Blog novelado sobre el último viaje del emperador Carlos V, de Laredo a Yuste.

Día 03: (08/10/1556 – 15/07/2022) De Lanestosa a Agüera: El Mayordomo Quijada

Luis Méndez de Quijada, mayordomo del emperador

Pase esa noche con el cuerpo cansado de la caminata y la mente dando vueltas a lo que me había dicho el emperador. Era un encargo interesante que iba a hacer más entretenida mi ruta. Ya lo iré descubriendo poco a poco. Ahora solo avanzo que me iba a obligar a conocer con más detalle a los compañeros de viaje, los «sputniks», de Carlos V.

La confirmación llegó al alba. La jornada del día iba a ser dura pues había que superar un puerto de montaña, el de Tornos, para dejar los valles cantábricos y entrar en las merindades del curso alto del Ebro. Habiendo sido introducido entre las autoridades, rápidamente se me acercó un personaje vivo y parlanchín, de unos cincuenta años.

―Disculpad, ¿Sois Don Jesús du Var?

―El mismo, Señor. Buenos días.

―Disculpadme de nuevo. Buenos días. Soy Luis Méndez de Quijada, mayordomo del emperador. ¿Podría caminar a vuestro lado una parte de este trayecto?

Quizás podía atribuir ese respeto  mi edad, varios lustros mayor que la de mi interlocutor, quizás a mi barba más blanca que la suya. Pero algo me decía que esa propuesta había sido alentada por el propio emperador. Según avanzaba la conversación me fui convenciendo más y más que había sido enviado por él, un tanto para espiar mis reacciones, otro tanto para proporcionarme informaciones que él mismo no debía transmitir.

En realidad Don Luis era una fuente inagotable de información sobre sí mismo. Pero entre tanta verborrea se cuidaba de mantener a buen recaudo los secretos de estado. Aquella servía de disfraz de estos. Pero casi nada se resistía a mi capacidad de romper esa barrera por medio de las informaciones del futuro. No conocería el principal de esos secretos hasta la noche, cuando me despidiera por unas horas del siglo XVI.

Quijada era más o menos de la misma edad de Carlos y simpre había estado a su servicio. Provenía de una familia castellana de la nobleza menor, que eran señores de Villagarcía de Campos. Era ésta una población bastante próspera, a unas ocho leguas (o horas a pie de buen caminante) de Valladolid y 35 de Burgos. Contaba con tres parroquias y dos centenares de feligreses, a pesar de haber perdido una fuente de riqueza cuando medio siglo antes expulsaron a los vecinos de la aljama judía.

El joven Luis partió pronto a conocer mundo y hacerse una carrera más brillante que la que le esperaba en esas tierras perdidas entre Tordehumos y Villabraxima. Empezó como simple caballerizo a las órdenes de la casa de Borgoña durante la guerra de Comunidades de Castilla y durante treinta años recorrió y batalló junto al emperador por toda Europa y el norte de Africa. Deduje que tanto paralelismo vital debió engendrar amistad y confianza.

Al acercarse a la cincuentena Quijada vio el momento de retirarse de esa agitada y peligrosa vida y de volver a su tierra natal para criar una familia. Ese deseo de retiro era compartido por el emperador, que no veía el momento de abdicar y pasar los últimos años en reposo. Esa circunstancia debió unirles: Ponía Luis tanto realismo al relatar las conversaciones que tuvo con el emperador, mientras despuntaba el alba de la batalla de Mülhberg, que me parecía fácil deducir que en ese momento ambos, o al menos Carlos V, trazaron un plan que les haría cómplices. Pero a continuación Quijada lo embrollaba todo dejando constante la duda de si así había sido.

Lo que era cierto es que Carlos autorizó a su capitán a retirarse a Villagarcía. No tardó además en casar con una joven. noble y adinerada, que le permitió mejorar de posición. Poco después recibió orden imperial de acoger a un niño de corta edad, para que lo educaran como propio. Contrató a un vihuelista, pensando que las dotes musicales convendrían mejor para un futuro religioso, en lugar de las armas que habían sido la inclinación natural de Carlos y de Luis. ¡Qué sorpresa se llevarían! Pero dejemos el futuro para cuando llegue.

En junio de 1556, es decir apenas tres meses antes de que se iniciara el retorno a España del emperador, había recibido el nombramiento como su mayordomo. Llevaba varios años retirado en su Villagarcía de Campos, así que deduje que era una jugada ya estudiada. Carlos V activaba a una persona de confianza pero jubilada, para que le ayudara a organizar su propio retiro.

Poco después recibió carta de Juana de Austria, hija de Carlos V y princesa gobernadora en los reinos de España mientras su padre y hermano estaban en Flandes, para que se acercara por Valladolid para organizar los aposentos. Evidentemente otra petición que llegaba indirectamente de Flandes.

El viaje del emperador iba retrasándose mes tras mes. Todos esperaban confirmación de su llegada. Por entonces la posta, la forma más rápida de enviar físicamente los mensajes, tardaba unos nueve días entre Bruselas y Valladolid. Aún contando con ese decalaje,  Juana de Austria se confió y dejó a medias los preparativos de su recibimiento. La navegación fue más rápida y cuando Carlos V se presenta en Laredo, no encuentra más que un Obispo, al que, estando de paso por Burgos, la gobernadora reencaminó hacia el puerto cántabro, para que hubiera alguna autoridad que recibiera a la numerosa comitiva imperial. Le acompañaba un alcalde de corte, es decir una autoridad judicial y media docena de alguaciles a sus órdenes.

Quijada me contaba la cara que puso el emperador al constatar tan escuálido recibimiento. En la flota iban dos reinas y buen número de personas principales y caballeros. Nunca se había visto tan fría recepción. Carlos V preguntó por Quijada, pero no había noticia de él. Se retiró a la casa del condestable y no quiso saber nada hasta que con la llegada de Méndez de Quijada pudiera prepararse la marcha hacia Valladolid y Yuste.

¿Dónde estaba Quijada? En Villagarcía esperando el aviso. Tomada por sorpresa la princesa Juana, al recibir el día 1 de octubre noticia del arribo de la flota a Laredo, despacha un correo para avisarle y rogarle que se apresure. Tedemos a pensar que en el mundo rural de antaño las cosas iban a ritmo pausado. Pero no siempre. A medianoche el correo de Juana llega a Villagarcía y a las cuatro de la mañana, Luis Mendez de Quijada, a sus cerca de sesenta años, monta a caballo, y a la mayor velocidad se encaminó hacia Burgos. A partir de ahí podría utilizar las postas, en donde encontrar monturas descansadas. En tres días cabalgó cerca de trescientos kilómetros.

¡En buena hora llegó! El emperador empezaba a desesperar. Incluso las provisiones de boca parecían escasear, si no en la mesa de los principales personajes, si en las de los cientos de sirvientes, marinos y soldados que se amontonaban en el puerto. Se había mandado a varios navíos a Santander para amortiguar el problema, que se agravaba por falta de numerario para pagar sueldos y compras.

Ahora comprendía los rumores que me habían llegado del malhumor imperial.

No me resisto a hacer un pequeño inciso en el relato. Cuando pude más tarde estudiar la correspondencia sobre estos hechos encontré estas telegráficas frases del secretario: «El Señor Luis Quijada es venido. Con cuya llegada Su Majestad ha holgado harto«.

Quijada lo organizó todo para ponerse en marcha y alejarse lo antes posible de la costa y de aquel barril de pólvora en que se habia convertido, en el que, por si fuera poco, empezaban a aparecer las enfermedades.

Un nuevo inciso que me quema, de nuevo del secretario: «Su Majestad está bien mohíno del mucho descuido que ha habido en no haberse proveído muchas cosas que el Rey tenía mandado como son: de seis capellanes que vinieran sirviendo, porque los que trae están enfermos y cada día es menester buscar un clérigo que le diga misa; de un par de médicos, porque trae la mitad de la gente de su Armada enferma y se le han muerto siete u ocho criados (…) y de aquí discanta y dice otras cosas bien sangrientas«.

Al día siguiente, reunidas caballería y mulas en cantidad abundante pero insuficiente para tamaña multitud de gentes y equipajes, partieron hacia la meseta.

Este era el tercer día y la rutina empezaba a instalarse, lo que ayudaba a la organización, y permitió a Quijada dedicarme el tiempo de estas explicaciones.

En un momento le comenté que según subímos el puerto el camino empeoraba. Entonces su locuacidad pareció disiparse y exclamó:

―Hay malos caminos y peores alojamientos.

Y sincerándose añadió:

―¡Crea vuestra merced que yo llevo la mayor vergüenza del mundo de ver los pocos que somos! Solo yo camino con su majestad, y cuando está bueno, Laxao y el alcalde y cinco alguaciles. Y cuando me veo con tantas varas de justicia, creo que vamos presos el y yo.

(en una fuente de Ampuero están estos dos personajes con porras que me recuerdan al tipo de alguaciles que acompañaban al rey)

Ahora exageraba un poco, porque no hubiera dejado solo a su Señor para marchar junto a mí. La noche anterior se habían incorporado dos  embajadores de su hija Juana que ahora le hacían compañía y le ponían al corriente de los asuntos.

Estando a punto de alcanzar el collado del puerto de los Tornos me separé para dejar paso a un correo. Di un brinco al lado del camino real y caí en un lodazal, más bien una pequeña turbera en formación. Hundí los pies hasta la rodilla y empecé a notar la succión del agua negra. Al liberar mis pies, el derecho salió sin su zapatilla. No hubo manera de encontrarla. Tuve que dejar por ahora el siglo XVI para encontrar un buen repuesto.

Así se cortó la conversación con el mayordomo. Me había dado a entender que el, que estaba en el cauce del caudal de confidencias imperiales, sabía del encargo que había recibido. Pero no logré descifrar si su actitud tan abierta era para ofrecerme su ayuda o más bien para que descartara desde el principio las sospechas que pudieran despertarse sobre su culpabilidad.

Día 02: (07/10/1556 – 14/07/2022) De Ampuero a Lanestosa: Un nasero, una vizcainía y un encargo imperial

Un nasero, una vizcainía y un encargo imperial

Este día me espera un encuentro que me deja no poco nervioso. Al anochecer conoceré al emperador, a quien todavía no he visto ni siquiera de lejos. Para remediarlo hoy me he trasladado temprano hacia Rasines, a poco más de una legua de Ampuero, y me he instalado en un lugar donde observar la comitiva.

En el camino me he encontrado con dos personajes como hay muchos estos días. Desde hace varios días se espera el paso de Carlos V y su gran comitiva, un acontecimiento exceocional que pocos tiene a oportunidad de ver en toda su vida, que podrán contar durante muchos años.  A los curiosos se añaden aquellos que pueden partido del paso de la muchedumbre imperial, bien para hacer negocios, bien para provechar posibles repartos de comida o limosnas, bien como descuideros para lograr algún pequeño objeto mal vigilado.

Pronto conocí a dos de estos tipos, los que menos se asustaron al ver mi imagen un tanto borrosa porque aún no era capaz de manejar bien el «parato» (para quien no sepa de qué se trata le sugiero que vaya a la primera entrada de esta serie. «¡No os lo váis a creer!»)

Uno de ellos venía con un carrillo cubierto de helechos. Había salido de noche de Ampuero con la idea de llegar a Lanestosa antes que el grpo real. Pero una avería le había obligado a detenerse y estaba negociando con los vecinos para que le alquilaran unas angarillas a las que rasladar la preciosa carga que llevaba en el vehículo: salmones.

Me dijo que se llamaba Juan Gómez de Marrón y que tenía las mejores nasas en la ría del Marrón. La noche anterior sus peces había pasado por las mesas de los nobles de la comitiva y hoy iba a llevarles nuevos ejemplares al fin de su etapa.

―¿En la ría del Asón?―, pregunté sin temor a meter la pata, y sin darme cuenta que nunca debería abandonar ese temor cuando visitaba épocas lejanas.

―No, no. El río se llama Marrón, como mi pueblo y como insiste él mismo por el color que lleva tras las tormentas.

Me prometí tener cuidado con las preguntas que hiciera. No solo cambiaban los nombres de las personas, sino también los de los lugares. Un mapa moderno es muy detallado, pero seguramente provocaría no pocas confusiones a las gentes de entonces.

El otro, con aires de hidalgo, era un joven que se presentó como Juan de Rozas de la Bodega, subrayando con el tono cada un de los «de», para dejar claro que no se mrecía especial distinción. Se dedicaba también al comercio de comestibles en Laredo, pero era otro el motivo de su viaje.

Me contó con no pocos detalles que era de Lanestosa, una de las villas más viejas de Vizcaya y final de la etapa de hoy. Insistía que su pueblo natal había sido fundado nada más y nada menos que «trece» años, dicho con el mismo tono de los «de» de su apellido, antes que la mismísima Bilbao. Imaginba yo que en su origen era poco más que un área de servicio de la primitiva «autopista de la lana merina» que iba de Burgos a Laredo, por la que se exportaba a Flandes y que luego regresaba en forma de paños de buena calidad, de cuya importación una pequeña parte iba cargada ahora mismo en los hombros de Carlos V.

Tenía que ir a su pueblo, que casi nunca visitaba, para agilizar unos trámites en su expediente de vizcainía.

―Pero, ¿si Usted es ya vizcaíno de nacimiento, para qué necesita ese expediente?―intervino Juan Marrón.

―Estoy en pleito con un comerciante francés de Laredo y el asunto va a llegar a la Chancillería de Valladolid. Allá hay un tribunal especial para juzgar los asuntos en los que esté implicado un vizcaíno, lo que me interesa no poco.

Puse mirada de interés y boca de mudo. Mientras esperábamos el paso de la comitiva me aparté discretamente y volviendo a mi época consulté qué era eso de la vizcainía. Efectivamente era un expediente por el que a los nacidos en algúna localidad de Vizcaya se les reconocía, siempre que no fueran bastardos sino hijosdalgo, «notorios de sangre», las prebendas y privilegios del Fuero de quel territorio, aunque se encontrasen fuera de él. Hasta 1835 llegó a haber un «Juez Mayor de Vizcaya» en Valladolid para tratar de esos asuntos. Supongo que a los contendientes no vizcaínos no debía agradarles esa situación.

Enredando, enredando, por internet descubrí que setenta años más tardes, unos nietos o biznietos de mis acompañantes, un Rozas de la Bodega y un Marrón se verían en pleito ante esa Sala de Vizcaya vallisoletana. Así que cuando me reincororé al lugar y momento donde se hallaban les dediqué una sonrisa que nuna entendieron.

 

Por fin apareció la comitiva. No la voy a describir ahora en detalle, pero llamaba la aención por el corto número de autoridades y personalidades y la gran cantidad, varios centenares, de criados, empleados y soldados. Al pasar aquellos algunos de los presentes comentaban que la columna se había dividido en dos, para poder acomodarlos más fácilmente en los puqueños pueblos donde iban a hospedarse. Las dos hermanas de Carlos V, Leonor y María, reinas viudas, le seguían al día siguiente en otro cortejo igual de grande. Pero llamaba la atención que, salvo algún obispo, los únicos nobles que acompañaban al emperador eran los que habían hecho la travesía con él, no pocos borgoñones y flamencos. Y aún la representación de estos había quedado bien mermada por la cantidad de enfermos que se habían visto obligados a quedarse en las etapas anteriores.

 

Al atardecer llegué a Lanestosa. Por lo que había contado el vizcaíno en busca de vizcainía había llegado a creer que sería una gran población, pero me llevé una decepción. El pueblo era minúsculo; apenas llegaba a la veintena de casas, la mayoría muy pobres, aunque contaba un par de posadas con grandes cobertizos, donde tradicionalmente hacían parada los comerciantes de lana castellana con sus largas reatas de mulas.

Me acerqué a los aposentos del emperador y pregunté por D. Martín de Gaztelu. Les habían instalado en una casa cercana a la iglesia, algo alejados del bullicio de las posadas y cuadras donde se iba acomodando el resto de la comitiva.

Gaztelu salió rápidamente y me saludó. Me preguntó por cómo me había acomodado y si estaba satisfecho. Le respondí diplomáticamente que estaba a la altura de mi satisfacción, sin explcarle que esa noche, tras desplazarme quinientos años, iba a hospedarme en un sencillo hostal, pero con unas comodidades que el propio emperador no hubiera podido ni soñar.

―Su majestad quiere conocerle

―Será un gran honor para mí

Y me hizo pasar a una sala, que la víspera debía estar fría y casi desnuda, y que los aposentadores reales, que se adelantaban al paso de la comitiva imperial, habían cubierto de tapices. Incluso habían acomodado una ventana de cristal al hueco que antes estaba apenas cerrado por contraventanas de madera. Carlos V era friolero y nos estábamos adentrando en las montañas con ls primros fríos otoñales (lo que me hacía sufrir cada vez que me transportaba, pues yo iba paralelamente con una racha de calor del final de la primavera).

―¡Pasad, pasad! ¿Cómo debo llamaros?

―Jesús de Var, Majestad

―¿De Var?, Ese nombre me dice algo. Recuerdo que en una de mis campañas atravesé un río de ese nombre―, dijo arrascándose su prominente mandíbula.

―Exacto. Debió ser durante su incursión en la Provenza

―Sí, ya recuerdo. ¿Entonces es provenzal?― dijo pasando rápidamente al francés, que era la lengua que utilizaba con su familia.

―No. Soy navarro, pero me fui a vivir cerca de Brignoles.

Martín de Gaztelu giro rápidamente la cabeza. Estaba  inclinado escribiendo la correspondencia del día. Me dije que estaba teniendo suerte. Quizás lo de navarro me abriría puertas con el secretario y lo de provenzal con su jefe. Creo que por su parte había una reacción paralela. Aquel me había avanzado que iban a pedirme algo, y el conocer mis orígenes y tener referencias comunes iba a ayudar a sostener la confanza que se precisaba.

―¡Ah Brignoles! ¡Allí sí que era fácil encontrar buen hospedaje y buenos caminos! En cuanto lleguemos a las ciudades castellanas y descansemos de estas malas jornadas tendremos que hablar… y también de Navarra, que es un asuntillo que tengo entre manos…

Ni una sola cuestión sobre mi extraño viaje en el tiempo. Parecía como si al emperador, y de rebote a su secretario, le pareciera tan natural como el último modelo de anteojo estelar que se hubiera inventado. Me recibió como hubiera podido recibir al embajador de un pequeño y desconocido estado que estuviera situado más allá de los océanos. Pero por lo que siguió, comprendí que no se trataba de desconocimiento sino de diplomacia.

―Gaztelu, dejadnos solos unos minutos.

El secretario se levantó rápidamente  desapareció tras unos cortinajes verdes, probablemente los mismos que habían adornado el camarote imperial del Espírtu Santo.

―Jesús de Var. Tengo un problema para el que quisiera que me ayudárais. Me han dicho que sois capaz de viajar en el tiempo. Si realmente podéis hacerlo, vuestra habilidad podrá ayudarme a descubrir el culpable de un robo que aún no se ha cometido. Así quizás podamos evitar que se produzca.

 

 

 

 

Día 01: (06/10/1556 – 13/07/2022) De Laredo a Ampuero: Los Bertendona, armadores y capitanes

Los Bertendona: armadores y capitanes

Estaba anunciado que el lunes 6 de octubre después de comer el emperador emprendería la marcha hacia Castilla. Había quedado con los Bertendona para ir en la comitiva. Pero las costumbres me jugaron una mala pasada.

Acostumbrado a nuestros horarios, me entretuve en el siglo XXI hasta las tres de la tarde. Cuando hice mi aparición en el puerto de Laredo, padre e hijo estaban impacientes y un poco molestos. De no haber sido un extraño mediovizcaíno dudo que me hubieran esperado.

¡Apresúrese que el emperador debe estar ya cerca de Colindres!

No había caído que nuestro extraño hábito de comer tan tarde no tiene más de setenta años y que antes, como en toda Europa, se comía entre doce y una. ¡Ya me había extrañado que la hora de partida se fijara para la sobremesa! Pero entonces no caí, y ahora tenía que recongraciarme con los Bertendona.

Estos no estaban preocupados por no ser vistos en el núcleo de la comitiva, ya que habían estado en presencia del emperador de manera casi constante durante toda la travesía marítima. De hecho, como buenos negociantes tenían un segundo motivo para hacer esta etapa. Iban a comprar una partida de anclas en la ferrería de Povedal en Marrón, sita justo enfrente de Ampuero, meta de la primera etapa del convoy imperial.

Una vez en marcha los Bertedona se presentaron en detalle. El mayor se llamaba en realidad Martin Ximénez de Bertendona. Era hijo del capitán Pedro Ximénez de Bertendona y María García de Basozábal. La familia había ascendido socialmente, acababan de fundar un mayorazgo, tenían hasta una capilla propia en la iglesia de Santiago de Bibao y su hijo había descuidado el patronímico y, quizás para darse más distinción, se presento como Martín de Bertendona y Goronda. Esto de los apellidos me haría caer en varios equívocos, pues era bastante normal que los señores se los cambiaran de orden o los tomaran de otros orígenes. Había habido un antepasado, Ximeno o Jimeno de Bertendona, pero el patronímico se había fijado en al menos un par de generaciones, probablemente porque su generador había tenido especial relevancia y era más prestigioso llamarse Jiménez que Martínez.

Martín Ximénez (Jiménez diríamos ahora, pues en aquellos tiempos este sonido se representaba con una “X”) había nacido en Bibao, al parecer en Barrencalle, y en ese momento contaba con 67 años. Separados cinco siglos pero eramos coetáneos. Su familia procedía de Bermeo, donde se habían impregnado de los oficios del mar. Pero era en Bilbao donde realmente habían prosperado.

Martín el viejo había llegado a ser regidor y alcalde de su villa natal, lo que conllevaba no pocas gestiones con las ciudades portuarias de Francia, Flandes y Alemania. Había ganado una pequeña fortuna en el comercio y como colofón a su carrera quiso regalar su vanidad con un pequeño capricho, mandando construir en los astilleros del Desierto, sobre la ría del Nervión, un gran barco, posiblemente el mayor construido allá hasta entonces, el Espíritu Santo. Era no solo grande, sino además lujoso, pues había empleado los mejores materiales que podían hallarse en toda la costa europea. Y una vez acabado, se ofreció, como si un UBER marino se tratara, para los desplazamientos del emperador y de su hijo el rey, que hasta entonces utilizaban galeras y barcos de guerra.

Por su tamaño, algunos lo llamaban galeón, como los barcos militares que empezaban a proliferar por entonces, pero el prefería llamarlo nao, pues tenía su forma y no presentaba esas hileras de cañones propias de los navíos de guerra, aunque no por eso estuviera del todo desarmado. Al insistir en llamarla nao reafirmaba con orgulllo su carácter de comerciante, y resaltaba que lo había construido a sus expensas y no con los dineros del rey, o del estado, que diríamos ahora.

Al llegar a Colindres me tuve que morder la lengua, una de las muchas veces que seguramente tendría que hacerlo a lo largo del viaje. Como me había dcumentado largamente tes de esta jornada, sabía que al otro lado de la bahía se encontraba un monasterio donde acabaría enterrada Bárbara, una alemana amante del emperador y madre de uno de sus hijos más famosos. Pero eso aún no había acontecido en ese momento y no tenía sentido que mostrara lo que podría malentenderse como conocimientos maléficos o poderes satánicos. A lo lejos, protegido por una colina a sus espaldas, se hallaba ese convento, justo a orillas del agua. Quizás cuando acabe el viaje y no tenga que cumplir con esa obligada cortesía intertemporal pueda dedicar un capítulo extra a esa historia.

El hijo, Martín el joven, había estado callado, en respeto a la conversación del padre. Solo entonces tomó la palabra. Era su primogénito y contaba por entonces solo 26 años, es decir que tenía cuarenta menos que su padre. Solo ese dato me daba a entender que el viejo había tenido una juventud agitada y llena de viajes y aventuras, y que solamente se habia casado en una edad relativamente avanzada para la época.

Ya para entonces había comandado alguna de las naves de su padre, tanto en viajes comerciales, como en campañas militares, para las que se armaban las naos y urcas de carga, en la reciente guerra, ahora paralizada, con Francia.

El no sabía, y yo no se lo avancé, que le esperaba una larga carrera militar, incluyendo combates en el Mediterráneo, carreras de corso, y la participacion en la Armada Invencible. Fue de los pocos que logró regresar, a bordo de La Ragazzona, nave veneciana, hasta las costas coruñesas, en donde el barco, exhausto, exhaló sus ultimos crujidos antes de hundirse. A principios del XVII organizó la “Escuadra de Vizcaya y las Cuatro Villas” para actuar de corso contra naves holandesas y inglesas en el mar Cantábrico. Fue nombrado general de la armada, que ahora lo diríamos almirante. Y sus hijos ganaron los honores pero perdieron su primer apellido.

Me explicaron que estando en Laredo esperando educadamente la partida del emperador habían recibido un alarmante correo desde Bibao. A aquella villa había llegado el rumor de que tras haber desembarcado Carlos V en Laredo, se había desatado un temporal que había provocado el hundimiento de la Espiritu Santo. Les llego la noticia estando a bordo, por lo que se echaron a reir.

Habían descubierto que las noticias falsas tienen vía preferente y corren más rápido que las verdaderas, pues suelen autoseleccionarse las más sugerentes y llamativas de entre todas las posibles. Yo también lancé una sonrisa al pensar que ese fenómeno, emparentado con las leyendas urbanas, tenía siglos , quizas milenios de existencia y se agarraba en alguna de las grietas del espíritu humano, como la hiedra en las de los árboles menos sólidos.

Algo de verdad tenía la noticia, pues un mercante cargado a punto de salir para el norte fue alcanzado por ese temporal y hundido con ochenta hombres. Suceso nada inhabitual por entonces. No quise anuncirles que años más tarde, la noticia falsa se haría realidad. Un barco propiedad de los Bertendona, el Nuestra Señora de la Concepción, que iba a hacer su viaje inaugural en dirección a Flandes, bajo el mando de Antonio de Bertendona, quizás hijo y hermano, quizás nieto y sobrino de mis acompañantes, se hundió en el mismo Laredo, provocando la ruina de algunos comerciantes. Y esto no parece que fuera falso, pues hubo todo un pleito con reclamacione.

Al llegar a Ampuero todo era bullicio y desorden. No había forma de acomodar a tanta gente,darles algo de cenar y buscar cobijo para la noche. Acompañé a los Bertendona hasta la orilla, frente a la ferrería donde ne les esperaba una barquilla.

Eso me hizo pensar por primera vez sobre algo que me volvería a despertar a curiosidad a lo largo del viaje y es que no siempre parecía seguir la ruta más cómoda y lógica. ¿Por qué, pudiendo haber venido hasta las mismas inmediaciones de Ampuero por la ría, aprovechando la subida de la marea con una cómoda barcaza, habíamos seguido el camino real, con sus subidas y bajadas? ¿Eran órdenes del emperador o simple impericia e improvisación de los organizadores de la logística?

Me sorprendió ver que los Bertendona habían enviado una barca para recogerles y regresar más rápido a la Espíritu Santo, pero no la habían empleado, quizás por respeto y cortesía con el emperador.

Estaba en esas reflexiones cuando un alguacil con cara de sorpresa me interrumpió. Había intentado llamar la atención con un golpecito de su vara, pero no hizo mella en mi imagen virtual…

¡Excuse vuestra merced! Don Martín de Gaztelu, secretario de su Majestad reclama su presencia.

―Ahora mismo voy para allá

―No, no. Le convoca para mañana por la noche cuando lleguemos a La Inestrosa, en los aposentos de su majestad imperial.

Día 00: A bordo del Espíritu Santo

Mañana, 6 de octubre de 1556, tras un rápido almuerzo, el emperador partirá de Laredo camino de su retiro.  Tardará casi cuarenta días en llegar a las puertas del monasterio en donde se va a recoger para el resto de su vida. Para mí es el 10 de junio de 2022 y voy a intentar condensar esa jornada. Aunque tengo diez años más que Carlos V, mi salud es mejor y no tengo la necesidad de ir despidiéndome de la corte y los allegados. Serán 23 etapas, deteniéndome en los lugares en donde lo hizo aquel soberano, y aprovechando algunos tramos del camino para conversar con algunos de sus numerosos acompañantes.

Me he llegado a Laredo, y manejando el «parato» he echado un vistazo al ambiente. Parece bastante sombrío. Se dice por las callejas del pueblo que el rey está de muy mal humor. Había llegado hacía nueve días en un tempestuoso día de fines de septiembre, tras una complicada travesía desde Flandes, en donde había vivido los últimos trece años.

Así imaginaban a Laredo y su bahía los cartógrafos antiguos, vistos desde el norte

Así imaginaban los cartógrafos antiguos a Laredo y su bahía, vistos desde el norte

 

Con ese estado de ánimo rondando, prefiero no presentarme y darme una vuelta por el puerto. Algunas de las naves que trajeron a la comitiva del emperador todavía están fondeadas en el puerto. Este es pequeño y en el no cabían ni siquiera una pequeña parte de los más de sesenta barcos que le acompañaron y escoltaron. Aunque se había firmado una tregua en la reciente guerra con Francia, los mares no eran demasiado seguros. Algunos fueron a los cercanos puertos de Castro y Santander. Otros aprovechan  la protección de peña Ganzo.

Esta imagen posiblemente sea poco realista, pero muestra que en aquella ocasión había más barcos en el puerto que casas en la población. No había camas ni cobijo para todos, así que durante esos largos días arte de la comitiva tuvo que seguir incómodamente embarcada.

Esta es la casa en la que se hospedó el emperador, abrumada ahora por buen número de placas conmemorativas

Pero lo que me ha llevado al puerto es una gran nave acostada al muelle, que destaca por sus dimensiones, buena construcción y lujo. Es evidentemente la que utilizó Carlos V. Tiene casi 600 toneladas. Las carabelas que llegaron a América en 1492 apenas superaban las 60. En unos pocos decenios la navegación ha visto una revolución que no ha acabado. Ya para entonces empezban a construirse galeones de mil toneladas.

Aprovechando que el «parato» me permite regular la intensidad de la transparencia de mi imagen, la rebajo para hacerme apenas visible y me cuelo a bordo.

Mi primera sorpresa es comprobar que no se trata de una nave militar, sino de una civil, de las que llevaban lana castellana y hierro vizcaíno a los puertos del norte de Europa.

En la cubierta de rriba, entre el mástil y la popa se había levantado un cobertizo temporal, que por su hechura y lujo -contaba incluso con ventanas de vidrio- debió servir como aposento imperial en la travesía. Estaba armado con paredes talladas en las que se abrían ocho ventanas, con sus puertas y aldabas, todo ello guarnecido de paño verde en los costados y el techo.

En su interior había una cama de madera, colgada como balanza de cuatro soportes, para compensar el vaivén de la navegación. El lecho contaba con cortinas de paño verde y franjas e hiladillos a juego. Junto a una de las ventanas había una mesa de madera, también colgando en balancín .

Curioseando por la dependencia vislumbré un retrete y un par de cuartos más, que era fácil deducir que eran para los ayudas de cámara, pues tenían una especie de colchonetas en lugar de camas colgantes y un par de asientos que daban directamnte a la mar, en lugar del recatado retrete imperial.

Bajo cubierta un buen número de cámaras destinadas al alojamiento de los caballeros. Más bajo se encntraba la panetería, la cava, la salsería y el guardamangel. Llamaban la atención cinco grandes tinajas de barro para el agua, con tapaderas de madra y candados con llaves, pues era uno de los artículos más importantes y apreciados n la navegación.

 

En el castillo de popa un anciano de aspecto bastante venerable está mirando fijamente en mi dirección. Ha notado algo raro en mis movimientos. Pensaba que mi imagen estaba en modo suficientemente traslúcido para pasar desapercibido, pero no había calculado en la visión de un marino. Seguramente está dudando entre creer lo que ven sus expertos ojos, o desechar lo que le devuelve una vista ya cansada.

Como antes o después debo iniciar el trato con los congéneres de hace quinientos años, me acerco al personaje, a la vez que giro la ruedecilla para aumentar la intensidad de mi imagen. Así al menos le doy una oportunidad de pensar que no era un espejismo. Y me presento.

-Buenas tardes señor.

No voy a intentar reproducir las innumerables confusiones que producía mi inexperiencia en el trato social de la época. Os evitaré todos los intentos de comunicarme con «excelencias», «vuecencias», «señorías», «vuesa merced» y muchos más fallidos intentos. Trascribiré las conversaciones en un lenguaje más próximo al de nuestra actualidad.

-¿Quién es Usted? ¿No le conozco? ¿Qué hace en mi barco?

-Discúlpeme. He venido buscando a don Martín de Gaztelu, el secretario del emperador.

Me echó una mirada algo más tranquila.

-¿Es Usted el capitán de este buque?

-¿Buque? ―de nuevo pensé que no había dado con la palabra correcta―. Sí soy el dueño de la nao Espíritu Santo, la preferida por sus majestades para navegar entre sus reinos. Mi hijo es su capitán.

Me extrañó que el emperador, que había pasado toda su vida en pie de guerra, prefiriera la nave de un mercader a las poderosas naos y urcas militares que habían servido de simple escolta. Pero vistas las comodidades y el buen porte de la Espíritu Santo empezaba a entender su elección.

Me presenté con nombre y apellido. Al oirlo me preguntaron si era vizcaíno, pues ellos lo eran, de Bilbao, Bertendonas para más señas. Aproveché el cambio de rumbo y de tono para preguntarles si pensaban proseguir viaje y al oir que al día siguiente iban acompañar a Carlos V en su primera etapa por tierra, les pedí permiso para acompañarles y poder saber algo más de este viaje.

 

posdata: por si alguien aún no cree en la utilidad de mi «parato», compruébelo leyendo esta descripción que se hizo por entonces del «camarote» imperial y compárela con lo que ví yo mismo:

en la cubierta cimera, entre el mástil y la popa, hízose el alojamiento imperial. Formaba el alojamiento, en su medio, un pasillo oblongo, espacioso. A los lados del pasillo, había dos cámaras y dos camarotes. Las estancas, interiormente, eran en parte talladas y en parte cubiertas de lindos tapices flamencos, maravilla entre las maravillas. El suelo cubierto con gruesas alcatifas de verde color. Ocho ventanas con sus vidrios transparentes, daban a la mar. Todos los huecos bien ajustados, los cerramientos tenían burletes para cortar el paso al céfiro alterado, sibilante, bramador. La cama y otros muebles pendían de barrotes, con tenue balanceo, por evitar las molestias de la escora. Junto a la estancia imperial por de fuera había tres camarotes, uno para el sumiller de corps, otro para el guardarropa y el tercero para el ayuda de cámara. El resto de la cubierta cimera se destinó a la gente más prestanciosa de la comitiva imperial. En la cubierta baja se acomodaron los panaderos, reposteros, cocineros, despenseros y otros oficiales de boca.”

 

¡No os lo váis a creer!

Mañana empiezo una nueva ruta pedestre. Esta vez de Laredo a Yuste. Como de costumbre, intentaré llenar una página de blog cada día.

Esta vez hay sorpresa. Me he conseguido un artilugio que va a hacer más interesante esta crónica. Le he empezado a llamar el «parato». No me preguntéis como me he enterado de su existencia ni cuánto vale. No está aún en el mercado. Pero es realmente extraordinario.

Me permite, con algunas limitaciones obvias, cambiar de época a mi gusto. Girando unas ruedecillas y pulsando unos botones puedo conseguir relacionarme por el sonido y la imagen con gentes de otras épocas.  Aunque es una versión beta, funciona bastante bien.

Lo probé para ponerme en contacto con el secretario del emperador Carlos V, el que precisamente hizo esta ruta que voy a emprender, camino él de un retiro tranquilo en las montañas de Tormantos, donde se pone Gredos y se alza el monasterio yusteño. Enormemente sorprendido, rápidamente comprendió el interés de una visita del futuro y se las apañó para convencer a su majestad para que me pudiera incorporar a la comitiva.

Si tuvieron alguna duda, se esfumó cuando les dije que no sería ninguna carga, que no necesitaba ni montura, ni viandas, ni lecho. Todo eso correría de mi cuenta. Les acompañaría solamente unas horas cada día. Eran otros tiempos. No hubo que presentar más solicitud, ni abrir expediente alguno. Con esa simple anuencia verbal se me abría una ventana a otros tiempos.

Espero que este blog salga enriquecido con las conversaciones que pienso mantener con los compañeros de viaje, con los sputniks que acompañaron al rey que acababa de abdicar.