Por la ruta de la ofensiva del Duque de Wellington contra los franceses en 1813

Día 24 – 17 de junio. El hambre que no cesa.

Según pasan los días los batallones y regimientos empiezan a estar más cerca unos de otros. Se nota que Wellington está concentrando las fuerzas ante una posible batalla decisiva. Además estamos entrando en un laberinto de valles estrechos y con pocos caminos.

Esta mañana hemos salido de buena hora de Medina, pues nos espera una buena caminata y las divisiones tienen que ir una tras otra. Pensando en aprovechar la ocasión para palpar el ambiente en otros regimientos, me voy dejando caer. Bueno, no me resulta nada fácil mantener el ritmo de estos soldados.

Pero en un punto oigo una voz que sale de las filas. Es el viejo conocido Edward Costello, que me saluda con ganas de hablar. Esta vez tiene una anécdota calentita.

«Ayer tuvimos movida en el campamento. Como apenas recibimos raciones y el estómago nos las reclama, yo y uno o dos compañeros más, teniendo algunos centavos, decidimos salir a comprar pan en un pequeño pueblo que vimos al otro lado del río. Lo teníamos que hacer a escondidas, ya que no se nos permitía movernos de nuestro campamento, Vadeamos el río sin ser vistos y entramos en el pueblo. Allí, sin embargo, la alarma de la gente se hizo muy grande a nuestra aparición, y no queriendo aparentemente tener ningún trato con nosotros, pidieron un precio inmenso por el pan. Irritados por esta conducta, y apremiados por el hambre, cada hombre tomó una hogaza y arrojó el precio habitual en el país. Al ver que todos estábamos totalmente desarmados, porque ni siquiera teníamos nuestras armas de mano, inmediatamente la gente levantó un clamor contra nosotros, y tuvimos que correr para ponernos a salvo. Así lo hicimos, llevando los panes con nosotros, hasta que nos alcanzaron algunos de los campesinos de pies ligeros, que se nos acercaron con cuchillos y garrotes. Estando así nuestras vidas en peligro por el pan tan caro obtenido, nuestro grupo inmediatamente recurrió a las piedras para defenderse. ‘¡Muerte a los perros ingleses!, ¡matad a los perros ingleses!’, era el grito general de los españoles, mientras blandían sus largos cuchillos. Evidentemente estaban a punto de precipitarse sobre nosotros, lo que sería el fin de mis propias aventuras personales , y de las de mis camaradas, pues con toda probabilidad habríamos sido liquidados en el acto, cuando varios hombres de los regimientos 43 y 52, pertenecientes a nuestra división, llegaron corriendo, como nosotros, buscando alimento. Ahora era el turno de los españoles de retirarse, lo que hicieron a toda prisa.»

«Apenas habíamos escapado del ataque de los españoles y llegado a la orilla del río, cuando el general Sir Lowry Cole de la 4ª división vino galopando hacia nosotros con parte del estado mayor, como si fuera la policía militar. ‘¡Hola! ¡Grandes pillos de la Ligera! ¡Alto!’ fue la orden del General, mientras se quitaba los anteojos con patillas que solía usar. Un solo recurso nos quedaba, y era tirarnos al río, que en aquella parte era muy hondo, y cruzarlo a nado, manteniendo el pan entre los dientes.»

«Lo hicimos de inmediato, cuando Sir Lowry, en un tono agitado, que hacía honor a su corazón, gritó: ‘¡Regresen, hombres, por el amor de Dios, que se ahogarán! Regresen, y no los castigaré’. Pero los temores del general eran innecesarios; pronto llegamos a la otra orilla.»

«Al llegar a nuestro campamento resultó que habían pasado lista varias veces y nos habían marcado como ‘ausentes sin permiso’; pero tuvimos la suerte de escapar con una leve reprimenda.”

 

En la trasera del 95º A veces se ven soldados sueltos de otros regimientos, con sus casacas rojas, solos o en pequeños grupos. Mi primera impresión es que debe tratarse de soldados de batallones menos disciplinados. Por curiosidad me retraso y me acerco a uno de ellos para ver cómo llevan la inquietudes gastronómicas.

Nada más aproximarme me pregunta directamente si tengo algo para comer, y no parece que sea el quien quiera ofrecérmelo, sino que está hambriento, como casi todo el ejército aliado a estas alturas de la marcha.

Me cuenta su historia y la intentaré reflejar lo más fielmente posible, porque nos da una idea del ambiente que empieza a vivirse.

Se llama John Green y, como bien había adivinado, no pertenece a la División Ligera, sino al 68º regimiento, que está encuadrado en la 7ª, la del general Dalhousie. Ellos marchaban por nuestro flanco izquierdo, pero el relieve ha hecho perder algo del orden que se llevaba en las amplias llanuras castellanas y hay no pocos retrasados que aprovechan esa pequeña libertad para ir a su aire durante cada etapa.

Green tiene 23 años recién cumplidos, pues su aniversario fue anteayer. Huérfano de muy joven empezó a trabajar en un telar de alfombras. Cuando tenia solo 16 años un reclutador le ofreció formar un contrato de siete años por 16 guineas. Le pareció bien, pero su escasa estatura podía ser un inconveniente. No tenía más 1,56, cuando pedían al menos 1,65. En la revisión el oficial preguntó al médico si pensaba que aún podría crecer. Creo que más la edad era más la alimentación la que limitaba su crecimiento, pues a tenor de lo que me contaba el hambre había estado muy presente en su vida. Pero dadas las circunstancias de guerra lo aceptaron. Unos años más tarde, ya con veintiuno su batallón fue trasladado a la península.

Pero voy a dejar que cuente el:

“Ayer cruzamos el Ebro. Después que hubimos acampado, fui enviado de guardia al almacén de intendencia; Pero tal era la escasez de pan, que el deber de guardia era meramente nominal, porque no teníamos nada que proteger, excepto al suboficial de intendencia: hicimos todas las formalidades, colocando un centinela sobre su tienda y relevándolo cada dos horas. Aquí tampoco tuvimos pan, pero recibimos dos libras de carne de res, o más bien de carroña; porque estoy seguro de que la gente de Inglaterra no lo habría comido; Nunca vi nada igual antes.»

«Esta misma mañana (el 17 de junio) marchamos con la reata de mulas de intendencia: había algunas hogazas de pan, que estaban a cargo de unos soldados portugueses. Subiendo un cerro muy empinado, llegamos a un seto lleno de manzanos silvestres y tal era nuestro afán por conseguir comida, que nos pusimos a comerlos con tanta avidez como si fueran el manjar más delicioso.»

Yo le miré con algún escepticismo, ya que por esta fecha los manzanos no están nada crecidos, quizás fuera otro fruto? ¿quizás se tratara de cerezas? ¿o quizás de las bayas de su imaginación? Debía estar atento a posible gazapos para evaluar la verdad de su relato. Yo no voy a inventar nada de su testimonio. La verdad es que por lo que me contaba estaba bastante obsesionado con la comida desde hacía muchos días. ¡Que opinen los lectores!

“Por fin proseguimos nuestra marcha, pero no habíamos avanzado mucho cuando descubrimos que uno de los soldados portugueses estaba robando algunos de los panes. Lo atrapé en el mismo acto, y contándoselo a mis compañeros, hicimos una especie de consejo y lo hicimos prisionero, diciéndole que debíamos informar al oficial de intendencia. Nos dijo que si no lo denunciábamos, repartiría una hogaza entre nosotros. Estuvimos de acuerdo con esta oferta e inmediatamente nos sentamos y repartimos el pan. Tras comerlo, proseguimos nuestro viaje, pero el pequeño trozo de pan que había comido me dio tanta hambre que no sabía qué hacer conmigo mismo.»

«Tras caminar un par de millas, hicimos una propuesta al cabo de la guardia. Si nos permitía desviarnos dos o tres millas del camino para tratar de conseguir algunas provisiones, el tendría una parte de lo que pudiéramos obtener. Éramos cuatro en este grupo, dos de los cuales se llamaban Lee y Jones. Partimos en busca de algo para comer, y estábamos decididos a apoderarnos de lo que hubiera en el país. Sólo habíamos avanzado otras dos millas cuando descubrimos un pueblo al que entramos. Vimos a unos niños pequeños corriendo sueltos por las calles. Estaba a punto de preguntar a uno de ellos, cuando Lee me detuvo y dijo que tenía una idea mejor. Inmediatamente entramos en una de las casas, donde todo era ruina y desolación: los muebles rotos, los habitantes habían huido y no se veía nada de comer, excepto unas lonchas de tocino, que cogí y comí con glotonería. Salimos de aquella casa miserable y fuimos a otra que estaba habitada: el hombre, su mujer y sus hijos estaban en la puerta llorando; nos dijeron que los franceses se habían llevado todo el pan y la harina del pueblo. Eso no lo creímos. A pesar del clamor y la súplica de la familia, entramos en la casa y comenzamos a buscar sus escondidos tesoros alimenticios. Habiendo encontrado algo de trigo y maíz, salí de la habitación, muy complacido con mi premio. Luego nos reunimos frente a la casa y exigimos al campesino, en términos enérgicos, más provisiones, hablándole de nuestra necesidad.»

«En ese momento, un soldado portugués, que acababa de unirse a nuestro grupo, se me acercó y me dijo que un campesino había pillado a uno de mis camaradas en el establo y que seguramente iba a matarlo con su cuchillo. Al escuchar esto, descubrimos que Lee no estaba. El soldado portugués y yo fuimos inmediatamente a la puerta del establo, y con nuestros mosquetes la forzamos. Entonces supimos que Lee había prometido al español que si le le daba un poco de harina, nos engañaría con el resto. En el momento en que entramos en el establo, uno de los hombres agarró el saco de harina con la intención de llevárselo; en el forcejeo mi bayoneta cayó de su vaina, la agarró el español, y alzó la mano para traspasarme; pero el soldado portugués lo tiró hacia atrás, y Jones, siendo un hombre fuerte, agarró la bolsa y se la llevó triunfalmente. No podríamos habernos regocijado más si hubiera sido una bolsa de diamantes. Una vez que salimos del poblado , dividimos el botín dando a cada uno su parte correspondiente. Obtuve unas quince libras, pero Lee no tuvo parte con nosotros, porque consideramos que se había comportado infielmente. Después de dividir el balde, salimos de esta parte lo más pronto posible, y llegando al camino principal, proseguimos nuestra marcha.»

«No pude evitar reflexionar sobre la miseria y los horrores de la guerra: era el hambre, y solo eso, lo que nos impulsaba a muchos de nosotros a tomar lo que no era nuestro. Si nos hubieran descubierto, habríamos sido severamente castigados; porque nuestros comandantes eran muy estrictos en la protección de los españoles contra furores de este tipo. Pero el hambre es una espina afilada, y pocos habrían actuado de otra manera.»

«Enseguida llegamos a otro pueblo y encendimos un fuego para cocinar un poco de harina y agua, pero no teníamos ni un grano de sal. El primer hombre que pasó por allí afortunadamente tenía un poco, y le invitamos a participar de nuestra comida. Nada podía exceder la miseria de este pueblo: no se encontraba en él nada para comer; los soldados rezagados incluso habían robado a las abejas su miel y habían matado casi todas las aves de corral que pudieron encontrar. Yo mismo perseguí largo rato a una, pero no pude alcanzarla.»

«Después de degustar nuestra papilla de harina y agua, y descansar una hora, proseguimos nuestra marcha. Cuando habíamos caminado unas seis millas, nos sentamos a descansar al lado de un hermoso manantial de agua: una reata de mulas pasaba en ese momento. Uno de nuestro grupo consiguió una hogaza de pan y la compartió. En este momento pasaba una pobre mujer del ejército, y de la manera más conmovedora nos pidió un bocado de pan, diciendo que no había comido nada en tres días; pero tal era la escasez de ese valioso artículo, que no le dimos ni un trozo, pues no sabíamos cuándo podríamos conseguir otro. A algunos les puede parecer extraño que no aliviamos la necesidad de esta pobre mujer; pero no parecerá así cuando se considera que el pan pesaba sólo tres libras, y había seis hombres hambrientos para comerlo: además, había cientos en el mismo camino en la misma situación. En esta crisis que pasábamos, cada uno miraba por sí mismo, como ocurre invariablemente en tiempos de hambruna.»

«Tras haber comido nuestro pan y beber un trago de esta agua dulce y refrescante, proseguimos nuestra marcha. Pasamos por otro pueblo y vimos varias escenas dolorosas y desgarradoras entre los soldados hambrientos y sus esposas.»

«Llegamos al campamento de nuestra división alrededor de las ocho de la noche y nos unimos a nuestras respectivas compañías. Era mi deseo compartir la harina con mi camarada, pero él estaba de guardia. Después de la cena, me acosté en la tienda, puse la harina debajo de mi cabeza y dormí profundamente hasta la mañana; pero cuando me desperté, para mi gran dolor, casi toda mi harina había desaparecido. En verdad creo que si hubiera descubierto al ladrón, le habría podido matar, porque había arriesgado mi vida por la harina, y perderla de esta manera me pareció en ese momento algo difícil de sobrellevar. Hoy espero encontrar a mi camarada, pero solo podré darle una pequeña parte de la harina que había conseguido. Tenía la intención de que hubiéramos disfrutado juntos, pero parece que no lograremos calmar nuestra hambre.”

Aparentemente el ejército de Wellington avanzaba decidido a entablar combate con los franceses, pero la escasez de comida me creaba dudas de que pudiera llegar a buen término.

Día 23 – 16 de junio. Medina de Pomar. Longa el guerrillero.

Hoy tras unos kilómetros marchando por la orilla del Ebro. Al atravesar el desfiladero de Los Hocinos, hemos visto dos barricadas de piedra que cruzaban el camino real, restos de los toma y daca de franceses y guerrilleros. Luego nos hemos desviado hacia el noreste.

Las divisiones, que empezaron la ofensiva muy separadas al partir de las proximidades de la raya de Portugal, se han ido aproximando. Hoy han llegado a Medina de Pomar varias de ellas. Mientras preparar en campamento a orillas del río Trueba llega la noticia de que el mismo Wellington con su Estado mayor se instala en esta ciudad. Bueno, todavía no lo era, sino simple villa de no mucha población, menos del millar, pero constituía un centro neurálgico de las Merindades burgalesas.

El alcalde no fue cortés, ni la gente, como esperaban los ingleses a tener del recibimiento que habían tenido en otros pueblos y ciudades, se alegró de vernos. El pueblo estaba. muy lleno, pues los generales españoles Mendizabel y Longa estaban allí acuartelados a la llegada del ejército aliado, y no parecían dispuestos a hacer un hueco a los ingleses.

Las márgenes del Trueba, donde acampó el ejército angloportugués

Se instaló Wellington extramuros,  en el convento de Santa Clara, donde las monjas jugaron al escondite con su séquito. Esa misma noche reunió a los generales que estaban próximos y les invitó a cenar. Además de los de la División ligera (Alten, Kempt y Skerrett), estaban los de la cuarta (Cole, Anson…), la séptima (Dalhousie, Barnes, Inglis…), todas ellas acampadas en las cercanías. Por parte española, además del general Alava, adscrito al Estado Mayor de Wellington, estaba Mendizábal y Girón, que comandaba el ejército de Galicia, que marchaba pegado al ala izquierda. En aquella época no había miedo de que un misil pudiera desbaratar la cabeza del ejército.

Pero había además un invitado más que tenía muchas ganas de conocer, el guerrillero Longa.

En los primeros años de la guerra se habían creado muchas partidas guerrilleras. Bastaba que apareciera un líder en una comarca, reuniera un grupo de animosos, ya fuera por patriotismo o por doliente rencor frente a los abusos y represiones francesas, para que empezaran una lucha en el campo. Al principio asaltaban algún correo o pequeño convoy, pero pronto estos fueron protegidos con escoltas cada vez mayores. No tardarían en crearse columnas volantes de gendarmes o batallones regulares para perseguirlos. Con cada encuentro aumentaban las represalias de uno y otro lado, llegándose a extremos de crueldad como se ven pocas veces en la historia. El trinquete del odio impedía que esta espiral pudiera tener alguna marcha atrás.

Para 1812 pocos grupos guerrilleros se habían estabilizado lo suficiente como para ser una amenaza estratégica. Otros habían degenerado o desaparecido. Con los primeros el gobierno español, la Junta Central (en realidad se llamaba Junta Suprema Central Gubernativa del Reino ), la misma que había convocado las cortes constituyentes de Cádiz, estableció medidas para integrarlos de alguna manera en el ejército. Nombró coroneles y otros oficios militares a los cabecillas, les envió material de guerra -cañones ingleses-, y algunas instrucciones. A partir de 1812 les comunicó que quedaban a las órdenes de Wellington, como todo el ejército español.

Uno de estos guerrilleros con una historia de éxito era Longa y quería conocerlo.

Pero apenas pude entreverlo y cruzar unas palabras con él antes de esa cena, a la que por algún motivo que intuyo, no se quedó. No podré contar nada de sus labios.

No daba la imagen que muchos pudieran hacerse de un guerrillero de origen campesino. Era un hombre corpulento, bien vestido con una especie de uniforme de húsar . El grupo de caballería que lo atendía estaba vestido con regularidad y, aunque guerrilleros, parecían más regulares que la mayor parte del propio ejército español. Vestían chaquetas escarlata y se daban aire de importancia.

Aunque había cruzado alguna correspondencia con Wellington, Longa no lo había conocido hasta ese día. Creo que debía tener cierta aprensión, reforzada por estar en una ciudad donde acampaban varios miles de soldados británicos, de un país que durante siglos había sido un enemigo principal. Cuatro guerras había habido con ellos en los últimos ochenta años. Cada generación había tenido una, y ahora eran aliados, solamente porque tenían un poderoso adversario común.

Tampoco le podía traer buen recuerdo el lugar. El 16 de marzo de 1811 en la plaza de Medina habían ahorcado a Dionisio Alvarez “Colina” uno de sus lugartenientes. La víspera habían hecho lo mismo con otro, Mateo, esta vez en Villarcayo, a legua y media de acá. Acusados de “brigantes”, lo que hoy traduciríamos como terroristas. Era el momento más débil de la guerrilla.

Longa, con cuarenta y tres años

Longa tenía 30 años. Era alto y de buen porte, pero su nombre no le venía de su estatura sino del caserío vizcaíno donde había nacido como Francisco Tomás Anchía y Urquiza. De niño su familia se trasladó a un pueblo burgalés, en el camino real de Vitoria. Desde allí se tiró al monte en 1808 cuando el pueblo español se rebeló. Tras cuatro años de numerosos encuentros con los invasores, a los que produjo numerosas bajas, y tras haber creado una buena organización, en abril de 1812 le nombraron coronel y su partida recibió oficialmente un pomposo nombre: “División Iberia”.

Me hubiera gustado preguntarle si estos cambios habían influido en otros más importantes de comportamiento. Repasando la historia de sus hazañas hay algunas cosas que hielan la sangre. Pero las informaciones que he podido encontrar no son del todo concluyentes, posiblemente porque reconocerlas abiertamente o pueden que fueran exageraciones.

En octubre de 1809 parece que hubo un combate entre un par de centenares de guerrilleros y medio millar de franceses que escoltaban un convoy de Bilbao a Burgos. Las crónicas hablan de que quedaron en el campo más de cuatrocientos muertos y solo hubo un puñado de prisioneros.

El no respetar la vida de los vencidos, heridos y prisioneros, parece haber sido una táctica habitual de la guerrilla.

Ya tuvo entonces sus más y sus menos con los mandos del ejército. Se conserva su correspondencia con el Mariscal Nicolás Mahy y Martín. Aunque Longa era tenido por uno de los jefes de partidas más humano y generoso, sus explicaciones de cómo se salvaron 14 de los cuatro centenares de franceses, provocaron el disgusto de aquel.

Con la progresiva integración de las partidas al ejército se ordena que la requisa de abastecimientos y otros géneros se sustituya por la compra directa. Paralelamente, se comienza a recaudar fondos de manera semejante a la de la Real Hacienda en tiempo de paz. Como Longa tenía querencia a las requisas, la Junta de Burgos le comunica que la Regencia se ha enterado de «la aflicción de los pueblos de la provincia de Burgos por la conducta de Longa» como jefe militar del distrito y el trastorno que la Administración de Hacienda Pública padece por las providencias de aquél, que han creado confusión y anarquía, al haber nombrado una nueva Junta y empleados.Para acabar con esa situación se ordena a Longa que rinda cuentas de los fondos que ha manejado y revoque el nombramiento que hiciera de comisionados para recaudar dineros, granos, salinas y rentas nacionales.

 

Quizás, por estos antecedentes, cuando debe quedar a las órdenes de Wellington, este le escribe a principio de 1813, de forma diplomática pero tajante sobre estos dos temas:

Mucho le agradeceré que me haga saber lo que ha hecho con sus prisioneros, enviándome los recibos de aquellos a quienes se los entregó”.

El generalísimo tiene que moverse por una estrecha cresta. La fuerza de Longa y de otros guerrilleros como el Charro o Mina, era muy importante, y no podía perder su apoyo. Pero tampoco podía tolerar esos métodos. Para ello le recuerda que su “expediente” en el gobierno es muy oscuro, lo que puede afectar a su futuro tras el fin de la guerra. Al parecer había bastantes denuncias de abusos, desfalcos y malversaciones contra Longa. Por ello le dice:

El Gobierno me ha enviado unos papeles relativos a querellas que se han hecho llegar a Cádiz contra vos, sobre las cuales aprovecharé otra vez para escribiros. Nadie conoce mejor que yo las dificultades de la situación en que os ha puesto,y con la forma en que os habéis conducido, y los beneficios que la nación ha obtenido de vuestros servicios; pero le recomiendo que sea muy cauteloso y justo en todos tus procederes.

El país debe apoyar las tropas que es necesario emplear contra el enemigo común; pero el país tiene derecho a esperar que las cargas impuestas se impongan con igualdad y que se apliquen fielmente a los fines para los que se imponen; y, sobre todo, que cuando hayan pagado grandes contribuciones para el sostenimiento y mantenimiento de las tropas, no sean hostigados por requisiciones adicionales, y por saqueos, y demás consecuencias de la indisciplina de las tropas».

Parece que a Longa algunos le apodaban  “Papel”, por la facilidad para extender papeles o vales cuando hacía esas requisiciones, que luego los vecinos nunca podían cobrar. El dinero guerrillero-fiduciario.

Un poco de paciencia

Hoy he llegado a Vitoria, justo 210 años después de la famosa batalla. El mismo día y hora, siguiendo los mismos caminos. Tras 400 km. estoy a punto de finalizar mi caminata. Pero aún tengo bastante tarea pendiente para completar mis artículos diarios. Caminar, investigar y escribir por momentos se vuelven incompatibles. Ahora, con más tiempo voy a ir colgando sucesivamente los siguientes episodios de esta historia. Prometo que no todos serán tan sangrientos como algunos de los precedentes. Pero no hay que olvidar que estoy intentando reflejar el ambiente de una guerra que ya duraba casi seis años y que posiblemente fue la experiencia más dura que tuvo el país desde las pestes de siglo XIV.

Los nuevos artículos irán debajo de esta nota y siempre en orden cronológico. No dejéis de preguntar o comentar cualquier cosa que os parezca de interés.

Gracias por vuestra atención.

 

 

 

Día 09 – 2 de junio. Verdaderamente ligera

El ejército reemprende la marcha. Tras una semana en los alrededores de Salamanca, se ha puesto en movimiento, pero no por la carretera real de Valladolid y Burgos, como parecía lógico, sino directamente hacia el norte. Wellington quiere cruzar cuanto antes el Duero y reunirse con el ala izquierda y los cuerp0s españoles que se acercan desde Galicia y el Cantábrico.

Esto ya se sabía anoche. Pero se me olvidó preguntar la hora de partida y cuando me he presentado de buena hora en el campamento… ya no quedaba nadie. Incluso el ganado, la impedimenta y los numerosos acompañantes que siguen a los ejércitos habían empezado a moverse, aunque más lentamente.

Me dicen que el objetivo es llegar hoy mismo a las orillas del Duero, en las puertas de Toro. Son más de 40 kilómetros.

Aunque no lleve ni el pesado fusil, ni la bayoneta, manta, cantimplora, mochila, mudas… me va a resultar imposible seguirlos. Voy a tener que recurrir a mi «parato» y viajar por el tiempo y el espacio y acercarme d un salto a su destino. Al menos los veré llegar e instalar su campamento.

 

Hace hoy un buen día. Me cuentan que muy cerca de aquí, a unos pocos kilómetros al norte de Toro, ha habido un encuentro entre la caballería francesa, los dragones, y la inglesa, los hússares. Es el clásico choque entre los escuadrones de retaguardia y de vanguardia, ya que ambos ejércitos emplean a la caballería bien para despejar, bien para obstaculizar el camino de oponente. Dicen que ha habido varias decenas de bajas. Ha sido un encuentro bastante casual; el primero de alguna importancia desde que salimos hace diez días. Pudiendo haber rehuido el combate, se nota el ánimo de pelea de ambos contendientes.

En Toro no había ni altas montañas, ni abetos, pero sí chocaron un gran número de hússares (800) y dragones (800)

Pero a orillas del Duero, bajo la silueta de la colegiata de Toro, todo parecía mucho mas tranquilo. Las divisiones de Graham, que manda el ala izquierda, ocuparon la ciudad ayer. He visto llegar a las vanguardias de la Ligera, pero ya habían venido, con alguna protección armada, los aposentadores y al ganado que va a servir hoy de cena.

Veo que todo está muy organizado y que se sigue de cerca las instrucciones escritas para los rifleros:

Primero llegaron los oficiales de aposentamiento, que buscaron en los pueblos vecinos alojamiento para los oficiales y decidieron dónde instalar el campamento.

Luego llegaron lo que llamaban «camp colour men», un soldado por compañía, con banderolas de colores, para delimitar dónde sus compañeros pondrían las tiendas.

Lugo llegaba el responsable de intendencia, acompañado de dos matarifes que iban a sacrificar inmediatamente a las vacas u otros ganado, para que cuando llegaran los soldados tuvieran la comida troceada para que la prepararan.

Finalmente, van llegando las compañías de la División. En pocos minutos el campamento está instalado, las guardias puestas y hay tiempo para el baño en el río y la prepatración de la comida.

Finalmente irán llegando los retrasados, débiles y enfermos, en una especie de «coche escoba», que marcha más lento, a la par que los carros de enfermería e intendencia, el resto del ganado y los innumerables acompañantes. A veces esta cola puede prolongarse varios kilómetros.

Vuelvo a encontrarme con algunos de los conocidos, los soldados españoles, Costello y otros. No muestran cansancio, aunque haber aguantado más de cuarenta kilómetros llevando una veintena de kilos de equipaje, no está al alcance de cualquiera. Orgullosos de su regimiento me aseguran que en la marcha de hoy, de los casi mil quinientos rifleros, solamente seis han llegado en el «coche escoba». Me parece realmente asombrosa la capacidad de resistencia y sufrimiento que tienen estos hombres. Supongo que forma parte sustancial del entrenamiento para luego enfrentarse a un combate sangriento sin retroceder.

 

Al anochecer subo a Toro. Aquí está Wellington y esta vez quisiera encontrarlo. Paseando por la muralla que da al puente encuentro a varios oficiales degustando los vinos. Entre ellos está un personaje interesante, el juez militar G3eorge Larpent, encargado de proceder con los consejos de guerra del ejército inglés. Digo interesante, no solo por las anécdotas que cuenta, sino porque me hace falta intensificar mis relaciones con personas que descarten del todo cualquier sospecha de espía que pudiera despertar un extraño personaje como yo, cuando me presento con mi «parato».

Tras unas amables presentaciones, me pregunta directamente ¡por el cambio climático! Y yo, descortésmente, me echo a reir. Ante su sorpresa le digo que puede ser un buen tema de conversación si nos encontramos en futuras etapas, lo que parece despertar su interés. Bueno, evidentemente no dijo «cambio climático»; me preguntó si el clima que estaba haciendo esa primavera era normal en España.  Como eso tiene su miga, dejaré la cuestión para otro día, que yo también quiero probar el blanco de Toro.

Día 08 – 1 de junio. Los españoles de Wellington.

Al día siguiente, una vez instalado el campamento, me dijeron que varios rifleros me estaban buscando.

Estaban vestidos de verde y con su sombrero de tubo de chimenea, como todos. Pero por su aspecto, color del rostro y gestos, no parecían ser ingleses o escoceses. Al saludar quedó claro que eran españoles.

No sé si fue mayor mi sorpresa al encontrarlos aquí o su alegría por poder hablar con un compatriota con el que entenderse mejor que con el portuñol que, como mucho, se esforzaban a hablar los oficiales a su cargo. Eran gentes sencillas, así que tampoco había manera de que en el batallón se entendieran en francés. Pero entenderse, acababan entendiéndose, con palabras sueltas y gestos encadenados.

Les pregunté cómo habían caído en el 95º y me dijeron que entre voluntaria y forzadamente. Algunos, antes de ser reclutados por el ejército español, habían preferido las filas inglesas, convencidos que habría mejor comida, calzado y paga. Al fin y al cabo los ingleses eran los que disponían de dinero y suministros en alguna abundancia.

Otros me dijeron que se habían visto forzados por las autoridades, que estaban buscando cómo rellenar el cupo de españoles. En mayo del año anterior, dentro de la coordinación entre ambos ejércitos, se acordó que en algunos batallones ingleses, bastante mermados por las duras batallas de ese año, se incluyera un centenar de reclutas españoles. Eso supondría que uno de cada ocho soldados fuera español aunque parece que nunca lograron alcanzar una cifra tan alta.

Uno del 95º. The 95th Rifles Battle Re-enactment & Living History Society

Entre ellos había un inglés, llamado Edward Costello, uno de los veteranos, me lo explicó con más detalle:

—»Nuestros regimientos, debido a la constante colisión con los franceses, se reducían excesivamente, y los reclutas de Inglaterra llegaban muy lentamente.Finalmente los jefes vieron necesario que se incorporaran algunos españoles; con este propósito, varios suboficiales y hombres fueron enviados a los pueblos adyacentes para reclutarlos. En poco tiempo, y con sorpresa nuestra, se nos unió un número suficiente de españoles para dar diez o doce hombres a cada compañía del batallón. Pero el misterio pronto fue desentrañado, y por los propios reclutas, quienes, al incorporarse, nos dieron a entender, con un gesto hacia el cuello y un sonoro ‘¡Carajo!’, que solo tenían tres alternativas para elegir: ingresar a los batallones británicos, apuntarse a la partida guerrillera de Don Julián, o ser ahorcados.»

Iba a preguntar sobre este don Julián, pero no fue necesario. Costello tenía tantas ganas de hablar conmigo como el puñado de españoles

—»¡Don Julián! ¡Don Julián Sánchez, a quien llaman ‘El Charro’, tan bien visto por los generales! Pero su despótico dominio y su trato amenazante, habían enfriado la inclinación de muchos de sumarse a la guerrilla. Algunos huyeron apresuradamente de los bosques y dehesas, por temor a encontrarse con esa partida y verse obligado a unirse a ellos, y con mucho gusto se unieron a los regimientos británicos. Muchos de ellos incluso fueron nombrados cabos y, de hecho, demostraron ser dignos de sus nuevos camaradas, a quienes rivalizaban en cada empresa de coraje y determinación.

Rebuscando más información para comprobar si lo que me decía Costello era verdad, parece ser que sí, que el ejército británico, a l que no parecía faltarle ni dinero ni armas, andaba muy escaso de hombres y apenas podía cubrir las bajas con el sistema de voluntariado que tenía, ni aunque lo forzara un poco. Se cuenta que la Junta-gobierno española autorizó a mediados de 1812 a que los británicos reclutaran cinco mil españoles en sus divisiones, a cambio de una ayuda de un millón y armas y uniformes para cien mil soldados españoles.

El acuerdo, parece que negociado por el general Alava, entraba en los detalles. Debían ser tratados como cualquier otro recluta, sin discriminación. Aunque como Alava era bien conocedor de los castigos corporales que se empleaban aún en el ejército británico, debió pedir a Wellington que transmitiera a los comandantes de los regimientos, el deseo de que estos voluntarios fueran tratados con suma bondad e indulgencia, frente los grados habituales del sistema de disciplina.

Si finalmente se echaba a los franceses, los soldados españoles no tendrían que salir de su patria para seguir combatiendo, sino que recibirían un mes de paga para poder volver a sus hogares. Teniendo en cuenta que a pesar del cuidado que tenían los oficiales, de vez en cuando surgían roces por cuestiones religiosas entre británicos anglicanos y españoles católicos, se dejó firmado que se les permitirá asistir a los servicios Divinos según los principios de la Religión Católica Romana.

El sargento da instrucciones a los rifleros. The 95th Rifles Battle Re-enactment & Living History Society

Sus oficiales y compañeros parecen estar contentos con el comportamiento de los españoles del 95º, que forman un nutrido grupo de más de un centenar. Parece que tuvieron bastante éxito en integrarse en este regimiento tan particular. Quizás las casacas eran menos brillantes, y los bailes menos alegres, pero el espíritu del grupo y la forma de combatir se ajustaba mejor a esos hombres. Pero Costello, que es sargento, me cuenta que también aportaban al batallón un elemento extra que le incomodaba.

—». . . teníamos varios españoles en nuestro regimiento. Estos hombres eran generalmente valientes; pero uno en particular, el nombrado Blanco, era uno de los más atrevidos y expertos tiradores que teníamos en el batallón. Su gran valor, sin embargo, estaba manchado por un amor por la crueldad hacia los franceses  a los que detestaba, y de los que hablaba con las expresiones más feroces. En cada misión que teníamos él siempre estaba en el frente; y era maravilla ver cómo escapaba de los tiros del enemigo; su singular inteligencia a menudo lo salvó. Su odio al Francés era, creo, ocasionado por su padre y hermano que eran campesinos que habían sido asesinados por un forrajeador francés. Desde este día dio muchas pruebas horribles de este sentimiento apuñalando implacablemente y golpeando con la culata de su fusil a cualquier francés que tuviera a mano, aunque estuviera herido. Esta matanza en la que estaba tan abismado, sin embargo, fue detenida por un veterano de nuestro regimiento que, aunque padeciendo una herida severa en la cara, se exasperó con la crueldad del español, y lo derribó con un culatazo. Blanco se volvió contra él y solo a duras penas pudimos evitar que el español lo apuñalara”.

 

Día 07 – 31 de mayo. Por fin alcanzo a la Ligera

Tras una semana siguiendo su rastro, ¡por fin alcanzo a la Ligera!

Habiendo salido esta mañana de la ciudad, ya estoy llegando a la zona donde están concentradas las divisiones del centro y del ala derecha del ejercito aliado. En el camino he encontrado a un oficial que me ha dicho que «el Cuerpo de Sir Rowland Hill y la División Ligera estaban acampados aquí. Que es un buen país para la caza, abierto, en general, pero con bosquecillos pintorescos y bosques jóvenes aquí y allá, que proporcionan amplio refugio y alimento.”. En realidad se trata de dehesas a las que los ingleses no están muy habituados. Me sorprende que en plena guerra las vean con mirada cinegética, que sigue siendo una de sus aficiones principales. Muchos oficiales se han traído de las islas sus rifles de caza, poco aptos para la guerra, e incluso perros y aprovechan la menor ocasión para cazar, ya sea liebres o malvices.

Afortunadamente la mandaron parar y han estado cinco días acampados en los amplios espacios entre La Urbada y Aldeanueva de Figueroa, a unos 20 km al norte de Salamanca. De no ser por este alto, ordenado por Wellington para que el ala izquierda del ejército, que remonta el Duero por el norte pero aún no había atravesado el río Esla, pueda ponerse a la par, creo que nunca les habría alcanzado.

Pero esta circunstancia me ha impedido conocer a Wellington. Ayer, cuando llegué a Salamanca, pregunté por su Cartel General, dispuesto a presentarme. No quedaba ni rastro. Había llegado el 26, a la par que las divisiones de vanguardia y pocas horas después de que los franceses la abandonaran. Recibidos como libertadores, la ciudad, que había cambiado varias veces de manos a lo largo de la guerra, esperaba que esta vez la salida del ejército napoleónico fuera definitiva.

Entrada de Wellington a Salamanca en 1813. William, Heat

Al día siguiente se cantó Te Deum en la catedral. Wellington iba con levita gris, corbata blanca, espada vieja y el sombrero de picos, habitual de los altos oficiales. Castaños y otros generales españoles asistieron en traje de gala.

 

Cuando están en marcha, los batallones vivaquean, cambiando de sitio noche tras noche. No tienen tiempo de acampar como es debido. Hay muchas tareas que hacer, establecer guardias, levantar las tiendas, recoger leña, preparar la comida… El equipaje que les acompaña no siempre llega a tiempo, o lo hace muy tarde. Todo es algo provisional. Pero, en cuanto la parada se prolonga, el carácter del campamento empieza a cambiar. Hay más tiempo libre para hacer más cómodo el campamento, para cocinar, repasar los avíos, charlar e incluso cantar.

He llegado al atardecer, en un momento de cierto relax.

Campamento. The 95th Rifles Battle Re-enactment & Living History Society

Así que voy a aprovechar este momento de tranquilidad para contar

Voy a presentaros cómo está organizado el ejército británico, o mejor dicho el anglo-luso, ya que los portugueses constituyen en torno a un tercio del efectivo total.

El grueso está constituido por la infantería, a la que complementan dos docenas de escuadrones de caballería, que por sus características de movilidad y necesidades logísticas, tienen una gran autonomía, aunque suelen adscribirles a las diferentes divisiones. Y la artillería, los ingenieros….

La infantería está organizada en por 8 divisiones, que denominan con el número del 1 al 7. La octava es, como habréis podido imaginar la División Ligera, que tiene algo de especial hasta en el nombre.

Las divisiones están formadas por cierto número de batallones de infantería, en número que varía entre 10 y 16. Un batallón completo tiene ceca de 800 hombres, pero casi nunca lo están, así que una división suele tener de media unos 8.000 soldados.

La Ligera es de las más pequeñas, con poco más de 5.000 soldados, de ellos unos 1800 portugueses. Del resto la mayor parte pertenece a un solo regimiento el 95º, que es el que pretendo seguir.

Este regimiento tiene bastantes características diferenciales. Para empezar un regimiento clásico de infantería solía tener dos batallones. Uno que estaba desplegado en el exterior, ya fuera aquí en la península o en Canadá, la India … El batallón parejo estaba acuartelado en el Reino Unido y servía de apoyo, reclutando y entrenando a los soldados que irían de refuerzo al otro. El 95 tenía tres batallones y los tres estaban juntos en la Península, dentro de la misma división.

El mismo número el 95 indica que era de creación muy reciente, pues los números solían asignarse por orden de llegada.

En 1800 se había creado un Cuerpo Experimental de Rifleros, con el fin de incluir los Rifles, un arma relativamente novedosa, haciendo una selección entre los mejores tiradores de otros regimientos. Tres años más tarde se constituyó oficialmente como regimiento, así que en el momento de esta historia no tenía más que diez añitos. Las largas y pesadas tradiciones de otros regimientos ingleses no estaban presentes.

Había muchas novedades en estos tres batallones, pero mejor que nos lo vayan contando los protagonistas o lo que vean mis ojos.

Al acercarme una cosa me llama la atención.

Los colores del ejército aliado. The 95th Rifles Battle Re-enactment & Living History Society

El color distintivo del ejército inglés es el rojo. Bueno, ahora podría decirse que es el Pantone 190CP pero el rojo de entonces estaba menos normalizado. La industria de los tintes textiles es larga, pero en general su producción era costosa. El rojo brillante de miles de uniformes era una manera de mostrar poder económico, además de esplendor.

Había dos manera de producir el color de las “casacas rojas”. El más barato, y empleado para los uniformes de los soldados era con el pigmento llamado “rojo de alizarina” o “rojo turco” extraído de las raíces de una planta bastante extendida. Pocos soldados de los que habían invernado en el entorno de Fuenteguinaldo cerca de Portugal se habrían imaginado que uno de los pueblos más cercanos se llamaba Villasrubias por la abundante presencia de esa planta, la rubia o granza, Rubia tinctorum para los amigos botánicos. Para los uniformes de los oficiales se usaba otro pigmento mucho mas caro-el de la rubia tampoco era barato-, el que se extrae de la cochinilla, ya sea de la mediterránea que se alimenta de coscojas o de la americana.

Pero los del 95º habían decidido que su color no podía ser llamativo. No iban a combatir en grandes grupos, sino escaramuzando, aprovechando el paisaje para ocultarse, aproximarse y alejarse del enemigo. Optaron por un verde discreto y bastante tristón.

No he conseguido saber qué pigmento utilizaban para teñir los uniformes de verde oscuro. Por entonces estaba de moda el Scheele’s green, inventado en 1775 y que tuvo mucha expansión. Estaba basado en cobre y arsénico. Era bastante tóxico, algo que entonces no se sabía y acabaría usándose como insecticida. Dicen que Napoleón pudo llegar a morir por intoxicación con este pigmento de los papees pintados de su casa en Santa Elena. Sería un colorido paralelismo con el color de los uniformes que tanto daño hicieron a su ejército. Pero tampoco sería muy saludable para los soldados del 95º.

Pero no todos eran verdes. Estaban los azules del regimiento portugués y los marrones de los caçadores de ese país. Además los otros batallones británicos usaban el habitual escarlata.

El oficial que me ha acompañado me ha explicado que la División Ligera está compuesta por batallones del 95º (los verdes), el 43º y 52º (ambos rojos), todos ellos ingleses y por un regimiento portugués, el 17º, además de dos grupos de «caçadores». Me dice que cada uno tiene su personalidad bastante acusada y que, por eso, normalmente el ejército no suele hacer intercambio de soldados. Me cuenta que

«El 43 forma un alegre grupo. Son como los dandis del ejército; los grandes animadores de representaciones teatrales, cenas y bailes, que suelen celebrarse en su campamento. Los del 52 son hombres muy caballerosos y de aspecto firme; se mezclan poco con otros cuerpos, pero les gusta asistir a las funciones del 43 con buen humor circunspecto. Y si alguna vez se relajan y se contagian de la alegría de aquellos, no tardan en volver a ser los del 52 de siempre.

Los del 95, los rifleros, son escaramuzadores en todos los sentidos de la palabra; una especie de deportistas salvajes y a la altura de toda descripción de la diversión y el buen humor. Nada les salía mal: hasta los mismos árboles parecen responder a su jolgorio y fragmentos de sus rimas sarcásticas corrían por todos los campamentos y vivaques.»

Quería preguntar más detalles por estos del 95º, pero una mirada que el oficial echó hacia su tienda me convenció que seria esa conversación podía esperar a mañana.

Día 06 – 30 de mayo. Antonio & Henry

Tras varias leguas atravesando el campo charro, me voy acercando a Salamanca.  Hace unos días se instaló allí el cuartel general de Wellington y en torno a la ciudad se encuentran acampado gran parte de su ejército. Espero alcanzar por fin a la vanguardia y encontrar al 95º de la División Ligera, con quien me gustaría seguir el resto de la ofensiva.

Se comenta que el 26, cuando llegaron las primeras escuadras de caballería se toparon con algunos franceses que estaban evacuando la ciudad y hubo los primeros combates de esta campaña.  Por ahora parece que ante el avance inglés se van retirando, pero todos creen que esa táctica no durará mucho y en algún momento se revolverán y presentarán batalla.

No muy lejos de la ciudad, el camino real tiene una densa circulación de carros, ganados y personas. No son todos, ni muchos menos militares. Son las gentes que siguen a todos los ejércitos en movimiento, algunos a sus órdenes, otros buscándose la vida por sus propios medios.

Según me acercaba he observado a cierta distancia a un paisano que, en fuerte contraste con los que seguían el camino, rebuscaba algo por las cunetas. Creyendo que sería el único que ya estaba instalado en el lugar y no un recién llegado, me he acercado a preguntar por el campamento de la Ligera.

—No lo sé, Señor. Acabo de llegar con mi amo.

En la mano llevaba un cesto de castaño con varias plantas. En ese mismo momento añadía al montoncillo unos hinojos.

—¿Estás recogiendo hierbas medicinales?

—No, no, —dijo con una amplia sonrisa.

—Mi amo es médico, es oficial en un destacamento sanitario. Yo soy su cocinero y recojo solamente especias para la cena.

Tenía un acento poco habitual para mí.

—¿Eres portugués?

—Sí, de Coimbra. Allá me encontró mi amo, el capitán Henry. Le puedo llevar donde él. Seguramente sabrá donde acampa la División Ligera.

Las tiendas del destacamento sanitario estaban a orillas del Tormes, a una milla de Salamanca. En medio de un pequeño grupo, sentado en el suelo y sobre cajas se encontraba un joven, de no más de 22 o 23 años, con su uniforme rojo impecable, hablando a ese pequeño auditorio, formado por soldados y alféreces aún más jóvenes. Le escuchaban con atención, un poco de admiración y un semblante de cierta preocupación. Por lo nuevo de sus uniformes debía tratarse de algunos de los Me paré a cierta distancia y pude entender que estos eran refuerzos recién llegados. Me paré a cierta distancia y pude entender que el cirujano les contaba su bautismo de fuego, que al parecer había tenido lugar el año anterior en el asalto de Badajoz.

El asalto de Badajoz- R.C.Woodwille

—…llegué al puente sobre el Guadiana en tres cuartos de hora, pero mi sorpresa fue grande. En vez de encontrar todo tranquilo tras el combate, y a todos ocupados en atender a los heridos y en hacer los preparativos para enterrar a los muertos, como yo había esperado, vi una escena de la más espantosa embriaguez, violencia y confusión. Grupos de hombres ebrios, liberados de toda disciplina y restricción, e impelidos por sus propias malas pasiones, deambulaban y se tambaleaban; disparaban contra las ventanas, abrían las puertas descargando sus mosquetes contra las cerraduras, saqueando y disparando a cualquier persona que se les opusiera, violando y cometiendo todos los excesos horribles y, a veces, atacándose ente sí…

No me había repuesto de mi impresión del relato de anteayer , cuando volvía a encontrarme con los horrores de la guerra. Pensé en alejarme y buscar a otro que me informara. Pero en ese momento el oficial me miró, haciendo un leve gesto de extrañeza, quizás de desprecio por mi rara vestimenta, nada marcial, y decidí quedarme. Al fin y al cabo era un testigo directo de lo que pasó y podría aprender algo.

—¿Quienes fueron?— preguntó uno de los oyentes más jóvenes, haciendo que el sanitario se volviera a dirigir al grupo

—Había muchos portugueses, pero la mayoría eran soldados ingleses; y entre estos, sobresalían los de dos regimientos de la tercera división, pero no diré sus números.

Los soldados se movían incómodamente. En esa batalla participó el regimiento que espero alcanzar, el 95º de rifles, que había tenido muchísimas bajas, algunos decían que hasta un 40% de la fuerza de combate. Seguramente algunos de los oyentes venían a reemplazarlos y escuchaban con una mezcla de orgullo de cuerpo y de temor por lo que les pudiera acontecer. El orador prosiguió su relato.

Wellington inspecciona tras el asalto de Badajoz. R.C._Woodville

—Me encaminé en medio de un confuso y peligroso tiroteo hacia la puerta de Talavera donde estaba la brecha principal del asalto. Allí, de hecho, había una escena terrible. En un espantoso montón yacían mil quinientos soldados británicos, muertos, pero aún tibios, y entremezclados con algunos aún vivos, pero tan desesperadamente heridos que no podían salir de él. Yacían rígidos, con sus cuerpos sangrientos, apilados unos sobre otros, envueltos, entrelazados, aplastados, quemados y ennegrecidos. Una horrible y enorme masa de carnicería, mientras los oblicuos rayos de sol de la mañana, irradiando débilmente esta colina de muertos, me parecían pálidos y lúgubres como durante un eclipse.

Se notaba la inquietud de los oyentes. Me impresionaba el estilo de la descripción, capaz a la vez de impresionar a las futuras víctimas de los combates y de realzar el valor del orador. A mí me preocupaba particularmente que en el camino que seguía el ejército se interponían muchas fortalezas amuralladas, Burgos, Pancorbo, San Sebastián, Jaca o Pamplona. ¿Lograrán librarse de asedios o serán escenario de sangrientas tragedias?

—Me uní a algunos de los oficiales médicos que estaban atendiendo los casos más urgentes y estuve amputando miembros destrozados por balas, desde la mañana y hasta el siguiente amanecer; luego, comiendo apresuradamente una galleta, parcialmente ennegrecida con pólvora y tomando un sorbo de vino de la cantimplora de madera de un soldado, regresé a mi cargo en Campo Mayor.
Las campanas seguían repicando alegremente a intervalos, y todo el mundo estaba regocijándose, ¡regocijándose! después de lo que acababa de presenciar! ¡Después del terrible sacrificio de dos mil de las mejores y más valientes tropas del mundo! ¡Después de que la pila compactada de sangre todavía esté fresca en mi ojo! ¡Después de los lastimosos significados y las agonizantes exclamaciones que aún torturan mi oído! ¡Alegría después de todo esto!
Habiendo creado este clímax, hizo además de callarse, pero los soldados le pedían que prosiguiera su relato. Así que añadió algo que fuera más reconfortante y pedagógico para los jóvenes soldados.
—Al día siguiente, cuando habíamos avanzado cerca de una legua, vimos a lo lejos que se acercaba una gran multitud. Era la guarnición francesa de Badajoz, en número de unos tres mil quinientos prisioneros, en camino a embarcarse para Inglaterra. Como, supongo, sería el caso con cualquier otra tropa en circunstancias similares, había una diferencia llamativa en la apariencia y el porte de los veteranos de los soldados jóvenes. Los primeros tenían una mirada audaz y segura de sí misma, que decía: «N’importe—c’est la fortune de guerre—notre temps viendra». Los pobres jóvenes reclutas, por el contrario, parecían completamente abatidos; sus miradas furtivas, tímidas, delataban el temor de descubrir a su alrededor un arma cargada o un cuchillo en mano de algún habitante del país.

Dicho esto se alejó hacia una tienda y Antonio y yo fuimos tras él. Nos presentamos, él Walter Henry, irlandés de Donegal, médico, deportista y escritor. mi presentación fue más complicada; dije algo así como corresponsal de guerra de una lejana época. No hubo preguntas, solo una invitación para visitar esa misma tarde la ciudad.

Con un grupo de oficiales fuimos de visita «cultural». Al volver, Henry me mostró sus anotaciones: «Salamanca presenta la apariencia de un lugar antiguo muy venerable, solazándose entre magníficas ruinas, por la consideración de su antigua grandeza. La gran Plaza, considerada la mejor de España, es ciertamente soberbia; y la catedral es un noble edificio gótico, conservando aún, dos o tres murillos que, habiendo sido escondidos, escaparon a la rapacidad francesa. Esta ciudad ha sufrido terriblemente durante la presente guerra; porque ha estado casi todo el tiempo desde 1809, en posesión del enemigo. Se nos mostraron largas masas de ruinas, restos de calles destruidas por Regnier, en las proximidades de los conventos fortificados».

Pero a pesar de mi deseo de ver a Wellington, no fue posible. Había partido el día anterior hacia Miranda do Douro para coordinarse con el ala izquierda y el ejército español de Galicia. Eso explicaba que las divisiones se hubieran detenido en Salamanca para no adelantarse excesivamente. Ya empezaba a desesperar que algún día pudiera encontrarle.

Finalmente me dijo que no sabía donde estaba el 95º regimiento de rifles. Posiblemente con el resto de la División en Aldeanueva de Figueroa, a unos 25 km al noroeste de Salamanca. ¡Por fin, una etapa más y los alcanzaré!

—Siendo español te recomiendo que preguntes por el capitán Harry Smith. Su esposa es un española que protegió durante el saqueo de Badajoz. Estará con el en el campamento y te podrá contar su historia.

 

 

Día 05 – 29 de mayo. Boada de ayer, hoy y antesdeayer

Necesito un descanso.

Aunque sabia que iba a tratar, no de una marcha de alegres soldados al son de tambores, sino de la guerra en toda su crueldad, necesito, al menos por un día, bajar el nivel. No puedo alejarme del tema, pero, al ver que la etapa de hoy me lleva muy cerca de un pueblo llamado Boada, del que tenía alguna noticia curiosa, he decidido alejarme de la columna que sigue al ejército y desviarme un poco.  Esta jornada dejaré desconectado mi «parato» y no viajaré al pasado más que a través de documentos antiguos. Intentaré de paso descubrir cómo se vivía en estas tierras por aquellos tiempos, para entender mejor lo que les supuso la guerra a nuestros antepasados.

Boada saltó a la prensa nacional a fines de 1905 con una noticia que algunos encontraron alarmante. Yo vi en ella más bien la vitalidad de un pueblo.

Boada se encuentra casi a mitad de camino entre Salamanca y Ciudad Rodrigo. Un poco apartado del camino real, pero próxima a una población de cierta importancia y muy cerca de donde la División Ligera ha vivaqueado esta noche. No está perdida en las montañas, sino al alcance de las requisas y saqueos.

El 8 de diciembre el periodista Mariano de Cavia suelta la bomba en «El Imparcial». Se adelantó por unas horas, pisando la exclusiva,  quien había levantado la liebre desde Londres. Se trataba de Ramiro de Maeztu, corresponsal en la capital británica. A esta ciudad había llegado un periódico argentino que informaba el 6 de noviembre que un pueblo español había pedido formalmente permiso y ayuda al presidente argentino para mudarse en bloque a aquel país. Se trataba de Boada. El médico y el secretario le habían escrito una carta rogando que «admitiera un pueblo entero, o la mayor parte de él, con todas sus clases sociales, como son labradores, carpinteros, herreros, albañiles, médico, boticario, zapateros etcétera».

Maeztu, que por entonces simpatizaba con el socialismo fabiano,  hace en su artículo un brillante llamamiento a los boadenses: «No es con la huida como se vencen las dificultades, sino haciéndolas frente. Si vuestra tierra es pobre, enriquecedla con vuestro trabajo. ‘La tierra vale -ha dicho alguien- lo que el hombre que la cultiva’. Si el fisco os maltrata, alzaos contra el fisco y haced que en vuestro alzamiento os secunden los muchos pueblos que sufren con vosotros. Si los terratenientes os esquilman, protestad contra ellos. No creáis que vuestra protesta se ahogará en el vacío; no imaginéis que todas las orejas se han vuelto sordas para los clamores populares. En ese Madrid, donde hay tanta corrupción y miseria, hay también mucho entusiasmo generoso, hay muchas plumas que se pondrían al servicio vuestro, si vuestros males les fueran conocidos (…). Y si vuestra desesperación fuera tanta que os impulsara a medidas extremas, haceos la justicia por vuestra mano, imitad el ejemplo de Fuenteovejuna… todo antes que huir cobardemente».

Tiene bastante ironía que el mismo Maeztu acababa de irse de España para encontrar un trabajo mejor y un ambiente más favorable en Londres criticara así a sus compatriotas que tenían el mismo objetivo. Al parecer él no consideraba que lo suyo era una cobarde huida. Para muchos agricultores y artesanos las oportunidades que les ofrecía Argentina no eran menores que las que podía encontrar un intelectual en la capital inglesa. Pero era incapaz de entenderlo y se unió al grupo que quiso apagar los sueños de esta población que entreveía un futuro mejor.

 

 

Tenía Boada entonces 1.146 habitantes y sus campos no eran de los peores de la región. Contaba incluso con una estación de ferrocarril por la que pasaba una línea que en aquellos tiempos los ponía en comunicación con Oporto, Paris y Londres. Pero no le veían futuro a seguir en esas tierras o confiaban, por informaciones de anteriores emigrantes al Río de la Plata que su futuro iba a ser mucho mejor.

 

Para no extenderme mucho diré que la reacción de los estamentos oficiales fue rapidísima y al mismo tiempo ineficaz, pero consiguieron que el pueblo no se fuera. Había miedo que cundiera el ejemplo y algunos diputados y senadores interpelaron al Gobierno en cosa de horas. El día 10 de ese mes, que era domingo, hubo reunión del Consejo y trataron del tema: «el ministro de Fomento dio cuenta de que, desgraciadamente, se han confirmado las noticias de que el pueblo de Boada trataba de emigrar en masa a la República Argentina. Añadió el señor Gasset que puesto de acuerdo con el gobernador de la provincia, ha conseguido que el citado pueblo desista de su propósito, y hoy irán dos ingenieros para informar acerca de las obras públicas que pueden allí realizarse». Increíble. Todo en 48 horas de un fin de semana (claro que en aquellos tiempos un sábado no era distinto de un martes o un jueves.

Si alguien se cree que, con los medios de comunicación de entonces, el telégrafo y poco más; lograron convencer al pueblo que había mandado esa carta de forma discreta, tendrá que hacer un gran esfuerzo para convencerme.

El martes 12 salieron de Madrid para Boada un ingeniero de caminos y otro agrónomo del ministerio. Entretanto se publican más artículos detallando la situación del pueblo e interpelaciones en el Senado, todas ellas cargadas de un dolido patriotismo. Algunos periódicos andan fotógrafos para mostrar la imagen del pueblo.

El mismo día de Navidad se celebra un consejo de ministros que estudia ya los informes enviados por los ingenieros. Han pasado solo dos semanas desde que saltó la noticia.

En adelante el proceso fue algo más lento, porque hubo que preparar y presupuestar un proyecto para crear un «centro de divulgación agrícola». El 24 de abril fue aprobado por el ministerio. Todo un récord.

El pueblo no se fue en masa. Ese fue el «éxito» de los políticos e intelectuales. Pero, ¿fue lo mejor para los boadenses? Muchos no cejaron en la idea. Entre 1900 y 1930, 900.000 españoles emigraron a Argentina, y no fue ese el único destino. Entre ellos hubo no pocos de estas tierras salmantinas. Muchos de ellos prosperaron de una manera que no hubieran podido soñar en España y, además, se libraron de una cruel guerra civil.

 

 

 

¿Cómo vivían los boadenses y en general los salmantinos un siglo antes de esta polémica, cuando su tierra era hollada una y otra vez por ejércitos, propios y extranjeros, o por partidas guerrilleras?

He echado un vistazo al catastro de Ensenada de mediados del XVIII, es decir un par de generaciones antes de la invasión napoleónica. Los ritmos de aquella época eran extremadamente lentos para lo que nos hemos acostumbrado en el XXI, así que su imagen puede servir para principios del XIX.

«lo más del término son tierras de secano, para trigo unas, para centeno otras, algunas cortinas para herrén o verde (siembras de avena, cebada, trigo, centeno y otras plantas para forraje) para el ganado de labor, algunos prados valles que dicen rodillos, y entrepanes (tierras no sembradas, entre otras que lo están). Las tierras de pan traer y centeneras se siembran un año y descansan dos. Cuando se cultivan dan entre 4 y 6 fanegas de trigo, por fanega sembrada (actualmente la productividad en este tipo de tierras es cinco o seis veces mayor).

Las cuentas no salían. De las 750 hectáreas de posibles sembradíos con que contaba el pueblo, cada año solamente se podía contar con la cosecha de 250, y de esta un 20% había que reservarla para la siembra del año siguiente. No era mucho para mantener un pueblo de varios cientos de habitantes. Las huertas ayudaban, pero plantas como las patatas no estaban muy extendidas aún. Quedaban los garbanzos, otro alimento fundamental, que algunos sembraban. Y el lino, para el que arrendaban tierras más apropiadas en otros pueblos. En el pueblo un tejedor se encargaría de preparar los lienzos.

El ganado era escaso y la mayor parte de labor, pues sin caballos, mulas o bueyes la supervivencia era casi imposible. Desgraciadamente esos animales eran los primeros buscados por los militares, porque eran despensas andantes. Un millar y medio de ovejas y cabras podían servir de capital de reserva, pero las familias más pobres apenas disponían de un par de cabras con este fin. Suerte si las intendencias los pagaban en dinero contante y sonante, y no con un papelito de recibo firmado por algún cabecilla de banda o algún furriel, que tenía pocas posibilidades de ser cobrado en algún lejano futuro.

¿Y el paisaje? Bastante desolador. Algunos piensan que ha sido la sociedad moderna la que ha acabado con los bosques, pero la situación era entonces bastante trágica. Se informa que en la dehesa boyal, la reservada para alimentar a los valiosísimos animales de labor, «hay algunas encinas y robles, aunque en corto número y fructifican alguna bellota y no todos los años». Hay un pequeño monte de un centenar de hectáreas, que debía ser apenas suficiente para cubrir las necesidades de leña y madera Y los informantes añaden que «en todo el término, además de esas encinas no hay más que cinco o seis morales y ocho o nueve álamos negros inútiles«.

Un grupo de raras moreras supervivientes, en Topas (Salamanca)

Justísimo para sostener la población. Insuficiente si se sucedían algunos maños años. Imposible para alimentar el apetito voraz de  los grandes ejércitos que iban a pasar una y otra vez. ¿Cómo se las arreglaban? Intentaré enterarme en próximas jornadas.

 

 

Día 04 – 28 de mayo. Tras las batallas.

NOTA PREVIA: De lo que he contado en días anteriores ya se puede adivinar algunos de los horrores de las guerras. Lo de hay oscurecerá aún más la imagen. Aunque tomo casi literalmente las palabras de testigos de los hechos, advierto que son muy duras, por si alguien quiere saltarse este artículo. Y os ahorro cualquier imagen; las palabras ya son suficientemente espantosas.

 

Para la etapa de hoy he buscado la compañía de un grupo de soldados recién llegados de Inglaterra para reponer las bajas. He hecho buenas migas con un jovencísimo alférez que va a incorporarse al 88 regimiento, los Connaught rangers, de la 3ª División. Al llegar a Lisboa se encontró con unas cartas de un viejo amigo suyo que había servido hasta hacía unos meses en ese mismo regimiento. Las iba leyendo y releyendo, como una especie de bautismo de fuego de papel.

En el camino me habló apasionadamente de lo que le contaba, entre otras cosas de la descripción de la batalla de Fuentes de Oñoro, en el que esos batallones del 88 habían participado a las órdenes del general MacKinnon, el que moriría en Ciudad Rodrigo.

En un alto del camino le pregunté qué es lo que más le había impresionado de lo que contaba su amigo, un dublinés llamado William Grattan, y tras un incomodo silencio, rebuscó en su morral y me pasó una de las cartas. Le contaba que un par de días después de la batalla de Fuentes de Oñoro había ido al hospital a visitar a un amigo que había sido herido:

Al día siguiente, el 6, no hubo combates; cada ejército mantuvo su posición y Vilar Formoso siguió siendo el destino de los heridos. Este pueblo está bellamente situado sobre una escarpada colina, a cuyos pies discurre el riachuelo de Oñoro. Su situación saludable y tranquila, sumada a su proximidad al escenario de la acción, lo convertían en un lugar muy apropiado para nuestros heridos; el perfume de varias arboledas de árboles frutales contrastaba deliciosamente con el olor que se acumulaba en la llanura de abajo; y el cambio de escenario, sumado a un fuerte deseo de ver a un hermano oficial, que había sido herido en la acción del día 5, me condujo allí.

Al llegar al pueblo, tuve poca dificultad para encontrar los hospitales, ya que cada casa podría considerarse uno, pero pasó algún tiempo antes de que descubriera al que estaba buscando. Por fin lo encontré.

Constaba de cuatro habitaciones; en él estaban alojados doce oficiales, todos malheridos. La habitación más grande tenía doce pies por ocho, y este apartamento tenía por ocupantes a cuatro oficiales. Junto a la puerta, sobre un fardo de paja, yacían dos miembros del 79º Highlander, uno de ellos con un disparo en la columna. Me dijo que lo habían herido en las calles de Fuentes el día 5, y que aunque antes había sentido mucho dolor, ahora estaba perfectamente tranquilo y libre de sufrimiento. Yo estaba poco ducho en medicina, pero, sin embargo, no me gustó la descripción que hizo de sí mismo.

Pasé a donde estaba mi amigo; sentado en una mesa, con la espalda apoyada contra una pared. Una bala de mosquete le había penetrado en su pecho derecho, y perforando sus pulmones le salió por la espalda- Debía su vida a la gran destreza y atención de los Doctores Stewart y Bell, de la 3ª División. La cantidad de sangre que le habían extraído era asombrosa; tres, ya veces cuatro, veces al día lo sangraban, y su recuperación fue uno de esos casos extraordinarios que rara vez se presencian.

En una habitación interior había un joven oficial escocés con un disparo en la cabeza. El suyo era un caso perdido. Estaba delirando y tuvo que ser sujetado por dos hombres; su fuerza era asombrosa, y más de una vez, mientras yo permanecía allí, logró escapar de las manos de sus asistentes. El ayudante del oficial entró poco después y, agachándose, preguntó a su amo cómo se sentía, pero no recibió respuesta; tenía medio vuelto el rostro; el hombre tomó la mano de su amo, todavía estaba caliente, pero el pulso había cesado, estaba muerto. Lo repentino de la muerte de este joven afectó sensiblemente a sus compañeros; y me despedí de mi amigo y compañero, Owgan, completamente impresionado con la idea de que nunca más lo volvería a ver.

Regresaba al ejército cuando me llamó la atención un extraordinario bullicio y una especie de gemido medio ahogado que salía del patio de una quinta o casa nobiliaria.

Miré a través de la reja y vi a unos doscientos soldados heridos esperando a que les amputaran alguno de sus miembros. Otros llegaban a cada momento.

Sería difícil dar una idea del espantoso aspecto de estos hombres: habían sido heridos el día 5, y éste era el 7; sus extremidades estaban tan hinchadas que tenían un tamaño enorme. Algunos estaban sentados en el suelo, apoyados contra una pared, bajo la sombra de varios castaños, y muchos de ellos estaban heridos en la cabeza y en las extremidades.

Los rostros espantosos de estos pobres muchachos ofrecían un deprimente espectáculo. Los regueros de sangre que les habían corrido por las mejillas estaban ya bastante endurecidos por el sol y daban a sus rostros un tono vidrioso y cobrizo; sus ojos estaban hundidos y fijos, y entre los efectos del sol, del cansancio y la desesperación, parecían más un grupo de figuras de bronce que algo humano- Allí estaban sentados, silenciosos y como estatuas, esperando su turno para ser llevados a las mesas de amputación.

Al otro lado del patio yacían otros cuyo estado era demasiado impotente para que pudieran sentarse; de tanto en tanto. un débil grito surgía de entre ellos, dirigido a los que pasaban cerca, pidiendo un trago de agua. Eso era todo lo que se escuchaba.

Un poco más adelante, en un patio interior, estaban los cirujanos. Estaban despojados de sus camisas y ensangrentados.

La curiosidad me llevó adelante; varias puertas, colocadas sobre barriles, servían de mesas provisionales, y sobre ellas yacían los diferentes sujetos a los que operaban los cirujanos; a derecha e izquierda estaban brazos y piernas, arrojados aquí y allá, sin distinción, y el suelo estaba teñido de sangre.

El Dr. Bell iba a cortar la pierna por el muslo a un soldado del 50º y me pidió que le ayudara sujetando a aquel hombre. Era el cirujano una de las personas de mejor corazón que he conocido, pero, tal es la fuerza de la costumbre, que parecía insensible a la escena que se desarrollaba a su alrededor, y con mucha compostura comía almendras que sacaba de los bolsillos de su chaleco. Me ofreció algunas para compartir conmigo, pero, ni aunque me dieran el universo por ello, no podría haber tragado un bocado de nada.

La operación del hombre del 50º fue el espectáculo más impactante que jamás haya presenciado; duró casi media hora, pero le salvaron la vida.

Saliendo de este lugar hacia la calle, pasé apresuradamente. Cerca de la puerta, un ayudante de cirujano estaba amputando la pierna de un viejo sargento alemán del 60º. Evidentemente, el médico era un joven poco experto y Bell, nuestro cirujano de planta, se tomó muchas molestias para instruirlo.

Es una opinión bastante generalizada, que cuando la sierra atraviesa la médula del hueso, es cuando el paciente sufre el dolor; más intenso Pero ése no es la realidad. El primer corte y la sección de las arterias es lo peor. Mientras operaban al viejo alemán, parecía insensible al dolor cuando la sierra estaba en funcionamiento; de vez en cuando exclamaba en un inglés chapurreado, como si estuviera cansado: «¡Oh, Dios mío!, ¿aún no está cortada?», pero él, al igual que todos los que vi, sufrieron mucho cuando introdujeron el cuchillo por primera vez, y todos pensaron que se les aplicó hierro al rojo vivo cuando les cortaban las arterias. El joven doctor pareció muy complacido cuando acabó la operación del sargento, y sería difícil decidir quién esta más feliz de haber terminado, si él o su paciente; por todo lo que pude observar, creo que el doctor hizo su debut amputador con el muñón del viejo alemán.

Me dije a mí mismo en unas pocas palabras, por no llamarlas plegarias, que, si alguna vez me tocaba perder a alguno de mis miembros, no fuera este joven doctor quien me operara.

Fuera de este lugar había una inmensa fosa para recibir a los muertos del hospital general, que estaba cerca. Doce o quince cuerpos habían sido fueron arrojados a la vez, y se cubrían con una ligera capa de tierra, y así sucesivamente, hasta llenar el pozo. Bandadas de buitres ya comenzaron a revolotear sobre este lugar, y ahora Vilar Formoso, un paraje tan agradable hace solo unos días, se había vuelto un lugar horrible.

Esta fue mi primera y última visita a un hospital de amputación, y aconsejo a los jóvenes caballeros, como yo lo era entonces, que eviten acercarse a un lugar semejante, a menos que estuvieran obligados a hacerlo. La mía fue una visita accidental.”

Día 03 – 27 de mayo. Ciudad de los asedios

Llego a Ciudad Rodrigo, pensando encontrar el cuartel general de Welington. Pero el pasó por aquí el 22, lunes en 1813, y no se detuvo más que unas horas para ir a instalarse en Tamames, más cerca de las avanzadas de su ejército.

Hace solo unos días pasaron por aquí cerca algunos regimientos de la División Ligera a la que pretendo alcanzar. Los regimientos habían acampado a orillas del río Agueda. Como sé que antes o después los voy a alcanzar, aprovecharé para tratar del tema de los asedios.

Esta es una cuestión importante en guerra como esta, y lo había sido desde hacía milenios. Cuando un ejército decidía hacerse fuerte en una población amurallada, o eran sus propios habitantes quienes decidían defenderse, al ejército atacante se le presentaba un gran problema.

Buena parte de la técnica militar ha evolucionado reflexionando sobre este problema. ¿Cómo hacer muros más resistentes? ¿cómo configurar fortalezas inexpugnables? ¿Cómo construir obuses y cañones capaces de romper esas defensas? ¿Cómo excavar minas para con su explosión derribar muros y bastiones? De los avances en artillería e ingeniería pocos se acurdan, salvo que visiten un museo muy especializado. De las obras defensivas tenemos un extraordinario muestrario en forma de ciudadelas, murallas…

Menos conocida es la preparación sicológica para el asalto y la defensa. Porque, ha semejanza de muchas guerras modernas, en los asedios de ciudades participan no dos, sino tres elementos: los dos ejércitos y la población civil que las habitan. El hambre y la sed, las enfermedades, la moral, juega un papel determinante que suele desencadenarse por el eslabón más débil, el de los civiles, que no tuvieron la posibilidad o el acierto de escapar antes de verse encerrados.

A veces la población civil es aliada del defensor, a veces del atacante y espera ser liberada. A veces, ni lo uno ni lo otro. Pero sea cual sea su posición, no deja de ser un rehén.

Y otro elemento determinante en las decisiones de los generales, y de los propios soldados, es la desigualdad del campo de batalla. Protegidos por los muros y revellines, es más fácil y menos costoso en vidas humanas, defender que atacar. Imaginaros la próxima vez que visitéis una ciudadela lo que supondría atravesar ese espacio y escalar muros, aunque estos ya estuvieran parcialmente derruidos por la potente artillería de asedio.

La ciudadela de Ciudad Rodrigo

Tantos siglos de durísimos asedios llevaron a una forma algo más civilizada de resolverlos. Se entendía que una rendición conllevaba un trato más humano, tanto para los soldados como para la población civil (si era enemiga del atacante), que a lo sumo debía pagar una fuerte suma para compensar, entre otras cosas, las promesas frustradas de botín y saqueo.

Pero como los defensores estaban obligados, por convicción o por órdenes amenazantes, a presentar batalla, se entendía que esa rendición era honorable solamente si el enemigo estaba a punto de asaltar la ciudad o si el hambre y las enfermedades impedían continuar con la defensa. En tiempos napoleónicos esto se entendía cuando las reservas de alimentos se habían agotado o cuando las murallas estaban suficientemente debilitadas y se habían abierto brechas, de manera que en horas o días se iba a producir el asalto armado por la infantería.

Estos asaltos eran terriblemente sangrientos y la proporción de atacantes que morían o quedaban malheridos era altísima. A menudo los generales pedían voluntarios, a los que les llamaban los “enfants perdus” o “forlorn hope” según el bando. No eran solo los más valientes, sino que tenían que reforzar ese valor con buenas dosis de ron y promesas de botín y saqueo. Una vez desencadenado el asalto, era muy difícil detenerlos, aunque tuvieran órdenes de no saquear, por ejemplo porque se tratara de una población aliada.

En fin, que los asedios y asaltos eran de los momentos más trágicos y terribles de las guerras. Uno de los temores de esta ofensiva es que acabara con sitios como ya los había habido en Zaragoza, Gerona, Badajoz… o Ciudad Rodrigo

Esta ciudad estaba amurallada desde hacía siglos, pero paralelamente a la de su gemela portuguesa de Almeida, fue modernizada en los siglos XVII y XVIII, siguiendo las innovaciones de Vauban. Así que a franceses y británicos les parecían posiciones sólidas. Por eso en esta guerra sufrió dos sitios, con sendos asaltos.

En el primero los franceses atacaban al ejército español, que contaba con el apoyo de la población. Finalizó el 9 de julio de 1810 con la rendición de la plaza tras un prolongado bombardeo que destruyó la ciudad. Hubo casi quinientos muertos dentro de la plaza, lo que da idea de la presión que tuvieron. Por parte francesa, hubo “solo” 180 muertos, a pesar de ser los atacantes, ya que la rendición les ahorró la parte más sangrienta y comprometida del asalto. Sin embargo, algunos soldados franceses, viendo frustradas sus expectativas de saqueo, se quejaron y decían que si los españoles hubieran tardado un cuarto de hora más en mostrar la bandera blanca, el asalto ya se hubiera lanzado y nada hubiera podido evitar las violencias, robos y destrucciones que se “merecían” las ciudades que no se rendían. Hay que añadir que el general Masséna también estaba interesado en evitar el saqueo, para evitar complicaciones al rey José, instalado por Napoléon y que quería lograr algún apoyo o al menos reducir la oposición del pueblo español.

El segundo asalto fue más sangriento, con casi un millar de muertos entre ambos bandos. Finalizó con un asalto completado el 20 de enero de 1812. En esta ocasión la población no apoyaba a la guarnición francesa, que los ingleses asaltantes consideraban como aliada. Pero se produjo la catástrofe que puede esperarse cuando se desencadenan las fuerzas de la guerra.

Los ingleses limitaron su bombardeo a una parte de las murallas y a la catedral, convertida en polvorín, cuya fachada quedó como si hubiera sufrido la viruela.

La fachada de la catedral punteada por los proyectiles

Un muro mellado enmarca la torre catedralicia

Los asaltantes atacaron por dos brechas abiertas en la muralla a cañonazo limpio. Una de ellas les correspondió a los “forlorn hope” de la División Ligera.

Todo fue muy rápido; el ataque empezó a las 7 menos diez de la tarde del 19 de enero, aprovechando la oscuridad de la noche invernal. Un estudio francés escrito unos años más tarde lo cuenta en detalle: “en cabeza de la columna marchaban ciento cincuenta zapadores, llevando cada uno dos sacos de brezos que arrojaron al foso, para reducir la profundidad de cuatro a solo dos metros y medio. Los ingleses saltaron sobre los sacos o bajaron por las escaleras que llevaban preparadas y se dispusieron a escalar por la brecha de la falsabraga… “ que tenía veinte metros de ancho y una pendiente poco pronunciada. Entretanto los de la División Ligera atacaron otra pequeña brecha, algo alejada y peor defendida. Rápidamente desbordaron a los franceses y entraron en la ciudad. Para las 8 de la noche la ciudad había caído.

En esos setenta minutos las pérdidas inglesas fueron terribles: 146 muertos y 560 heridos.

Alguno se pregunta ¿cómo se abre una brecha en muros de piedra con cañones antiguos? Con insistencia: las baterías británicas dispararon 9.515 cañonazos en los que utilizaron 34 toneladas de pólvora.

Aunque para el final del día los franceses se habían rendido, nada pudo detener un improvisado saqueo, a pesar de que la población era aliada y las órdenes eran de evitarlo, que duró hasta el amanecer. Lord Wellington no logró parar este desorden más que mandando al ejército evacuar la ciudad, no dejando más que algunos retenes de guardia para restablecer la tranquilidad y apagar el incendio que duró seis días y amenazaba con destruir la ciudad.

Hay un elemento en esta historia que me ha interesado en especial para mi caminata. Entre los muertos estaban los dos generales ingleses que encabezaban el ataque, McKinnon y Craufurd. Este último era no solo el jefe en este ataque, sino ademas el jefe de la división ligera y su verdadero creador. No podre encontrarlo en mi caminata pero estudiare las instrucciones que dejó para sus regimientos y que fueron buena parte clave de su éxito.

El general dirige a sus hombres y  cae herido según grabados de época

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Voy a reproducir las frases que Charles Stewart escribió al hermano mayor de Crauford, comunicándole por carta su muerte:

Lord Wellington decidió que debería ser enterrado por su propia división cerca de la brecha que tan valientemente había conquistado. La División Ligera se reunió frente a su casa, en las afueras del Convento de San Francisco, a las 12 horas del día 25; la 5ª División se alineaba en el camino desde su cuartel hasta la brecha; los oficiales de la Brigada de Guardias, caballería, 3.ª, 4.ª y 5.ª Divisiones, junto con el General Castaños y todo su Estado Mayor, el Mariscal Beresford y todos los portugueses, Lord Wellington y todo el Cuartel General avanzaban en la lúgubre procesión.

Fue llevado a su lugar de descanso sobre los hombros de los valientes muchachos que había conducido; los Oficiales de Campo de la División Ligera oficiaron como portadores del féretro; y toda la ceremonia se llevó a cabo de la manera más gratificante, si se me permite tal epíteto en una ocasión tan desgarradora. Me asigné la lúgubre tarea de ser el principal doliente; y me asistieron el capitán Campbell, los tenientes Wood y Shaw, y el Estado Mayor de la División Ligera. ¡Se ha tenido cuidado de que sus valientes restos nunca puedan ser perturbados, y yace donde la posteridad conmemorará sus hazañas!

No descuidaré sus asuntos mundanos; sus papeles, estuche, libros, etc., y todo lo que crea que pueda ser en lo más mínimo gratificante como recuerdo, o importante, será cuidadosamente sellado, embalado y enviado por uno de sus servidores más confidenciales a Londres tan pronto como sea posible. Sus caballos y equipo de campaña se enajenarán en pública subasta, en el mejor provecho, como es costumbre en casos semejantes. Se hará y remitirá un inventario exacto del conjunto; se liquidarán todas las demandas que hubieren contra él, y sus servidores serán pagados y despedido”.

Aquí se encontraba la segunda brecha. Cerca debe estar enterrado Craufurd y no muy lejos la fosa común de sus soldados.

¡Enterrado en la misma brecha en donde fue herido! Seguramente la fosa común de sus ciento cincuenta compañeros no se encuentre lejos. Así se evitaban también los latentes problemas entre “anglicanos y papistas” que impedía que los ingleses fueran enterrados en los cementerios españoles.

Esta mañana, al amanecer, antes de enfrascarme con mi “parato” y proseguir mi ruta, he vuelto a visitar el lugar. Evidentemente se confirma que salvo esos pocos años de las guerras napoleónicas, ingleses y españoles han sido más a menudo enemigos que aliados. Ninguna lápida o monumento queda que señale dónde pudiera estar la tumba del valiente general Crauffurd y sus hombres.

 

 

 

 


Día 02 – 26 de mayo. Guerrilla de guerrillas en Fuentes de Oñoro

Inicialmente, como introducción a la guerra real había pensado en relatar la batalla que tuvo lugar aquí en Fuentes de Oñoro los días 3 y 5 de mayo de 1811. El 4 descansaron para retomar fuerzas para seguir matándose.

El oficial español que me acompañó ayer me ha hecho cambiar este plan, para contar otro aspecto de la guerra bastante inesperado (bueno, quizás no tanto). Pero no está de más que escriba algo sobre este pueblo y aquella batalla, porque creo que tiene alguna relación con el suceso que voy a contar más adelante.

Fuentes de Oñoro está situado muy cerca de la “raia”, una frontera establecida en la edad media, frente a Vilar Formoso. Ambos han constituido una de las membranas de paso fronterizo más importantes entre ambos países, incluso antes de que se construyeran vías férreas y autovías. La razón es que al norte y al sur la geografía dificulta el tránsito.

Por eso fue una zona tan disputada en aquella guerra.

Por aquel entonces Fuentes de Oñoro era un villorío de la Comunidad de Villa y Tierra de Ciudad Rodrigo, con unos pocos cientos de habitantes que malvivían en unas tierras pobres. Sin embargo esta batalla la hizo conocido en toda Europa, apareciendo en las crónicas periodísticas, pintándose cuadros e incluso apareciendo su nombre en el Arco de Triunfo de Paris.

Fuentes de Oñoro en el Arco de Triunfo parisino

Fue una batalla importante en la que se enfrentaron dos de los generales más importantes Masséna y Wellington, que contaban en total con unos 80.000 infantes, casi 5.000 de caballería y casi un centenar de cañones. El primer día los combates fueron especialmente sangrientos y se desarrollaron entre las casas y cercas de piedra del pueblo. Solo ese día hubo cientos de muertos. Al final, cuando los ejércitos se separaron tras el día 5, sumaban ya 600 muertos y 3.500 heridos, muchos de los cuales morirían posteriormente o quedaron inválidos.

La batalla de Fuentes de Oñoro en un cuadro de Charles Turner de 1811

Parece bastante natural que tras esta hecatombe, cuando el ejército británico instaló por dos años sus reales de invierno, evitó instalarse en este pueblo, que tanto podía recordar las muertes de sus camaradas, y se distribuyeron en pueblos vecinos como Fuenteaguinaldo, Alameda o Espeja. En cambio se instaló una oficina de enlace del ejército español, que no había participado en la batalla. Una de sus funciones era la de integrar las partidas guerrilleras en las estructuras formales del ejército, para lo que contaba con el apoyo de los ingleses que proporcionaba dinero, uniformes y armas, incluso cañones. En julio de 1812 se había aprobado un reglamento para tener mas sujetas y controladas las partidas guerrilleras, al parecer con difícil aplicación.

En esta situación, sucedió hacía solo 3 meses lo que me relató mi acompañante y que me apresuré a confirmar documentalmente.

La noche del 15 de febrero de 1813 , lunes, una descubierta del guerrillero Marquinez se encontró con otra del Rojo de Valderas, a media legua de Fuentes de Oñoro a la que atacó sable en mano, arrollándola. El Rojo, se retiró hacia el pueblo, luchándose en las calles, pero su defensa fue vana y fue expulsado, quedando allí catorce muertos. Escapando hacia el páramo y el monte , fueron perseguidos y batidos hasta que se rindieron a eso del mediodía del martes. Un primer informe decía que para las cinco de la tarde habían recogido ya 34 muertos de ambas partes, pero que aún había por los campos muchos más.

El berrocal del Calvario, dominando el viejo pueblo de Fuentes de Oñoro

Llama la atención que en el choque de dos ejércitos enemigos, durante dos días y con armas pesadas murieran 600, menos del 1% de los combatientes, y que el enfrentamiento entre dos grupos guerrilleros, cada uno de los cuales posiblemente no pasaba de 150 o 200 hombres, en doce horas, provocara la muerte de más del 10%. Los enfrentamientos debieron ser brutales y sin cuartel.

He averiguado que además participó otra banda guerrillera, la del conocido como El “Verdadero cocinero Valdés”, aliado del pelirrojo leonés (en esa provincia estaba Valderas de donde provenía él y su apodo).

El jefe de Estado Mayor del ejército de Galicia, desde Lugo, llevaba tiempo intentando controlar sin éxitos a estos guerrilleros, especialmente las partidas del Rojo y el Cocinero, que se comportaban de un modo escandaloso. Pero no sabía cómo hacerlo y se limitó a mandar “que los destacamentos de tropas regladas los observasen y procuraran atraerlos ya que la corta fuerza no permitía se verificase de otro modo”, pero que teste esfuerzo se había frustrado por los acontecimientos de Fuentes de Oñoro.

Un informe militar dice que “los excesos y falta de conducta de las partidas de guerrilla extinguen el patriotismo y dan lugar a que los Pueblos hallen menos odiosa la conducta de los enemigos”.

Sobre los enfrentamientos de Oñoro añade que “por mucho que se medite sobre el modo de poner término a este genero de males, no se alcanza cuáles pueden ser las medidas que los mitiguen, a lo menos haciendo mas útiles las guerrillas, sin que sean una de las causas principales de la decadencia de nuestra caballería y el fomento de la deserción. Como las partidas de guerrilla tienen sus defensores y apasionados, e influyen de un modo muy directo en la opinión pública en el modo de hostilizar a los enemigos, su arreglo y reforma es obra muy detenida y que exige gran pulso y circunspección…”. Sugiere que algunos escuadrones del ejército hagan el mismo servicio que hacían las guerrillas.

No debió ser el de Oñoro un caso aislado. Las tropas regulares se habían visto obligadas en Astorga a armar al vecindario para impedir el saqueo con que lo amenazaba un guerrillero llamado Fernández. Otro caso de enfrentamiento entre partidas guerrilleras se había dado entre uno llamado Príncipe y las escuadras de Saornil, “haciendo de nuestro propio suelo el teatro de una guerra más cruel que la de nuestros enemigos…”.

Las guerrillas de Príncipe en Coca y Valladolid, el rojo Valderas en León y otras muchas estaban fronterizas con el bandidaje. Eran como pequeños señores de la guerra que disponían a su antojo de las propiedades y vidas de los habitantes.

A veces me pregunto.. ¿dónde se ha visto algo semejante? Quizás la situación en España en esos años tenga más parecido del que pudiéramos creer con lo que ha vivido Afganistán en los últimos cuarenta años.

Casi todos estos guerrilleros acabaron muy mal. El Rojo de Valderas, que en realidad se llamaba Agustín Alonso Rubio, reanudó su actuar guerrillero en 1820, durante el trienio liberal, pues era un realista furibundo. En 1823 fue detenido y el miércoles de ceniza ajusticiado a garrote vil. En la imprevista guerra de 1808-1813 se destilaron buena parte de las pócimas que envenenaron el siglo XIX en España, uno de los peores siglos de la historia de nuestro país, a diferencia de lo que sucedía en mayor parte de Europa.

Mañana reanudo la marcha tras la División Ligera

Día 01 – 25 de mayo. Buscando al Duque de Wellington

Voy camino del pueblo portugués de Freineda, en donde ha instalado su Cuartel general el Duque de Wellington.

Si quiero “incrustarme” en el ejército, necesito contar con algún permiso o, al menos, que se me considere parte de la multitud que forma un ejército. No todos son soldados, pues hay innumerables transportistas y gentes que acompañan a los militares, entre ellos no pocas mujeres y, algunos niños. No han aparecido aún corresponsales o periodistas, así que será difícil explicar mi presencia.

Al llegar a la “raya” de Portugal me he cambiado no solo de país sino también de época. Se supone que llegaba a uno de los campos fortificados donde han pasado el invierno los regimientos ingleses y portugueses. Pero sorprendentemente no he visto apenas soldados. Freineda parece especialmente tranquilo, casi abandonado.

En la plaza, frente a la iglesia se encuentra el Cuartel general, un pequeño edificio con alguno despachos y una pequeña sala. En la puerta veo a un par de edecanes cargando un carro con papeles y libros. A ellos me dirijo, sin saber en qué tono o con qué expresión hacerlo:

Buenos días, señores, ¿Está el Duque de Wellington?

Buenos días, tenga usted. ¿Por quién pregunta?

Por el Duque de Wellington, si ustedes son tan amables

Se miraron entre ellos antes de contestar

No, no hay por aquí ningún Uelintón. El único Duque que había es el de Ciudad Rodrigo y hace unos días que partió.

¿Me habrá fallado el “parato” y estaré en otra época o en otro pueblo?

¿Estamos bien en Freineda?

Y de golpe comprendí. El general al que buscaba no había recibido aún ese título con el que pasaría a la posteridad.

Disculpen, quiero decir que busco al general Arturo Wellesley.

Como le dijimos, el Duque de Ciudad Rodrigo partió hacia esa ciudad el sábado pasado día 22.

¿Y la División Ligera?

Esos partieron ya el día 20 desde Espeja y de los otros cuarteles de invernada

Me llevaba tres días de ventaja. Los regimientos en los que quería “incrustarme” aún más. Debería apresurarme para intentar alcanzarlos. Pero estoy preocupado por la inseguridad de los caminos. Lo mejor será buscar alguna compañía hasta que encuentre al ejército.

¿saben si alguien va hacia Ciudad Rodrigo y pueda acompañarse?

Uno de los edecanes entro en el edificio y al poco salió con un oficial de estado mayor del ejército español.

Me han dicho que va en busca del Duque. Yo puedo acompañarlo hasta Fuentes de Oñoro, en donde podrá pasar noche y proseguir mañana hasta Ciudad Rodrigo.

Si me dijo su nombre, no lo he recordado. Servía de enlace de Wellesley con los ejércitos españoles del norte, dislocados en Galicia, Asturias y el Bierzo, así como buen número de partidas guerrilleras más o menos descontroladas. Desde que en septiembre del año anterior el general inglés había sido nombrado por el gobierno español generalísimo de los ejércitos españoles, comandaba todas las fuerzas que iban a participar en la ofensiva que acababa de desencadenarse.

El oficial, sin querer manifestar sospecha alguna, ni siquiera por mi extraña indumenta, quizás protegido por mi edad y mis barbas, se interesó por mi misión. Le expliqué que era un corresponsal que escribía artículos para un periódico americano. Como no conocía ninguno, le dije que se llamaba Word Press y se dio por satisfecho. Más aún, se sitió encantado de contarme cosas que pudieran interesar a mis lectores.

Me topé con cotilla castrense. Me habló de sus oficiales y de lo que esperaban de esta campaña, sin parar, lo que hizo que la legua y media de camino se hiciera corta y entretenida.

El general del ejército del norte era toda una personalidad, el general Castaños, que había recibido un ducado, el de Bailén, en reconocimiento de esa primeriza victoria ante los franceses. Pero, me avanzó mi acompañante, también tuvo su parte en derrotas. Tras una de ellas, en Somosierra, estuvo a punto de morir linchado en Talavera por los soldados sublevados.

«La Rendición de Bailén», por Casado del Alisal, Museo del Prado, Madrid

Este Castaños, Francisco Javier para más señas, había nacido en Madrid de padres vascos. La madre, labortana de Ainhoa, el padre de Portugalete. Mi interlocutor parecía conocer a toda su familia; entre hermanos, hermanastros y cuñados se reunían un gobernador de Cuba, otro de Florida y las Luisianas, un virrey de Navarra… y otras muchas personalidades con altos cargos.

Pedro Agustín Girón, por Francisco Jover y Casanova. Siglo XIX. (Palacio del Senado de España, Madrid).

El hijo de este último, Pedro Agustín Girón, no solo era sobrino de Castaños, sino que además servía a sus órdenes. Girón había nacido en San Sebastián en 1778. En 1802 se había casado con una Ezpeleta, de viejos linajes navarros, por tanto de familia de militares y altos funcionarios coloniales. Su único hijo tendría por entonces diez añitos y había nacido en Pamplona. Hasta ahí lo que me contaba. Luego comprobando la información descubrí que el suegro navarro de Girón acabaría siendo Virrey de Navarra y que su propio hijo, Francisco Javier Girón y Ezpeleta sería el fundador de la Guardia Civil.

Ya estábamos a la vista de los tejados de Fuentes de Oñoro cuando cambió de tema, sin dejar el tono de cotilleo, pero con aire más sombrío. Al pasar por cierto lugar se detuvo y ante mi muda, pero evidente, curiosidad, me dijo:

Hace solo unos meses, aquí pasó algo terrible. ¡Esta guerra va a acabar con nuestro país!

Lo que me contó no encajaba en nada de lo que sabía sobre la guerra. Así que antes de contároslo quería hacer comprobaciones para asegurarme de su veracidad.

Día 00 – La caminata de este año

Está mañana he preparado mi mochilita y me he encaminado al punto de partida de mi marcha anual.

Corren aires de guerra en Europa. Me ha parecido interesante recorrer una ruta bélica, que me ayude a comprender qué sucede en torno a la guerra, desde el terreno, como si caminara codo con codo con los soldados de otra época.

Los que me seguisteis en mi caminata del año pasado, en la que acompañaba al emperador camino de su jubilación, ya sabéis que pude disponer de un “parato” muy especial. Me permitía transportarme a aquella época y entablar conversaciones y anécdotas al integrarme en su séquito. Todavía quedan algunos capítulos que espero volcar en ese relato, pero ahora se trata de presentarme en 1813.

A fines de mayo de aquel año el Duque de Wellington, al frente del ejército anglohispanoportugués se disponía a hacer un nuevo intento de echar al ejército francés y al rey José, el hermano de Napoleón.

Me han advertido que el nuevo software de mi “parato” tiene una novedad un tanto agridulce, Cuando estoy viviendo en el pasado parece que no soy capaz de acordarme de qué pasó en el futuro. Parece que lo han hecho para que no advierta a los protagonistas de lo que les espera. Así que en esos ratos voy a estar un tanto ciego y lo que escriba tendrá la misma carga de incertidumbre que tenían los soldados y los generales.

Así que para estar en igualdad de condiciones no os voy a contar cómo acaba esta historia. ¿Conseguirá este año Wellington una victoria definitiva, o volverán una vez más como los años pasados a empujar los franceses a los ingleses a las montañas de Portugal en donde en invierno se ralentizaban los combates?

Pero sí os puedo hacer un resumen rápido de lo que había pasado hasta esta primavera de 1813.

El 19 de noviembre de 1807 hubo mucho movimiento por los caminos que ahora recorro. El de Fuentes de Oñoro-Vilar Formoso fue uno de los principales pasos por el que el ejército francoespañol invadió Portugal. De los cerca de cincuenta mil soldados casi la mitad eran españoles, aunque en un papel secundario. Sí, antes de ser aliados contra los franceses primero españoles y portugueses fueron enemigos. En solo once días llegaron a Lisboa. Para cubrir los 240 km de distancia desde la frontera más próxima la marcha tuvo que ser rápida y con escasa resistencia. El rey luso, el gobierno y hasta quince mil refugiados escaparon en barco a Brasil.

Entrada de Napoleón en España. Pinelli-Pomares. Imagen procedente de los fondos de la Bibl.Nac.de España

Una curiosidad sorprendente. Por esos mismos días una escuadra rusa de ocho navíos al mando del almirante Senyavin había llegado a Lisboa, procedente del mar Negro y camino de San Petersburgo. Hasta muy poco antes ingleses y rusos habían sido aliados, pero ahora las coaliciones estaban de virada para unos, de trasluchada para otros. Francia y Rusia habían firmado un tratado en Tilsit e Inglaterra se había vuelto la enemiga. Y más se complicó la cosa porque en sus barcos aún servían no pocos oficiales británicos…. Pero dejemos esa historia para otras circunstancias.

Parece haber un paralelismo con los planes iniciales de la guerra actual de Ucrania. Napoleón quería un dominio absoluto en esta parte de Europa y, en este caso, Inglaterra era su principal obstáculo. Portugal era su principal aliada en el continente, de ahí la invasión, con planes de participación y sumisión de ese país. En segundo plano estaban los planes de hacer lo mismo con España, anexionándose todas las provincias entre los Prineos el Ebro, e instalando un gobierno títere en el resto.

Pero aunque todo parecía haber salido a los franceses a pedir de boca, a los pocos meses toda la península estalló en rebeliones. Primero en mayo de 1808 en Madrid, en junio en el noroeste de Portugal, y en los siguientes meses un poco por todas partes hubo rebeliones, alzamientos, y surgimiento de partidas guerrilleras. En octubre una fuerza expedicionaria inglesa de 15000 soldados desembarca en la bahía de Mondego (Figueira da Foz) mientras que otra fuerza inglesa de unos 12.000 hombres y 150 barcos arribó al puerto de La Coruña, en apoyo de la resistencia ibérica a los franceses..

Sublevación de Madrid, mayo de 1808. Pinelli-Pomares  Imagen procedente de los fondos de la Bibl.Nac.de España

En pocos meses habían cambiado las alianzas, coincidiendo una lucha de intereses a escala continental, con ambiciones imperiales y luchas internas, con fuerte carga ideológica que a veces tomaría ribetes de guerra civil.

Durante los años siguientes casi todas las regiones peninsulares sufrieron la presencia de fuerzas de ocupación, de grandes batallas y pequeños combates, de acciones guerrilleras y de exacciones y violencias, ya fuera por unos ejércitos u otros, o por las partidas que en algunos casos se comportaron como “señores de la guerra”. Destrucción, hambre y epidemias fueron los espectros que acompañaron a españoles y portugueses. Las ejecuciones y represalias iban in crescendo.

Tampoco fue fácil para los militares de otros países, franceses, ingleses, alemanes, polacos, italianos… que se enfrentaron en la península. Los combatientes mostraban unos niveles de crueldad que hacía siglos no se veían.

Los grandes movimientos de los ejércitos y las consiguientes batallas fueron numerosos y en variadas direcciones, con avances y retrocesos. Los principales se dieron en el norte, con diferentes ofensivas y defensivas desde Lisboa-Oporto hasta el Ebro-Burgos, así como a lo largo de la costa mediterránea, con sus propios vaivenes.

Batalla de Arapiles, julio de 1812. Imagen procedente de los fondos de la Bibl.Nac.de España

Cuando voy a empezar mi caminata llevamos ya mas de cinco años de guerra. El agotamiento era visible por todas partes, con campos abandonados, pueblos destruidos y una inseguridad en los caminos que me hubiera puesto los pelos de punta de no ir, como penaba hacer, acompañando al ejercito ingles.

Mayo de 1813. Hace ya meses que han llegado noticias de la tremenda derrota del gran ejército francés, y de sus muchos países aliados, en el frío otoño ruso. Del núcleo central del ejercito napoleónico solo volvió uno de cada cinco soldados. Allá quedaron 200.000 caballos, miles de carros y un millar de cañones. El emperador no puede enviar ya refuerzos a la península donde continúan los combates y la rebelión, sino que además necesita reunir todos los recursos para proteger las conquistas de Europa central. En su cuartel general de Freineda, junto a la raya fronteriza portuguesa, Wellington debe estar calculando cómo aprovechar la situación y hacer que esta vez la ofensiva no se detenga en Burgos como el año anterior y al menos se acerque hasta el Ebro…