Día 16: De Alborge a Quinto de Ebro: La campana de Velilla

(nota: he añadido un par de curiosos extras al final)

Empezamos con una autora sorprendente, una noble francesa que viajó por España y oyó hablar de algo extraño que ocurría a orillas del Ebro.

LA LECTURA DEL DIA

Relación del viaje a España (1691), de Marie-Catherine baronesa d’Aulnoy (1651-1705)

Marie-Catherine es un personaje de vida rocambolesca. Vino a España en una especie de exilio-fuga por haberse implicado en un complot contra su marido, que llevó al cadalso a sus cómplices. Vivió aquí unos cuatro años. Cuando regresó a París abrió un «salón literario» y, por esa época, publicó esta relación de su viaje. Pero en realidad es mucho más conocida por sus cuentos de hadas (uno de ellos, «el pájaro azul», inspiró un número de un ballet de Chaikovski).

En este fragmento se reproduce un diálogo que tuvo con un interlocutor español, don Fernando, que le dice que…

«…yo no quisiera asegurar que sea una verdad incontestable, aunque en esta comarca todo el mundo está persuadido de ello, pero es cierto que en un pueblo de Aragón llamado Vililla de Ebro hay una campana que tiene diez brazas de contorno (dos metros y medio de diámetro); y suele ocurrir que a veces suena sola, sin que se puede percibir que haya sido agitada por el viento o por algún terremoto, en una palabra, por nada visible.

Empieza con un tintineo y luego, de tanto en tanto, suena a voleo, ya sea de día o de noche.

Cuando se la escucha no hay duda de que anuncia algún accidente siniestro. Es lo que sucedió desde el jueves 13 hasta el sábado 15 de junio de 1601. En ese momento dejó de sonar y volvió a comenzar el día de Corpus Cristi, como si llamara a la procesión. También sonó cuando Alfonso V, rey de Aragón, fue a Italia a tomar posesión del reino de Nápoles. Se la escuchó cuando murió Carlos V. Señaló la partida hacia África del rey de Portugal don Sebastián, el final del rey Felipe II y el fallecimiento de su última esposa la reina Ana.

Si queréis que os crea, don Fernando, le dije, parece que soy demasiado obstinada como para rendirme; pero estaréis de acuerdo que es una de esas cosas de las que está permitido dudar.

Confesar más bien, Madame, respondió el con aire alegre, que es por falta de fe en mí, porque no os he dicho nada que no sea sabido por todo el mundo…«

La ermita de San Nicolás de Bari, donde residía la campana de esta historia

La historia de esta singular campana era muy conocida en la época y fue citada por autores como Lope de Vega, el Padre Feijoo, Argensola o Baltasar Gracián. Este último incluso dice que la escuchó personalmente. Quevedo le dedicó dos sonetos. El que más me gusta es este:

OTRA LECTURA DEL DIA (ésta sin desperdicio)

Burla de las amenazas cuando se toca la campana de Velilla, de Francisco de Quevedo (1580-1645)

«Conozcan los monarcas a Velilla,

por la superstición de la campana;

que a mí, por una pícara aldeana,

me la dio a conocer la seguidilla.

 

Crédulo, ¿por qué pasas a Castilla

agüeros de Aragón? ¡Oh plebe insana!

Siempre ceñuda con la alteza humana,

nunca propicia a la primera silla.

 

Yo temo que se toquen las mujeres,

que denota los moños y arracadas,

apretador y cintas y alfileres.

 

Mas tocarse campanas apartadas

de mi sueño y mi casa y mis placeres,

aquí, y en Aragón, son badajadas.»

 

¡Magnífico incrédulo e irónico Quevedo!

Hay algo más interesante en la leyenda. La campana tiene una relación con el Ebro más estrecha que el simple hecho de hallarse en un pueblo ribereño. Pero antes de contarla he querido acercarme al lugar.

Actualmente hay dos pequeñas campanas, pero ninguna es la original. No han heredado su carácter milagroso.

 El pueblo de Velilla se encuentra encajonado entre el cauce de un viejo meandro del río y una colina frontera de los Monegros. En lo alto de esta se alza la ermita de San Nicolás de Bari, a escasos 300 metros de una antigua colonia romana, Lepida Celsa, fundada poco después de la batalla del Ebro de Julio César que narré hace unos días. Para entrelazar aún más las hebras de este blog, se puede añadir que esta colonia de ciudadanos libres romanos, quizás antiguos legionarios, fue fundada (a distancia) por Marco Emilio Lépido. Este, cuando unos años antes había sido pretor en Hispania, tuvo que mediar con otro conocido de esta bitácora, Quinto Casio, aquel que murió «ahogado» en la desembocadura del Ebro. La víspera del día en que uno de los hermanos Casio encabezara el grupo que asesinó a Julio César, precisamente este había cenado con Lépido.

Cruce de calles de la colonia romana

Pero volviendo a la campana, cuenta la leyenda que esta campana había llegado navegando por el mediterráneo y remontando el Ebro contracorriente, con dos velas encendidas encima. Se detuvo junto a Velilla y sus vecinos se las ingeniaron para sacarla del agua y llevarla a la ermita.

Los notarios locales solían dar fe de cuándo tañía por sí misma. Luego se buscaba cual era el suceso de mal agüero al que pudiera adscribirse el son. Yo puedo certificar que no lo ha hecho cuando he pasado por aquí. Eso me da alguna confianza, aunque badajadas…, ¡las hay en abundancia!

 

¡EXTRA, EXTRA!

Para los que más les ha interesado esta historia campanera, les añado un par de informaciones de la época. Pero yo me sigo quedado con Quevedo.

Hay un curioso informe de un cronista e impresor de fines del XVII, Juan Cabezas, que en 1679 publica en Sevilla una «Relacion verdadera del prodigioso toque, que dia Jueues Santo proximo passado hizo la milagrosa Campana del Rey Bamba, llamada vulgarmête la Campana de Bililla, à quien los Moros pusieron la Palabrera, los Godos la del Milagro, y los Romanos la de los Anuncios«. No la he encontrado digitalizada, pero físicamente está aquí.

Una descripción más extensa puede hallarse en .

Copio el apartado:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1 comentario
  1. Ángel Dice:

    Jesús, logré leer la larga y detallada crónica del apologeta de Julio César en su Batalla del Ebro contra Pompeyo. Básicamente porque estaba escrita en letra impresa actual y permitía ver los movimientos de ambos ejércitos como si el escribano volara en un dron sobre los campos de batalla.
    Pero no he podido con esa crónica de Juan Cabezas en su formato original publicado en 1679. Mi vista ya no está para esos trotes, mi querido amigo.

    Responder

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