarse: los gitanos. Llamados entonces egipcianos, se hicieron presentes hacia 1425. En buena parte entraron por el Ebro, indicando que iban camino de Santiago de Compostela.

La famosa historia de Bernardo de Carpio debió ser parte de los primeros de su integración cultural en este reino de acogida. Con el pasar de los años la moda de los caballeros andantes decayó, y solo quedó el Quijote como modelo y burla para la posteridad popular, pero entre los gitanos siguió siendo una apreciada pieza de tradición oral. Con el tiempo su versión de esa leyenda enriqueciéndose con nuevos hechos y aventuras. Parte de ellos acabaron en Calahorra. Y en su parte final aparece el río, del que un personaje bebe “a ambuestas”, es decir recogiendo el agua con el hueco de ambas manos.

Hace pocos años un estudioso entrevistó a ocho gitanos, la mayor parte de edad avanzada, y con sus relatos reconstruyó esta versión de la leyenda del Carpio, en la que Bernardo no muere, y transcurre en Calahorra, aparecendo circunstancialmente el Ebro. De su artículo, publicado en el nº 15 de la revista Kalakorikos, reproduzco la parte final, que se lee como un cuento.

LECTURA DEL DIA

Bernardo del Carpio, un héroe de la épica medieval en la tradición de los gitanos del norte peninsular (2010), de Javier Asensio García

“…(A Bernardo) todos le temían, solo Carlomagno y los Doce Pares de Francia cuestionaban su autoridad. Un día se decidieron ir a pelear, por ver si entre los doce podían con él. Llamaron a la puerta del palacio y, como Bernardo estaba de cacería, salió a recibirlos su madre.

–¿Dónde está Bernardo?

–Hoy vuelve de caza.

Carlomagno le dijo:

–Ya puede ir preparando su equipaje porque este palacio va a cambiar hoy de dueño.

Y les dijo a sus hombres:

–Vamos a quemar todas las sillas, vamos a dejar solo trece, las justas para nosotros.

Pero había un sillón que entre todos no podían levantarlo. Entonces dijo Carlomagno:

–Este sillón que no podemos con él se lo vamos a dejar a Bernardo. Le diremos que se lo acerque a la mesa donde nosotros estemos. Si puede con el sillón, mejor es que no peleemos con él.

Convencidos que no iba a poder moverlo, todos quedaron de acuerdo. Cuando llegó Bernardo encontró a su madre llorando.

–¿Qué le ocurre a doña Jimena? ¡Cómo puede llorar mi madre viviendo libre después de haber estado recluida en un convento!

–¡Ay, Bernardo, han venido Carlomagno y sus hombres a pelear contigo y a sacarnos de aquí!

–¡Qué!

–Te están aguardando allá arriba.

Bernardo subió, Carlomagno le abrió la puerta de la sala y, al ver los brazos de este hombretón, se buscó una excusa para no luchar con él.

–Pues sí, Bernardo, habíamos venido a pelear contigo, pero no podemos hacerlo con un hombre al que no se le mantiene el peine en la barba, porque tú no tienes barba.

–Un momento, Carlomagno.

Bernardo echó mano a un peine de marfil que llevaba en el bolsillo, lo cogió y se lo clavó entre el cutis y la piel. Miró a Carlomagno y le dijo:

–Dime, Carlomagno, ¿se me tiene o se me cae?

–Se te tiene, Bernardo. Entra a comer con nosotros y después de los postres pelearemos.

Pasaron al salón. En medio del salón había una mesa en la que acostumbraban a comer los caballeros tras sus cacerías. Carlomagno le dijo:

–Mira Bernardo, hemos quemado las sillas que nos sobraban y no guardamos ninguna para ti, a no ser que quieras acercarte el sillón del rey.

Bernardo se dio cuenta de las intención de Carlomagno. Cogió el sillón con la mano izquierda, lo levantó de una pata, lo puso en el aire y dijo:

–Dime, Carlomagno, ¿dónde quieres que lo deje?, ¿aquí, aquí, aquí o aquí? –mientras esto decía movía el sillón por los cuatro lados de la mesa como si tuviera en sus manos una pluma–.

–Donde tú quieras, Bernardo –le respondió Carlomagno–.

Dejó caer el sillón de un golpe y las cuatro patas se quedaron clavadas dos palmos por debajo del suelo. Al terminar de comer, Bernardo se levantó de la mesa, salió del palacio y los fue llamando:

–¡Venir todos a pelear conmigo, de uno en uno o juntos, me da lo mismo!

Carlomagno y los Doce Pares bajaron y desenvainaron la espada, sí, pero la punta dirigida hacia ellos. El mango se lo ofrecían a Bernardo, en un claro gesto de rendición.

–Nos rendimos. Si peleamos contigo tenemos la muerte segura.

Bernardo estaba furioso, hambriento de pelea, pero como un caballero no podía luchar contra otros que se habían rendido ante él, se fue corriendo por un camino dando gritos y desafiando al Creador:

–¡Si Dios que nació en Belén de contra de mí se pusiera lo matara o lo venciera!

No tardó en dar tres pasos cuando vio aparecer a un anciano de largas barbas y canas que le dijo:

–Bernardo, ¿no te atreverás a repetir las palabras que acabas de pronunciar?

–¡Claro que soy capaz!

–¿Qué palabras eran esas?

–Si Dios que nació en Belén de contra de mí se pusiera lo matara o lo venciera.

Entonces, el viejo, que no era sino Dios en forma humana, le contestó:

–Yo que he sido quien te ha dado la fuerza y el vigor para que administrases justicia, para que te vengaras de la prisión de tu padre y de la reclusión de tu madre. Yo, que te he dado la fuerza para hacerte con un reino. Ahora que lo tenías todo, vienes y te rebelas contra mí. Pues si quieres pelea, pelea vas a tener. ¡Lucha, Bernardo!

El anciano abrió el puño y salió una banda de mosquitos. Unos enemigos con los que antes no había luchado, pequeños insectos contra los que apenas servía de nada la fuerza de Bernardo. Los mosquitos se lo comían a picotazos. Muerto de sed, desenvainó la espada y la tiró contra una roca; al clavarse, brotó una fuente y dijo Bernardo:

–Cuando Dios quería agua había.

Se arrodilló y bebió agua. Esto pasó en los llanos de Calahorra. Dios lo dejó encantado en una cueva, condenado a penar su soberbia durante siglos hasta que España se pierda y tenga que regresar al mundo de los vivos para salvarla de nuevo.

La cueva era muy larga. Todos los días, un vaquero sacaba sus vacas a pastar por los llanos de Calahorra. Entre ellas había una muy débil y flaca. Su dueño solo esperaba que muriese en cualquier momento, pero llegó un día que se metió en la cueva de Bernardo y salió más airosa que de costumbre. Estuvo quince días entrando y saliendo a la cueva y cada día estaba más gorda.

–¿Que tendrá esa cueva para que la pobre vaca que estaba seca ahora esté tan lustrosa? –se preguntaba el pastor–.

Tanto le picó la curiosidad que al día siguiente entró con la vaca hasta el fondo de la cueva. Agarrado a la cola del animal llegó al final, donde pudo ver a Bernardo, una especie de figura maltrecha con unas barbas que le llegaban hasta el suelo.

–Buenos días, pastor –le dijo Bernardo–.

–Buenos días, señor. Ya me dirá qué misterio tiene esta cueva y por qué mi vaca está tan lucida después de quince días de entrar aquí.

–Mira, yo soy Bernardo del Carpio, el héroe de tiempos pasados, que estoy encantado desde hace siglos, y tú eres el primer humano que ha llegado hasta aquí.

Bernardo guardaba un estandarte, se lo enseñó al vaquero y le dijo:

–Levanta este estandarte.

Al ponerlo de pie, como le indicó Bernardo, empezó a sonar música mora, caballos que cabalgaban, la alegría lo inundaba todo.

–Ahora déjalo en el suelo –le exhortó Bernardo–.

Una vez que lo apoyó en el suelo, la cueva se llenó de silencio.

Entonces le dijo Bernardo:

–En este estandarte va mi encantamiento.

Bernardo cogió una piedra, la apretaba y se deshacía, hecha arena en sus manos.

El pastor se quedó maravillado y le dijo:

–Dime cómo puedo desencantarte.

–Escucha bien lo que voy a decirte. El día San Juan, justo cuando raya el primer sol de la mañana, entrará un rayo por la puerta de la cueva y llegará hasta aquí. Solo ocurre ese día. Si ese rayo ilumina el estandarte, entonces me desencantas. Pero ten en cuenta que vas escuchar las músicas moras y los caballos corriendo que acabas de oír, y vas a volver a sentir la misma alegría. Si en ese instante miras atrás, buscando de donde viene esa música y esperando ver los caballos, me encantas para otro tanto tiempo. Acuérdate que no debes volver la vista atrás. ¿Lo harás?

–Juro por mi nombre que levantaré el estandarte y no volveré la cara.

–Dame la mano –Bernardo se la ofreció para sellar el pacto–.

El pastor había visto la fuerza de Bernardo y temía que el apretón de manos le estrujaría la mano como había hecho con la piedra.

–No, no te la doy –le dijo–, pero te doy mi palabra de honor que el día de San Juan por la mañana estaré aquí.

Llegó la mañana de San Juan y el pastor entró en la cueva. Agarró el estandarte con la mano y cuando vio que un fino rayo de sol entraba por la cueva, lo levantó y el estandarte quedó iluminado. Echó a correr para salir de la cueva.

De repente sintió tras de él el son de las músicas moras, el galope de cientos de caballos, una alegría que le embargaba. Atraído por una fuerza irresistible, no pudo evitar volver la cara para ver la maravilla que le perseguía. No le faltaban ni cuatro pasos para salir de la cueva, justo en ese momento el estandarte se le escapó de las manos, el silencio se apoderó de la cueva, solo una lejana voz, que parecía salir de las entrañas de la tierra, le recriminó:

–¡Ah, pastor! Me has dejado encantado para otro tanto tiempo. ¡Sed canina y hambre rabiosa te dé Dios!

Cuando el pastor salió de la cueva comenzó a sentir sed y hambre. Bajaba al río, bebía agua a ambuestas y no se le apagaba la sed. Una hora, dos horas, tres horas bebiendo como si nada. Aunque hubiera secado el río no se habría saciado. Mataba una vaca, se la comía entera y seguía teniendo hambre. Así que a los pocos días murió.

Y colorín colorado esta historia se ha acabado”.

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